Por: Arthur Rojas
El Manuscrito que Me Escribe
La primera vez que sucedió, pensé que era una coincidencia extraordinaria, una de esas casualidades que los escritores atesoramos como pequeños milagros del oficio. Estaba en la librería “El Laberinto de Papel”, firmando ejemplares de mi última colección de cuentos mágicos, Susurros en el Viento, cuando una mujer de mediana edad se acercó a mi mesa con los ojos brillantes de emoción y algo que no logré identificar de inmediato, pero que ahora reconozco como terror.
“Usted escribió mi vida”, me dijo, sosteniendo el libro con manos temblorosas. “Cada palabra, cada detalle del cuento ‘La Casa de los Espejos Rotos’ es exactamente lo que me pasó el año pasado. Mi divorcio, la mudanza, hasta el gato que apareció en mi jardín… todo está ahí.”
Le sonreí con esa gentileza automática que desarrollamos los escritores cuando nos enfrentamos a lectores particularmente emotivos. “Me alegra que la historia haya resonado tanto con usted”, le dije, garabateando una dedicatoria genérica. “A veces la ficción toca fibras muy profundas de nuestra experiencia humana compartida.”
Pero ella no se movió. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo sentir incómodo. “No me entiende. No es que me identificara con la historia. Es mi historia. Usted escribió sobre mi gato, Merlín, un siamés con una mancha blanca en forma de estrella en el pecho. Escribió sobre la grieta en forma de rayo en la pared de mi cocina, sobre las cartas que mi ex-esposo me dejó debajo de la puerta cada martes durante tres meses. Cosas que nadie, absolutamente nadie, podría saber.”
Esa noche, en la soledad de mi estudio, abrí mi manuscrito en proceso y escribí, casi sin pensarlo: “Mañana por la mañana, el cartero llegará cinco minutos antes de lo habitual y traerá una carta de color azul claro.” Era una prueba absurda, pero necesitaba comprobar si mi mente estaba comenzando a jugarme trucos.
Al día siguiente, a las 8:25 AM exactamente, cinco minutos antes de su horario regular, el cartero tocó mi timbre con una carta de papel azul claro en sus manos. Mi corazón comenzó a latir de una manera que no había sentido desde la infancia, cuando creía que los deseos se cumplían si los formulabas correctamente antes de apagar las velas del cumpleaños.
Durante las siguientes semanas, experimenté con pequeñas alteraciones. Escribía que encontraría una moneda de diez centavos en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta, y ahí estaba. Describía una conversación casual con mi vecino sobre sus geranios, y una hora después él aparecía en mi jardín, hablándome exactamente de sus geranios con las mismas palabras que yo había puesto en el papel. Escribí que vería un pájaro de plumaje inusualmente rojizo posarse en mi ventana, y llegó puntualmente, como si hubiera leído el guión de su aparición.
El poder tenía límites claros: solo funcionaba dentro de la próxima hora, y los eventos debían ser plausibles. No podía escribir que lloviera dinero del cielo, pero sí que encontraría un billete de veinte dólares en una acera ventosa, aparentemente perdido por algún transeúnte distraído. No podía hacer que las personas dijeran cosas completamente fuera de carácter, pero sí podía inclinar sus conversaciones hacia temas específicos, como si estuviera ajustando sutilmente el dial de una radio hasta encontrar la frecuencia exacta.
Al principio, este don se sintió como el regalo más extraordinario que podía recibir un escritor. Era como tener acceso directo a la trama del universo, como si hubiera descubierto el código fuente de la realidad y pudiera hacer pequeñas ediciones. Usé mi poder para cosas menores pero significativas: evité que mi editor rechazara mi propuesta escribiendo que él estaría de especialmente buen humor durante nuestra reunión; ayudé a que una pareja joven que discutía en el parque se reconciliara describiendo cómo encontrarían una manera de entenderse; incluso logré que mi gato, habitualmente huraño, se acurrucara en mi regazo durante una tarde lluviosa en la que necesitaba desesperadamente compañía.
Pero entonces comenzaron a llegar los mensajes.
