Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

📘 El Túnel Resiliente

Por: Arthur Rojas


Epígrafe

A veces, la vida se nos presenta como un río que fluye sin cesar, y nosotros, a la deriva, nos preguntamos si supimos aprovechar cada ola… o si simplemente fuimos arrastrados por la corriente, dejando atrás momentos que jamás volverán.
— Arthur Rojas


Prólogo

Hay caminos que no solo conectan ciudades, sino también dimensiones. Hay túneles que no solo atraviesan montañas, sino que rozan los bordes del más allá. Esta es la historia de un hombre que, sin buscarlo, se convirtió en testigo de un crimen, portador de un espíritu, y catalizador de una justicia que solo los muertos pueden exigir.


Capítulo I: El resplandor

Jhonas Bethancour, joven emprendedor de 34 años, había logrado lo que muchos soñaban: un buen trabajo como representante de ventas para una empresa transnacional, ingresos estables, y un vehículo casi nuevo que le permitía recorrer los estados Guárico, Apure y, ocasionalmente, Caracas.

Una madrugada, partió desde Maracay hacia la capital. Eran las 5:00 a.m. cuando tomó la Autopista Regional del Centro. Todo parecía normal: la radio encendida, el tráfico fluido, la neblina habitual en la zona montañosa. Al acercarse al túnel de Los Ocumitos, notó el ascenso lento, las luces tenues, la humedad en el aire.

Pero al salir del túnel, algo no encajaba.

El cielo estaba despejado, el sol brillaba con fuerza… y él iba en dirección contraria. No hacia Caracas, sino de regreso. No recordaba haber girado. No recordaba haber frenado. Solo sabía que algo había cambiado.

Detuvo el vehículo. El corazón le latía con fuerza. ¿Había perdido la noción del tiempo? ¿Había soñado despierto? ¿O algo más profundo, más inexplicable, acababa de ocurrir?


Capítulo II: El eco del acero

Una semana después, en una curva hacia San Juan de los Morros, el carro se apagó por completo. Sin previo aviso. Sin razón aparente. Y en medio del silencio, Jhonas vio una figura al borde de la carretera. Inmóvil. Observándolo.

Cuando parpadeó, ya no estaba.

Decidió investigar. Volvió a la agencia donde había comprado el vehículo. El vendedor, algo incómodo, le confesó que el carro había sido devuelto por una viuda. Le ofreció su contacto.

Maribel Sánchez lo recibió en su apartamento de La Candelaria. Era joven, pero sus ojos cargaban una tristeza antigua. Le mostró una foto de su esposo, sonriente junto al mismo carro.

—Lo mataron en la vía de regreso de Valencia —dijo—. Nunca supimos quién ni por qué. El carro quedó intacto. Solo unas manchas de sangre. Lo limpiaron. Lo vendí.

Jhonas sintió un escalofrío. No era solo el relato. Era la certeza de que, de algún modo, ese vehículo había absorbido algo más que sangre.


Capítulo III: El perro negro

En otro viaje, Jhonas presenció un accidente. Un carro lo sobrepasó, un perro negro se cruzó en la vía, y el vehículo se estrelló violentamente. Pero al acercarse… no había nada. Ni carro. Ni perro.

Días después, en una parada de carretera, lo comentó con el encargado del restaurante. El hombre sonrió con resignación.

—Eso fue el año pasado. Murió una familia entera. Pero algunos lo siguen viendo.

Otro trabajador se persignó al oírlo. Jhonas comprendió que no había presenciado un accidente. Había presenciado un eco.


Capítulo IV: Las llaves del muerto

Un amigo lo llevó a una médium en Palo Negro. La mujer habló mucho, pero en un momento lo miró fijamente y dijo:

—Tienes un muerto encima. No es echado. Te vino con algo que deseabas mucho.

Jhonas sintió un escalofrío. Ella explicó que el difunto había hecho un amarre con un brujo novato. Que despertó “llaves”. Que no cumplió con el pago. Y que por eso lo arrebataron.

Al salir, la mujer lo señaló. Jhonas se revisó… y vio las llaves del carro colgando de su pantalón. El vínculo. El canal.


