Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Danza Olvidada

Alrededor del Fuego

Danza Olvidada
Alrededor del Fuego.
Capítulo 1 – Ruth y Margaret Abu-Lughod

La ciudad de Nueva York despertaba entre el humo del metro y el rumor de los primeros taxis. Entre la maraña de calles y edificios, en un departamento lleno de libros, partituras y lienzos, Ruth Abu-Lughod hojeaba un antiguo catálogo de danzas indígenas mientras su hermana menor, Margaret, se estiraba frente al espejo de su estudio improvisado.

—Ruth, ven a ver esto —dijo Margaret, girando sobre sí misma y dejando que sus brazos cortaran el aire como un cuchillo invisible—. He estado jugando con esos pasos que vimos en el video de la tribu Shinnecock. Quiero integrarlos en mi proyecto de graduación.

Ruth la observó atentamente. Con 25 años, recién graduada en antropología por Columbia, su curiosidad era una mezcla de análisis académico y sensibilidad poética. Cada movimiento de Margaret parecía contar algo que no estaba en ningún libro.

—No es solo danza experimental, Margaret —murmuró Ruth—. Hay un patrón ahí, un ritual. Mira cómo tu giro imita los círculos del fuego, cómo tu brazo sigue el flujo del viento. No es solo estética, es ancestral.

Margaret sonrió, iluminada por la pasión de su hermana. La idea de su proyecto había surgido semanas antes: crear una obra que fusionara la danza experimental moderna con los movimientos auténticos de los rituales de las culturas indígenas locales. La inspiración llegó con los videos del Powwow anual de la Shinnecock Indian Nation, en Long Island, cerca de Nueva York.

—Si puedo traer sus pasos a mi proyecto, no solo será arte —dijo Margaret—. Será un puente entre lo antiguo y lo moderno.

Ruth asintió, imaginando cómo el fuego, el canto y el ritmo de cada tribu podían dialogar entre sí, como si el mundo entero hablara con una sola voz.

El Proyecto de Graduación

El día de la presentación, Margaret eligió vestirse con símbolos ceremoniales inspirados en la tradición Shinnecock, cuidadosamente respetuosos y estudiados con Ruth.

Al entrar al salón, la mirada del jurado cayó sobre ella como un peso invisible. Profesores de Tisch, críticos de danza y coreógrafos con años de tradición la evaluaban con aire severo.

Margaret comenzó a moverse. Cada salto, cada giro, cada giro de muñeca evocaba la memoria de un pueblo que había vivido siglos en armonía con la tierra. Los ritmos parecían respirar con la misma fuerza que el latido de la Tierra.

El jurado frunció el ceño. Uno de ellos susurró:

—No podemos aprobar esto… se aparta demasiado de nuestra tradición de danza experimental.

—Es… inapropiado —añadió otro, con rigidez—. La escuela no puede arriesgar su reputación con algo tan… diferente.

Margaret mantuvo la compostura. Ruth observó, reconociendo en esos gestos algo más profundo: Endofobia. Miedo del jurado a perder su autoridad, a que lo nuevo cuestionara la tradición que ellos cuidaban como un tesoro.

Cuando la tensión alcanzó su punto máximo, la amiga periodista de Ruth, invitada a la presentación, sacó su teléfono y comenzó a transmitir en vivo. Las redes sociales se llenaron de comentarios: “Injusticia en Tisch: la danza de Margaret Abu-Lughod”, “Proyecto ancestral rechazado”, “El arte merece respeto”.

En minutos, la presión mediática obligó al jurado a reconsiderar. Con el ceño fruncido pero resignados, aprobaron el proyecto de Margaret, aunque aún con dudas.

—No es solo un triunfo académico —susurró Ruth mientras abrazaba a su hermana—. Es un llamado, Margaret. El mundo está listo para escuchar.

La chispa del festival

Esa noche, Ruth no podía dormir. Entre apuntes, libros y videos de tribus de África, América, India y Australia, comenzó a trazar conexiones. Los movimientos de los Masái, los Sioux, los Dongria Kondhs, los Aborígenes australianos… todos compartían un lenguaje secreto, un ritmo que hablaba de la Tierra, del fuego, de la comunidad.

Margaret dormía en la habitación contigua, soñando con los círculos de fuego y los pasos que algún día unirían al mundo. Ruth sonrió. Tenían la chispa, y pronto la idea del Festival Mundial de la Danza alrededor del Fuego empezaría a tomar forma en su mente.

