Por: Arthur Roja
EL SANTUARIO
Episodio I: La Herida
La puerta del estudio estaba abierta, pero Elisabeth Mooby tocó de todas formas.
Nadie respondió.
Adentro, el aire olía a gardenias podridas y a algo químico que no supo identificar hasta que vio la bolsa de suero colgando del perchero de arquitecto, goteando lentamente en el brazo de un hombre que miraba por la ventana como si estuviera esperando que el mundo se disculpara.
Longino Klüber no se dio vuelta cuando ella entró.
—No se moleste en tomarme el pulso —dijo con voz ronca, sin voltear—. Si quiere saber qué me está matando, va a tener que buscar más profundo.
Elisabeth dejó su maletín en el suelo. No con suavidad. El sonido seco del cuero contra la madera de nogal resonó en el espacio vacío.
—Entonces dígame dónde buscar.
Longino giró la cabeza apenas. La luz del atardecer atravesaba sus pómulos como si fueran cuchillas. Los huesos de su cráneo proyectaban sombras que no debían existir en un hombre de treinta años.
—En la marea —dijo—. En el ritmo de las células. Ahí es donde el tiempo se está rompiendo.
Elisabeth lo estudió en silencio. No con compasión. Con curiosidad. Como si él fuera un problema que todavía no tenía nombre.
—¿Cuánto tiempo lleva sin dormir? —preguntó.
—Tres días. Cuatro. No lo sé. —Longino se apoyó contra el marco de la ventana—. ¿Importa?
—Depende de si quiere que lo ayude o que lo vea morir.
Él soltó una risa que sonó como papel quemándose.
—La familia ya contrató suficientes ángeles de la guarda. ¿Usted qué es? ¿La cuarta? ¿La quinta?
—Soy la última —dijo Elisabeth, y algo en su tono hizo que Longino finalmente la mirara de frente.
Tenía los ojos grises. No fríos. Tranquilos. Como agua quieta sobre piedra.
—¿Y qué la hace diferente de las otras?
—Yo no vine a salvarlo.
Longino entrecerró los ojos.
—¿Entonces?
—Vine a acompañarlo. A donde sea que vaya.
Hubo un silencio largo. El tipo de silencio que solo existe cuando dos personas se reconocen como sobrevivientes de la misma guerra, aunque hayan peleado en trincheras distintas.
Longino se apartó de la ventana. Caminó hacia su mesa de trabajo —una superficie de acero bruñido cubierta de planos enrollados, reglas de arquitecto, y una lámpara de cuello de cisne que proyectaba una luz amarilla sobre todo— y se dejó caer en la silla con un suspiro que le costó más de lo que quiso admitir.
—¿Sabe lo que es una experiencia cercana a la muerte? —preguntó de pronto.
Elisabeth no se movió del lugar donde estaba, junto a la puerta. Todavía no había cruzado el umbral del todo. Como si intuyera que una vez que lo hiciera, ya no podría salir.
—Sé lo que dicen los pacientes —respondió—. Túneles de luz. Paz. Encuentros con seres queridos.
Longino negó con la cabeza.
—Yo no vi nada de eso.
—¿Qué vio?
Él levantó la vista. Y en sus ojos había algo que Elisabeth había visto solo una vez antes, en la mirada de un joven de diecinueve años llamado Samuel, segundos antes de que dejara de respirar.
Miedo. Pero no a la muerte.
A la nada.
—Vi patrones —dijo Longino—. Números que se repetían como si el universo estuviera tratando de decirme algo que yo no tenía el lenguaje para entender. —Se pasó una mano por el rostro—. Y lo peor, doctora Mooby, es que cuando desperté, lo único que sentí fue miedo de que esos patrones me olvidaran.
Elisabeth sintió que algo se movía dentro de su pecho. Algo viejo. Algo que había enterrado bajo años de profesionalismo y protocolos médicos.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué le importa que lo olviden?