Capítulo V: El comprador

La llamada llegó una tarde cualquiera. Era Maribel. Le preguntó si ya había vendido el carro. Jhonas respondió que no. Ella le dijo que tenía un cliente: el tío de su esposo. Acordaron verse en una casa antigua, en las afueras de Turmero.

El tío lo esperaba en el porche. Pero lo que inquietó a Jhonas fueron los tres hombres que estaban con él. No eran familiares. No eran compradores. Eran sombras con forma humana.

—Ellos son los que usarán el carro —dijo el tío—. Yo solo los acompaño.

Jhonas, con disimulo, tomó una foto. Su teléfono la subió automáticamente a la nube. Su esposa tenía las contraseñas. Siempre le había dicho: “Si algún día no regreso, busca en la nube”.

La conversación fue breve. Tensa. Entonces sonó su teléfono. Una llamada que se cortó al instante. Pero Jhonas vio en ella una salida. Fingió seguir hablando, cambió el tono de su voz, se llevó las manos a la cabeza y gritó:

—¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Ya voy para allá!

Se giró hacia los hombres.

—Acaban de robar una entrega. Es urgente. ¡Debo irme!

Se montó en el carro y arrancó. En el retrovisor, vio cómo los hombres se miraban entre sí. Uno dio un paso, pero el tío levantó la mano. Lo dejaron ir.


Capítulo VI: La nube y la sangre

Días después, Jhonas fue a la policía. Mostró la foto. El oficial frunció el ceño.

—¿Dónde tomó esto?

—En Turmero. Iba a venderles un carro.

El oficial volvió con un expediente. Jhonas reconoció una de las fotos: Eduardo Sánchez.

—Estos tres tienen antecedentes. Robo, extorsión, incluso secuestro. Pero nunca pudimos probar nada en el asesinato de Sánchez. Hasta ahora.

—¿Qué encontraron?

—Huellas. En el vehículo. Coinciden con estos tipos. Y hay testigos que vieron a tres hombres acercarse al carro el día del crimen.

—Usted no solo salvó su vida —dijo el oficial—. Acaba de abrir un caso que llevaba un año dormido.


Capítulo VII: El conjuro del deseo

La detención fue limpia. Don Elías fue arrestado en su taller. Durante el interrogatorio, al principio negó todo. Pero cuando le mostraron la foto, se quebró.

—Eduardo era ambicioso. Me pidió ayuda. Le hice un trabajo. Un amarre. Para que deseara ese carro. Pero no cumplió. Y yo cobré.

—¿Y los otros tres?

—Ellos solo ejecutaron. Yo abrí la puerta.

Eduardo no había sido solo una víctima. Había sido también autor de su propia caída. Había deseado con demasiada fuerza. Había abierto una puerta que no supo cerrar.

Y el carro… fue el altar donde se selló el pacto.


Epílogo: El reflejo

El tiempo pasó. Jhonas vendió el carro. Compró uno nuevo. La vida volvió a la normalidad.

Hasta que, una mañana, fue citado a una reunión en Caracas. Salió a las 5:00 a.m. Todo era igual.

Hasta que llegó al túnel.

Los Ocumitos.

Y siguió su camino.

El ascenso. La neblina. El eco de los neumáticos. Y entonces, justo antes de la salida, todo quedó en oscuridad total.

El corazón de Jhonas se detuvo. El volante se tensó entre sus manos.

—¿Otra vez? —susurró—. ¿Qué es esto, Dios?

Pero al salir, la luz volvió. Miró por el retrovisor. Las bombillas del túnel parpadeaban. A su derecha, camiones de reparación eléctrica. Hombres con cascos revisaban cables.

Solo eso.

Jhonas soltó un enorme suspiro. Se miró en el retrovisor.

Y sonrió.

Una sonrisa leve. Un poco extraviada. Como quien ha regresado de un lugar del que no se habla. Como quien sabe que, aunque todo parezca normal, hay cosas que nunca se van del todo.

Fin

El Túnel Resiliente
Por: Arthur Rojas

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