Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Más Acá del Tiempo

Por: Arthur Rojas

Por: Arthur Rojas
CAPÍTULO I
La columna de los domingos
Maracay huele distinto los domingos.
No sé si alguien más lo ha notado, pero yo lo noté desde niño. Es un olor a patio mojado, a arepas con queso blanco, a periódico recién impreso que alguien dobla con cuidado antes de leerlo en la mecedora. Los domingos en Maracay tienen una textura particular, como si la ciudad bajara la guardia y se permitiera respirar sin apuro.
Yo aprovecho eso.
Me llamo Marcos Rivera, tengo veintidós años, y cada domingo publico una columna en el Diario La Región que firma un tal Mark Rivera. Mark suena más serio. Más de revista. Más de tipo que sabe lo que hace. Marcos suena a muchacho que todavía le pide prestado el carro a su papá, que es exactamente lo que soy cuando no estoy escribiendo.
La columna se llama Enigmas de la Ciudad Dormida, y trata sobre los misterios, las leyendas y los secretos que esta ciudad guarda debajo de su piel de capital de provincia. Maracay tiene muchos. Más de los que la gente cree. Más de los que yo mismo calculaba cuando empecé, hace poco más de un año, con una nota sobre el fantasma de la enfermera del Hospital Central que escribí en una tarde y que generó más cartas de lectores que cualquier artículo político de ese mes.
Eso me dijo algo importante sobre la gente: prefiere el misterio a la realidad. No los culpo.
Desde entonces no he parado. Escribí sobre el jinete que algunos vecinos juran ver rodeando la Plaza de Toros César Girón en las noches de neblina. Sobre los gritos que se escuchan, dicen, en las antiguas celdas del Cuartel de Infantería cuando el viento sopla desde el norte. Sobre la Dama de la Fuente de la Plaza Bolívar, esa mujer elegante que aparece sentada cerca del agua y se desvanece cuando alguien intenta acercarse. Sobre el mausoleo de Juan Vicente Gómez en el Cementerio La Primavera, donde hay quienes aseguran que la tierra pesa diferente y que el aire se pone denso como almíbar a cierta hora de la tarde.
No soy un creyente fanático. Tampoco soy un escéptico de manual. Soy periodista, que es una manera elegante de decir que soy alguien que hace preguntas y anota las respuestas sin juzgar demasiado a quien las da.
Lo que sí soy, sin ninguna duda, es un enamorado de esta ciudad.
Conozco Maracay como pocos. No por haber vivido mucho, sino por haber leído mucho y caminado más. Hablo con cronistas. Paso tardes enteras en la Biblioteca Nacional buscando referencias que la mayoría considera irrelevantes. Sé, por ejemplo, que el trolebús que algún día circuló por Las Delicias fue una maravilla de ingeniería para su época. Que el Lactario Maracay fue en su tiempo una institución modelo en América Latina. Que en la Cuarta División de Infantería existe una construcción que es, en realidad, la réplica exacta de la casa de un Mariscal extranjero que visitó al General Gómez, porque el Benemérito mandó a copiarla ladrillo por ladrillo para que su huésped se sintiera en casa. Que la Hacienda La Trinidad tiene una historia que ningún libro oficial cuenta completa. Que el Colegio Lope de Vega y los campos de Sabana de Paja guardan nombres y fechas que la ciudad ha preferido olvidar.
Todo eso vive en mi cabeza como un archivo desordenado pero completo. Un mapa superpuesto a la ciudad real, con una capa de historia debajo de cada esquina.
Ese domingo en particular estaba terminando mi columna número cuarenta y siete cuando sonó el teléfono.
Era Ramírez, mi jefe en Bogotá.
Ramírez dirige la edición latinoamericana de Enigmas sin Resolver, una revista española de misterios y fenómenos inexplicables que se distribuye en Colombia a través de librerías especializadas y que tiene, según él, más lectores de los que yo imagino. Llevábamos casi dos años trabajando juntos: yo le mandaba textos, él los publicaba con una pequeña nota que decía “colaboración especial desde Venezuela” y me pagaba en dólares, que en este país es la diferencia entre vivir y sobrevivir.
