Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Sinfonía en los Árboles

por Arthur Rojas


Carta bajo una hoja

Del autor al lector

Esta historia nació del deseo profundo de rendir homenaje a una vida que es música, inspiración y entrega.
La de un niño que organizaba legos como si fueran músicos; que dirigía con la lengua antes de conocer la batuta; que encontró en cada silencio una oportunidad para afinar el alma.
Pero también es la historia de muchos niños. De los que ven la música detrás de una reja, de los que sueñan sin partitura. Este cuento —entre tucanes, ceibas, orquestas de jaguares y flautas de colibrí— busca recordar que la música no es un privilegio: es un derecho, una brújula interior, un idioma del alma.

Gracias por detenerte a escucharla.

—Arthur Rojas


Capítulo I: La Pluma del Silencio

Dicen los pájaros viejos del Parque Bararida que algunos nacen con alas, y otros con música. Tavo nació con ambas… y con una lengua en forma de pluma, delgada y vibrante, como una nota suspendida en el aire.

Antes de saber volar, él ya dirigía. Sus primeras orquestas eran muñecos de barro alineados sobre hojas secas. Les hablaba con solemnidad, e imponía reglas: nadie podía tocarlos. Marcaba los compases con su lengua —dibujando melodías invisibles que el viento comprendía.

Su abuela Engracina, lora de voz cálida, solía decir:

—Ese muchacho no dirige… escribe música en el viento.

Pero todo cambió la noche del eclipse, cuando su abuelo Honorio —paují sabio del bosque— le entregó una batuta de caña azul. Entonces su lengua-pluma se replegó. La música ya no solo lo habitaba: ahora podía convocarla.


Capítulo II: El Pequeño Director del Nido

Tavo creció en un nido pequeño, lleno de alas jóvenes, cuentos arrullados y sueños tarareados. Su madre lo crió entre canciones corales, su padre entre ritmos de salsa. Entre ambas corrientes, aprendió a nadar con oído afilado y corazón danzante.

Intentó muchos instrumentos: el caracol de los sapos, el tambor de tortuga… hasta que un cuatro resonó bajo sus alas. Lo tocó de oído, como si su alma ya supiera los acordes. A los ocho años, su abuelo le regaló la batuta, y con ella… su destino.


Capítulo III: El Ensayo de la Selva

El día había llegado. Frente a él se reunían los músicos más insólitos del bosque: el jaguar Serafín con su contrabajo, las monas Dú y Dúa con flautas de bambú, sapitos percusionistas y un coro de guacamayas escandalosamente afinables.

Tavo alzó su batuta.

—No toquen como saben —dijo—. Toquen como sueñan.

La primera nota fue torpe. La segunda, tímida. Pero la tercera… hizo que el bosque contuviera el aliento.

En la cerca del parque, niños humanos miraban en silencio. Una de ellas dibujaba un pentagrama en el polvo. Tavo supo entonces que su música no podía quedarse entre ramas.


Capítulo IV: El Aula sin Pupitres

Tavo bajó del árbol. Cruzó la reja.

Allí encontró a los niños del barrio: descalzos, curiosos, vibrantes. Sin pupitres, sin flautas, sin miedo. Él colocó una hoja de ceiba como partitura, y comenzó a ensayar. Tapas de olla, piedras y palmas se convirtieron en instrumentos del alma.

Una niña le dijo:

—Maestro… ¿puedo soñar contigo mañana también?

Así nació la Orquesta del Lado de la Cerca.


Capítulo V: Los Consejos del Viento

Esa noche, Tavo subió al Samán de los Ecos con una petición. No pedía aplausos. Pedía justicia:

—Que la música sea parte del aprendizaje de cada ser viviente. No como lujo… como alimento.

El Maestro Bravío convocó a los Consejos del Viento. Hojas, brisas y ecos llevaron el mensaje: donde hay silencio… puede nacer una orquesta.

Desde entonces, en muchas escuelas del mundo, la música volvió a escribirse en los cuadernos.


Capítulo VI: El Vuelo de las Estrellas

Tavo voló lejos. Dirigió a Billie la Luciérnaga en el Anfiteatro de Cristal. Abrió un concierto de Coldflor ante miles de criaturas del planeta. Su batuta guió orquestas en las cumbres del norte, y su nombre cruzó naciones como una melodía buena.

Fue invitado a dirigir la Filarmónica de las Aves del Norte. Pero él solo dijo:

—No vengo a enseñarles a volar… sino a recordarles que el cielo es de todos.


Capítulo VII: El Contrapunto del Silencio

Cuando regresó a Bararida, vio que aún había niños sin música.

Sintió un nudo en el pecho.

—¿De qué sirve tocar en las cumbres… si las raíces siguen sin escucharse?

Le entregó su batuta a una niña del barrio. Ella dibujaba pentagramas en su cuaderno sin saber leerlos. Él le dijo:

—Tal vez tú tampoco necesites leerlos. Tal vez solo necesites sentirlos… y enseñarlos.

Y así, una nueva semilla comenzó a germinar.


Epílogo: La Hoja que Cayó Afinada

Los años pasaron. Tavo envejeció. Ya no dirigía. Solo escuchaba.

Una mañana, se sentó bajo su ceiba. En el claro, niños y aves ensayaban. Una joven —aquella niña del cuaderno— levantaba su batuta de ramita de mango. Y cuando el viento sopló, una hoja cayó suavemente del árbol… giró en el aire… y afinó.

Fue solo un susurro.
Pero todos supieron:

Tavo aún dirigía.


✨ Fin de la sinfonía… comienzo del eco.
Por: Arthur Rojas

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