Desde Nueva York, la aventura apenas comenzaba.

    • África: Ofrece una riqueza inigualable en danzas tribales y de máscaras muy arraigadas en la vida cotidiana y ritual (ej. África Occidental).
  • Asia: Países como India, Indonesia o Vietnam presentan una gran diversidad con danzas ricas en simbología y tradición.
  • Australia: Se enfoca en las danzas aborígenes, fuertemente vinculadas al “Tiempo del Sueño”, aunque a menudo requiere permisos especiales para el trabajo de campo.
    • Capítulo 2 – Donde el Mundo Empieza a Bailar

Ruth Abu-Lughod siempre había sabido que las grandes revelaciones no ocurrían en los aeropuertos, sino antes: en archivos polvorientos, en salas silenciosas de museos etnográficos, en cuadernos subrayados con lápiz blando.
Allí comenzó todo.

Durante semanas se refugió en bibliotecas de Nueva York y Washington. Revisó grabaciones antiguas, diarios de campo olvidados, fotografías en blanco y negro donde hombres y mujeres danzaban alrededor del fuego sin saber que, décadas después, alguien volvería a mirar esos gestos como quien descifra un idioma dormido.

No buscaba “danzas”.
Buscaba patrones.

Fue entonces cuando entendió que debía salir al mundo.

África: el cuerpo como comunidad

África apareció primero, casi inevitablemente.
No como exotismo, sino como origen visible.

En Senegal y Ghana, la danza no estaba separada de la vida cotidiana:
se bailaba para sembrar, para despedir a los muertos, para celebrar la lluvia, para corregir al joven que olvidaba quién era.

Ruth viajó ligera, con una libreta, una grabadora pequeña y cartas de recomendación académica. Allí aprendió la observación participante: no mirar desde afuera, sino entrar al círculo, sudar, errar el paso, volver a intentarlo.

Una noche, alrededor de una fogata baja, comprendió algo decisivo:
nadie “interpretaba” la danza.
La danza ocurría.

El fuego marcaba el centro.
Los cuerpos, el ritmo.
La comunidad, el sentido.

Anotó una frase que luego subrayaría muchas veces:

“Aquí no se baila para ser visto. Se baila para no desaparecer.”

Asia: el gesto como memoria

Desde África, Ruth voló hacia Asia.
India primero. Luego Indonesia.

Si África le enseñó el cuerpo colectivo, Asia le mostró el gesto simbólico.
Cada mano, cada mirada, cada giro tenía una historia milenaria. Nada era improvisado, y sin embargo todo estaba vivo.

En aldeas donde el fuego se encendía al caer la tarde, Ruth vio algo que la estremeció:
las danzas hablaban del mismo origen, del mismo planeta vivo, aunque con otro vocabulario.

Montañas, ríos, dioses múltiples que en el fondo parecían uno solo.
No un dios lejano, sino la Tierra como deidad respirando.

Fue allí donde empezó a escribir de verdad.

No notas académicas.
Texto.

Por las noches, en cuartos sencillos, Ruth redactaba páginas que no sabían aún que serían un libro. Las tituló provisionalmente:

“El cuerpo recuerda lo que la historia olvidó.”

Australia: el Tiempo del Sueño

Australia fue distinta.
Más silenciosa.
Más sagrada.

Aquí todo requería permiso, espera, escucha.
Las danzas aborígenes no se ofrecían: se confiaban.

Cuando finalmente presenció una ceremonia vinculada al Tiempo del Sueño, Ruth sintió que el mapa se cerraba.
No había pasado ni futuro.
Solo una continuidad viva entre los ancestros, la tierra y quienes aún caminaban sobre ella.

El fuego no era centro.
Era portal.

Esa noche no escribió.
Solo miró.

Y entendió, con una claridad que la hizo temblar, que lo que Margaret había iniciado como proyecto artístico era, en realidad, un idioma universal esperando ser pronunciado de nuevo.

El libro

Al volver, Ruth ya no era solo una antropóloga.
Era una narradora de lo invisible.

Publicó su libro meses después. No fue un éxito inmediato, pero resonó.
Académicos, artistas, líderes culturales comenzaron a citarlo.
Alguien lo llamó “manifiesto”.
Otro, “herejía hermosa”.

Margaret lo leyó de una sentada.

