I. La caja de los mundos
Anya nació en la familia Antitéticos un martes de marzo, bajo una lluvia fina que empañó las ventanas del hospital. Sus padres y sus dos hermanos mayores la recibieron con sonrisas y abrazos, como si su llegada llenara un vacío invisible. Pero las sonrisas duraron lo que dura una fotografía: el clic del obturador, y luego la vida siguió su curso.
A los siete años, Anya encontró su tesoro en el sótano: una caja de zapatos marca Bata, con las esquinas aplastadas. La pintó de azul y le pegó recortes de revistas: una mariposa, un cohete, una bailarina. Adentro guardó su universo secreto: un escarabajo muerto que brillaba como esmeralda, muñecas hechas con bolsas de papel doblado, figuritas de plastilina que jamás aplanaba.
El Taller de los Dioses
En la tapa, con marcador negro, escribió: El Taller de los Dioses.
Su madre Allison la descubrió una tarde de sábado mientras limpiaba. Levantó la caja, la abrió, frunció el ceño.
—¿Qué es toda esta basura?
—No es basura, mamá. Es mi taller.
—¿Tu qué?
—El Taller de los Dioses. Ahí guardo lo que creo.
Allison dejó escapar una risa corta, sin humor.
—¿Los dioses? Anya, por favor. Esto son porquerías sin valor.
Caminó hacia el contenedor de la cocina y arrojó la caja. Se escuchó el golpe seco del cartón contra las bolsas de plástico.
Anya no lloró. Subió a su cuarto, cerró la puerta y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Cerró los ojos y recordó lo que había pensado la primera vez que escribió ese nombre:
En mi taller puedo crear lo que sea. Mis emociones, mis alegrías y tristezas, mis sueños. Robé el Dios del que hablaban en las misas y no me siento culpable.
El taller seguía ahí. Invisible. Intacto.
II. La devoración del poder creativo
La Miss Carla repartió las hojas de trabajo: un trébol de tres puntas con bordes dentados.
—Coloréenlo de verde —dijo, y volvió a su escritorio.
Anya tomó sus crayones. Primero el amarillo, luego el azul en los bordes. Mezcló, difuminó. La hoja parecía estar cayendo en un atardecer de otoño.
Los pasos de la maestra se detuvieron junto a su pupitre.
—¿Por qué no seguiste las instrucciones?
Anya levantó la vista.
—Usted dijo que lo pintáramos como más nos gustara.
—Dije verde.
—Pero me gustan las hojas en otoño, cuando comienzan a caer. Mire.
Sacó una hoja seca de su mochila y la colocó debajo del dibujo. Luego, de su bolsillo, extrajo una linterna pequeña. La encendió. La luz atravesó el papel traslúcido, y por un instante, el trébol de crayola pareció una hoja real suspendida en el aire dorado de octubre.
Los niños se levantaron de sus asientos. Rodearon el pupitre de Anya en silencio, con los ojos abiertos.
La Miss Carla sintió algo incómodo en el pecho. Arrancó el dibujo de la mesa, apagó la linterna de un manotazo y la guardó en el cajón de su escritorio.
—Si no haces la tarea que te estoy asignando, te llevo a dirección.
Los niños volvieron a sus pupitres. Anya se quedó mirando el pupitre vacío. El verde era obligatorio.
A los doce años, en la clase de religión, el Padre Esteban les pidió que dibujaran a Dios. Anya dibujó un niño con overol manchado de pintura, sentado en el suelo, construyendo una ciudad con bloques de madera.
—Esto es una falta de respeto —dijo el sacerdote, rasgando el dibujo por la mitad—. Dios no es un niño jugando.
—¿Y usted cómo lo sabe? —preguntó Anya.
La llamaron de dirección. Hablaron con Allison. Le recomendaron terapia.
A los quince, en el club de arte, presentó una escultura hecha con alambre y papel periódico: una mujer con alas de pájaros distintos, cada uno mirando en direcciones opuestas.
—¿Qué representa? —preguntó la profesora de arte.
—La indecisión —respondió Anya—. Cuando quieres volar pero no sabes a dónde.
—Es… confuso. El arte debe comunicar claramente.
—Pero la indecisión es confusa.
No ganó ningún premio. La escultura terminó en un rincón del sótano, junto a las cajas de Navidad.
Cada institución, cada adulto bien intencionado, arrancaba un pedazo de su Taller. Pero Anya aprendió algo que la mayoría nunca comprende: lo que te quitan por fuera no puede destruir lo que guardas por dentro.
Su Taller seguía vivo. Dormía, esperando.
