Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Versa: Diez Latidos de Luz
Por: Arthur Rojas
Una fábula sobre el amor, el tiempo y el legado invisible de quienes dan sin esperar retorno.

“No quiero que me lleves… quiero que vengas conmigo.” —Versa


🌼 Alas del Relato

  • Ala Primera: Cuando las miradas trazan vuelo
  • Ala Segunda: Aventuras antes del reloj
  • Ala Tercera: El aire que falta
  • Ala Cuarta: Una lista sin tiempo
  • Ala Quinta: Los días saboreados
  • Ala Sexta: El gesto que da alas
  • Ala Séptima: El último deseo
  • Ala Octava: La hoja que no cayó

🌿 Ala Primera: Cuando las miradas trazan vuelo

Había un claro escondido más allá del murmullo de los álamos, donde el rocío amanecía más lento y las flores se abrían como si el sol las acariciara con una canción. Era ese tipo de lugar que los pájaros respetan y los insectos veneran como un altar. Allí, el viento no soplaba: danzaba.

Versa flotaba entre anémonas silvestres con la cadencia de quien no vuela, sino que conversa con el aire. Sus alas, anaranjadas y gruesas como vitrales vivientes, cargaban manchas oscuras que parecían haber sido puestas allí por un pincel distraído y sabio. Movía una antenita cada vez que giraba, como si pulsara una nota musical privada.

Observaba los bordes de cada pétalo con la paciencia de quien no tenía prisa ni lugar que alcanzar. Así vivía ella: posándose solo sobre las flores que aún no habían sido visitadas.

Illo, que por entonces era sólo otro monarca entre tantos, la descubrió desde lo alto de una hoja de guayaba que colgaba en la ladera húmeda. Había visto muchas mariposas, claro… pero ninguna como aquella. No por el color, ni siquiera por el vuelo, sino por algo menos evidente: su modo de permanecer. De hacer del instante un refugio.

Versa descendió sobre una dalia grande, roja y temblorosa por el peso de la humedad, y sacudió apenas sus alas. Illo se acercó un poco, dudando si era correcto irrumpir en algo tan coreografiado.

Ella, sin girarse, dijo con una voz que parecía parte del zumbido del viento:

—¿Estás danzando o escapando?

Illo quedó paralizado por un segundo. Luego sonrió sin ser visto.

—Depende… —dijo— de quién mire.

Y en ese cruce invisible, donde la mirada no bastó y las palabras no fueron necesarias, comenzó algo que no tenía nombre aún. No se llamaba amor, ni destino. Sólo interés sostenido. Curiosidad con raíz.

Desde ese día, comenzaron a recorrer senderos en paralelo. No hablaban todo el tiempo. Pero sí se esperaban. Se compartían sombra. Se turnaban para cortar las gotas más dulces del néctar. Aprendieron que volar a la par no era hacer lo mismo, sino no dejarse atrás.

En el cielo, los cuervos cruzaban en sombra lenta. Más abajo, la tierra tejía con raíces su curso secreto. Pero ellos —Versa e Illo— volaban sin mapa, sin meta, como si apenas estuvieran reconociendo el contorno de un lazo invisible.

Ese fue el primer deseo cumplido… sin que supieran que era uno.


🌺 Ala Segunda: Aventuras antes del reloj

Una tarde, el cielo tenía esa luminosidad naranja que da la sensación de que el día sonríe antes de apagarse. Olía a mango fermentado, a tierra húmeda, a flor abierta sin reserva. Las hojas crujían bajo pequeños escarabajos, y una abeja distraída se estrelló contra una espina de rosa con un zumbido torpe.

Fue entonces cuando Illo la retó, bajando en picada:

—¿Te atreves a posarte sobre ese hocico dormido?

El perro, un viejo mestizo soñoliento y enorme, dormía en la orilla del jardín de los humanos. Tenía el lomo decorado por manchas claras y un tic involuntario en la oreja derecha. Sobre su nariz, temblaban los últimos rayos del sol.

Versa se le quedó mirando por tres latidos completos. Luego sonrió —no con la boca, porque ella era mariposa— sino con las alas:

—A veces lo frágil no necesita valentía. Solo equilibrio.

