Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

La huésped sin jaula

por Arthur Rojas

  1. El barro en las huellas

“Algunas almas se reconocen antes de aprender a hablar.”

La lluvia de aquella tarde parecía más antigua que la ciudad misma. Caía como si buscara borrar algo.

Pablo, con apenas seis años, abrió la puerta con su uniforme escolar aún puesto. Lo que vio no era un perro, ni un gato, ni un zorro: era algo distinto. Una criatura con cuerpo alargado, manchas felinas, ojos de fuego manso y movimientos que no pedían permiso. Era una geneta. Entró, temblando de frío, pero con la dignidad de quien regresa a casa tras mil años de exilio.

—Papá… mamá… hay una visitante.

La criatura se instaló sin ruido. La familia Estévez la nombró Galatea, como las estatuas que sueñan con vivir.

  1. La arcilla que respira

“La materia también sueña, cuando las manos son del alma.”

Fue Pablo quien notó lo imposible. Una tarde, al regresar del colegio, encontró a Galatea empapada en arcilla roja. Sus patas parecían danzar sobre el barro, mientras junto a ella se alzaba una figura.

Era su rostro.

No un garabato infantil, sino un retrato perfecto, con la expresión de sus últimos juegos, la curva torcida de su sonrisa, la mirada que usaba cuando estaba por preguntar algo importante.

—¿Quién hizo esto? —preguntó la madre.
—Ella —dijo Pablo.

El padre rió. Hasta que vio la siguiente escultura. Y la siguiente. Cada una más precisa. Una mujer que no conocían, un viejo con gorra, una pareja abrazada, un niño llorando.

El silencio se volvió reverencia. Pero también miedo.

  1. La sospecha de lo imposible

“Nada es más temido por el poder que lo inexplicable.”

Un video grabado con celular cambió todo.

“GENETA ESCULTORA CON HABILIDAD HUMANA”, decían los titulares. Las redes estallaron, los científicos fruncieron el ceño, los fanáticos declararon señales celestiales.

Alguien la llamó extraterrestre. Otro, una mutación. El gobierno vino con guantes blancos y promesas frías.

—No es seguro —dijeron—. Esto podría ser… una amenaza a la ciudadanía.

La familia, atónita, lloró. Pablo se abrazó a Galatea con desesperación. Ella no gruñó. No se resistió. Solo miró, con una ternura tan profunda que partía en dos el corazón.

Se la llevaron sin ruido.
Como a un secreto que se quiere enterrar.

  1. El encierro de los que vieron demasiado

“Hay jaulas tan limpias que brillan… como las de los museos y los laboratorios.”

El zoológico había sido su primera cárcel. Allí Galatea aprendió que no todos los barrotes son de hierro. Algunos son el olvido.

Recordaba las miradas vencidas de los animales. El elefante que lloraba en sueños. El jaguar que no rugía. Las cebras que ya no jugaban con sus sombras.

Allí conoció a Piqué, un mono anciano con manos sabias, que un día le susurró:

—Si algún día sales… no vuelvas a buscar lo salvaje. Busca lo libre.

Y eso hizo. Escapó. Sola. De noche. Con el barro pegado a las patas y el recuerdo de Piqué encendido como brújula.

Pero el laboratorio no era mejor. Solo más limpio. Allí, los científicos querían entender lo inentendible. La obligaban a esculpir, pero ella no esculpía. Recordaba. Esperaba.

  1. El niño que dejó de dibujar

“El alma también enferma cuando pierde un espejo.”

Pablo cayó en una fiebre sin nombre. Lo revisaron médicos, sanadores, psicólogos. Nada parecía romper la bruma que lo cubría.

Solo una vez habló:

—Ella no era una mascota. Era mi amiga.

Dejó de dibujar. Su cuaderno quedó en blanco como un desierto que no acepta pisadas. A veces, en sus sueños, la veía esculpir con barro fresco. Otras veces, se despertaba llorando sin saber por qué.

Sus padres aprendieron a no hablar de Galatea. Pero él la sentía aún. Como una huella tibia en su pecho.

  1. La noche de la verdad

“Algunas libertades no gritan. Esculpen.”

Una periodista llamada Ada se infiltró en el laboratorio, con ayuda de trabajadores de limpieza. No buscaba monstruos. Solo la verdad que duele, la que se esconde detrás de los comunicados oficiales.

La encontró en un rincón, bajo cámaras y barro.

Galatea esculpía.

Primero, una versión de sí misma con cuerpo erguido, mirando al cielo, una antorcha en alto. Una reinterpretación de la Estatua de la Libertad, pero sin corona, sin nación. Solo ella: animal, barro, luz.

Luego vino otra escultura.

Era Pablo. En sus brazos. Inerte. Como en una nueva versión de La Piedad, pero al revés. Ella lloraba barro. Él dormía en su regazo.

Ada grabó. Y lloró.

El video se volvió viral antes del amanecer. Y esa misma noche… Galatea desapareció.

  1. La exposición sin autor

“La belleza verdadera no firma. Solo permanece.”

Veintidós años después, Pablo caminaba por Lisboa. Era ya un hombre, delgado, con ojos que aún llevaban la infancia en alguna parte del iris.

Una exposición le llamó la atención:

“Materia Viva – Esculturas sin autor”

Entró sin saber qué buscaba. Y lo encontró todo.

Figuras ampliadas con tecnología 3D, pero claramente moldeadas a mano en su origen. Formas humanas con esa imperfección exacta que solo da el alma. Curvas con memoria. Grietas con intención.

Y entonces lo supo. Galatea había vuelto al mundo.

Buscó al curador. Su voz era temblor y certeza.

—¿Quién hizo esto?

El hombre sonrió como quien revela un milagro.

—Tienes suerte, amigo… ella aún no se ha ido.

La llamó.

Y entonces…

  1. El barro volvió a mirar

“Hay encuentros que no necesitan idioma. Solo recuerdo.”

Ella apareció. El andar no había cambiado. Su cuerpo era el de una mujer, sí… pero sus movimientos aún llevaban el eco felino de la geneta que le había salvado la infancia.

Galatea.

Sus ojos se encontraron.

No hubo lágrimas. Ni gritos. Ni explicaciones. Solo una sonrisa que desenterró la infancia y la devolvió al presente. Él levantó la mano. Ella imitó el gesto. Como en un juego aprendido en otra vida.

Y sin decir palabra, Galatea murmuró con sus ojos:

”¿Me reconoces ahora?”

Pablo respondió con un susurro tembloroso:

—Nunca dejé de hacerlo.

FIN

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