Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

LA CANCIÓN DEL AHORA

Una parábola de Gajendra, el elefante que vivió en el presente

I. LOS DÍAS DEL RÍO

La madre de Gajendra, la matriarca Vasundhara, le enseñaba las leyes de la manada:
«Sigue las huellas de tus ancestros. Un elefante que olvida su pasado pierde el derecho al futuro».

Pero Gajendra prefería el lenguaje del río Godavari. Mientras los otros cruzaban apresurados, él observaba cómo los peces dorados dibujaban espirales en el agua.

¡El tigre no perdona a los rezagados! —rugía el viejo Viraj.
¿Y si hoy el tigre no viniera? —murmuraba Gajendra, oliendo el viento libre de amenazas.

Esa noche, el tigre atacó a Viraj en el mismo acantilado donde años atrás había matado a su hermano. La memoria, esta vez, fue su trampa.


II. LA NOCHE DE LA LUZ AZUL

En la Cueva de los Murciélagos, durante la gran sequía, Gajendra sintió un estallido silencioso en su frente: su glándula pineal se activó como un loto que florece en la oscuridad.

¿Qué ves? —preguntó Lakshmi, la elefanta ciega.
Que el pasado es una sombra, y el futuro, un espejismo —respondió, mientras las luciérnagas bailaban alrededor de su trompa—. El ahora es esto.

Lakshmi rozó su costado:
Los humanos escalan montañas para sentir lo que a ti te nació natural.


III. EL BODHISATTVA

Bajo un árbol bodhi, el monje Ananda meditaba cuando Gajendra se acercó a beber.

Tú no temblaste al verme —dijo el elefante (aunque los elefantes no hablan).
Tampoco tú huiste —respondió Ananda, ofreciéndole un mango.

Gajendra lo partió en dos con sus colmillos, compartiéndolo. En ese gesto (dana, la generosidad pura), el monje comprendió más que en todos sus años de estudio.


IV. EL ÚLTIMO ABRAZO

Capturado y llevado a un templo, Gajendra pasó años cargando estatuas de dioses. Hasta que Ravi —el niño al que una vez salvó— regresó convertido en hombre.

¿Te acuerdas de mí? —susurró, tocando la cicatriz de su cadena.
Gajendra respondió con un abrazo de trompa. No había perdón ni nostalgia en ese gesto… solo presencia.

Cuando murió al amanecer, los aldeanos juraron que su frente aún estaba caliente, como si el tercer ojo siguiera viendo.


EPÍLOGO: EL HUESO DEL TIEMPO

Años después, el anciano Ananda mostraba a sus discípulos un hueso de mango con marcas de colmillos.

¿Qué es? —preguntaron.
No es un recuerdo —respondió, rozando las hendiduras—. Es la prueba de que el ahora puede tocarse.

Y en ese instante, una bandada de loros estalló en el cielo, pintando el aire de verde y rojo. Como diciendo: «Esto. Solo esto.»

FIN

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