—No estamos juntando bailes, Ruth —le dijo—.
—No —respondió ella—. Estamos recordando algo que el mundo sabía antes de hablar.

En la última página, Ruth dejó escrita una frase que selló el destino de ambas:

“Si alguna vez todas estas danzas vuelven a encontrarse, no será como espectáculo, sino como reencuentro.
Alrededor del fuego.”

Y así, sin que nadie lo anunciara todavía,
el Festival Mundial de la Danza dejó de ser una idea

  • y comenzó a ser inevitable.
    • Capítulo 3 – Alrededor del Fuego

El fuego no alumbraba. Recordaba.
Cada chispa era un nombre antiguo que regresaba al aire, y los tambores —graves, insistentes— no marcaban el ritmo: lo despertaban. La sangre, al oírlos, olvidaba su camino domesticado y volvía a hervir como río sin orillas.

Ruth estaba allí sin estar.
No como observadora.
No como escritora.
Sino como cuerpo en comunión.

La Noche Lunar se abría sobre la tierra como un párpado lento. La luna no miraba: escuchaba. Y la naturaleza, arrodillada en silencio, rezaba con el crepitar del fuego, con el golpe seco de los pies contra el suelo, con el jadeo colectivo que subía como incienso primitivo.

Cada tambor era un corazón sin nombre.
Cada salto, una negación del olvido.
Cada giro, una respuesta a una pregunta que nadie se atrevía a formular.

Allí no existía lo “salvaje” ni lo “civilizado”.
Eso vendría después, en bocas limpias y palabras higiénicas.
Allí solo había verdad en movimiento.

El sudor caía como una segunda lluvia.
La tierra lo bebía agradecida.
La sangre hervía porque recordaba que alguna vez fue tambor, fue fuego, fue animal y fue rezo al mismo tiempo.

Margaret, junto a Ruth, sentía que cada gesto suyo ya no pertenecía a un proyecto académico, ni a un plan de graduación. Pertenecía al mundo.
La danza se convirtió en un idioma universal que hablaba sin traducción.
Cada paso repetía un mantra ancestral:

“Antes del lenguaje… el cuerpo habló.”

El eco de tambores africanos, las voces suaves de Asia, y el ritmo profundo de Australia se mezclaban en un mismo pulso.
El fuego ya no era centro: era portal, puente entre tiempos y culturas.

Ruth entendió —sin escribirlo aún— que lo que Margaret había iniciado como un proyecto artístico era la memoria viva de la humanidad, esperando ser pronunciada otra vez.

Los árboles inclinaron sus ramas.
El viento se detuvo.
La luna dibujó un círculo perfecto sobre Uluru.
Y en ese instante, sin aplausos, sin cámaras, sin periodistas, el mundo comenzó a moverse.

No hacia adelante.
No hacia atrás.
Sino hacia adentro.

Porque la danza no nació para ser vista.
Nació para no morir.
Y la Noche Lunar, el fuego y los tambores lo sabían desde siempre.

Ruth cerró los ojos.
Escuchó.
Sintió.
Y comprendió que la historia ya no era de ellas, ni de su proyecto, ni siquiera de sus libros.
Era de todos los que alguna vez olvidaron cómo moverse.

El latido se hizo uno.
El fuego y la sangre se mezclaron con el pulso de la tierra.

  • Y por primera vez, en mucho tiempo, el mundo recordó que respira al mismo ritmo.

Capítulo 4 – Cuando el Fuego Cruzó las Pantallas

El mundo no estaba preparado.
Nunca lo está.

Lo que nació como un círculo de cuerpos alrededor del fuego cruzó océanos en cuestión de horas, no como imagen nítida, sino como vibración. Un fragmento de tambor, una silueta en contraluz, una luna suspendida sobre la piedra roja. No había contexto. Y por eso mismo, había verdad.

Ruth lo supo antes de que sonara el teléfono.

La primera entrevista fue breve, torpe, mal encuadrada. Un presentador sonriente preguntó si aquello era “arte experimental” o “folclore reinterpretado”. Ruth respondió con una calma que no había ensayado:

—No es una reinterpretación. Es una escucha.

Esa frase fue suficiente para incendiarlo todo.

En las horas siguientes llegaron los correos. Algunos, cargados de furia pulida:
“Exaltan lo primitivo.”
“Romantizan lo salvaje.”
“Eso no es danza, es regresión.”