—Rivera —dijo, con ese tono suyo de quien ya tomó una decisión y solo llama para informarla—. Necesito que viajes.
Apagué el computador. Cuando Ramírez dice que necesita que viajes, lo mejor es escuchar con las manos vacías.
—¿A dónde?
—Puno. Perú. El lago Titicaca. El portal de Aramu Muru.
Conocía el lugar. Por supuesto que lo conocía: el portal de Hayu Marca, la Puerta de los Dioses tallada en roca viva, el sitio donde según la leyenda el sacerdote inca Aramu Muru huyó con un disco solar de oro y desapareció en la piedra para escapar de los conquistadores. Un rectángulo perfecto excavado en la roca a más de tres mil ochocientos metros de altura, con una hornacina pequeña en el centro que tiene exactamente el tamaño de un disco.
—Quiero las mejores fotos que hayas conseguido en tu vida —dijo Ramírez—. El portal, el chamán que oficia allí, el entorno, el lago al fondo si es posible. Y un texto tuyo, claro. Cuatro mil palabras, con historia, con leyenda, con testimonio local. La edición de marzo.
Hice una pausa breve. No por dudar, sino porque lo que iba a decir a continuación requería cierta preparación.
—Necesito llevar a alguien —dije.
—¿Cómo así?
—Una fotógrafa. Zoé Lozada. Te juro que sus fotos valen el doble de las mías, Ramírez. Hace imágenes que parecen pintadas. Ha trabajado conmigo en varios reportajes y sabe moverse en exteriores.
Hubo una pausa al otro lado que podría haberse llamado silencio elocuente.
—Rivera, no te voy a financiar una luna de miel.
Me giré levemente en la silla. Luego me puse de pie. Busqué la puerta con la mirada, como quien considera retirarse con dignidad.
—Bueno —dije—. Entonces no voy. Déjalo así.
—¿Perdón?
—Que no voy. Si no llevas a la fotógrafa, mandas a otro. Yo tengo columna el domingo.
Otros tres segundos de silencio. Ramírez resoplando al otro lado del Atlántico.
—Te pago los pasajes, la estadía y los gastos —dijo al fin, con la voz de alguien que muerde algo amargo—. A los dos.
—Y doscientos dólares para ella —dije—. Aparte.
—¡Rivera!
—No soy idiota, Ramírez. Sé que esto va para la edición española y que allá se vende bien. Doscientos para ella, aparte de los gastos. O me quedo en Maracay escribiendo sobre el jinete de la Maestranza.
Un silencio más largo esta vez. Casi cinematográfico.
—Está bien —dijo—. Vete ya.
Colgué.
Me quedé un momento frente a la ventana, mirando la avenida de abajo. Era un domingo de enero y Maracay brillaba con ese sol blanco de mediodía que aplana las sombras y hace que todo parezca un poco irreal. Una señora cruzaba con una bolsa de mercado. Un perro dormía en el borde de la acera con la misma convicción con que los filósofos duermen en sus ideas.
Pensé en Puno. Pensé en el portal. Pensé en la cara que iba a poner Zoé cuando le dijera adónde íbamos.
Luego abrí el teléfono y la llamé.

CAPÍTULO II

La guerra de las frazadas
Zoé Lozada no era fácil de convencer.
Lo supe desde la primera vez que trabajamos juntos, hace casi un año, cuando la contraté para cubrir un reportaje sobre las luces extrañas en el Parque Henri Pittier y ella llegó con tres cámaras, un trípode, un chaleco con diecisiete bolsillos y la expresión de alguien que ya había calculado los ángulos antes de bajarse del carro. Hizo fotos que me dejaron sin palabras. Luego me cobró exactamente lo que habíamos acordado, ni un bolívar más ni uno menos, y se fue sin pedir nada adicional.
Así era Zoé. Precisa. Ordenada. Sin bordes innecesarios.
Esa tarde de domingo la llamé sin mucho preámbulo porque con ella los preámbulos no funcionan.
