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🌌 NAVE NODRIZA
Por Arthur Rojas
“Viajamos lejos para descubrir lo que ya somos.
Cruzamos estrellas sin saber que las primeras constelaciones
vivían en el vientre de una mujer.”
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I. La casa de los días ligeros
Melina vivía en una casa de techos bajos, madera clara y tragaluces azules, al este de Houston, donde los árboles aún sabían susurrar a los astronautas antes de partir. Su hogar flotaba sobre el césped como si ya se hubiese desprendido de la gravedad.
Santiago, su esposo, físico y jardinero de sueños, escribía fórmulas en servilletas y poemas en el parabrisas empañado.
Ambos se amaban con la estabilidad de una órbita elíptica.
Pero había un deseo que no coincidía en sus calendarios:
él quería un hijo. Ella, primero, las estrellas.
La NASA le había asignado su primera misión tripulada: Argia VI, rumbo a Titán. Quedaban doce semanas para el lanzamiento. Por protocolo y seguridad, no podía estar embarazada. Tendrían que esperar al regreso.
Ella era firme. Él era paciente.
Pero el universo empezó a conspirar con una sutileza inquietante.
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II. La clínica y la gravedad invisible
Su mejor amiga, Clara, estaba embarazada de ocho meses.
Melina la acompañaba a los chequeos semanales, a la sala de espera donde los latidos se imprimían como ondas solares en el monitor fetal.
—Tú vas al espacio, y yo al centro de la Tierra —decía Clara con risa redonda—. Pero lo mío también tiene gravedad… me empuja desde adentro.
Melina observaba el entorno con una mezcla de fascinación y extrañeza.
Los sonidos de los ecosonogramas eran como señales interestelares.
Las imágenes, nebulosas en blanco y negro.
Afuera, en la ciudad, todo empezó a hablarle en idioma materno:
pañales en el supermercado, revistas con portadas de bebés, documentales intrauterinos que aparecían por azar.
El universo entero parecía recordarle algo que aún no quería mirar de frente.
Su cuerpo seguía entrenando.
Pero su alma… empezaba a gestarse.
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III. El sueño del navegante original
Dos noches antes del despegue, en aislamiento en la base, Melina soñó con una cápsula.
Pero no era Argia VI.
Era un espacio líquido.
Curvado.
Palpitante.
Flotaba sin nombre ni historia.
Una luz rosada la mecía.
No sabía si era embrión o nave.
Solo comprendía esto:
“Yo fui llevada. Yo fui sostenida.
Antes de conquistar el universo, yo fui universo para alguien.
Mi primera nave fue una mujer.”
La voz era suya. Pero también venía de otro lugar.
Del centro de algo más viejo que las galaxias: el amor biológico.
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IV. El parto de Clara y la explosión interior
Clara rompió fuente en la madrugada. Melina la acompañó sin dudarlo, con bata prestada y ojos sin dormir. En la clínica, todo era movimiento: compresas, monitores, alientos sostenidos.
Cuando el grito de Clara llenó la sala, algo se quebró dentro de Melina.
Sintió un vértigo que no venía del espacio, sino de la Tierra misma.
El llanto del bebé rompió el silencio y Melina… lloró también.
Pero no de alegría.
Lloró de confusión.
De duda.
De no saber si había hecho bien.
De miedo a estar huyendo de algo demasiado humano.
Tuvo que salir. Apoyarse contra una pared.
El uniforme le pesaba como una armadura que ya no quería llevar.
El cosmos, de pronto, le parecía frío.
Titán, distante.
Y su cuerpo… ya no sabía si era nave o nido.
Entonces, Santiago llegó.
La vio encogida, vencida.
Y sin preguntar nada, la abrazó como quien sostiene un mundo entero.
—Melina —susurró—. Si vas a quedarte por mí, no lo hagas.
No quiero una madre que se resienta.
Quiero una viajera que regrese.
Y sí, tú vas a regresar.
Ella intentó hablar, pero la voz se le hizo nudo.
—Meli, mi amor… ve.
Yo te juro algo:
te esperaré todo lo necesario.
Y cuando vuelvas, seremos nave y nido,
planeta y flor,
ciencia y miel.
Y si cuando regreses decides que quieres quedarte en la Tierra, criar estrellas en un jardín… también estaré allí.
Pero ve.
Porque el mundo también es tu hijo.
Y tú, Melina… naciste para tocarlo.
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V. Lanzamiento
En el Centro Espacial, la cuenta regresiva sonaba como un corazón.
Argia VI brillaba blanca en la plataforma.
Melina caminó con pasos firmes, pero ahora livianos, como quien ha decidido no abandonar nada, sino posponer lo que también importa.
Su vientre no estaba vacío.
Estaba lleno de sentido.
Subió a la nave.
Miró hacia la Tierra.
Pensó en Clara, en su hija, en Santiago.
Y cuando la nave despegó, supo que no escapaba.
Volaba por todos.
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VI. Epílogo
Años después, con una hija dormida sobre el pecho y un recorte viejo de periódico en la mano (“Primera mujer venezolana en Titán”), Melina escribió:
“Viajé hasta un mundo sin oxígeno,
pero allí pensé en el primer planeta donde habité: el cuerpo de mi madre.
Ahora, soy nave nodriza para otra vida.
Y ella, algún día, volará también.”
Todos fuimos Neonautas alguna vez.
F I N
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