Otros eran más peligrosos: educados, institucionales, llenos de advertencias sobre “límites culturales” y “responsabilidad académica”. Ruth reconoció el tono. Era el mismo del jurado que había rechazado a Margaret. El miedo con credenciales.

Pero algo inesperado ocurrió.

Las cartas manuscritas comenzaron a llegar.
No emails.
Cartas.

Desde Senegal, una maestra escribía que su abuela había llorado al oír los tambores.
Desde India, un coreógrafo hablaba del fuego como si lo hubiera tocado.
Desde Canadá, un anciano navajo agradecía que nadie intentara explicar su danza, solo acompañarla.

La balanza se inclinó sin pedir permiso.

Margaret observaba todo en silencio. Ella, que había puesto el cuerpo primero, entendió algo que Ruth estaba apenas formulando: el mundo no discutía danza; discutía identidad.

Una noche, exhausta, Ruth escribió sin pensar demasiado un nombre en una hoja en blanco:

Danzas sin Fronteras.

No como organización.
Como declaración.

Al día siguiente, el nombre ya no le pertenecía.
Había sido compartido, traducido, apropiado amorosamente. Universidades preguntaban. Museos llamaban. El Consejo Internacional de la Danza mencionó el proyecto con cautela, como quien reconoce un temblor sin saber aún si es amenaza o nacimiento.

Y en medio del ruido, volvió el tambor.

No en un escenario.
No en un estudio.
En el cuerpo.

Ruth comprendió entonces que el fuego no había cruzado pantallas para ser visto, sino para recordarle al mundo algo incómodo: que antes de ser espectadores, fuimos círculo; antes de ser audiencia, fuimos tribu; antes de ser opinión, fuimos latido.

Esa noche, mientras la luna repetía su ronda silenciosa, Ruth escribió la primera línea de su libro:

“Esto no es un ensayo sobre danza.
Es una memoria que se negó a seguir dormida.”

Y lejos, muy lejos, en distintas geografías que alguna vez fueron una sola, alguien golpeó la tierra con el pie…
y sonrió sin saber por qué.

Capítulo 5 – Los viajes del latido

Ruth cerró su cuaderno y miró la pantalla: mapas, rutas, vuelos, permisos. Cada línea de coordenadas parecía un tambor, un pulso que la llamaba. África, Asia, Australia… cada punto geográfico tenía un eco antiguo, una memoria que exigía ser escuchada.

Su primera parada fue África Occidental. Senegal y Ghana: pueblos que cargaban máscaras, cantos y pasos que habían atravesado siglos. No eran turistas, no eran espectadores. Ruth se sentó a la sombra de los baobabs, observando, respirando, registrando. Cada golpe de tambor, cada zancada ritual, era como un latido que reconocía su propio corazón.

Allí, comprendió que la danza no era gesto ni espectáculo.
Era conversación.
Era lengua antigua que hablaba de muerte, nacimiento y amor, todo al mismo tiempo.

De África pasó a Asia: India, Indonesia, Vietnam.
Los movimientos de manos, las torsiones del torso, los cantos que invocaban lluvia o sol… todo resonaba con lo que había visto en América y lo que alguna vez soñó con Australia.
Ruth tomó notas, grabó sonidos, pero sobre todo escuchó, porque sabía que la verdadera historia no estaba en los libros, sino en el aire que se movía entre los cuerpos.

Cada lugar era un descubrimiento, pero también un espejo.
La antropóloga se dio cuenta: los ritos y canciones de cada tribu, aunque distintos, pedían lo mismo: respeto, memoria, unidad con la tierra y con quienes nos rodean.
Había un hilo invisible, un latido único, que recorría continentes: un mismo planeta, una misma voz que buscaba escucharse a sí misma.

Mientras tanto, Margaret crecía a la distancia.
Desde Nueva York, ensayaba pasos que había aprendido de videos, grabaciones y relatos, intentando traducir la esencia sin apropiarla. Cada movimiento suyo era un puente entre culturas y tiempo.

En los viajes de Ruth, surgieron los primeros contactos con líderes de tribus australianas. El mayor desafío era persuadirlos de permitirle acercarse, comprender y eventualmente proponer lo que sería el Festival Mundial de Danza alrededor del fuego.
Uluru estaba allí, silencioso y sagrado. No podía ser tratado como un escenario, y Ruth lo sabía. La danza no podía profanarlo; debía honrarlo.

