A Quien Le Reza Dios?
Un relato de células, memoria y redención
Por: Arthur Rojas
Capítulo 1 – El Eco de la Espera
Antes de que mi vientre conociera la plenitud, fui espera. Una espera que no se medía en meses ni en calendarios, sino en la vibración de cada célula de mi cuerpo, un anhelo tan antiguo como la tierra misma. Mis venas no transportaban sangre, sino un río impaciente que buscaba su desembocadura: la vida. Él, Elías, era mi cómplice en este sueño. Con sus ojos que veían el futuro y sus manos fuertes que prometían un hogar, me ofrecía la certeza de un nosotros infinito. Nos mirábamos al otro lado de la mesa de la cocina, bajo el sol que se colaba por la ventana, y bastaba un «sí» mudo, una sonrisa compartida, para que el universo entero se plegara a nuestra voluntad, convencidos de que nos regalaría un hijo.
Mi madre, Elena, con su cabello plateado y la sabiduría de antaño grabada en las líneas de su rostro, nos observaba desde el umbral con una sonrisa enigmática. «No cuenten los pollos antes de nacer, hijos,» nos advertía suavemente, «la vida tiene sus propios tiempos.» Mi padre, Armando, un hombre de silencios profundos y abrazos firmes, solo asentía, sus ojos reflejando la misma esperanza contenida. Pero para Elías y para mí, la espera ya era una dulce certeza que se colaba en nuestros sueños, en cada roce, en cada plan futuro que tejíamos con la delicadeza de una telaraña al amanecer.
Capítulo 2 – El Silencio del Primer Temblor
Tadeo. Así lo llamábamos en la intimidad de nuestras noches, el nombre que brotaba de los labios de Elías con una ternura que me deshacía. Tadeo. El que no nació. La primera vez que el mundo se detuvo, yo apenas alcanzaba los cuatro meses. Recuerdo el brillo pálido de la ecografía en la pantalla, las sombras grises que danzaban como fantasmas de promesas rotas. El ginecólogo, el Dr. Ricardo Soto, un hombre de canas impecables y voz siempre serena, había mantenido una sonrisa profesional en las citas anteriores, pero esa mañana, sus ojos adquirieron un brillo ausente, casi compasivo.
El temblor llegó después, no como un cataclismo ruidoso, sino como se anuncia la noche en un eclipse: sin ruido, sin permiso. Solo el calor pegajoso de la sangre en mis muslos, un espasmo que me dobló por la mitad, y el pavoroso silencio del ultrasonido. Ese latido, que había sido mi música secreta, el pulso de mi futuro, se apagó de repente. El universo no nos había regalado un hijo, sino un vacío que se instaló en mi vientre y en cada rincón de la casa, un agujero negro que devoraba la luz.
Elías me sostuvo con una fuerza desesperada, sus lágrimas calientes en mi hombro. Mi padre, Armando, me abrazó fuerte, sus grandes manos, habitualmente firmes, temblaban, y mi madre Elena me miraba con una pena antigua en los ojos, una que parecía entender lo que las palabras no podían nombrar. Ni su consuelo, ni el silencio atónito de nuestros amigos, como Luisa y Carlos, que no sabían dónde poner la mirada ni qué decir, podían llenar el eco de Tadeo. Su ausencia era una presencia fantasmal, un susurro constante en el aire.
Capítulo 3 – La Vida que Insistió
Pasaron dos años, pero el dolor no se marchó. Se había convertido en una segunda piel, fina y transparente, pero siempre presente, como la bruma persistente de un sueño triste. El luto por Tadeo, y la pena contenida de Elías, nos había marcado. Él, siempre mi roca, también cargaba con un peso invisible. Había noches en que lo oía suspirar en la oscuridad, y sabía que el eco de nuestro hijo perdido también lo atormentaba.
