Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Cuatro Vidas y un Réquiem

Un cuento literario de Arthur Rojas

“Podemos ignorar las diferencias y suponer que todas nuestras mentes son iguales. O podemos aprovechar estas diferencias.”
— Howard Gardner


Capítulo I: La Puerta Sellada del Penthouse 49

Martín Cárdenas controla media industria, pero sus días se le escapan entre llamadas, informes y rostros desechables. Su penthouse en lo alto de la ciudad está decorado con arte moderno que nunca observa, y sus trajes huelen más a prestigio que a humanidad.

Sus noches son un desfile de apuestas, alcohol, y promesas vacías. Una madrugada, mientras busca algo que no recuerda haber perdido, encuentra una caja de madera lacada en el fondo del minibar. Dentro, un diario azul. En su primera página, una frase escrita con letra angulosa:
“Me convertí en lo que mi padre temía. Y sin embargo, ¿quién me enseñó a temerlo?”

Martín lo cierra. Toma otro trago. Afuera, la ciudad continúa sin él.


Capítulo II: El Cuerpo Ajeno de Abril

Abril estudia por las mañanas y sobrevive por las noches. Se disfraza con maquillaje que intenta ocultar el temblor de sus manos. No hay familia que la espere, solo una habitación alquilada y una lista de tarifas.

Esa noche, mientras se quita los tacones, saca del bolso un cuaderno pequeño, azul, con las esquinas desgastadas. Lo abre por la mitad.
“He olvidado el sonido de mi voz cuando no finjo. Si alguna vez tuve un alma, tal vez la alquilé sin leer el contrato.”

Lo cierra con el mismo gesto que apaga la luz. Mañana hay examen. Y alguien más al otro lado de la puerta del motel.


Capítulo III: El Cuarto sin Ventanas de Gabriel

Gabriel ríe cuando no debería. Vive en un loft donde el humo se queda a dormir. Vende lo que puede, consume lo que encuentra y busca consuelo en canciones que ya no le dicen nada.

Esa tarde, después de pelear con su madre por teléfono, abre un cajón que casi nunca toca. Allí, entre apuntes viejos de arquitectura y pulseras rotas, está el diario azul. Una página arrugada dice:
“Me drogo para sentir menos… pero lo que me quema no es la culpa. Es no saber si alguna vez fui amado de verdad.”

Gabriel lo arranca. Lo quema. El papel se consume, pero la frase se queda.


Capítulo IV: El Confesor que No Calló

Julián viste de negro y calla en latín. Lleva sotana desde los catorce, cuando su familia lo ofreció a la Iglesia como quien rinde cuentas. Nunca creyó del todo, pero obedeció siempre.

El confesionario es oscuro y tibio. Un hombre confiesa pecados que Julián también ha cometido. La voz del feligrés parece venir desde dentro. Julián lo escucha en silencio… hasta que abre la puerta bruscamente, lo toma por la sotana y casi lo asfixia.

Esa noche, en su celda, busca debajo del colchón un cuaderno azul. Lo abre como quien abre una herida.
“Me negué a vivir mi vida. Ahora cargo con las vidas que otros me obligaron a ensayar.”

El reloj marca las 3:13.


Capítulo V: Sala 17B – Donde Despiertan los Ecos

El hombre abre los ojos. No sabe cuánto tiempo ha pasado. La habitación es blanca, con una sola silla, una mesa metálica y un cuaderno sobre ella.

Lo toma. Es azul. Dentro hay frases escritas con caligrafías distintas. Vidas ajenas que le suenan familiares.
Se detiene en la primera página. Letra ordenada. Fecha antigua.

“Mi nombre es R.G. Soy escritor. He decidido recluirme en este hospital por voluntad propia. No estoy enfermo (aún). Pero quiero conocer la enfermedad desde adentro. A través de las vidas que aún no existen.”

El hombre lo cierra. Escucha pasos. Entra una enfermera.

—¿Recuerda su nombre hoy, señor Gálvez?

Él asiente. Pero no dice nada.


Interludio: Informe Clínico

CLÍNICA PSIQUIÁTRICA SAN ELIGIO
Paciente: Gálvez, R.
Edad: 61 años
Diagnóstico provisional:

  • Trastorno de Identidad Disociativo
  • Fuga disociativa episódica
  • Posible actividad literaria con inmersión simbólica

Observación clínica:
El paciente manifiesta cuatro identidades separadas, con registros distintos en un diario azul. Ha comenzado a referirse al cuaderno como “última forma de recordarme”.

Nota del médico tratante:

“Uno no puede mentir con esta tristeza.”
“¿Y si todo lo que vive fue, alguna vez, solo una historia que se escribió a sí misma?”


Capítulo VI: Réquiem

Una noche, el paciente entra a la biblioteca del hospital, con el diario azul en mano. Se sienta frente a una máquina de escribir sin cinta.

Empieza a teclear, sin tinta, nombres que nadie más recuerda: Martín, Abril, Gabriel, Julián.
Luego escribe uno que sí le pertenece. O que tal vez inventó.

R.G.

Cierra los ojos.
Y los abre.
F I N

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