Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Los que Regresaron
Por: Arthur Rojas

Una novela de realismo fantástico

Para los que escuchan.
Para los que cargan nombres que no les pertenecen.
Y para los que saben que algunas despedidas nunca llegan… hasta que regresan.

SINOPSIS

Nadie muere del todo cuando algo queda sin decir.

Lo que comienza como un episodio aislado—atribuible al trauma, al duelo, a la fatiga—se convierte en algo mucho más inquietante cuando Javier empieza a recibir casos que ningún otro psiquiatra quiere atender:

Una novela sobre la memoria, el duelo, y las preguntas que nunca se responden del todo.


PRÓLOGO: LA GRIETA

Nadie muere del todo cuando algo queda sin decir.

La muerte, como frontera, es imperfecta. Deja hilos sueltos. Palabras sin destino. Nombres que no encuentran reposo. Cuentas que nunca se saldaron. Perdones que nunca se dieron.

Y cuando eso ocurre, a veces esos restos no se manifiestan como fantasmas—al menos no como los imaginamos. No son sábanas blancas flotando en habitaciones vacías. No son cadenas arrastrándose por pasillos oscuros.

Son memoria.

Memoria sin cuerpo.

Memoria que busca.

Y la memoria, cuando necesita un cuerpo… a veces encuentra uno.

Los niños son los más vulnerables. Sus identidades aún están formándose, sus fronteras son porosas, sus cerebros son arcilla fresca. Y cuando alguien que murió con algo pendiente encuentra esa puerta entreabierta…

Entra.

No siempre con violencia. No siempre con intención. A veces simplemente porque la memoria necesita terminar lo que empezó. Porque hay algo que debe decirse, hacerse, cerrarse.

Y cuando eso ocurre, el niño deja de ser solo el niño.

Se convierte en un puente.

Un canal.

Un regresado.

Esta es la historia de un hombre que aprendió a escucharlos. No porque quisiera. No porque creyera. Sino porque un día, frente a un cuerpo frío en una morgue, vio algo que no debería haber visto.

Y desde entonces, ya no pudo dejar de ver.

Porque cuando la memoria necesita un cuerpo… a veces encuentra uno.

Y cuando encuentra uno… alguien tiene que escuchar.


CAPÍTULO 1

La llamada llegó a las 11:47 PM.

Javier Barreto estaba en su apartamento, revisando notas de la sesión del día, cuando el teléfono vibró contra la mesa de noche. Número desconocido. Pensó en no contestar—a esa hora, las llamadas nunca traían buenas noticias—pero algo en la insistencia del timbre le hizo levantar el auricular.

—¿Dr. Barreto?

—Sí.

—Habla el Dr. Méndez, del Hospital Central de Maracay. Lamento llamarlo a esta hora.

Javier se incorporó en la cama. El tono de voz del hombre al otro lado no era de consulta médica. Era de condolencia.

—¿Qué pasó?

—Es sobre Mateo Rivas. Su paciente.

Algo en su pecho se contraía.

—¿Qué pasó con Mateo?

Hubo una pausa del otro lado. Una pausa demasiado larga.

—Lo siento mucho, doctor. Se quitó la vida esta tarde. Sus padres lo encontraron en su habitación alrededor de las seis.

El mundo se detuvo.

Javier escuchó las palabras, pero no las procesó. No inmediatamente. Simplemente se quedó ahí, con el teléfono contra la oreja, mirando la pared blanca de su habitación mientras el Dr. Méndez continuaba hablando con palabras que sonaban como si vinieran desde muy lejos.

—…ahorcamiento… cordón de una plancha… los padres están acá… necesitamos que venga al hospital para el protocolo…

Javier colgó sin despedirse.

Se quedó sentado en el borde de la cama durante diez minutos, sin moverse, sin pensar. Solo sintiendo cómo algo dentro de él se rompía lentamente, como una grieta que se expande sobre hielo fino.

Mateo Rivas.

Dieciocho años.

Estudiante de ingeniería.

Depresión mayor. Tres intentos previos.

Y Javier había creído que esta vez era diferente. Que las sesiones estaban funcionando. Que el muchacho estaba mejorando.

Pero no.

Y ahora estaba muerto.


El Hospital Central de Maracay olía a desinfectante y a floreros viejos. Javier llegó pasada la medianoche, con la camisa mal abotonada y el cabello revuelto. En la recepción, una enfermera lo reconoció de inmediato y lo guió hacia el tercer piso sin hacer preguntas.

Los padres de Mateo estaban en la sala de espera. La madre, una mujer pequeña de cabello oscuro, lloraba en silencio con un pañuelo apretado contra la boca. El padre, un hombre corpulento de overol sucio, miraba al suelo con los puños cerrados.

Cuando vieron a Javier, ambos se pusieron de pie.

Por un momento, nadie dijo nada.

Luego, la madre dio un paso hacia adelante. Javier esperó un grito, un reclamo, una acusación. Pero ella solo lo abrazó. Fuerte. Desesperadamente.

—Usted intentó salvarlo —susurró contra su hombro—. Yo sé que usted intentó.

Javier no pudo hablar. Solo cerró los ojos y dejó que la mujer llorara sobre su pecho.

El padre no se acercó. Solo lo miró desde lejos, con una expresión que Javier no pudo descifrar.

Después de unos minutos, un oficial de policía se acercó a ellos.

—Dr. Barreto, necesitamos hacerle algunas preguntas. Es protocolo.

Javier asintió. Soltó suavemente a la madre y siguió al oficial hacia una oficina pequeña al final del pasillo.

Las preguntas fueron rutinarias. ¿Cuándo fue la última sesión? ¿Mateo mostró señales de ideación suicida reciente? ¿Había cambiado su medicación? ¿Javier consideraba que el paciente representaba un riesgo inminente?

Javier respondió con voz monótona, mecánica. Sabía que estas preguntas no buscaban respuestas. Buscaban protección legal. Buscaban asegurarse de que nadie pudiera demandar al hospital. O a él.