Longino la miró como si acabara de hacer la única pregunta que valía la pena responder.
—Porque si el universo me olvida, entonces nunca existí de verdad. —Hizo una pausa—. Y si nunca existí, entonces todo esto —señaló su cuerpo, el estudio, los planos arquitectónicos— fue solo ruido. Entropía sin sentido.
Elisabeth cerró los ojos por un segundo. Escuchó la voz de Samuel en su memoria: ”¿Doctora, usted cree que algo de mí se queda?”
Y escuchó su propia respuesta torpe, insuficiente: “Tu legado. La memoria en los que te aman.”
Abrió los ojos.
—Yo también conocí a alguien que tuvo ese miedo —dijo.
Longino la miró con atención.
—¿Qué pasó con él?
—Murió sin respuesta. —Elisabeth cruzó el umbral por fin. Entró al estudio. Dejó que la puerta se cerrara detrás de ella—. Y yo juré que no volvería a dejar que eso pasara.
Longino se levantó lentamente. Había algo en la manera en que se movía, como si su cuerpo ya no le perteneciera del todo. Como si fuera un edificio desocupado esperando la demolición.
—¿Y usted cree que puede darme esa respuesta? —preguntó.
—No lo sé —admitió Elisabeth—. Pero creo que podemos buscarla juntos.
Longino la estudió en silencio. Después, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro demacrado.
—¿Sabe epigenética, doctora Mooby?
—Sé lo básico.
—Entonces sabe que el cuerpo es un manuscrito vivo. Que las células escriben y borran historias según el amor, el trauma, la luz, la intención. —Se acercó un paso—. ¿Y si le digo que creo que la muerte no borra el manuscrito? ¿Que solo lo cambia de formato?
Elisabeth sintió un escalofrío. No de miedo. De reconocimiento.
—Entonces diría que usted y yo vamos a llevarnos muy bien.
Longino rio. Una risa real esta vez. Breve, pero real.
—Está bien. —Extendió una mano—. Longino Klüber. Arquitecto. Paciente terminal. Creyente en que el universo tiene memoria.
Elisabeth tomó su mano. Estaba fría. Demasiado delgada. Pero firme.
—Elisabeth Mooby. Tanatóloga. Escéptica profesional. —Hizo una pausa—. Pero dispuesta a cambiar de opinión.
La primera noche, Elisabeth no se fue.
Su turno terminó a las diez. Guardó sus instrumentos en el maletín. Anotó las constantes vitales en el expediente. Dejó las indicaciones para la enfermera del turno nocturno.
Y después se sentó en la silla junto a la ventana, con un libro en las manos que no leyó.
Longino estaba en la cama, despierto. El dolor no lo dejaba dormir. Pero no era solo el dolor físico. Era el otro. El que no tiene nombre médico.
—¿No tiene que irse? —preguntó sin mirarla.
—No tengo que hacer nada —respondió Elisabeth.
Silencio.
A las tres de la mañana, Longino habló de nuevo.
—¿Alguna vez has pensado en el multiverso?
Elisabeth levantó la vista del libro que fingía leer.
—¿En serio me vas a hablar de física cuántica a las tres de la mañana?
Él sonrió apenas. Era la primera vez que lo hacía en su presencia.
—No es física. Es… fe, supongo.
Elisabeth cerró el libro.
—Explícate.
Longino miró hacia el techo, como si buscara las palabras en las sombras.
—Hugh Everett propuso que cada decisión, cada colapso de la función de onda, crea un universo paralelo. —Hizo una pausa—. ¿Y si eso significa que existe una versión de mí que no está muriendo? Una versión que conoció a alguien como tú antes de que fuera demasiado tarde.
Elisabeth sintió que algo se rompía dentro de ella. Algo pequeño. Algo que había estado sosteniendo con fuerza durante años.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó en voz baja.
Longino giró la cabeza hacia ella. Y en sus ojos había algo que no era gratitud ni esperanza.
