Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

🪦🎩 El Cuerpo entre las Hojas

Una Crónica del Subsuelo
por Arthur Rojas

“La música alta no ahoga la conciencia. Solo la adormece un poco más.”
—Mister Atlas, Bitácora Nº 92

I. El encargo incómodo

Me buscaron con el tono de quien no quiere encontrar lo que pide.
La llamada vino de la Comisión Juvenil de Interacciones Larvales —un nombre largo para un problema corto: gusanos adolescentes descontrolados. Habría una “reunión cultural” en el Criadero del Límite Sur. Me contrataron, oficialmente, como “observador neutral”.

—Nada formal, Mister Atlas —dijeron los dos escarabajos burócratas que llegaron con formularios—. Solo para que su… presencia genere contención. Sin necesidad de intervenir.
—¿Contención visual o moral? —pregunté, sin mirarles.
—De la otra. La simbólica.

Acepté. No por dinero, sino por un rumor que ya me zumbaba en los élitros: algo se estaba gestando entre las larvas. Algo que no olía a fiesta.

II. Fiesta en la Cámara C

La entrada al Criadero parecía un cráter iluminado con esporas de fuego.
Música de alta frecuencia sacudía el aire como si los sonidos también quisieran eclosionar. Gusanos de todo tipo se deslizaban, retorcidos, riendo sin cutícula. Las hojas estaban cubiertas de manchas verdes con olor ácido.

Algunos masticaban marihuana larval, fermentada en orina de abeja reina. Otros bebían licor de savia podrida. Unos más… simplemente reían sin razón.

Yo, con bombín firme y bastón en mano, me detuve en la entrada. Me observaron como a una estatua vieja.

—Ese es Mister Atlas —susurró uno—. ¿Por qué lo invitaron?

No respondí. Preferí observar. El caos es más elocuente que la ira.

Fue entonces cuando ocurrió.

III. El hallazgo

Un chillido atravesó la música.
Una larva pequeña, de mirada opaca, retrocedió envuelta en una hoja: había tropezado con algo blando… y frío.

Un cadáver.
El cuerpo de un joven saltamontes, semienterrado bajo restos de musgo fresco.
No tenía señales de defensa. Pero su rostro estaba inmóvil. No había sido aplastado. Había sido… silenciado.

La reacción fue instantánea.

—¿Quién lo invitó?
—No es uno de los nuestros.
—¡Podemos consumirlo antes de que se descomponga!

Ya se abalanzaban sobre él cuando golpeé el suelo con mi bastón.

—¡Alto!
—¿Y tú qué? ¿El viejo de las reglas?

Los miré con calma, ajusté mi monóculo y dije:

—La justicia no depende de la lista de invitados.

IV. Dotty entra en escena

Fue entonces cuando ella apareció.

Una mariquita roja, de alas pequeñas pero determinación visible. Se abrió paso entre las larvas.

—¡No lo toquen! ¡Él se llamaba Linth! ¡Y era mi amigo!

La música bajó levemente. Las esporas se atenuaron.
Yo la observé. Su nombre era Dotty. Tenía mirada clara, memoria feromónica y una pulsera tejida con seda de duelo.

—¿Lo conocías?
—Sí. Él me dijo que vendría a esta fiesta, que sospechaba algo.
—¿Sospechaba qué?
—Que alguien aquí… tenía antecedentes. Que esta fiesta no era solo una fiesta.

Y entonces lo supe.

No era un asesinato casual.
Era una ejecución selectiva. Una caza.

V. Las autoridades quieren silencio

Horas después, llegaron los supervisores del Criadero. Carabajos con antenas tensas y lenguaje neutro.

—No fomentemos el pánico, Mister Atlas.
—Esto puede interpretarse como un accidente.
—El saltamontes… estaba solo. Tal vez cayó.
—Y usted, con todo respeto, no tiene jurisdicción aquí.

Yo asentí en silencio.
Anoté en mi libreta.
Jurisdicción es una palabra bonita para tapar la podredumbre.

Dotty me acompañó hasta el borde del criadero.

—¿Va a dejar que lo callen?
—Mi querida Dotty —dije ajustando mi bombín—, si eso me detuviera, el subsuelo estaría lleno de cuerpos sin historia.
VI. El rastro del gusano

Dotty era mucho más que una amiga del saltamontes.
Tenía un don raro entre los insectos sociales: memoria de rastros emocionales. Podía detectar, en los restos de una hoja, si quien la había pisado tenía miedo, rabia… o intenciones.

—Este caparazón… fue movido. Después del crimen.
—¿Cómo lo sabes?
—Las feromonas no mienten. No si sabes escucharlas.

Siguiendo sus indicaciones, hallamos una entrada lateral al criadero, usada por solo tres larvas esa noche. Dos estaban durmiendo…
La tercera, no.

Se trataba de un gusano albino, de gran tamaño, con manchas negras en forma de espina dorsal. Se hacía llamar Grax, y ya no estaba en el criadero.

Había escapado por una fisura entre raíces, un espacio húmedo que se activaba solo durante la hora más calurosa del ciclo.

—No es una salida común —dijo Dotty—.
—No. Es algo peor —respondí—.
Es un túnel larval de tipo Rosen-Einstein.

VII. El agujero en la realidad

Los túneles Rosen-Einstein eran vías vivas, conductos entre puntos no contiguos del subsuelo.
Algunos los consideraban leyenda. Otros, crimen natural. Yo los llamaba por su nombre:

Escapatorias para lo que el suelo ya no soporta.

Grax, descubrimos, era fugitivo de al menos tres criaderos. Había devorado larvas, manipulado huevos ajenos, sembrado disturbios… y desaparecido cada vez justo antes de ser capturado.

Siempre dejaba tras de sí una fiesta, un cadáver y una grieta abierta.

Dotty tembló al saberlo.

—¿Por qué lo encubrieron?
—Porque si admiten que el asesino cruzó un túnel entre raíces, deben admitir que el suelo… ya no está unido.

VIII. La resolución que nadie aplaudió

El cuerpo del saltamontes fue honrado en una ceremonia de canto y silencio.
Ninguna autoridad asistió. Pero Dotty leyó un mensaje que Linth le había dejado. Decía:

“Si algo me ocurre, no busques venganza. Busca la causa. Porque nadie mata por gusto. Mata porque alguien le hizo creer que podía.”

Presentamos el informe. Nadie lo refutó.
Pero tampoco lo difundieron.
Fue archivado en la Cámara Fría del Consejo de Biología Social.

Yo sabía que el asesino se había perdido en la curvatura del subsuelo.
Pero también sabía que dejó una larva suya en el criadero.
Una que crecía rápido.
Una que, algún día, volvería a cruzarse conmigo.

IX. Epílogo: La mariquita de los símbolos

Dotty vino a verme una semana después. Traía una hoja doblada y una expresión seria.

—Quiero aprender. Quiero seguir.
—¿El suelo no te asusta?
—Me asusta más no entenderlo.

Le extendí un segundo monóculo.
No estaba calibrado para su ojo.
Pero ella lo ajustó, lo giró… y sonrió.

—Está borroso. Pero veo algo.
—Eso es la verdad. Al principio… siempre lo está.

“Porque si yo no sigo…
¿quién resolverá los crímenes en el Suelo?”

—Mister Atlas

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