Al final, el oficial cerró su libreta y suspiró.

—Lamento su pérdida, doctor.

Javier no dijo nada. Solo firmó donde le indicaron y salió de la oficina.

Afuera, en el pasillo, otro oficial lo esperaba.

—Dr. Barreto, si quiere… puede bajar a despedirse del cuerpo. Está en la morgue. Antes de que lo trasladen.

Javier no quería. Lo último que quería era ver a Mateo así. Pero sintió que no podía irse sin hacerlo. No después de tres años de sesiones. No después de escuchar sus miedos, sus pesadillas, sus intentos desesperados por encontrar una razón para seguir viviendo.

—Está bien. Lléveme.

La morgue estaba en el sótano. El aire era frío, artificial, cargado de un olor químico que picaba en la nariz. El oficial lo guió por un pasillo estrecho con luces fluorescentes parpadeantes, hasta una puerta de acero con una ventana pequeña de vidrio reforzado.

—¿Está listo?

Javier asintió, aunque no estaba seguro de estarlo.

El oficial empujó la puerta.

Cuando las puertas de acero se abrieron, el aire frío de la morgue le golpeó la cara. Y adentro, alguien trabajaba silbando una canción que Javier no reconoció.


CAPÍTULO 2

El interior era exactamente como Javier lo había imaginado: mesas de acero inoxidable, estantes con frascos etiquetados, olor penetrante a formaldehído. Y en el centro, bajo una luz blanca y cruel, una camilla cubierta con sábana blanca.

Pero lo que no esperaba era que hubiera alguien más ahí.

Un hombre joven, de unos treinta años, estaba inclinado sobre el cuerpo. Vestía bata quirúrgica manchada y guantes de látex. Cortaba la ropa del cadáver con tijeras largas.

El oficial carraspeó. Debo dejarlo Doc, me avisa!

El hombre levantó la vista. Rasgos afilados, cabello oscuro peinado hacia atrás, expresión tranquila, casi indiferente.

—Claro. Adelante, doctor. Ya casi termino.

Javier se acercó lentamente. Su corazón latía con fuerza, pero no sabía si era por dolor o por otra cosa. Algo en la presencia de ese hombre lo inquietaba, aunque no sabía por qué.

El maquillador continuó trabajando. Cortó la camisa de Mateo con cuidado, luego el pantalón, dejando al descubierto el cuerpo pálido. En su cuello, una marca profunda, morada.

—Está rígido —dijo el hombre—. Murió hace unas veinte horas, diría yo.

Javier frunció el ceño.

—¿Veinte horas? No. Murió esta tarde. Hace menos de seis horas.

El hombre lo miró extrañamente. Luego sonrió.

—Tiene razón. Disculpe. A veces pierdo la noción del tiempo acá adentro.

El maquillador pasó una mano sobre el cuello de Mateo, tocando la marca.

—Qué idiota —murmuró—. Con un cordón de plancha. Tan innecesario.

La sangre le subió a la cabeza.

—¿Disculpe?

—¿Qué?

—¿Qué acaba de decir?

El maquillador parpadeó.

—Dije que… que es triste.

—No. Dijo “qué idiota”.

El hombre lo miró fijamente. Lentamente, su expresión cambió. La sonrisa desapareció.

—Sí —dijo en voz baja—. Eso dije. Porque lo es. Yo lo hice con un cable. Y fue… innecesario. Doloroso. Estúpido.

Javier dio un paso atrás.

—¿Usted lo hizo?

El hombre levantó una mano y se bajó el cuello de la camisa, revelando una cicatriz gruesa, irregular, que rodeaba su garganta.

—Hace dos años. En una casa alquilada en la calle Páez. Por una mujer colombiana que me dejó por otro. Qué estúpido, ¿no? Morir por amor.

El oficial abrió la puerta, sin entrar gritó desde la Puerta de entrada a la morgue.

—Doctor, la familia lo está esperando arriba. Necesitan hablar con usted.

Javier miró al maquillador una última vez.

—Gracias por… por cuidarlo.

El hombre sonrió tristemente.

—Sé lo que se siente, doctor. Cuando alguien que conocías se va así. No tienes idea de lo que se siente.

Javier salió de la morgue con las piernas temblorosas.

Dos días después, regresó al hospital. Preguntó por Jhon Jairo en recepción.

—¿Jhon Jairo? No tenemos a nadie con ese nombre trabajando acá.

—Sí, el maquillador. Estaba en la morgue hace dos noches.

La recepcionista revisó su sistema.

—Doctor, la morgue estuvo cerrada esa noche. El técnico que debía venir llamó para avisar que no podía. El cuerpo de su paciente no fue preparado hasta el día siguiente.

El suelo se movía bajo sus pies.

—Eso es imposible. Yo lo vi. Hablé con él. Cortó la ropa del cuerpo.

La recepcionista lo miró con lástima.

—Doctor… la ropa del cuerpo estaba intacta cuando llegó el técnico al día siguiente.

Ese día, el Dr. Javier Barreto comprendió dos cosas: había fallado como psiquiatra por primera vez… y había visto algo que no podía explicarse. Algo que no pertenecía a este mundo… o que, quizá, había regresado de él.


CAPÍTULO 3

Javier volvió al hospital una y otra vez. Buscó en Recursos Humanos, preguntó en administración, interrogó a enfermeras.

Nadie conocía a Jhon Jairo en maquillador

Pero él lo había visto. Había hablado con él. Había visto su cicatriz.

Una tarde, en el cafetín del hospital, se encontró con Luisa Méndez, una enfermera joven de ojos cansados.

—Doctor, puedo ayudarlo… pero no le cuente a nadie que fui yo.

Le dio un papel con una dirección escrita a mano.

—Funeraria en la calle Páez. Pregunte por Ariel Escalante. Es el hermano.

La calle Páez olía a flores marchitas y formol. La funeraria era un local estrecho con vitrinas polvorientas y ataúdes de exhibición.