Era verdad.
—Porque si existe un universo donde sigo vivo —dijo—, te juro que es porque tú estás allí esperándome.
Elisabeth se quedó inmóvil.
No respiró.
No pestañeó.
No respondió.
Porque esa frase acababa de romper el protocolo profesional para siempre.
Y ambos lo sabían.

Episodio II: La Cristalización
Elisabeth no durmió esa noche.
Se quedó en la silla junto a la ventana, mirando cómo la luz de la madrugada dibujaba líneas doradas sobre los huesos del rostro de Longino. Él tampoco dormía. Solo respiraba. Lento. Como si cada inhalación fuera una decisión consciente de seguir aquí.
A las seis de la mañana, la enfermera del turno matutino tocó la puerta.
Elisabeth se levantó antes de que entrara.
—Ya me iba —dijo, tomando su maletín.
Longino abrió los ojos.
—Mentirosa.
Ella se detuvo en el umbral. No se dio vuelta.
—Regreso a las cuatro.
—Lo sé.
Y lo supo. Ambos lo supieron.
Pasaron tres días.
Tres días en los que Elisabeth llegaba a las cuatro de la tarde y se quedaba hasta que salía el sol. Tres días en los que Longino hablaba de epigenética, de física cuántica, de arquitectura sagrada, de cómo los edificios guardan la memoria de las personas que los habitaron.
Tres días en los que no volvieron a mencionar la frase del multiverso.
Pero estaba ahí. Entre ellos. Como un objeto invisible que ambos podían tocar.
El cuarto día, Longino tuvo una crisis.
El dolor lo partió en dos a las once de la noche. Elisabeth le inyectó morfina. Le sostuvo la cabeza mientras vomitaba. Le limpió el rostro con una toalla húmeda.
Cuando todo pasó, él temblaba. No de dolor. De rabia.
—No quiero esto —murmuraba—. No quiero que me veas así.
Elisabeth se quedó de pie junto a la cama, con la jeringa vacía todavía en la mano.
Después, sin pensarlo, sin pedir permiso, se sentó en el borde del colchón.
Y lo abrazó.
Longino se quedó rígido al principio. Como si hubiera olvidado lo que era el contacto humano que no dolía.
Después, lentamente, apoyó la frente en el hombro de ella.
Y algo dentro de él se rompió.
—Tengo miedo —susurró.
—Lo sé.
—No de morirme. —Su voz se quebró—. De desaparecer.
Elisabeth cerró los ojos. Sintió el peso de la cabeza de Longino contra su clavícula. Sintió cómo temblaba. Sintió cómo se aferraba a ella como si fuera la última cosa sólida en el universo.
Y le dijo, casi en un susurro:
—No voy a acompañarte a morir. Voy a acompañarte a transformarte.
Longino se quedó inmóvil.
Después levantó la cabeza. La miró a los ojos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Y supo, en ese momento, que acababa de hacer un voto que ningún comité de ética aprobaría.
Pero no le importó.
A la mañana siguiente, Longino le pidió que se quedara después del cambio de turno.
—Quiero mostrarte algo —dijo.
Elisabeth esperó a que la enfermera se fuera. Después cerró la puerta con llave.
Longino se levantó con dificultad. Caminó hacia el escritorio de acero bruñido y abrió un cajón cerrado con llave. Sacó una caja de madera tallada. La puso sobre la mesa.
—Esto me lo dio Ndilimeke cuando tenía doce años —dijo—. Una semana después del funeral de mi padre.
Abrió la caja.
Adentro, envuelto en terciopelo negro, había un cuarzo del tamaño de un puño.
Elisabeth se acercó lentamente. Lo miró sin tocarlo todavía.
Era transparente. Casi cristalino. Pero tenía una grieta que lo atravesaba de lado a lado, como una vena rota.