Y entonces, sin aviso, sin buscarla, la vida insistió. Sentí el cambio en mi cuerpo antes de la confirmación del médico: una ligereza extraña, un perfume a tierra húmeda en el aire, la certeza de una semilla recién plantada. Volví a embarazarme. Esta vez, era una niña. Mi cuerpo no temblaba de miedo, sino con una excitación distinta, una esperanza cautelosa que crecía día a día. Era como si supiera que esta vez, el milagro no huiría. Cada patada en mi vientre era una promesa, cada ecografía un himno silencioso. Valeria, mi hermana mayor, que vivía en otra ciudad, me llamaba casi a diario, su voz llena de una alegría que yo apenas me atrevía a sentir. Mis padres me miraban con una devoción renovada, una luz que había estado ausente desde la partida de Tadeo. Era como si cada uno de ellos, en su fuero interno, pidiera una tregua a la fatalidad.
Capítulo 4 – La Muerte del Amado
Elías tenía miedo de los vuelos. Nunca lo decía abiertamente, pero su mano, tan grande y segura en cualquier otra circunstancia, buscaba la mía antes del despegue, sus dedos entrelazándose con los míos con una insistencia casi infantil. Era una manía que yo había llegado a amar, un pequeño rito que sellaba nuestro vínculo antes de que la máquina se elevara en el aire.
Ese día, no encontré su mano. Desperté con una punzada en el pecho, un frío que no era de la mañana. Me levanté de la cama como sonámbula, el televisor encendido en la sala, un telediario que repetía la noticia una y otra vez. Una llamada, un código de vuelo que se grabó a fuego en mi mente: Vuelo AF217. Una caída. Un mar de metal retorcido. No hubo supervivientes.
La niña seguía en mi vientre, pataleando con la fuerza de la vida. Él no. Elías. Mi Elías. Se había ido. Y con él, la última chispa de la alegría sencilla que nos quedaba. Mis padres llegaron, sus rostros desfigurados por el dolor, pero no podían alcanzarme. Yo estaba en algún lugar lejano, suspendida entre el cielo y la tierra. Luisa y Carlos vinieron, silenciosos, trayendo comida que nadie comería, sus ojos reflejando la misma incredulidad que me carcomía. La noticia se esparció como una plaga silenciosa entre nuestros conocidos, pero sus condolencias eran ecos distantes. Mi mundo, que apenas comenzaba a reconstruirse, se había hecho pedazos de nuevo.
Capítulo 5 – La Gestación del Abismo
No hablé por semanas. Mi garganta se había convertido en un nudo de silencio, mis cuerdas vocales, incapaces de formar palabra alguna, solo emitían un jadeo apenas audible cuando el aire lograba escapar de mis pulmones. Mi cuerpo crecía, la niña en mi interior una presencia cada vez más evidente, una promesa viviente que contrastaba con la muerte que me rodeaba. Mi silencio también crecía, se volvía espeso, una sustancia que me envolvía y me separaba del mundo, de los consuelos vacíos, de las miradas de lástima.
Los doctores, incluido el Dr. Soto, decían que el embarazo iba bien, que la niña estaba fuerte y sana. Me hablaban de hierro, de vitaminas, de citas rutinarias. Yo pensaba que la vida era un chiste cruel, una burla que no sabía cuándo terminar. ¿Cómo podía la vida florecer en mí cuando todo a mi alrededor era ceniza? ¿Cómo podía este cuerpo, traicionado tantas veces, seguir adelante con tal insistencia? Las noches eran un laberinto de pesadillas, donde los rostros de Elías y Tadeo se mezclaban con el ruido de las alas de un avión fantasma. El tiempo era una sucesión de minutos pegajosos que se arrastraban, cada uno un recordatorio de lo que había perdido. Sentía la mirada de mi madre, Elena, posarse sobre mí como un peso, un lamento mudo por el dolor que me consumía. Valeria, mi hermana, intentó visitarme, pero la distancia entre nosotras no era solo geográfica, era un abismo que yo misma había excavado.