Un hombre de unos cuarenta años, de overol manchado de barniz, lo recibió.

—¿En qué lo puedo ayudar?

—Busco información sobre Jhon Jairo Escalante.

El hombre se tensó.

—¿Quién pregunta?

—Soy médico. Psiquiatra. Creo que… creo que lo vi.

Ariel lo miró durante largo rato. Luego suspiró.

—Venga. Pero primero tengo que terminar un trabajo. Cargamos al muerto y hablamos.

Después de cargar el ataúd en la carroza fúnebre, Ariel lo llevó a una casa vieja en el mismo barrio. Zaguán de mosaicos rotos, entrepatio con ataúdes sin terminar, olor a madera y laca.

Ariel caminó hasta una puerta cerrada en el fondo y la pateó con violencia.

La puerta se abrió revelando un cuarto pequeño. Y en la pared del fondo, un altar improvisado: velas, flores marchitas, y una foto enmarcada.

Javier se acercó.

En la foto, un hombre joven sonreía a la cámara. Mismo rostro. Mismo cabello oscuro. Mismos ojos.

Jhon Jairo Escalante.

—Murió hace dos años —dijo Ariel—. Se colgó con un cable en este mismo cuarto. Por una mujer colombiana que lo dejó. Mi hermano siempre fue idiota para el amor.

Las piernas le temblaban.

—¿Trabajaba como maquillador?

—Toda su vida. Aprendió del viejo. Trabajaba en funerarias, hospitales, donde lo llamaran. Era bueno. El mejor.

Javier sacó su libreta con manos temblorosas.

—¿Cómo era la cicatriz?

Ariel frunció el ceño.

—¿Qué cicatriz?

—La del cuello. Del cable.

Ariel lo miró como si estuviera loco.

—Doctor… cuando alguien se ahorca, la marca se queda. Para siempre. La tuvieron que maquillar para el velorio. Pero sí, tenía una marca horrible en el cuello.

Javier arrancó el carro y salió sin mirar atrás. Pero en el retrovisor, por un segundo, creyó ver a alguien parado en la puerta del zaguán. No frenó.


CAPÍTULO 4

Centro Profesional Plaza, El Rincón de los Toros. Javier había abierto su consulta privada un mes después del suicidio de Mateo. Pacientes convencionales: depresión, ansiedad, insomnio.

Pero en su libreta, escribía otras cosas. Nombres. Fechas. Preguntas sin respuesta.

Una noche, en un bar cerca del hospital, mencionó “un caso extraño” con cautela.

Sus colegas reaccionaron con las explicaciones de siempre:

—Criptomnesia. Viste a alguien parecido años atrás y tu cerebro creó la memoria.

—Confabulación. Estrés postraumático por la pérdida del paciente.

—Mecanismos de defensa. Tu inconsciente proyectó tu culpa en una figura externa.

—El cerebro no guarda almas, Javier. Guarda narrativas.

Javier escuchó todo en silencio.

Cuando llegó a su apartamento, abrió su libreta y escribió:

Todas las explicaciones son lógicas. Todas son posibles. Pero yo vi lo que vi. Y no puedo desverlo.

Pero él había visto archivos sellados coincidir con voces infantiles. Y eso no figuraba en ningún manual.


CAPÍTULO 5

Museo Aeronáutico de Maracay. Día soleado, familias, niños corriendo entre aviones antiguos.

Un niño de 4 años llegó con sus padres. Daniel Escalante. Cabello oscuro, ojos curiosos, manos inquietas.

Se detuvo frente al Douglas C-54 Skymaster.

Un cartel metálico oxidado decía: “LA VACA SAGRADA – Avión Presidencial 1949-1958”

El niño lo miró durante largo rato. Luego se acercó y puso la mano sobre el fuselaje gris, justo donde alguna vez estuvieron pintados los escudos de la república.

—Este no se llama así. Nosotros le decíamos La Vaca porque era grande y lenta. Pero yo le decía El Último Vuelo.

Su padre, un ingeniero de Turmero, rió incómodo.

—Ay, Dani, ¿de dónde sacas esas cosas?

Pero el niño no lo escuchaba. Caminaba alrededor del avión con pasos medidos, profesionales. Tocaba las ruedas. Señalaba los motores.

—Estos motores eran Pratt & Whitney R-2000. Vibraban mucho cuando acelerábamos en despegue. Y siempre había que vigilar el motor número tres. Ese daba problemas.

El padre se agachó junto a él, confundido.

—¿Cómo sabes eso?

El niño lo miró con una expresión extrañamente adulta.

—Porque yo lo piloteé.

Un guía del museo se acercó, intrigado por la escena.

—¿Le gusta la aviación al niño?

—No sé. Nunca había mostrado interés hasta hoy.

El niño continuó hablando, ahora dirigiéndose al guía:

—El último vuelo fue el 23 de enero de 1958. Despegamos de La Carlota a las 03:10 AM. Sin luces de pista. Sin copiloto. Con una cisterna que llegó tarde porque la primera la quemaron en la autopista.

El guía palideció.

—¿Cómo… cómo sabe eso?

—Porque yo era el piloto. Mayor José Cova Rey. Y ese fue el vuelo más difícil de mi vida.

El guía miró al padre. Luego al niño. Luego de vuelta al padre.

—Señor… creo que debería hablar con alguien.


Dos días después, Javier Barreto llegó al museo con su libreta bajo el brazo.

El director del museo, un coronel retirado de apellido Fuentes, lo recibió en su oficina con café aguado y expresión escéptica.

—Doctor, con todo respeto, esto suena a historia inventada por un niño con imaginación activa.

—Lo sé. Por eso vine. Para descartarlo.

Javier entrevistó al niño en una sala pequeña del museo, con los padres presentes. Grabadora encendida. Libreta abierta.

—Dani, ¿puedes contarme otra vez lo que recuerdas?

El niño se sentó en la silla con la espalda recta, las manos sobre las rodillas. Demasiado formal para un niño de cuatro años.

