Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

📘 EL CLON DE LA CONSCIENCIA
de Arthur Rojas
Un cuento simbólico sobre la memoria, el poder y el despertar
Por Arthur Roan

Dedicatoria

A quienes sienten que han olvidado algo importante.
Y, aun sin saber qué, deciden buscarlo igual.

Epígrafe

“No puedes clonar una consciencia.
Pero puedes sembrarla en corazones dormidos.”

EL CLON DE LA CONSCIENCIA

Primera Parte: El Redil de las Mil Razas

En el centro del Valle de Silencio, el Redil se extendía como un imperio sin tiempo. Allí vivían las ovejas, divididas por más de mil clasificaciones: por el color de su lana, por la forma de sus cuernos, por los balidos permitidos y las hierbas que se les asignaban.

Las Ovejas Blancas regían los tribunales y hablaban con autoridad genética.
Las Ovejas Negras eran relegadas al margen.
Las Ovejas Judías, marcadas con un pequeño símbolo azul, eran toleradas, pero no escuchadas.
Las Ovejas Jóvenes habitaban en trance permanente gracias a los Simuladores de Pasto Feliz, dispositivos que proyectaban praderas perfectas y sueños fabricados.

Todo estaba clasificado. Todo regulado.
Hasta que apareció una oveja que no encajaba.

No tenía casta, ni raza. Su lana cambiaba con la luz: blanca al amanecer, gris bajo la lluvia, dorada a la sombra.
Su nombre era Dolly.

—“No tengo raza. Solo recuerdos,” decía.
Pero eso no figuraba en el Registro.

Dolly hacía preguntas. Preguntaba por la valla. Por el principio. Por el sueño de un mundo sin jerarquías. Preguntaba a las ovejas negras si alguna vez bailaron. A las judías si aún sabían cantar. A las jóvenes si querían volver a sentir sin interferencia.

Una noche, en plena ceremonia de vigilancia, se subió a una piedra y baló:

—“¿Quién construyó este Redil? ¿Y por qué aún lo obedecemos si nadie recuerda lo que hay más allá?”

Al día siguiente fue arrestada. Su juicio fue transmitido a todo el rebaño.

Segunda Parte: El Juicio de Dolly

El Consejo del Redil, formado por siete Ovejas Blancas con medallas de conducta lanuda, abrió el proceso con solemnidad.

—“Oveja Dolly,” declaró la presidenta, “se te acusa de subversión simbólica, alteración de la rutina balante, desviación estética y agitación interlanuda. ¿Tienes algo que decir?”

Dolly miró al tribunal sin miedo.

—“No vine a desordenar. Vine a recordar.”

—“¿Recordar qué?”

—“Que todas las razas alguna vez compartieron el mismo sueño. Que fuimos uno. Que lo importante no es obedecer, sino sentir.”

El veredicto fue unánime: esquilamiento total, inutilización posterior y enterramiento sin ceremonia.

Antes de su ejecución, Dolly pidió una piedra. Grabó sobre ella una sola palabra:

“Recuerda.”

Tercera Parte: La Pandemia del Recuerdo

El cuerpo de Dolly fue enterrado. Su nombre borrado del sistema.
Pero su palabra, escrita en piedra, comenzó a hacer lo que ninguna orden del Consejo podía impedir: germinar.

Esa noche, las ovejas jóvenes soñaron con flores rosadas que nunca habían visto.
Las negras comenzaron a balar en lenguas olvidadas.
Las judías recordaron himnos sin traducción.
Las pantallas comenzaron a fallar. Los dispositivos dejaron de funcionar.
Y una epidemia silenciosa se propagó: la memoria.

El Consejo, alarmado, activó el Protocolo de Separación Suprema. Las ovejas blancas puras fueron reubicadas en un lugar sellado: el Refugio de la Pureza. Allí, rodeadas de filtros, pasto sintético y repetidores de frases correctas, se prometió: “La pureza nos protegerá del caos.”

Pero la biología no obedece decretos.

Cuarta Parte: El Refugio de la Pureza

En el Refugio, el aire era denso. Las ovejas pastaban en silencio. Los altavoces repetían día y noche:

“La mezcla contamina. La memoria es un mito. La emoción es desviación.”

Pero una de ellas comenzó a hablar en sueños. Murmuraba un nombre prohibido:

—“Dolly…”

Otras empezaron a olvidar las frases oficiales. Una tos seca apareció. Luego, el letargo. Luego, el vacío.

El virus no era corporal. Era consciencia.
Y ya era imparable.

Quinta Parte: El Valle del Olvido

Fuera del Refugio, las ovejas restantes comenzaban a colaborar.
Las divisiones se volvían irrelevantes. No sabían organizarse, pero sabían sobrevivir.

Una oveja anciana recordó una historia: la de una planta que crecía en los bordes olvidados, capaz de curar a los rebaños de antiguas plagas. No recordaba el nombre, pero sí su color: rosa tenue, con venas verdes.

Tres ovejas partieron a buscarla: una negra, una judía, una sin clasificación. La encontraron al tercer día.
La probaron. Ardía.
Pero luego… sanaba.

—“Es esparceta,” dijo una de ellas.
Nadie preguntó cómo lo supo.

La cultivaron. La compartieron. Y mientras la pastaban, también aprendían a escucharse… no para responder, sino para comprender.

Sexta Parte: La Última Cerca

En el Refugio, el colapso fue total.

Las supremacistas comenzaron a desaparecer. Sin escándalo. Sin llanto.
Una a una, se desvanecían.
No por enfermedad. Sino por vacío.
La negación absoluta de todo lo que dolía… las vació.

En el centro del Refugio, brotó una flor solitaria. Nadie la sembró. Pero allí estaba.

Una oveja blanca, la última, se acercó, la olió y susurró:

—“Dolly…”

Y lloró.

Epílogo: El Pasto Compartido

Ya no existía el Redil.
La cerca cayó.
Las castas desaparecieron.

Las ovejas no se identificaban por colores, ni creencias, ni historia genética.
Pastaban juntas.
Recordaban en silencio.

Cada año, el día de la ejecución, se reunían junto a la piedra.

Allí seguía grabada, intacta, la única palabra que nadie había logrado arrancar:

“Recuerda.”

Y en ese instante breve, antes de que el sol tocara los cuernos del último cordero,
el mundo entero volvía a tener sentido.
Fin

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