Capítulo 6 – Nace Sabrina
Ella llegó como luz. No hubo el llanto furioso de otros recién nacidos, ese grito de protesta al ser arrancados del calor del vientre. Sabrina solo abrió los ojos, grandes y de un azul profundo, con una calma que deshizo, al menos por un instante, todos mis naufragios. Sus pequeños dedos se aferraron a mi meñique con una fuerza sorprendente, y en ese contacto, sentí algo que no era alegría, no la explosión jubilosa que esperaría una madre. Era algo más antiguo, más profundo. Era memoria. Como si en ella también viviera alguien más, un eco, una huella indeleble.
La miré, a esta pequeña criatura que me había elegido como madre a pesar de las tragedias, y por primera vez en meses, sentí un leve temblor en mi alma, no de miedo, sino de un asombro que rayaba en lo sobrenatural. La enfermera me la entregó, y el peso de su cuerpo sobre el mío fue como el ancla que me devolvía a la realidad. Mi madre Elena, que no se había separado de mi lado, secó una lágrima furtiva, sus ojos llenos de una mezcla de alivio y una preocupación silenciosa. Ella también sentía el aura singular de Sabrina, lo sabía.
Capítulo 7 – El Nombre Que No Enseñé
Tenía un año cuando dijo su primera palabra:
—Tadeo.
Me congelé. El aire de la habitación se volvió denso, el sonido de su voz diminuta resonando en el silencio. Estábamos en la alfombra de la sala, bajo el sol de la tarde que se filtraba por la ventana, con sus juguetes esparcidos a su alrededor. Yo no le había hablado de él. No le había mostrado fotos. Había mantenido el nombre de Tadeo encerrado en lo más profundo de mi corazón, un secreto doloroso que creía solo mío.
Pero ella lo nombró. Lo pronunció con la naturalidad de quien recuerda una conversación entre estrellas, con la claridad de quien ha compartido un secreto antes de nacer. Sus ojos azules me miraron con una perspicacia que iba más allá de su corta edad, como si estuviera confirmando algo que ambas ya sabíamos. Fue el primer quiebre de la incredulidad, la primera grieta en el muro que había construido alrededor de mi lógica. Mi madre, Elena, que estaba en la cocina, dejó caer una cuchara. El ruido metálico fue el único sonido que rompió la quietud. Ella salió, su rostro pálido, y miró a Sabrina, luego a mí, con una comprensión que me heló la sangre. Elías Navarro, un viejo amigo de la familia y confidente, que casualmente nos visitaba esa tarde, dejó la taza de café a un lado, su expresión de asombro reflejaba el mío. Era imposible. Y, sin embargo, había sucedido.
Capítulo 8 – Las Huellas del Silencio
La noche después de aquella revelación, me hundí en un sueño profundo, arrastrada por un agotamiento que no era físico. No fue un sueño cualquiera, sino uno de esos que se sienten más reales que la propia vigilia. Caminaba por una playa desierta, la arena fría bajo mis pies, el viento helado silbando en mis oídos. El cielo estaba teñido de un crepúsculo eterno, y en la distancia, las olas rompían con un eco melancólico. Me sentía sola, la soledad más vasta que jamás había experimentado, la misma que me había acompañado desde que Elías se fue.
Grité su nombre, y el de Tadeo, pero mi voz se ahogaba en el vasto silencio. Me arrodillé en la arena, sintiendo el peso de mi luto, de mi rabia. «¿Por qué, Dios? ¿Por qué me has quitado tanto? ¿Por qué esta carga es tan pesada?» Mis lágrimas se mezclaban con la sal del mar. Y entonces, una voz, no de trueno ni de lamento, sino suave como el murmullo de una promesa largamente esperada, rompió la quietud. Una voz que me envolvió, que me levantó sin tocarme. «Ah… es que te estoy llevando en mis brazos.»
Me desperté con el corazón latiendo desbocado, pero no de miedo, sino de una extraña paz. La frase resonaba en mi mente, una melodía divina. Miré el amanecer por la ventana, el mundo exterior cobraba un nuevo significado. Mis padres, Elena y Armando, que velaban mi sueño intermitente, me encontraron sentada en la cama, los ojos fijos en el horizonte. No les conté el sueño, pero supe que algo en mí había cambiado. La fe, esa pequeña chispa que creía perdida, había regresado como un manantial oculto.