—Mi nombre es José Cova Rey. Nací el 14 de marzo de 1922 en Maracaibo. Me gradué como piloto en 1943. Fui piloto presidencial desde 1952.

Javier escribió cada palabra.

—¿Y qué pasó la noche del 23 de enero de 1958?

El niño cerró los ojos. Cuando habló, su voz temblaba.

—Llovera Páez me llamó a medianoche. Me dijo: “Alista La Vaca. El General se va.” Yo sabía lo que eso significaba. El gobierno había caído. La Escuela Militar se había alzado. La Marina también. Era cuestión de horas.

El padre del niño se removió incómodo en su silla. La madre lo miraba con lágrimas en los ojos.

—Llegué a La Carlota a la 1:30 AM. El avión estaba ahí, pero nadie lo había preparado. Los oficiales que debían hacerlo se habían ido. Revisé el combustible. No alcanzaba para llegar a Santo Domingo.

—¿Qué hiciste?

—Le dije al General que usáramos otro avión más pequeño. Él se negó. No quería dejar a su gente. Entonces sugirió ir a La Orchila y pedir combustible desde allá. Le dije: “Negativo, mi General. Cuando este avión despegue, usted ya no será presidente.”

Javier sintió un escalofrío. Esa frase era famosa. Histórica. ¿Cómo podía un niño de cuatro años saberla?

—¿Qué pasó después?

—Pedimos una cisterna de Maiquetía. La quemaron en la autopista. Tuvimos que pedir otra. Llegó hora y media después. Para entonces, el General estaba desesperado. Su esposa lloraba. Los niños no entendían qué pasaba.

El niño abrió los ojos. Estaban húmedos.

—A las 03:10 despegamos. Sin luces de pista. Solo con las luces de los carros que nos trajeron. Yo tenía que sacar un avión sobrecargado, sin copiloto, en la oscuridad. Si fallaba, moríamos todos.

—¿Y no fallaste?

El niño negó con la cabeza.

—No. Pero fue el vuelo más largo de mi vida. Cada minuto pensaba: “Si los cazas nos interceptan, nos derriban. Si el motor tres falla, nos caemos al mar. Si me equivoco en la ruta, nos perdemos.”

—¿Llegaron a Santo Domingo?

—Sí. Aterrizamos al amanecer. Trujillo nos recibió. El General bajó del avión y no me miró. No me agradeció. Solo se fue. Y yo… yo tuve que regresar solo a Maracay. Con el mecánico Antonio Márquez. En ese mismo avión. Sabiendo que acababa de sacar a un dictador del país.

El silencio en la sala era absoluto.

—¿Cómo te sentiste?

El niño lo miró con ojos cansados. Demasiado cansados para un niño.

—Vacío. Como si hubiera hecho algo necesario… pero imperdonable. Cumplí con mi deber. Pero ese deber me quitó algo. Y nunca lo recuperé.


Después de la entrevista, Javier fue directamente a los archivos del museo.

Buscó registros de José Cova Rey.

Y lo encontró TODO:

  • Acta de nacimiento: José Cova Rey. 14 de marzo de 1922. Maracaibo.
  • Récords militares: Graduado piloto 1943. Piloto presidencial 1952-1958.
  • Testimonio histórico: Entrevista grabada en 1985 donde Cova Rey narra EXACTAMENTE lo mismo que dijo el niño.

Pero había algo más.

Un expediente TACHADO. Con fecha de muerte: 17 de marzo de 1987.

Causa: Infarto masivo. Mientras dormía.

En una nota al margen, con letra diminuta, alguien había escrito:

“03:10 AM. El último despegue. Algo termina. Algo empieza.”

Javier salió del archivo con las manos temblorosas.

Esa noche, el coronel Fuentes lo llamó.

—Doctor, investigué lo que me pidió. José Cova Rey murió en 1987. Pero hay algo más.

—¿Qué?

—Antes de morir, le dijo a su hijo: “Todavía escucho los motores. Todavía siento las vibraciones. Nunca dejé de volar esa noche.”

Javier colgó.

Tres meses después, recibió una llamada de los padres de Daniel.

—Doctor… Dani ya no habla del avión. Y cuando le preguntamos por el Mayor Cova, nos mira confundido y dice: “¿Quién es ese?”

Javier habló con el niño por teléfono.

—Dani, ¿te acuerdas de La Vaca Sagrada?

—Sí… es el avión del museo. Pero no sé por qué me gustó tanto. Ya no me gusta.

—¿Y el nombre José Cova Rey?

—No. ¿Quién es?

Javier colgó y escribió en su libreta:

José Cova Rey cumplió su deber el 23 de enero de 1958. Pero algo en él nunca terminó de aterrizar. Algo en él siguió volando. Hasta que encontró a un niño de cuatro años que lo dejó despegar una última vez… y finalmente aterrizar en paz.


CAPÍTULO 6

La llamada llegó un martes. Prefijo 0255. Portuguesa.

—Dr. Barreto, me dieron su número. Es sobre mi nieta. Tiene diez años. Y está… construyendo una casa.

—¿Dónde viven?

—En Las Majaguas. Cerca del centro azucarero. Al lado del río Sanaré.

Javier salió de Maracay antes del amanecer. Cinco horas de carretera. De la ciudad al campo, de las montañas a los llanos.

Las Majaguas era un pueblo casi invisible: casas de bahareque, iglesia vieja, chimeneas apagadas del antiguo central azucarero.

Y más allá, el río Sanaré.

La abuela, Caridad, lo llevó por un camino de tierra hasta un claro junto al río.

Allí estaba la niña.

Sofía. Diez años. Cabello en trenza. Manos cubiertas de mezcla gris.

Estaba construyendo.

No jugando. Construyendo de verdad.

Paredes de bloques de un metro de altura. Base nivelada con precisión. Herramientas ordenadas. Técnica profesional.

Javier se agachó a su altura.

—Hola. Me llamo Javier.

La niña no levantó la vista.

