Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Guerreros Marchitos
Por Arthur Rojas
La Ascensión de la Enredadera Silenciosa
En cierto invernadero —cuya ubicación prefiero omitir, aunque sospecho que podría ser cualquiera— habitaba una Orquídea Mariposa que había heredado, junto con su linaje, la certeza de que la belleza era una forma particular del destino. Durante generaciones, sus antecesoras habían desplegado pétalos como quien despliega argumentos: con la paciencia de quien sabe que la verdad, como las flores, tiene su tiempo.
La luz llegaba filtrada por cristales que el tiempo había vuelto opacos, creando esa penumbra dorada que los botánicos llaman “luz de invernadero” y los poetas, simplemente, melancolía. En ese espacio donde cada planta custodiaba su pequeña parcela de existencia, la Orquídea había aprendido la gramática del crecimiento lento, esa sintaxis vegetal que convierte la espera en una forma de la esperanza.
Es posible que la historia hubiera sido distinta si alguien hubiera advertido, desde el principio, la llegada de la Enredadera Silenciosa. Pero los sistemas tienden a ignorar aquello que no encaja en sus taxonomías, y la Cuscuta vorax —así la clasificó después un botánico melancólico que nunca entendió del todo lo que había visto— no pertenecía a ninguna de las categorías reconocidas en la pequeña sociedad del invernadero.
No tenía raíces propias, lo cual la excluía del gremio de las plantas terrestres. Carecía de hojas, por lo que las especies fotosintéticas la consideraban poco menos que una aberración. Era apenas un hilo amarillo, una línea que parecía dibujada por un calígrafo distraído sobre el mundo verde de los otros. En el principio, nadie la tomó en serio. Error que, como todos los errores fundamentales, solo se revelaría retrospectivamente.
La Enredadera no competía —esa fue su primera astucia—. Mientras las Calas disputaban el agua y el Roble Centinela monopolizaba la luz superior, ella se adhirió al tallo de la Orquídea con la delicadeza de quien abraza sin hacer ruido. No había en ese gesto nada que pareciera agresivo; más bien parecía una búsqueda de compañía, casi ternura.
Los haustorios —esos órganos microscópicos cuyo nombre técnico no alcanza a describir su voracidad— se insertaron en el tejido de la Orquídea como quien clava una bandera en territorio conquistado, pero en silencio, sin ceremonia. La invasión fue tan sutil que durante semanas pudo confundirse con una caricia.
El primer síntoma fue una leve pérdida de intensidad en el verde de las hojas. Algo que podría atribuirse al cambio de estación, a la calidad del agua, a esos múltiples azares que determinan la vida en un invernadero. La Orquídea, educada en la tradición de la paciencia, interpretó esa primera señal como una prueba más en el largo aprendizaje de la belleza.
Pero la Enredadera, que había aprendido en otros invernaderos la ciencia de la apropiación gradual, no se conformaba con poco. Sus filamentos se multiplicaron siguiendo una progresión que habría interesado a los matemáticos: cada nuevo hilo duplicaba la capacidad de extracción del anterior. El amarillo de sus hilos se intensificaba a medida que el verde de la Orquídea palidecía, como si hubiera entre ambos colores un sistema de vasos comunicantes.
Las otras plantas del invernadero —el Roble con su dignidad inmutable, las Calas con sus preocupaciones estéticas, la Dama de las Orquídeas con su aristocrática indiferencia— continuaron con sus rutinas. En los sistemas cerrados, la solidaridad suele ser un lujo que pocos pueden permitirse. Cada cual tenía suficiente con mantener su propia supervivencia para preocuparse por dramas ajenos.
Hubo un momento —creo que fue un martes, aunque en los invernaderos todos los días se parecen— en que la Orquídea intentó un último gesto de independencia. Quiso abrir un capullo que había estado formándose durante semanas, esa promesa de color que justificaría todo el esfuerzo anterior. Pero el tallo, antes flexible como la juventud, crujió con el sonido seco de las cosas que se rompen sin remedio.
La fusión era ya completa. La Enredadera había logrado lo que los filósofos llaman la perfecta apropiación del otro: transformar a la víctima en cómplice involuntario de su propia desaparición. Separar ahora ambas plantas habría requerido un cirujano, y en el invernadero no había más herramientas que la paciencia y el tiempo, esas dos formas gemelas de la crueldad.
La Orquídea Mariposa, que había soñado con la vanidad de sus flores, se convirtió en una demostración involuntaria de que en ciertos sistemas la belleza y la destrucción pueden coexistir hasta volverse indistinguibles. Su existencia, que comenzó como una promesa, terminó como una advertencia.
El invernadero continuó con su rutina de luz filtrada y silencios vegetales. Nadie escribió la crónica de lo ocurrido, nadie levantó un monumento a la Orquídea desaparecida. Solo quedó la lección, escrita en el lenguaje mudo de las plantas, para quien supiera leerla:
En el gran invernadero del mundo, los guerreros más peligrosos son aquellos que llegan sin hacer ruido, que abrazan antes de estrangular, que convierten la cercanía en una forma perfecta de la soledad.
Y así comenzó el tiempo de los Guerreros Marchitos.

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