Y voló. Con ligereza absoluta, como si el aire la llevara sin pedirle esfuerzo. Se posó exactamente sobre el hocico, sus alas batiendo en compás con el ronquido del perro. Illo, desde la rama, la miró con ese asombro que se parece demasiado al amor.

Minutos después, regresaron volando en zigzag, riendo con el viento. No sabían que la vida los estaba probando. Pensaban que simplemente vivían.


🌫️ Ala Tercera: El aire que falta

No hubo un día exacto. Más bien fue un descenso sutil, como cuando el olor de una flor se apaga sin que notemos cuándo ocurrió.

Versa dejó de alcanzar ciertas alturas. A veces se detenía en vuelo, como si olvidara a dónde iba. Illo fingía que no lo notaba. Pero lo sabía.

Fue él quien la llevó donde el Dr. Clavé, un grillo médico de ojos serenos y alas finas como bisturíes. Su consultorio estaba hecho con corteza blanda y gotas de savia cristalizada, con polvo de pétalos y hojas enrolladas en espiral.

Después de revisar sus venas translúcidas y auscultar el murmullo de su hemolinfa, dijo sin adornos:

—No va a poder migrar. Su sistema está fallando. Su cuerpo no resistirá mucho más vuelo.

Versa bajó las alas. Illo bajó la voz.

—¿Hay algo que pueda hacerse?

—Quizá. Pero también podrías preguntarte si hay algo que aún quiera hacer.


🍃 Ala Cuarta: Una lista sin tiempo

Esa noche, mientras el rocío pintaba las hojas de luna, Illo sacó una hoja de plátano recién caída. Con el tallo de una flor como pincel y una gota de resina, dibujó el contorno de un pensamiento.

—Hagamos una lista. No para planear el futuro, sino para saborear el presente.

Versa miró. Sonrió con una antena torcida.

—Diez latidos de vida. Y uno por si el viento nos regala un rato más.

La lista no tenía números. Ni fechas. Solo deseos.

  • Posarse sobre un girasol al amanecer.
  • Dormir dentro de una flor aún sin abrir.
  • Escuchar el canto de un colibrí sin moverse.
  • Compartir una fruta sin pelear por la gota más dulce.
  • Perderse a propósito… y encontrarse.

Illo agregó el último, en silencio:

  • Estar contigo cuando cierres las alas.

🌸 Ala Quinta: Los días saboreados

Los días que siguieron fueron una coreografía de detalles.

Durmieron en una flor de hibisco que se cerraba al anochecer como una cuna vibrante. Se columpiaron en hojas de sauco, contando estrellas reflejadas en gotas de lluvia detenidas.

Versa ya no volaba tan alto, pero sus ojos tenían más horizonte que nunca.

Una mañana, mientras compartían néctar de jazmín, dijo:

—¿Sabes? Nunca supe cómo se ve el cielo desde abajo. Pero contigo… lo siento dentro.


🌾 Ala Sexta: El gesto que da alas

El cuerpo de Versa ya pedía pausa. Su vuelo era corto, casi simbólico. Pero su deseo seguía entero.

Fue entonces cuando Clavé los llamó. Habían hallado el cuerpo de una mariposa joven, muerta por accidente pero en perfecto estado interno. El trasplante era posible. Una oportunidad. Una donación sin nombre.

—No le dolerá —dijo el grillo—. Solo se dormirá. Si decide volver… lo hará.

La operación fue un ritual. Luces de luciérnagas, seda tejida como puntos, susurros de polen. Illo esperó sin hablar, murmurando canciones que no existían.

Cuando Versa abrió una antena… no dijo nada. Solo lo miró. Y tocó su ala.

—¿Cuál deseo sigue?


🌬️ Ala Séptima: El último deseo

No podían migrar como antes. Pero aún podían partir. Juntos.

Eligieron la roca más alta del claro. Versa sobre su espalda. Illo batiendo las alas por los dos. El cielo estaba cargado de viento dorado, como si lo supiera.

Volaron. Ni lejos, ni alto. Solo… presentes.

Y allí, entre las corrientes cálidas del mediodia
F. I. N

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