—Ya sé quién es usted. Es doctor. Y quiere saber por qué sé construir.

—Sí. Quiero saber.

La niña finalmente lo miró. Ojos oscuros, profundos, cansados.

—Me enseñó mi esposo. Ramiro. Construimos esta casa juntos. Era pequeña, pero era nuestra. Y el río se la llevó. Y a mí también.

—¿Cómo te llamabas?

—Rosa Elena Castillo. Nací el 12 de marzo de 1942 en Sanare. Mis padres eran Esteban Castillo y María Luisa Ramos. Me casé con Ramiro Urdaneta el 8

Javier escribió cada palabra.
—¿Qué pasó la noche de la creciente?
La niña dejó de trabajar. Su expresión cambió.
—Estábamos durmiendo. El ruido del agua. Como un tren. Corrimos. Pero el agua era demasiado fuerte. Me arrancó de su mano. Y yo no supe nadar lo suficiente.
Por un momento, Javier no vio a una niña. Vio a una mujer ahogándose.
—Por eso tengo que construir bien esta vez. Para que no se la lleve el río.
Javier caminó hasta la prefectura del pueblo.
Buscó los registros.
Y ahí estaba TODO:
• Acta de nacimiento: Rosa Elena Castillo. 12 de marzo de 1942.
• Acta de matrimonio: Rosa Elena Castillo y Ramiro Urdaneta. 8 de junio de 1964.
• Registro de defunción: Rosa Elena Castillo de Urdaneta. 23 de agosto de 1968. Ahogamiento. Río Sanaré. Cuerpo no recuperado.
Seis semanas después, Caridad llamó.
—Doctor. Sofía ya no construye. Y cuando le pregunto por Rosa Elena, no sabe de qué hablo.
Javier habló con la niña por teléfono.
—¿Te acuerdas de lo que construías?
—Sí… pero no sé por qué. Ya no me da ganas.
—¿Y el nombre Rosa Elena?
—No. ¿Quién es?
Rosa Elena terminó lo que necesitaba hacer. Y se fue.
CAPÍTULO a ver 7
Javier notó que tenía menos pacientes cada semana. Rumores circulaban: “el psiquiatra loco”, “el que cree en fantasmas”.
Dr. Ramón Sánchez, amigo de la universidad, lo interceptó en el estacionamiento del hospital.
—Javier, estás perdiendo credibilidad. La gente habla. Dicen que estás… obsesionado con casos paranormales.
—No son paranormales. Son pacientes.
—¿Pacientes? ¿O fantasmas?
Javier no respondió.
Ramón suspiró.
—¿Has pensado en hablar con alguien? En terapia, digo.
—¿Crees que estoy loco?
—Creo que estás destruyendo tu carrera por algo que no puedes probar.
Esa noche, Javier bebió solo en su apartamento. Revisó todos sus casos. Todos los nombres. Todas las coincidencias imposibles.
¿Me estoy volviendo loco?
¿Vale la pena?
El teléfono sonó. Hospital La Ovallera, Palo Negro. Caso urgente.
Miró la hora: 2:47 AM.
Se puso la chaqueta y salió hacia Palo Negro.
CAPÍTULO 8
Llegada nocturna. Hospital pequeño, mal iluminado.
Niño de 9 años. Cirugía del lóbulo temporal. Exitosa físicamente.
Pero cuando despertó:
—No soy quien ustedes creen que soy.
Javier fue llamado contra las advertencias de otros médicos.
El niño hablaba con calma absoluta. Demasiada calma para alguien recién operado.
—La incisión fue la puerta.
Javier observó: no era delirio. No era confusión. Era identidad reemplazada.
—¿Quién eres?
—Alguien que necesita hablar con alguien. Con Juana Aguilar.
—¿Quién es Juana Aguilar?
El niño dio un número de teléfono. De memoria.
Esa noche, Javier entendió que el cerebro no era solo un órgano. Era una frontera. Y alguien acababa de cruzarla.
CAPÍTULO 9
Enfermeras dudaron, pero Javier autorizó la llamada.
Cuatro días de tensión. Espera.
Finalmente, una mujer llegó al hospital.
—¿Qué hago yo aquí? ¿Quién me llamó?
La llevaron al cuarto del niño. Personal médico presente.
La mujer entró. Vio al niño.
El niño la miró.
Y gritó:
—¡MALITA! ¡Debes perdonarme!
La mujer cayó de rodillas, sollozando.
—No… no puede ser… La única persona que me llamaba Lalita era mi padre.
Desalojaron el cuarto. Solo quedaron el niño y la mujer.
Historia del padre alcohólico. La violencia. El rencor.
—Murió en este hospital. En este cuarto. Hace 11 años.
El detalle clave:
—Nunca le dije que lo perdonaba. Y él murió creyendo que lo odiaba.
La mujer, llorando, le habló al niño como si fuera su padre:
—Te perdono, papá. Te perdono.
El niño lloró.
Luego cerró los ojos.
Cuando los abrió… era solo un niño. No recordaba nada.
Esa noche escribió:
No todos los regresos buscan explicación. Algunos buscan perdón.
CAPÍTULO 10
Javier en su consulta cerrada. Extiende todos los archivos sobre el escritorio.
Busca el patrón. ¿Qué tienen en común los “regresados”?
Jhon Jairo: Murió por amor no correspondido. Regresó en la morgue de otro suicida.
Capitán Jose Cova Rey: Desapareció sin explicación. Regresó en un niño en el museo donde está su avión.
Rosa Elena: Murió sin terminar su casa. Regresó en una niña en el mismo terreno.
Padre de Malita: Murió sin perdón. Regresó en un niño en el mismo cuarto de hospital.
Patrón: Todos tenían cuentas pendientes. Todos necesitaban cerrar algo.
¿Por qué Javier puede verlos/atraerlos?
Tal vez desde el suicidio de Mateo, él mismo se convirtió en puerta.
Tal vez su culpa lo abrió.
O tal vez… nunca hay respuesta.
La pregunta ya no era si los regresados existían. La pregunta era: ¿por qué elegían volver a través de él?
CAPÍTULO 11
Habían pasado doce meses desde que Javier Barreto había visto a una niña de diez años construir una casa con las manos de una mujer muerta. Doce meses de más casos, más nombres, más preguntas sin respuesta.