Mientras avanzaba, las cartas de apoyo, las notas de curiosos y aliados de todo el mundo llegaban a su correo electrónico.
La Fundación “Danzas sin Fronteras” empezaba a moverse como organismo vivo. No era el objetivo principal, pero la necesidad de proteger y legitimar los ritos la empujaba a consolidarla.
Ruth comprendió que la logística, los permisos, las fronteras, los vuelos… todo eso era un tambor más. Cada paso administrativo era un golpe de latido, acercando a las tribus y al mundo hacia un mismo círculo.

Y en el centro de todo, como un mantra constante: el fuego.
El fuego que había visto en la primera Noche Lunar, el fuego que ardía en los cuerpos y en la memoria de los pueblos.
Si lograba coordinar cada cultura, cada paso, cada tambor, ese fuego podría encenderse de nuevo… esta vez, para todo el planeta.

Capítulo 6 – Momento previo a la danza: el compositor

El fuego de Uluru brillaba más intenso bajo la Luna llena.
Los tambores marcaban un pulso profundo, como si la tierra misma contuviera la respiración.
Casi un centenar de cuerpos esperaban, alineados por continentes, por siglos de memoria, por siglos de olvido.

Margaret daba las últimas señales, ajustando pasos, intercambiando miradas con líderes de tribus, con el mismo cuidado que un jardinero toca las flores antes de la lluvia.
Ruth revisaba mentalmente cada detalle: cámaras, coordenadas, el ritmo de los tambores que ahora parecía latir como un corazón universal.

Fue entonces cuando un joven de unos 28 o 30 años, de rostro sereno y mandíbula marcada con rasgos asiáticos, se acercó con paso firme pero humilde.
Se presentó: Christopher Laurent, compositor ganador del Grammy.
Había seguido la historia de Ruth por las redes, fascinado por la visión de las hermanas, y había visto la foto de Margaret en su ensayo inicial.
No vino como un músico más. Vino como puente de voces y lenguas antiguas.

—He compuesto un tema —dijo con voz tranquila, resonando con el pulso de los tambores—.
Usa lenguas originarias de las culturas que participarán. Quiero que suenen como si fueran un solo canto, un latido universal.

Ruth sonrió y, sin palabras, hizo una señal a Margaret.
Margaret comprendió de inmediato y, al ver al compositor, su mirada se iluminó, una sonrisa que no tenía finitud, como si su alegría fuera una extensión del fuego mismo.
Era un instante suspendido en el tiempo: humano, ancestral y cósmico a la vez.

Los tambores se calmaron por un segundo.
El viento pareció inclinarse.
Incluso Uluru guardó silencio.
Porque algo en ese encuentro—Margaret, Ruth y Christopher—era más grande que cualquiera de ellos: el preludio de un latido compartido por el mundo entero.

Y entonces, con la primera nota coral mezclándose con los tambores, los cantos tribales y los pasos de los cuerpos reunidos, la transmisión comenzó.
Desde las cámaras, hasta los drones, hasta los satélites que orbitaban silenciosos, el fuego, la danza y la música se volvieron uno solo.

Capítulo 7 – El Latido Único (con reconocimiento cultural)

…[clímax de la danza y el fuego, como ya está escrito]…

Cuando los últimos tambores resonaron y el fuego parecía inclinarse en gratitud, Ruth y Margaret miraron Uluru con reverencia.
No era solo escenario ni símbolo: era un guardián de la memoria ancestral, un testigo de resiliencia.

Ruth recordó la historia que los Anangu compartieron durante su investigación:

26 de octubre, 1985: la devolución de Uluru-Kata Tjuta a los Anangu.
Tjungu Festival: cada abril, la comunidad se une en un festival cultural que mantiene vivas sus tradiciones.

El Festival Mundial de Danza honraba ese esfuerzo, conectando los cuerpos, los cantos y los rituales de todo el planeta con la memoria de quienes habían protegido Uluru durante siglos.
No era apropiación ni espectáculo: era reconocimiento, respeto y continuidad.

Margaret y Ruth respiraron juntas, conscientes de que la verdadera victoria del festival no estaba en las cámaras ni en los satélites, sino en el latido que cada participante llevaba dentro y que ahora se extendía, como llama, hacia todo el mundo.

Y así, bajo la Luna y el fuego, con los tambores aún vibrando en el aire, se supo que la danza, la memoria y la humanidad habían encontrado un latido común.

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