—Es de Namibia —continuó Longino—. De la mina Otjua, cerca de Karibib. —Pasó un dedo por la superficie irregular—. Ndilimeke era amigo de mi padre. Lo cuidó cuando era niño. Y después me cuidó a mí.
—¿Qué te dijo cuando te lo dio? —preguntó Elisabeth.
Longino sonrió con tristeza.
—Me dijo: “Tu padre decía que las piedras guardan lo que las personas olvidan. Esta tiene una herida. Como tú. Cuídala.”
Elisabeth extendió la mano. Longino puso el cuarzo en su palma con cuidado, como si fuera un pájaro herido.
Ella lo sostuvo con ambas manos. Sintió el peso. La temperatura. La aspereza de la grieta.
—¿Y tú qué quieres que guarde esta piedra? —preguntó en voz baja.
Longino la miró. Y algo se rompió en su voz:
—Nunca pensé que alguien pudiera tocarme tan hondo que hasta mi ADN quisiera quedarse contigo.
Silencio.
El mundo se detuvo.
Elisabeth sostuvo el cuarzo con una mano. Con la otra, tomó la mano de él.
—Entonces quedémonos —dijo—. Los dos. En esta piedra.
Longino cerró los ojos. Y por primera vez en meses, sintió algo parecido a la esperanza.
—¿Cómo? —susurró.
Elisabeth miró el cuarzo. Miró la grieta. Y en su mente de tanatóloga, de científica, de mujer que había visto la muerte demasiadas veces, comenzó a formarse una idea.
Una idea absurda.
Una idea sagrada.
—Tu sangre y la mía —dijo lentamente—. Mezcladas. Selladas dentro de la cavidad de esta piedra. —Levantó la vista—. ADN no como código genético, sino como memoria. Como información que no se borra. Como un templo que el tiempo no puede destruir.
Longino abrió los ojos. La miró como si acabara de ver a Dios.
—Un santuario —murmuró.
—Un santuario —repitió Elisabeth.
Y ambos supieron, en ese momento, que acababan de cruzar una línea que no tenía regreso.
Tardaron dos días en prepararse.
Elisabeth trajo los materiales del hospital: jeringas de insulina, portaobjetos estériles, resina epoxi de grado médico, guantes quirúrgicos.
Longino sacó una cajita de latón que su padre había guardado durante años: polvo de oro de una mina en Sudáfrica. Diminutas partículas que brillaban como estrellas muertas.
—Para que sepan que esto no fue un accidente —dijo—. Fue un templo.
La noche del ritual, Elisabeth llegó a las ocho.
No vestía la bata médica. Solo una blusa blanca y pantalones oscuros.
Longino estaba sentado en la cama, esperándola.
—¿Tienes miedo? —le preguntó.
—Sí —respondió ella sin dudarlo—. Tengo miedo de que esto no funcione. Tengo miedo de que sí funcione. Tengo miedo de que después de ti, ya nada tenga sentido.
Longino se levantó con dificultad. Caminó hacia ella.
Le quitó el maletín de las manos. Lo dejó sobre la mesa.
Y la besó.
No con desesperación.
Con certeza.
Como si ese beso fuera la respuesta a una pregunta que llevaba toda la vida haciendo.
Elisabeth se aferró a él como si fuera la última cosa sólida en el universo. Sintió sus costillas bajo la piel. Sintió cómo temblaba. Sintió cómo la sostenía con una fuerza que no debía tener.
Cuando se separaron, él le dijo:
—Ahora sí estoy listo.
El ritual fue quirúrgico.
Elisabeth se pinchó primero. Una gota de sangre en un portaobjetos.
Después le tocó a Longino. Sus venas estaban colapsadas. Tuvo que apretarse el dedo hasta que brotó una gota oscura, casi negra.
Ella mezcló las dos gotas con un hisopo de algodón. Las vio fundirse en una sola. Rojo y rojo. Indistinguibles.
Longino sostenía el cuarzo en sus manos temblorosas.