Su consultorio en el Centro Profesional Plaza seguía existiendo en el papel. La placa aún estaba en la puerta. Seguía pagando el alquiler. Pero ya no recibía pacientes convencionales.
Solo los otros.
Los que llegaban con historias que ningún otro psiquiatra quería escuchar. Los que traían niños con voces demasiado viejas. Los que necesitaban a alguien que no los mirara como si estuvieran locos.
Pero eso tenía un precio.
Su nombre ya no aparecía en las referencias médicas del hospital. Sus antiguos colegas cruzaban la calle cuando lo veían. Las llamadas de otros profesionales habían cesado por completo.
Javier Barreto, el psiquiatra prometedor recién graduado, se había convertido en una leyenda urbana médica: “El que cree en fantasmas. El que perdió la cabeza después del suicidio de un paciente.”
Una tarde de marzo, sentado en su consulta vacía, abrió su libreta. La misma que había llenado durante un año con casos imposibles.
¿Y ahora qué?
Tres días después, condujo hasta la calle Páez.
No había vuelto desde aquella vez, cuando Ariel le mostró el altar de su hermano. Pero algo lo empujaba a regresar. Una necesidad de cerrar el primer círculo.
La funeraria estaba cerrada. Pero escuchó ruido en el entrepatio. Golpeó la puerta lateral.
Ariel apareció con un overol manchado de barniz y una lija en la mano. Cuando vio a Javier, su expresión pasó de sorpresa a alivio.
—Doctor. Pensé que no lo volvería a ver.
—Yo también.
Ariel dejó la lija sobre un ataúd a medio terminar y se limpió las manos en un trapo.
—¿Quiere pasar?
Caminaron hacia el entrepatio. El mismo lugar donde una vez habían cargado un muerto juntos. Ariel ofreció café. Javier aceptó.
Se sentaron en dos sillas de plástico bajo un árbol de mango. El silencio era cómodo, no tenso.
—¿Ha vuelto a ver a su hermano? —preguntó Javier finalmente.
Ariel miró hacia el cuarto del fondo. La puerta estaba entreabierta. Ya no había velas. Ya no había flores.
—No. Desde que usted vino… es como si se hubiera ido de verdad. Ya no siento su presencia. Ya no escucho ruidos en la noche. Ya no huelo su colonia.
—Tal vez terminó lo que necesitaba hacer.
Ariel lo miró con ojos cansados pero tranquilos.
—O tal vez usted lo escuchó. Y eso fue suficiente.
Javier no supo qué responder.
—¿Sabe qué es lo más raro, doctor? Que yo no le tengo rabia. Antes sí. Le tenía rabia por haberse matado. Por dejarnos. Por ser tan idiota por una mujer. Pero ahora… solo siento paz. Como si él también tuviera paz.
—Tal vez la tiene.
—¿Usted cree en eso? ¿En que los muertos pueden encontrar paz?
Javier pensó en Jhon Jairo. En Rosa Elena. En el padre de Malita. En todos los que habían regresado para cerrar algo.
—No sé si creo. Pero sí sé que he visto gente cerrar puertas. Y eso es lo más parecido a la paz que conozco.
Ariel sonrió tristemente.
—¿Y usted, doctor? ¿Ha cerrado sus puertas?
Javier pensó en Mateo. En la carta que nunca había vuelto a leer. En la culpa que cargaba como una piedra.
—No todavía. Pero estoy intentando.
Dos semanas después, Luisa Méndez lo buscó en el cafetín del hospital.
Se sentó frente a él sin pedir permiso, con una taza de café humeante y una expresión seria.
—Doctor, tengo que decirle algo.
—Dígame.
—He estado pensando. En todos los casos que le he pasado. En todas las historias que usted me ha contado. Y creo que… creo que debería escribirlas.
—¿Escribirlas?
—Sí. Un libro. Un registro. No para demostrar nada. No para convencer a nadie. Solo para que quede documentado. Para que alguien sepa que estas cosas pasan.
—¿Quién lo va a leer? ¿Quién me va a creer?
Luisa lo miró con esa mezcla de compasión y firmeza que solo las enfermeras veteranas tienen.
—Tal vez nadie. O tal vez alguien que necesite saber que no está solo. Alguien que haya visto lo mismo que usted y piense que está perdiendo la cabeza. Alguien que necesite saber que hay otros que escuchan.
Esa frase se le quedó durante días.
Alguien que necesite saber que no está solo.
Le tomó tres meses decidirse.
Y luego, un año escribirlo.
Cada caso era un peso. Una memoria que no le pertenecía pero que cargaba de todas formas. Tuvo que revisar sus notas. Verificar datos. Contactar familias para pedir permiso. Cambiar nombres donde era necesario.
No incluyó todos los casos. Solo los que tenía documentados con precisión. Los que tenían testigos. Los que podía verificar con archivos, con fotos, con registros oficiales.
Jhon Jairo Escalante y su cicatriz imposible.
El Capitán Jose Cova Rey atrapado en el cuerpo de un niño de cuatro años.
Rosa Elena Castillo construyendo paredes junto al río Sanaré.
El padre de Juana Aguilar gritando “¡Malita!” desde un niño recién operado.
Y otros. Casos más breves. Testimonios más fragmentados. Pero todos reales. Todos verificables.
No intentó explicarlos. No citó teorías psiquiátricas. No ofreció hipótesis científicas. No intentó convencer a nadie de nada.
Solo contó las historias.
Y al final, después de doscientas páginas de testimonios imposibles, escribió una conclusión honesta:
No soy un detective de lo real. No vine a resolver misterios. No tengo laboratorios ni tecnología avanzada. No puedo medir lo que vi. No puedo cuantificarlo.
Solo tengo preguntas. Y testimonios. Y nombres. Y familias que me permitieron escuchar.
¿Qué son los “regresados”? No lo sé.
¿Son fantasmas? ¿Son memorias? ¿Son almas que no pudieron descansar? ¿Son proyecciones de nuestros propios traumas colectivos?
