El Sendero de la Noche Perdida
Autor: Arthur Rojas
Desde que eran niños, Ulises y Gael entendieron que la finca era un territorio de contrastes. Durante el día, se convertía en un campo de trabajo bajo el sol implacable, pero también en un refugio de aventuras: caballos, lagartos, quebradas con peces esquivos y tardes de práctica con la pequeña escopeta calibre 22. En la noche, sin embargo, los sonidos del monte adquirían una cualidad espectral, como si el viento arrastrara voces desde épocas olvidadas.
La finca vivía con sus propios latidos. Los hombres que trabajaban allí cultivaban sus conucos, pequeños claros en el monte donde crecían el maíz, el ají y la yuca. Al amanecer se escuchaba el mugido de las vacas acercándose al corral, el tintineo de las cubetas de ordeño, y el canto ronco de los gallos sobre los techos de zinc. Los peones preparaban los arreos del ganado, y con gestos repetidos como plegarias, revisaban los canales de riego que serpenteaban desde la quebrada hasta los sembradíos. Cada dos semanas, Ulises y Gael acompañaban a su padre al pueblo, donde compraban sacos de maíz partido para las aves, restos de panadería para los cerdos, y algunas golosinas que sabían a fiesta.
Pero esa mañana, la llegada trajo consigo un peso inesperado. Su padre recibió la noticia de que el capataz había muerto de un infarto. Sin más demora, partió al pueblo para conseguir el ataúd y tramitar el acta de defunción, dejando a los hermanos con la instrucción de “mantener todo en orden” hasta su regreso.
Al mediodía, el hambre comenzó a punzarles el estómago. Mientras buscaban algo para comer, notaron a un niño de piel morena y ojos oscuros que los observaba desde la distancia, inmóvil, sin expresión.
—¿Oye, por aquí hay algún lugar donde podamos comprar comida? —preguntó Gael.
El niño no respondió. Solo levantó la mano y señaló con un gesto claro: síganme.
Guiados por el hambre y la curiosidad, los hermanos lo siguieron por una vereda poco transitada, llena de maleza y espinas. El sol caía vertical, el aire se volvía denso. Avanzaban en silencio hasta que, de pronto, el niño desapareció. Solo quedaba el monte, vivo y expectante.
Subieron una pequeña pendiente, y entonces lo vieron: La Loma del Samán. Un árbol gigantesco se alzaba como un centinela antiguo, con ramas que parecían tocar el cielo. Bajo su sombra, una estructura de bahareque con techo de palma albergaba a hombres, mujeres y niños que se movían en una armonía extraña. Desplumaban gallinas, hervían sopas en calderos, molían café sobre fogones de piedra.
La carne de cerdo crepitaba en las brasas. Los hermanos comieron con ellos sin hablar demasiado. No había relojes, ni electricidad, ni señales del mundo moderno. Las risas eran suaves, las miradas hondas. Todo parecía detenido en el tiempo.
Al anochecer, sacaron el cuerpo del difunto y lo colocaron sobre un catre entre dos horcones. La música emergió como un soplo de otro mundo: un cuatro, un tambor, un violín. Bailaron alrededor del fuego, bebieron aguardiente fermentado y cantaron hasta que el cielo se tornó negro como hollín.
Ulises y Gael no supieron en qué momento se quedaron dormidos. Al amanecer, el niño apareció de nuevo, callado, y comenzó a caminar.
Lo siguieron hasta encontrar el alambre de púas que marcaba el límite de la finca. El sol brillaba con fuerza. El aire olía a establo y a caña fermentada.
Al llegar a la casa, miraron sus relojes:
12:55 p.m.
—No puede ser —dijo Ulises.
—¿Qué día crees que es? —preguntó Gael.
—Jueves. Ayer nos perdimos en el monte…
—No. Todavía es miércoles.
Encendieron la radio. La señal horaria lo confirmó. Solo había pasado una hora.
Su padre regresó con varios hombres, un ataúd y sacos de alimento. Ulises y Gael ayudaron a descargar las cosas, todavía sacudidos por lo vivido.
Más tarde, mientras compartían un guayoyo en el portal, se atrevieron a preguntarle:
—Papá, ¿alguna vez estuviste en una loma donde hay un samán muy grande, y unas estructuras oxidadas como de un molino viejo?
El hombre levantó la vista, con el rostro súbitamente endurecido.
—Eso es imposible. La Loma del Samán fue donde mi abuelo y su hermano tenían el trapiche. Sacaban papelón y melaza, y destilaban aguardiente. Pero eso quedó en ruinas hace décadas.
—¿Qué pasó allí?
—Fueron emboscados por el ejército. Montoneros, les decían. Resistieron, pero los mataron a todos. Hombres, mujeres, niños… durante un velorio.
Ulises y Gael intercambiaron una mirada de pánico silencioso.
Al día siguiente, convencieron a su padre de llevarlos allí.
El camino era largo, y la maleza había devorado gran parte de la ruta. Pero al llegar, lo único que encontraron fueron ruinas. Calderos oxidados, trapiches cubiertos de enredaderas, y el gigantesco samán como único testigo.
Estaban a punto de marcharse cuando un peón gritó:
—¡Don! ¡Venga a ver esto!
En el suelo, aún tibios bajo una piedra lisa, había huesos y restos frescos de cerdo.
El mismo cerdo que, la noche anterior, Ulises y Gael recordaban haber comido.
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