Elisabeth llenó la jeringa de insulina con la mezcla. Acercó la aguja a la grieta de la piedra.
La cavidad era minúscula. Tuvo que introducir la punta con cuidado milimétrico, empujando lentamente hasta que la mezcla desapareció dentro del cuarzo.
Después vino el sellado.
Elisabeth mezcló la resina epoxi con el polvo de oro. La textura era espesa, brillante, casi litúrgica.
Con una espátula dental, cubrió la grieta. Sellando la herida. Cerrando el templo.
La luz de la lámpara hizo brillar el oro.
Elisabeth sostuvo el cuarzo entre sus manos. Lo acercó a su pecho.
Y pronunció, casi como un voto:
—Cuando tu cuerpo se apague, esta mezcla seguirá respirando por nosotros.
Longino sonrió. Y dijo, con esa paz que solo llega cuando uno entiende:
—Entonces no me voy. Me cristalizo.
Esa noche durmieron juntos.
No hicieron el amor. No hablaron.
Solo se quedaron abrazados, con el cuarzo entre ambos, sintiendo cómo latía.
O tal vez era su imaginación.
O tal vez no.
A las cuatro de la mañana, Longino susurró:
—Gracias.
—¿Por qué? —preguntó Elisabeth, medio dormida.
—Por no dejarme desaparecer.
Ella apretó su mano.
—Nunca lo haré.
Y lo prometió como se prometen las cosas que van más allá de la muerte.
Porque ambos sabían que el tiempo se estaba acabando.
Pero el santuario ya estaba construido.
Y nada, ni siquiera el fin del mundo, podía destruirlo.
Episodio III: El Eco
Longino murió tres días después del ritual.
No fue dramático. No fue repentino.
Fue como una luz que se apaga lentamente, dejando solo el resplandor en la retina.
El primer día después del ritual, despertó con hambre.
Elisabeth no podía creerlo. Hacía semanas que apenas probaba bocado.
—Quiero café —dijo, incorporándose con dificultad—. Y pan tostado. Con mantequilla. Mucha mantequilla.
Ella rio. Una risa que le salió desde algún lugar que había olvidado que existía.
—Te vas a morir de indigestión antes que de cáncer.
—Perfecto —respondió él, sonriendo—. Que conste en el acta.
Desayunaron juntos en la cama. Elisabeth untó el pan. Longino comió despacio, saboreando cada bocado como si fuera el primero. O el último.
Después le pidió que le trajera sus planos.
—Quiero enseñarte algo que nunca construí.
Ella extendió los papeles sobre la cama. Eran bocetos de un edificio imposible: una estructura en espiral que parecía crecer desde el suelo como un árbol de cristal.
—Se llama “La Constelación Interna” —explicó Longino, pasando los dedos sobre las líneas—. La diseñé hace cinco años. Antes de enfermarme. —Hizo una pausa—. Es un observatorio. Pero no para mirar el cielo. Para mirar hacia adentro.
—¿Hacia adentro de qué?
—De la materia. De la luz. De la memoria. —La miró—. Quería construir un lugar donde las personas pudieran entender que no están hechas de carne, sino de información que danza.
Elisabeth sintió un nudo en la garganta.
—Es hermoso.
—Nunca lo voy a construir —dijo él con calma—. Pero ahora no importa. Porque el cuarzo es la versión que sí existe. La que va a sobrevivir.
Y Elisabeth supo que tenía razón.
El santuario no era solo un ritual.
Era la arquitectura que Longino siempre quiso dejar en el mundo.
El segundo día, Longino pidió salir al jardín.
Elisabeth lo ayudó a vestirse. Lo sostuvo mientras caminaban por el pasillo. Cada paso le costaba una eternidad.
Cuando llegaron al jardín, se sentaron bajo un cerezo que había perdido todas sus flores.
