Niji y el Color de los Días
Una fábula sobre creer incluso cuando nadie más lo hace
por Arthur Rojas
Capítulo 1 – El Arco de los que Sueñan
En el pueblo de Altos del Silencio, el tiempo no caminaba: se deslizaba como neblina por las calles, sin hacer ruido, sin dejar huellas. Las ventanas estaban cerradas desde hacía años. Las tiendas, cubiertas de polvo. Y los columpios de la plaza, oxidados y quietos como relojes parados.
Allí nació Lara.
A diferencia del pueblo, ella no sabía quedarse quieta. Tenía once años y una imaginación tan despierta que, si alguien miraba bien, podía ver cómo los colores le chispeaban detrás de los ojos. Cuando el mundo parecía gris, ella abría sus cuadernos y lo volvía a pintar.
Desde muy chica, Lara dibujaba su pueblo con un detalle constante: un arcoíris al fondo. Siempre. Aunque lloviera poco, aunque los demás dijeran que eso no pasaba allí. Ella igual lo ponía, como si ese cielo de siete colores fuera la verdadera forma de recordar que las cosas podían cambiar.
Las maestras la adoraban. Siempre la elegían para decorar la escuela en los días festivos. Lara creaba murales con flores imposibles, guirnaldas hechas de papel reciclado, banderas de tela vieja teñidas a mano.
Ese año, en el Día de San Patricio, se superó.
Organizó a sus compañeros como un pequeño ejército de creadores. Usaron cajas de cartón, retazos de foami, y una lluvia entera de escarcha para construir su obra más querida: un gran arcoíris que nacía en una nube de algodón y terminaba en un caldero lleno de monedas doradas de papel. Lo colocaron en el escenario principal del acto escolar, y brillaba como si tuviera luz propia.
Cuando los niños le preguntaban por qué siempre hacía arcoíris, ella respondía con naturalidad:
—Porque son señales de que algo bueno viene. Porque son reales, pero parecen mágicos. Porque hasta en el cielo, las lágrimas pueden volverse colores.
Y si alguien se quedaba un poco más tiempo a su lado, le contaba más cosas:
—¿Sabías que los arcoíris no son arcos, sino círculos completos? Solo que desde el suelo no los vemos. Que hay dobles, triples y hasta cuádruples. Que todo depende del punto antisolar, que es justo el lado contrario al Sol donde se forma la magia. Y que a veces… no se forman si nadie los espera.
Algunos reían. Otros decían “¡qué rara es Lara!”. Pero ella no se inmutaba.
Porque los arcoíris no se explican: se sienten.
Y en su corazón, ella los sentía nacer.
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Ese mismo día, de regreso del colegio, Lara tomó el camino largo.
La llovizna era leve, de esa que apenas moja. El aire olía a tierra despierta.
Y justo al pasar por el viejo ceibo que bordeaba la ladera del río, lo vio.
Una figura pequeña, agazapada entre la maleza. Llevaba algo brillante en la cabeza, como un sombrero verde, y su ropa resplandecía, aunque el sol se ocultaba entre nubes.
Lara se detuvo.
El ser levantó la vista. Tenía ojos de aurora y barba diminuta.
El corazón le dio un salto.
Ella pestañeó.
Y el duendecillo desapareció como si se lo tragara la tierra.
No gritó. No huyó. Solo caminó más rápido, con las manos cerradas y el pensamiento encendido como una linterna.
Por primera vez, algo que había soñado parecía haberse salido del dibujo.
Pero no sería la última vez.
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Capítulo 2 – Niji
Dos días después, al salir de la escuela, Lara encontró a un niño sentado en las raíces del mismo ceibo. Tendría unos siete años. No lo había visto nunca. Llevaba ropa de otro tiempo, una sonrisa traviesa y una mirada tan vieja como el viento.
—Hola —dijo él—. Soy Niji.
—¿De qué parte eres?
—De un pueblo que ya no existe, pero muy cercano a este.
No sonó extraño. No con ese tono.
Niji hablaba distinto. No como un niño, ni como un anciano. A veces parecía saberlo todo; otras, parecía descubrir el mundo junto a ella. Comenzaron a verse cada tarde. A veces él desaparecía sin aviso, pero siempre volvía.
Le contaba cosas sobre los colores, sobre la memoria de las plantas, sobre el idioma de los pájaros. Y sobre los arcoíris.
—He sido el encargado de que existan desde hace siglos —le dijo una tarde, mientras ambos miraban el cielo por entre las ramas.
—¿De verdad?
—No puedo hacerlos solo. Se necesitan dos cosas que escasean: agua en el aire… y alguien que crea que es posible.
Lara lo miraba sin miedo. Como si todo eso fuera lo más natural del mundo.
Pero él advirtió algo más:
—Necesito tu ayuda, Lara. No me escucharán si soy un duende. Ni si soy un niño. Solo tú puedes abrirle la puerta al color de los días.
Y entonces, frente a sus ojos, Niji creció. Se volvió un joven alto, de rostro luminoso, y en sus ojos giraban destellos de todos los tonos conocidos. Y algunos que aún no tienen nombre.
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Capítulo 3 – La Tormenta
La vida comenzó a cambiar.
Una abuela plantó flores en un balcón abandonado.
Un niño dejó un dibujo de sol en la puerta de una tienda.
Un vecino triste salió a barrer su acera.
El pueblo aún era el mismo, pero ya no era igual.
Hasta que llegó la tormenta.
Una de esas que oscurecen el día como si la tierra hubiera cerrado los ojos. El cielo rugía. La lluvia golpeaba como si quisiera lavar los tejados de todos los años perdidos.
Lara sintió un llamado.
Niji no había regresado en días.
Algo dentro de ella sabía que debía ir al ceibo.
Corrió bajo la lluvia, con los zapatos empapados, con el alma temblando.
Y justo al llegar al árbol, un rayo rasgó el cielo y cayó cerca.
Un estruendo.
Un resplandor.
Y luego… el silencio.
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La encontraron tendida, apenas respirando.
La llevaron al hospital. Quemaduras leves. Corazón débil.
No respondía.
Esa noche, mientras los médicos la daban por perdida, una luz entró por la ventana de cuidados intensivos. No era eléctrica. No era terrenal.
Niji estaba allí.
Ya no como niño ni joven. Era solo color girando en forma humana, como si el alma de todos los arcoíris hubiera tomado cuerpo.
Le rozó la frente con una mano de luz.
Y desapareció.
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Capítulo 4 – El Arcoíris Cuádruple que Maravilló al Mundo
A la mañana siguiente, Lara abrió los ojos.
Sus signos vitales mejoraron.
Los médicos no entendían.
El pueblo entero lo supo antes del mediodía.
Y entonces, sucedió el milagro.
El cielo, aún con la llovizna cayendo como un susurro, se llenó de colores.
No uno. Ni dos.
Cuatro arcoíris completos, perfectamente visibles, uno dentro del otro.
La colina se llenó de gente.
Los celulares grababan.
Los abrazos eran reales.
📱 “El Asombroso Arcoíris Cuádruple que Maravillaba al Mundo”
🌐 “Según los expertos, solo han ocurrido menos de cinco en los últimos 250 años.”
Pero en Altos del Silencio, nadie hablaba de estadísticas.
Hablaban de Lara.
Hablaban de cómo una niña, con su fe en lo invisible, les había devuelto los colores.
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Días después, al pie del mirador, alguien colgó un cartel de madera pintado a mano.
Nadie lo firmó.
Pero todos sabían de quién era.
“Cuanto más fuerte es tu tormenta, mayor será el brillo de tu arcoíris.”
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📘 FIN
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