No lo sé.
Y tal vez esa sea la respuesta más honesta que puedo dar.
Lo que sí sé es esto: la muerte no siempre es el final. A veces es una pausa. A veces es una puerta entreabierta. Y a veces… alguien regresa.
No para asustarnos. No para vengarse. No para cumplir profecías ni causar daño.
Simplemente… para terminar algo.
Para decir adiós. Para pedir perdón. Para cerrar una cuenta pendiente.
Y cuando lo hacen, necesitan algo muy simple: alguien que los escuche.
Este libro es para eso. Para escuchar. Para documentar. Para decirle a quien lo necesite: no estás solo.
Si has visto algo que no puedes explicar, si has escuchado voces que no deberían estar ahí, si has conocido a alguien que no es quien dice ser… no estás loco.
Solo estás escuchando.
Y eso, a veces, es lo más valiente que se puede hacer.
Tituló el libro: “Los que regresan: Memoria, muerte y las preguntas sin respuesta”
Lo envió a tres editoriales pequeñas. Dos lo rechazaron sin leerlo. La tercera, una editorial independiente de Caracas especializada en narrativa testimonial, aceptó publicarlo con una condición:
—No lo vamos a vender como ficción. Pero tampoco como ciencia. Lo vamos a etiquetar como “testimonio”. ¿Está de acuerdo?
Javier estuvo de acuerdo.
La noche antes de la presentación del libro, no pudo dormir. Se quedó despierto mirando el techo, con la mente llena de dudas.
¿Y si nadie viene?
¿Y si todos piensan que estoy loco?
¿Y si esto destruye lo poco que me queda de credibilidad?
Pero luego recordó lo que Luisa le había dicho:
“Tal vez alguien que necesite saber que no está solo.”
Y eso fue suficiente.
A las 3:00 AM, se levantó, abrió su laptop, y leyó la primera línea del libro una vez más:
“Nadie muere del todo cuando algo queda sin decir.”
Cerró la laptop.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
Mañana empezaría algo nuevo. Algo que no sabía cómo nombrar todavía.
Pero por primera vez en años, no tenía miedo.
CAPÍTULO 12
La librería quedaba en la zona colonial de Maracay, en una calle adoquinada que olía a café recién hecho y a libros viejos. Paredes de ladrillo expuesto, estantes de madera gastada, lámparas colgantes con luz cálida.
Javier había pedido algo pequeño. Íntimo. Sin prensa. Sin cámaras. Solo una mini-conferencia y firma de libros para quien quisiera venir.
Había esperado diez personas.
Llegaron cuarenta.
Algunos eran curiosos que habían visto el anuncio en redes sociales. Otros eran escépticos que venían a burlarse o a refutar. Algunos eran familiares de los casos documentados en el libro. Y otros… otros venían con sus propias historias imposibles que no se atrevían a contar en voz alta.
Y en el fondo de la sala, casi invisible entre las sombras de los estantes, había alguien más.
Un hombre de unos cincuenta años, delgado, de cabello gris y ojos serenos. Vestía ropa sencilla—camisa blanca de lino, pantalón oscuro—y no llevaba ningún libro, ninguna libreta, ninguna grabadora. Solo estaba ahí. Sentado. Mirando.
Javier lo notó de inmediato. Había algo en su presencia que lo inquietaba. No de forma amenazante. Sino familiar. Como si ese hombre supiera algo que Javier también sabía, pero que ninguno de los dos podía decir en voz alta.
Sus miradas se cruzaron por un segundo. El hombre asintió levemente. Javier sintió un escalofrío.
Javier se paró frente al pequeño micrófono con las manos temblorosas. Había dado presentaciones médicas antes. Había hablado frente a juntas de psiquiatras. Pero esto era diferente.
Esto era personal.
Carraspeó. Miró a la audiencia.
—Buenas noches. Gracias por venir.
Su voz sonó más débil de lo que esperaba. Respiró hondo.
—Sé que el título del libro es… incómodo. “Los que regresan”. Suena a película de terror. O a ficción barata. Y sé que algunas de las historias que van a leer pueden parecerles inverosímiles. Tal vez lo sean. No lo sé.
Hizo una pausa.
—No soy un detective de lo real. No tengo laboratorios. No tengo estudios clínicos que respalden lo que voy a contarles. Solo tengo testimonios. Y nombres. Y fechas. Y familias que nunca me pidieron que las creyera… solo que las escuchara.
Miró hacia el fondo de la sala. El hombre de ojos serenos seguía observándolo en silencio, sin moverse.
—Este libro no intenta demostrar nada. No busca convencer a nadie. Solo documenta algo que me pasó. Algo que le pasó a otras personas. Y lo hace con la única herramienta que tengo: la honestidad.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos asentían. Otros fruncían el ceño.
—Voy a contarles uno de los casos que aparece en el libro. No porque sea el más espectacular, sino porque es el que más me marcó. Es el caso de una niña de diez años. Se llama Sofía Morales. Vive en Las Majaguas, Portuguesa, a 400 kilómetros de aquí.
La sala guardó silencio absoluto.
Javier sacó una foto de su bolsillo y la mostró. Era Sofía, de rodillas frente a una hilera de bloques, con las manos cubiertas de mezcla gris.
—Cuando la conocí, Sofía estaba construyendo una casa. No jugando a construir. Construyendo de verdad. Con bloques, cemento, mezcla. Trabajaba como un albañil profesional. Nivelaba. Medía. Mezclaba con técnica perfecta. Nadie le había enseñado.
Dejó que la imagen se quedara en las mentes del público.