—Ndilimeke me dijo algo más cuando me dio el cuarzo —murmuró Longino, mirando las ramas desnudas—. Me dijo: “Las piedras no olvidan. Pero tú tienes que enseñarle a la piedra qué recordar.”
Elisabeth lo miró en silencio.
—¿Y qué quieres que recuerde el cuarzo?
Longino cerró los ojos. Sintió el sol en el rostro. Sintió el viento frío de enero. Sintió la mano de Elisabeth sosteniendo la suya.
—Esto —dijo—. Este momento. Este instante en el que supe que no estoy solo en el universo.
Elisabeth apretó su mano.
—No lo estás.
—Lo sé. —Abrió los ojos—. Porque tú estás aquí. Y ahora siempre estarás. En cada vibración de esa piedra.
Se quedaron en silencio, bajo el cerezo, hasta que el frío se volvió insoportable.
Cuando regresaron a la habitación, Longino estaba exhausto.
Pero sonreía.
—Valió la pena —murmuró mientras Elisabeth lo ayudaba a acostarse.
—¿El qué?
—Haber esperado a que llegaras.
El tercer día, Longino no despertó del todo.
Abría los ojos por momentos. Murmuraba palabras que Elisabeth no siempre entendía. Números. Ecuaciones. Nombres de personas que ya no estaban.
Pero cada vez que ella le tomaba la mano, él apretaba.
Como si dijera: “Todavía estoy aquí.”
A las tres de la tarde, la familia Klüber llegó.
La madre. El hermano menor. Una tía que Elisabeth no conocía.
Entraron a la habitación con pasos silenciosos, como si el suelo fuera sagrado.
La madre se acercó a la cama. Tomó la otra mano de Longino.
—Mi niño —susurró, con la voz rota.
Longino abrió los ojos. La miró. Sonrió apenas.
—Estoy bien, mamá.
—No tienes que ser fuerte.
—No lo soy. —Miró a Elisabeth—. Pero ella me ayudó a no tener miedo.
La madre de Longino siguió la mirada de su hijo. Miró a Elisabeth. Y en sus ojos había gratitud. Pero también algo más.
Reconocimiento.
Porque una madre siempre sabe cuándo alguien ha amado a su hijo de verdad.
—Gracias —le dijo simplemente.
Elisabeth asintió, incapaz de hablar.
A las once de la noche, la familia se fue.
Solo quedaron Elisabeth y Longino.
Él respiraba lento. Cada inhalación era un esfuerzo visible.
Elisabeth se sentó en la cama, junto a él. Le acarició el cabello. Le limpió el sudor de la frente.
—¿Sigues ahí? —susurró.
—Todavía —respondió él, con un hilo de voz.
—No tienes que aguantar si no quieres.
—Lo sé. —Abrió los ojos con esfuerzo—. Pero quiero despedirme bien.
—Entonces dime qué necesitas.
Longino la miró. Y en sus ojos había algo que no era tristeza.
Era paz.
—Necesito que me prometas algo.
—Lo que sea.
—Cuando yo no esté, lleva el cuarzo a algún lugar donde pueda ser visto. No escondido. No en una caja fuerte. —Hizo una pausa para respirar—. Quiero que sea parte del mundo. Que alguien más lo mire y sienta que el universo tiene memoria.
Elisabeth sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—Te lo prometo.
—Gracias. —Longino cerró los ojos—. Ahora ven aquí.
Ella se acostó junto a él. Con cuidado de no lastimarlo. Con cuidado de no romper el momento.
Longino apoyó la cabeza en el hombro de ella.
Y susurró, casi inaudible:
—Si existe un universo donde sigo vivo, te juro que es porque tú estás allí esperándome.
Elisabeth cerró los ojos. Sintió cómo la respiración de él se volvía más lenta.
Más lenta.
Más lenta.
Hasta que se detuvo.
Longino Klüber murió a las dos de la madrugada del 1 de febrero de 2026.
Elisabeth se quedó junto a él hasta que salió el sol.
