La Frontera de los Justos
Por Arthur Rojas
Capítulo I: Rutas del Oeste
El sol caía como plomo fundido sobre la frontera en expansión. Polvo, sed y sueños acompañaban cada jornada hacia el Oeste. Don Trampan, acaudalado comerciante de origen británico, vio en esa marcha una promesa de dominio. No buscaba redención, ni libertad. Buscaba territorio. Poder. Y lo encontró al frente de una inmensa caravana que cruzaba el Misisipi hacia las tierras de Oregón y California.
Capítulo II: La Caravana
Trampan se alzó como líder de hombres, ganados y esperanzas. Agricultores, ganaderos, pioneros con mujeres e hijos se unían en la marcha. Pronto se encontraron con otros grupos desorientados: polacos, irlandeses, asiáticos. No hablaban su idioma, pero compartían el mismo sol ardiente y el mismo miedo a los ataques indígenas.
Una noche, Trampan apareció con hombres armados. Despertaron a las familias extranjeras y las expulsaron sin juicio, sin pruebas. La excusa: “Podrían ser criminales”.
Capítulo III: Semillas que no germinan
Una mujer mayor se enfrentó a Trampan. Le dijo que aquella chica pecosa era maestra, que uno de ellos traía semillas para plantar, otro era herrero, otros sabían cuidar el ganado. La caravana murmuró, dividida. Pero Trampan rugió: “¡Quien los quiera, que los siga! No necesitamos a nadie. ¡Somos la caravana más fuerte del Oeste!”
Y continuaron. Rechazaron a más personas en los días siguientes. El polvo se hacía más espeso. El orgullo, más pesado.
Capítulo IV: La Fractura
Los ataques comenzaron como sombras. Luego, como fuego. Al principio resistieron. Después cayeron. Trampan fue capturado por un grupo indígena. Le sorprendió que no lo mataran. Pero pronto llegaron otros: blancos, con rifles militares, traficantes de armas y vidas. Requisaron mujeres, pertenencias. Trampan suplicó, prometió poder. Uno de ellos lo miró: “Este se parece al forajido del cartel. Jhon Forrest”.
Capítulo V: El Juicio del Amanecer
Lo ataron por los tobillos. Lo colgaron. “Al amanecer, su cabeza”, dijeron. Trampan lloró. Nadie escuchó. El cielo aclaraba. Los indios preparaban el ritual. Y entonces: disparos. Balas. Gritos. Pólvora y sangre.
Capítulo VI: El Retorno de los Justos
Soldados del gobierno entraron al campamento. Liberaron a Trampan. Pero fue un sargento quien le cortó las cuerdas y le dijo con frialdad:
—No nos agradezcas. Agradece a los que fueron a buscarnos.
Trampan, tembloroso, giró. Una figura familiar: la mujer mayor.
—¿No los reconoces? —le dijo ella—. Son los que echaste como perros. La maestra. El herrero. El campesino de las semillas. Ellos. Los que juzgaste sin saber.
Capítulo VII: El Eco del Desierto
El desierto tragó las huellas de la caravana. Trampan, debilitado y callado, montó un caballo que no era suyo. Las voces lo seguían como espectros: “Criminales”, “Seguridad”, “Liderazgo”. Su autoridad había sido polvo. Su juicio, erróneo.
No todos regresaron. Pero los justos lo hicieron. Y fueron ellos, no Trampan, quienes fundaron nuevas aldeas, alzaron escuelas, sembraron campos.
Epílogo
En la vasta llanura del Oeste, la justicia no siempre llega en forma de ley. A veces llega como un niño que aprende, como una semilla que brota, como un grupo de expulsados que no guarda rencor, pero no olvida.
Y Don Trampan, aquel que quiso ser amo de la frontera, solo fue recordado como advertencia: quien siembra desprecio, cosecha soledad.
FIN
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