—Cuando le pregunté cómo había aprendido, me dijo esto: “Mi esposo me enseñó. Ramiro. Construimos nuestra casa juntos. Era pequeña, pero era nuestra. Estaba en Las Majaguas, cerca del río Sanaré. Teníamos veintiséis años cuando nos casamos. Y una noche de 1968, una creciente se la llevó. La casa. Y a mí también.”
Un murmullo inquieto recorrió la sala.
—Sofía tiene diez años. No había nacido en 1968. Sus padres tampoco. Y sin embargo, cuando le pregunté su nombre—el nombre de la mujer que construyó esa casa—me dio esto:
Leyó de su libreta:
—Rosa Elena Castillo. Nacida el 12 de marzo de 1942 en Sanare. Hija de Esteban Castillo y María Luisa Ramos. Casada con Ramiro Urdaneta el 8 de junio de 1964.
Guardó la libreta.
—Investigué. Fui a la prefectura de Sanare. Revisé los archivos. Y encontré todo. El acta de nacimiento. El acta de matrimonio. Y el certificado de defunción: Rosa Elena Castillo de Urdaneta. Fallecida el 23 de agosto de 1968. Causa: ahogamiento. Lugar: río Sanaré, sector Las Majaguas. Cuerpo no recuperado.
El silencio en la sala era absoluto.
—Sofía no pudo haber investigado eso. No tenía acceso a internet en su casa. No tenía razón para buscar archivos de 1968 en una prefectura rural. Y sin embargo… lo sabía. Todo. Los nombres. Las fechas. El lugar exacto. Y durante dos meses, reconstruyó esa casa en el mismo terreno donde estuvo la original. Hasta que un día, simplemente dejó de hacerlo. Y cuando le pregunté por Rosa Elena, me miró confundida y me dijo: “¿Quién es esa?”
La sala seguía en silencio.
—¿Qué pasó? No lo sé. ¿Sofía era Rosa Elena? ¿Rosa Elena “usó” a Sofía para terminar algo que había quedado pendiente? ¿O es solo una coincidencia estadísticamente imposible que mi cerebro intenta convertir en narrativa?
Miró a la audiencia.
—No tengo respuestas. Solo tengo el registro. Los documentos. Los testimonios. Y la certeza de que vi algo que no puedo explicar con las herramientas que me dio la psiquiatría. Y ese es el punto del libro. No intenta resolver nada. Solo documenta lo inexplicable. Porque a veces… lo inexplicable es lo único real que nos queda.
Después de la conferencia, algunas personas se acercaron a comprar el libro. Otras le hicieron preguntas que Javier respondió con honestidad: “No lo sé. No tengo esa respuesta.”
Otras simplemente se fueron, moviendo la cabeza con escepticismo.
Javier estaba firmando el último libro cuando una presencia se detuvo frente a él.
El hombre de ojos serenos.
De cerca, Javier notó arrugas profundas alrededor de los ojos, como si hubiera pasado años mirando cosas que otros no veían. Manos delgadas, con dedos largos. Y una calma que era casi sobrenatural.
El hombre no habló de inmediato. Solo lo miró. Y en esa mirada, Javier reconoció algo.
Finalmente, el hombre habló. Su voz era suave, calmada.
—Doctor Barreto. Mi nombre es Daniel Osorio.
—Mucho gusto.
Daniel sonrió levemente.
—Leí su libro. Y reconozco lo que usted hace. Escucha. Y eso es lo único que los que regresan necesitan.
Javier guardó silencio.
Daniel continuó:
—Hay alguien a su alrededor. Alguien joven. Un muchacho. Y quiere que usted sepa algo.
El aire pareció enfriarse.
—¿Qué?
Daniel lo miró con compasión infinita.
—Que no fue su culpa. Que usted intentó. Y que eso fue suficiente.
Las lágrimas llegaron sin permiso. Mateo. Tres años de culpa.
Daniel puso una mano suave sobre el hombro de Javier, asintió, y se fue en silencio.
Esa noche, Javier regresó a su apartamento. Sacó la caja que guardaba en el closet. La que no había abierto en tres años.
Dentro estaba la carta de Mateo.
Con manos temblorosas, la leyó:
Doctor Barreto: Sé que esto va a ser difícil para usted. No quiero que piense que es su culpa. No lo es. Usted hizo todo lo que pudo. Me escuchó cuando nadie más lo hacía. Pero hay cosas que no tienen solución. Gracias por intentar. Por favor, no se culpe. Mateo
La leyó tres veces. Cada palabra era un puñal. Y al mismo tiempo, un bálsamo.
Dobló la carta. La guardó.
Y algo dentro de él, finalmente, se soltó.
Dos días después, el teléfono sonó.
—¿Dr. Barreto?
—Sí.
—Mi nombre es Marta Lugo. Leí su libro. Es sobre mi hija. Tiene doce años. Y desde hace tres meses… ella dice que no es mi hija.
Javier abrió su libreta.
—Cuénteme todo. La escucho.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo. Los vivos seguían viviendo. Los muertos seguían muriendo.
Pero Javier Barreto ya no tenía miedo.
Porque había aprendido algo:
No todos los regresos buscan explicación.
Algunos buscan perdón.
Otros buscan despedida.
Y algunos… solo buscan a alguien que escuche.
Y él había decidido ser ese alguien.
Javier cerró su libreta. La guardó en el cajón.
Y miró por la ventana.
Afuera, un niño jugaba en la acera, riendo mientras perseguía una pelota. Por un momento, el niño levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Javier.
El niño le sonrió.
Javier sonrió de vuelta.
Y el niño siguió corriendo, perdiéndose en la esquina.
Javier no supo si era solo un niño… o si era alguien más, despidiéndose.
Pero esta vez, no tuvo miedo.
Solo levantó la mano.
Y dejó que se fuera.

🕯️ FIN


Para los que escuchan.Para los que cargan nombres que no les pertenecen.Y para los que saben que algunas despedidas nunca llegan… hasta que regresan.

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