No lloró. Todavía no.
Solo lo sostuvo. Y le agradeció en silencio por haberle enseñado que la muerte no es el final de la información.
Solo su redistribución.
Tres días después del funeral, Elisabeth regresó a la mansión Klüber.
La madre de Longino la esperaba en el estudio.
—Hay algo que él quería que tuvieras —dijo, entregándole una caja de terciopelo negro.
Elisabeth la abrió.
Adentro estaba el cuarzo.
Brillando.
Como si todavía latiera.
—Él me dijo que tú sabrías qué hacer con esto —continuó la madre—. Y yo confío en su juicio.
Elisabeth cerró la caja con cuidado.
—Gracias.
La madre la abrazó. Un abrazo breve, pero firme.
—Gracias a ti. Por darle algo que nosotros no pudimos.
—¿Qué?
—Certeza.
EPÍLOGO
Cinco años después.
Museo de Mineralogía de Berlín.
Sección de piedras raras.
Elisabeth Mooby caminó por los pasillos del museo con paso tranquilo.
Llevaba el cuarzo en una bolsa de terciopelo, escondido en el fondo de su bolso.
Había tardado cinco años en decidir qué hacer con él.
Cinco años en los que lo había llevado consigo a todas partes. Cinco años en los que lo había mirado cada noche antes de dormir. Cinco años en los que había sentido su peso, su temperatura, su presencia.
Pero ahora sabía que era momento de cumplir la promesa.
Se acercó al mostrador de donaciones.
—Buenos días —dijo—. Quisiera donar una pieza.
El curador, un hombre mayor con lentes gruesos, la miró con curiosidad.
—¿Qué tipo de pieza?
Elisabeth sacó el cuarzo de la bolsa. Lo puso sobre el mostrador.
La luz de las lámparas halógenas hizo brillar el sello de oro en la grieta.
El curador lo tomó con cuidado. Lo examinó con una lupa.
—Es extraordinario —murmuró—. ¿De dónde proviene?
—De Namibia. De la mina Otjua, cerca de Karibib.
—¿Y esta inclusión? —Señaló el sello de oro—. ¿Es natural?
Elisabeth sonrió.
—No. Es intencional.
El curador la miró con intriga.
—¿Puedo preguntar qué contiene?
—Memoria —respondió ella simplemente.
El curador no insistió. Había aprendido, después de décadas en el museo, que algunas piezas llegaban con historias que no debían ser contadas. Solo preservadas.
—¿Desea que conste su nombre en la donación?
—No. Prefiero que sea anónimo.
—Como desee.
Elisabeth firmó los papeles. Miró el cuarzo por última vez.
Y susurró, tan bajo que nadie más pudo escuchar:
—Ahora eres parte del archivo del mundo.
Se dio la vuelta.
Salió del museo.
Y por primera vez en cinco años, sintió que podía respirar.
Seis meses después, la placa apareció en la vitrina del museo:
Cuarzo nigeriano con inclusión orgánica no identificada.
Origen: Karibib, Namibia.
Donante: Anónimo.
Nota del curador: Esta pieza presenta un sellado de oro artesanal en una grieta natural. El contenido de la cavidad no ha sido analizado por respeto a la voluntad del donante. Se presume que es de carácter ritual o conmemorativo.
Miles de personas pasarían frente a esa vitrina en los años siguientes.
Algunos lo mirarían con curiosidad.
Otros con indiferencia.
Pero de vez en cuando, alguien se detendría más tiempo del necesario.
Y sentiría algo.
Una vibración.
Un eco.
Una certeza inexplicable de que esa piedra guardaba algo más que materia.
Guardaba una promesa.
Un amor.
Un santuario.
Y en algún lugar del multiverso, Longino Klüber seguía vivo.
Esperándola.
[FIN]
El cuarzo ya no está en tus manos.
Ahora es parte del mundo.
Y nunca será olvidado.

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