🐘🦉 LO QUE QUEDA ENTRE SUSURROS Y ALETEOS
Una fábula sobre lo que no se dice, pero se siente
Por Arthur Roan
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I. LA PRIMERA MAÑANA
Halia tenía una manera de andar que partía la tierra con respeto.
Su paso arrastraba memorias que no eran solo suyas.
En sus ojos no había edad, sino peso.
Lo encontró en una piedra musgosa.
Un búho pequeño, plumaje revuelto, ojos nublados.
—¿Quién eres? —preguntó ella.
—No lo sé. A veces vuelo… y otras veces solo me dejo caer.
—¿Tienes nombre?
—Creo que me llamaban Amnesio.
Pero no sé por qué.
—Entonces quédate. Te lo recordaré si lo olvidas.
Y así empezó.
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II. DESEQUILIBRIOS
Él danzaba sobre las ramas, subía y bajaba en movimientos suaves. A veces cantaba.
Un canto triste y hermoso que no parecía suyo.
Ella lo escuchaba sin entenderlo del todo, pero con un nudo tibio en la panza.
Su tamaño era ridículo a su lado. Pero su ternura era desproporcionada también.
Durante su ciclo, Halia se volvía más introspectiva. Su cuerpo se tensaba, su humor cambiaba.
Él no preguntaba. Solo esperaba, paciente, sin juicio.
El amor entre ellos era una cuerda floja.
Pero se sostenía.
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III. EL RIDÍCULO DE LA CASTA
No todos entendían.
En la zona alta del bosque, los paquidermos puros hacían burlas veladas.
Las elefantas mayores la miraban de reojo.
Los jóvenes se reían cuando pasaban cerca:
—¿Ése es tu novio? ¿Una pluma que se le cae todo?
—¿No te da pena andar con uno que ni puede arrullar bien?
Halia, normalmente serena, los enfrentó un día con la mirada firme.
—Él será pequeño, pero el tamaño de su corazón los supera a todos ustedes juntos.
Va al frente a defender lo que ustedes miran desde la sombra.
—Deberían avergonzarse.
Se hizo un silencio que pesaba más que su trompa.
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IV. EL FRENTE VERDE
Las noticias llegaron en estampida.
Constructores de ciudades planeaban arrasarlo todo: los árboles de abuelos, las cuevas frescas, los manantiales donde las crías aprendían a nadar.
El bosque entero se alzó.
Los animales más ágiles fueron convocados al frente.
Amnesio partió sin dudarlo.
—Volveré —dijo.
Ella no respondió. Solo lo vio irse… con esa intuición que las hembras sabias tienen:
cuando el viento sopla distinto, no hay promesas que garanticen el regreso.
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V. INCENDIO
Nadie lo vio venir.
Una chispa. Una mecha. Un árbol caído.
Y luego… el cielo se volvió naranja.
El humo tenía dientes.
El bosque lloraba con crujidos.
Las alas quemadas caían como cenizas.
Los aullidos eran de animales, pero también de amigos, hermanos, hijos.
Halia sintió el temblor antes de ver la llama.
No comía.
No dormía.
Sus pasos eran más lentos aún.
Los árboles hablaban en rumores:
“Los pájaros no volverán.”
“Las tropas cayeron.”
“Los búhos… fueron los primeros en entrar.”
Una elefanta joven la miró con pena.
Halia no lloró.
Solo dijo:
—Si cayó, cayó de pie.
Y eso ya es amor.
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VI. EL REGRESO QUE ARDE
Pero no.
Una tarde, mientras los sauces se inclinaban con compasión, volvió.
No volaba.
Caminaba como podía.
Sus alas, quemadas.
Sus ojos, los mismos.
—No pude volar…
Pero llegué.
Ella no dijo nada.
Lo cargó en su lomo.
Y lo llevó a casa.
Y esa fue la primera noche en que no soñó con fuego.
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VII. LO QUE SE SOSTIENE
Él ya no cantaba.
Ella ya no necesitaba explicaciones.
Cuando se le erizaban las plumas, ella le acercaba agua fresca.
Cuando a ella se le nublaban los ojos, él la miraba como si aún pudiera ver todo por primera vez.
Los elefantes dejaron de reírse.
Algunos, incluso, los saludaban.
Otros decían, al verlos pasar:
“Ese búho no volará más…
pero aprendió a vivir con el viento.”
“Y esa elefanta… ya no carga sola.”
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Epílogo
Dicen que cuando uno ama de verdad, no lo grita.
Lo cuida.
Lo sostiene.
Ellos no sabían mucho de palabras.
Pero sabían cuándo quedarse.
Y eso era más que suficiente.
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