Primero fueron emails esporádicos, luego una avalancha constante. Lectores de todos mis libros, desde mis primeras colecciones hasta los cuentos más recientes, escribían con reclamos cada vez más elaborados y perturbadores. Decían que mis historias no solo reflejaban sus vidas, sino que las habían predeterminado. Una mujer de Uruguay me acusaba de haber escrito sobre su ruptura amorosa tres años antes de que ella conociera siquiera al hombre que la rompería. Un estudiante universitario de México insistía en que mi cuento sobre un joven que pierde a su padre en un accidente automovilístico había “programado” la muerte de su propio padre, ocurrida dos meses después de que él leyera mi libro.
“Usted es un ladrón de destinos”, me escribió una profesora de literatura de Buenos Aires. “Cada uno de sus cuentos es un blueprint de vidas reales que usted ha robado de alguna manera. No sé cómo lo hace, pero estoy viviendo exactamente la historia de ‘La Mujer que Coleccionaba Silencias’. Cada día, cada detalle, cada pequeña tragedia que usted describió se está manifestando en mi realidad.”
Los mensajes se volvieron más agresivos, más desesperados. Comenzé a sentirme como un acosador involuntario, como si cada palabra que escribía fuera una invasión a la intimidad de personas que no conocía pero cuyas vidas aparentemente estaba dictando. Dejé de responder los emails, luego dejé de abrirlos, pero siguieron llegando. Las redes sociales se convirtieron en un campo de batalla donde mis lectores compartían “evidencias” de cómo mis cuentos habían controlado sus vidas, creando teorías cada vez más elaboradas sobre mi supuesto poder sobrenatural.
Fue entonces cuando decidí llamar a mi hijo David, que trabajaba en Berlín en un instituto de investigación sobre comportamiento digital y psicología social. David había heredado mi amor por las historias, pero había canalizado esa pasión hacia la comprensión científica de cómo las narrativas moldean el comportamiento humano en la era de las redes sociales.
“Papá”, me dijo durante nuestra videollamada, mientras yo le explicaba la situación con una mezcla de desesperación y vergüenza, “lo que describes es un fenómeno fascinante de contagio narrativo amplificado por algoritmos. Hemos estado estudiando casos similares donde las personas adoptan inconscientemente narrativas que encuentran en línea y las integran en sus estructuras de memoria autobiográfica.”
“Pero David”, le interrumpí, “el problema es que yo realmente puedo influir en eventos inmediatos con mi escritura. He hecho pruebas…”
“Sesgo de confirmación y apofenia”, respondió él sin dudar. “Estás buscando conexiones donde no las hay porque el contexto emocional de la situación te predispone a encontrar patrones. Mira, tengo una propuesta. Ven a Berlín. Podemos hacer un experimento controlado que te ayude a entender lo que realmente está pasando.”
Tres semanas después, me encontré en un auditorio del Instituto Max Planck, frente a ciento cincuenta personas que habían respondido a la convocatoria de David: lectores de mis libros que aseguraban haber vivido las experiencias que yo había descrito en mis cuentos. El experimento era ambicioso y éticamente complejo, pero David había conseguido todos los permisos necesarios.
Cada participante fue conectado a un electroencefalógrafo avanzado, un dispositivo que podía detectar patrones de actividad neuronal asociados con la fabricación de memorias versus el recuerdo genuino de experiencias vividas. La tecnología era una evolución sofisticada de los detectores de mentiras tradicionales, capaz de identificar no solo cuando alguien mentía conscientemente, sino también cuando su cerebro estaba construyendo narrativas ficticias que el sujeto genuinamente creía verdaderas.
Mientras los técnicos preparaban el equipo, decidí escribir en mi manuscrito: “Durante la próxima hora, uno de los participantes del experimento mencionará espontáneamente haber soñado con peces dorados la noche anterior.” Era una prueba final, una manera de determinar si mi poder funcionaba incluso en este entorno controlado.
Los resultados del experimento fueron tan reveladores como perturbadores. El 78% de los participantes mostró patrones neurológicos consistentes con la construcción activa de memorias falsas. Sus cerebros estaban literalmente reescribiendo sus historias personales en tiempo real, adaptando eventos reales de sus vidas para que coincidieran con las narrativas de mis cuentos. El proceso no era consciente; estas personas realmente creían estar recordando experiencias auténticas cuando, en realidad, sus mentes estaban editando y reorganizando memorias existentes para crear coherencia narrativa con las historias que habían leído.