III. La recuperación
A los veinticinco años, Anya era arquitecta. Tenía un despacho pequeño en el centro, un apartamento con ventanas altas y un novio perfecto: Jack Hanson. Profesional, elegante, puntual. Seis meses de noviazgo, propuesta en un restaurante francés, anillo de oro blanco. La boda estaba programada para el sábado siguiente.
Anya se sentía como una figura de plastilina a medio terminar.
Un jueves por la tarde, fue a su nueva oficina —la que compartirían después de casarse— para dejar unas cajas. Jack estaba de espaldas, junto al escritorio, manipulando una caja de madera.
—¿Qué haces? —preguntó Anya.
Él se giró, sobresaltado.
—Ah, amor. Estaba ordenando. Encontré esto en el clóset. No sé de dónde salió.
Anya reconoció la caja al instante. Madera clara, con marcas de quemado en los bordes. Dentro estaban sus recuerdos universitarios: fotos con compañeras de clase, dibujos a lápiz, servilletas con números de teléfono y notas de pretendientes, la muñeca de trapo que le regalaron en una feria, el espejo retrovisor de su primer auto. Fragmentos de su Taller.
Jack caminaba hacia la puerta con la caja en las manos.
—Voy a tirarla. Es puro desorden.
—Espera.
Anya cruzó la oficina, tomó la caja con ambas manos y la alejó de él.
—¿Qué haces? —Jack frunció el ceño—. Es basura, Anya.
—No.
—Amor, seamos prácticos. No puedes guardar todo. Necesitamos espacio.
—No la vas a tirar.
Jack suspiró, como si hablara con una niña obstinada.
—Mira, yo conseguí este contrato. Yo organicé esta oficina. Confía en mí, ¿sí? Estamos construyendo algo juntos.
Anya lo miró a los ojos. Vio a la Miss Carla. Vio al Padre Esteban. Vio a su madre con el contenedor de basura abierto.
—Sal de la oficina, Jack.
—¿Qué?
—Sal.
—Anya, no seas ridícula. Soy tu casi esposo. No puedes…
—Sal. Ahora.
Jack retrocedió, confundido, herido. Anya cerró la puerta con seguro. Se sentó en el suelo, con la caja en el regazo. Abrió la tapa y sacó cada objeto, uno por uno.
Cuando llegó a la muñeca de trapo, la sostuvo contra su pecho y cerró los ojos.
El Taller estaba vivo. Nunca se había ido.
IV. El legado
Una semana después, Jack y la familia Antitéticos denunciaron su desaparición. El detective Ramírez interrogó a Jack en la sala de la casa de los padres de Anya.
—¿Hubo alguna discusión? ¿Algo inusual en los días previos?
Jack se pasó las manos por el cabello.
—Sí. Hubo… una pelea. Por una caja. Yo iba a tirarla. Estaba llena de cosas viejas sin importancia. Ella reaccionó como si… no sé. Como si le hubiera quitado algo sagrado.
—¿Recuerda qué había en la caja?
—Fotos, papeles, una muñeca. Cosas de su época universitaria. Nada importante. Ah, y tenía una etiqueta. Decía: El Taller de los Dioses.
El silencio llenó la sala.
Allison inhaló profundamente. Se llevó una mano a la boca. Recordó la caja de zapatos Bata, el marcador negro, la basura del sábado. Dieciocho años atrás.
Se levantó sin decir palabra y salió de la sala.
Dos años después, en una ciudad costera a cinco horas de distancia, una pequeña fábrica artesanal abrió sus puertas. Producía juguetes de madera: bloques sin forma definida, piezas geométricas que no encajaban en un patrón, figuras que los niños podían completar como quisieran.
No había instrucciones. Solo posibilidades.
Un reportero local visitó la fábrica para un artículo.
—Señorita Antitéticos, esto es maravilloso. ¿Los niños pueden construir lo que quieran?
Anya, con las manos manchadas de barniz, sonrió.
—Sí. Son para los niños que no tengan un lugar propio donde crear. Les puse un nombre a las cajas: El Taller de los Dioses.
El reportero anotó en su libreta.
—¿Y qué pueden hacer con ellas?
Anya levantó una pieza de madera sin pulir, la giró entre sus dedos, dejó que la luz del taller la atravesara.
—Construir hasta donde llegue su imaginación.
Afuera, en el pequeño jardín de la fábrica, un niño de siete años apilaba bloques formando algo que no era una casa ni un castillo. Era algo que solo él podía ver.
Y en algún lugar, invisible pero intacto, su Taller comenzaba a despertar.
F I N

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