Capítulo 9 – El Latido Que No Sabíamos
Semanas después del sueño, un dolor punzante en el pecho me llevó de nuevo a la consulta del Dr. Soto. Mi corazón, que yo creía fuerte, estaba dando señales de cansancio. El diagnóstico fue claro: una miocardiopatía, una debilidad en el músculo cardíaco exacerbada por el estrés y el dolor crónico. Mi madre, Elena, se aferró a mi mano, su rostro surcado por la preocupación. «Otro golpe», pensé con amargura.
Pero el Dr. Soto, con una expresión de asombro apenas contenida, explicó algo que nos dejó a todos en silencio. «Hemos encontrado algo inusual», dijo, su voz teñida de fascinación científica. «Un fenómeno conocido como microquimerismo fetal.» Explicó cómo, durante el embarazo, las células del feto pueden migrar al cuerpo de la madre y permanecer allí, incluso años después del nacimiento. Lo extraordinario, y aquí su voz se elevó con un tono casi reverente, era que mis exámenes revelaban la presencia de células con el ADN de un feto masculino, en particular, en mi tejido cardíaco. Células que, de alguna manera inexplicable para la ciencia convencional, estaban reparando y fortaleciendo mi propio corazón dañado.
Las palabras flotaron en el aire como partículas de polvo bajo la luz. Elías Navarro, quien había insistido en acompañarnos, se puso de pie, sus ojos muy abiertos. No era solo la ciencia lo que estaba hablando; era una revelación. «Su corazón,» continuó el Dr. Soto, «está siendo sanado por las células de su hijo. Del que… del que no nació.» Tadeo. El que se había ido. Había dejado su esencia, su huella más íntima, para salvarme. Mi hijo, el que no pude sostener en mis brazos, el que creí perdido para siempre, me había mantenido viva. Una lágrima caliente, diferente a las de antes, me corrió por la mejilla. Era la lágrima de la comprensión, del milagro.
Capítulo 10 – La Voz Que No Olvidamos
Años después, en un almuerzo íntimo en el jardín de mis padres, con Sabrina ya una niña risueña y perspicaz, la verdad se desplegó por completo. Elías Navarro, siempre presente como un pilar silencioso, reía con mi padre Armando sobre alguna anécdota lejana. Mi madre Elena servía limonada, sus ojos observándonos con una quietud serena. Sabrina, sentada frente a mí, dejó de jugar con su comida. Me miró con esos ojos azules que parecían contener la sabiduría de las estrellas, los mismos que había abierto el día de su nacimiento.
«Mami», dijo con una voz clara y dulce que rompió el murmullo de la conversación. «Tadeo y yo lo sabíamos.» La miré, mi corazón en un puño. «¿Sabían qué, mi amor?» le pregunté, apenas un susurro. «Sabíamos que tenías que vivir», continuó ella, sin una pizca de duda en su voz infantil, como si hablara de la cosa más obvia del mundo. «Él me dijo que te curaría, desde tu vientre. Que no te dejaría ir.» Su pequeña mano se estiró y tocó mi pecho, justo donde sentía la cicatriz invisible de mi corazón sanado. «Él cuidó de ti. Y yo vine para recordártelo.»
Elías Navarro se atragantó con su bebida. Mi madre dejó caer la jarra de limonada, el cristal tintineando contra la tierra. Mi padre, por primera vez en años, se echó a llorar abiertamente. En ese instante, todo encajó. La calma de Sabrina al nacer, su primera palabra, el sueño de la playa, la inexplicable curación de mi corazón. Nunca estuve sola. Ni en mi espera, ni en mi dolor, ni en mi redención. Había sido llevada en brazos, no solo por una fuerza divina, sino por la amorosa persistencia de dos almas unidas más allá de la vida y la muerte, un eco de amor que resonaba en cada célula de mi ser. Y Dios, me di cuenta, reza por todos nosotros, en la forma de las conexiones invisibles que nos salvan una y otra vez.
F I N
Cuentos Literarios A R
• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”
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