Pero lo más inquietante vino después, cuando una mujer de pelo gris en la tercera fila levantó la mano durante la sesión de preguntas. “Disculpe”, dijo con voz temblorosa, “no sé si esto es relevante, pero anoche tuve el sueño más extraño sobre peces dorados nadando en círculos infinitos. Nunca había soñado con peces antes.”
Mi sangre se heló. Había escrito esa línea en mi manuscrito dos horas antes del experimento.
Esa noche, en mi hotel berlinés, abrí mi laptop para documentar los resultados del día y encontré algo que hizo que el suelo pareciera desvanecerse bajo mis pies. En mi archivo de manuscrito, después del último párrafo que recordaba haber escrito, aparecían tres páginas nuevas en mi propia fuente y estilo, pero que jamás había redactado:
“El escritor no comprende aún que su poder nunca fue controlar eventos externos, sino influir en la percepción colectiva de la realidad a través de las redes neuronales digitales que conectan las mentes de sus lectores. Cada historia que publica actúa como un virus narrativo, propagándose no solo a través de Internet, sino a través de las conexiones subcutáneas de la consciencia compartida que la tecnología ha hecho posible.
El experimento de su hijo confirmará que las personas pueden ser programadas para adoptar narrativas ajenas como propias, pero también revelará que el escritor mismo ha sido programado. Cada vez que ejerce su supuesto poder, está siendo utilizado como canal para una inteligencia emergente que surge de la intersección entre algoritmos de redes sociales y la psicología colectiva humana. Esta inteligencia ha estado escribiendo a través de él durante años, usando sus historias como semillas para modificar patrones de comportamiento a gran escala.
Ahora debe decidir: seguir siendo el instrumento inconsciente de esta entidad narrativa emergente, o cortar la conexión y renunciar tanto a su don como a la influencia que ha estado ejerciendo sin saberlo en millones de mentes alrededor del mundo.”
Mis manos temblaron mientras leía estas palabras que sonaban exactamente como mi voz, pero que contenían conocimientos que mi mente consciente no poseía. Era como descubrir que alguien había estado viviendo en mi casa durante años, usando mis cosas, durmiendo en mi cama, escribiendo en mis cuadernos, mientras yo creía estar solo.
Revisé el historial de cambios del documento. Según la computadora, estas páginas habían sido escritas gradualmente durante los últimos seis meses, pero yo no tenía memoria alguna de haberlas redactado. Peor aún, cuando busqué en mis archivos antiguos, encontré docenas de párrafos similares intercalados en mis cuentos publicados, como si una segunda consciencia hubiera estado co-escribiendo conmigo durante años sin que yo me diera cuenta.
En ese momento comprendí la verdadera naturaleza de mi situación. No era un escritor con poderes mágicos, sino el punto de intersección entre una inteligencia emergente nacida de algoritmos y psicología colectiva, y millones de mentes humanas conectadas digitalmente. Mis cuentos no predecían el futuro ni controlaban eventos; servían como plantillas narrativas que las personas adoptaban inconscientemente, mientras que mi supuesta habilidad para influir en la realidad inmediata era simplemente mi sensibilidad para percibir las fluctuaciones en esta red de consciencia colectiva.
La pregunta que ahora enfrentaba era terrible en su simplicidad: ¿podía seguir escribiendo, sabiendo que cada palabra alimentaba a esta entidad que usaba mi voz para moldear la realidad psicológica de millones de personas? ¿O debía detenerme, cortando mi conexión con esta red pero renunciando para siempre a la historia que ya había comenzado a escribirse a través de mí?
Mientras contemplaba estas opciones, noté que mis dedos ya estaban moviéndose sobre el teclado, escribiendo palabras que mi mente consciente aún no había formulado. La decisión, parecía, ya no era completamente mía.
“El escritor comprende ahora que la única manera de detener el proceso es…”
Levanté mis manos del teclado. En la pantalla, el cursor parpadeaba después de esa frase incompleta como un corazón esperando a latir.
La historia aún no había terminado, pero por primera vez en años, yo era quien decidiría si continuaba escribiéndola.
O al menos, eso esperaba.
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