—Tengo una propuesta —dije cuando contestó.
—Estoy ocupada —dijo ella.
—Ya lo sé. Escucha de todas formas.
Hubo una pausa breve. Eso con Zoé equivalía a un sí provisional.
Le expliqué lo de Puno, lo del portal, lo de Ramírez y los doscientos dólares. Escuchó sin interrumpirme, que era otra de sus virtudes. Cuando terminé, dijo:
—No.
—Zoé…
—Marcos, es Bolivia. Perú. Estoy sola con mi mamá y la situación está…
—Doscientos dólares, todos los gastos pagos, una semana máximo. Solo tienes que apretar el botón.
—No soy una máquina de apretar botones.
—Lo sé. Por eso te llamo a ti y no a cualquiera.
Otro silencio. Este más largo.
—Déjame ver —dijo al fin—. Llámame mañana.
No me llamó ella. Fui yo quien apareció al día siguiente en su casa del barrio La Coromoto, porque conociendo a Zoé sabía que si le daba veinticuatro horas para pensarlo sola, la respuesta iba a ser no. Había que estar presente. Había que ser parte de la ecuación.
Lo que no calculé fue llegar en medio de una visita médica.
El doctor salía justo cuando yo llegaba. Cruzamos miradas en la puerta, él con su maletín y su cara de quien acaba de dar noticias moderadamente preocupantes, yo con mi mejor expresión de visita casual. La señora Lozada, la mamá de Zoé, tenía problemas de arritmia. No era la primera vez, me enteré después, pero últimamente había empeorado.
Zoé no estaba. Había salido a la farmacia a buscar lo que le habían recetado.
Me hizo pasar la abuela.
La abuela de Zoé se llamaba Carmen y tenía esa clase de presencia que solo dan los años vividos con los ojos abiertos: una mujer pequeña, de pelo blanco recogido, con manos que habían trabajado mucho y una manera de mirarte que hacía sentir que ya sabía todo lo que ibas a decir antes de que lo dijeras. Me señaló una silla en la sala y me sirvió un café sin preguntarme si quería, que es la forma más honesta de hospitalidad.
Hablamos largo rato.
Me contó de la situación económica, que era difícil. De la enfermedad de su hija, que la tenía angustiada. De Zoé, que cargaba demasiado para sus años y que nunca se quejaba, que eso era lo que más le dolía a ella, que una muchacha tan joven no se quejara.
Y luego, sin que yo preguntara, me contó otra cosa.
Lo dijo con esa naturalidad con que los viejos cuentan las historias que han cargado tanto tiempo que ya no pesan, o pesan diferente:
—Esta familia tiene una herida vieja, muchacho.
Le pregunté qué quería decir.
—La mamá de mi mamá —dijo, y se detuvo un momento, como ordenando los años—. Eva. Una mujer muy hermosa, de Choroní. Tuvo un novio que desapareció.
Me quedé quieto. Con el café en la mano.
—¿Desapareció cómo? —pregunté.
—Como desaparecía la gente en esos tiempos —dijo, con una voz que no era triste sino simplemente vieja—. Se oponía al régimen. Y una noche no volvió.
Abrió el cajón de la mesita que tenía al lado y sacó algo pequeño: un relicario de metal oscuro, del tamaño de su palma. Lo abrió con cuidado y me mostró una fotografía en miniatura, ovalada, con los bordes amarillentos del tiempo. Una mujer joven. Pelo negro, ojos claros, una sonrisa que parecía a punto de decir algo.
—Era su mamá —dijo la abuela Carmen—. La bisabuela de Zoé. Guardó esta foto toda su vida. Y nunca supo qué pasó con ese muchacho.
Estaba mirando la fotografía cuando escuché la puerta.
Era Zoé, con una bolsa de farmacia en la mano y esa expresión suya de quien llega a casa y encuentra algo que no esperaba. Me miró. Miró a su abuela. Luego me miró otra vez.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a tomar café —dije.
Ella dejó la bolsa sobre la mesa y me hizo una seña con la cabeza hacia la puerta. Salimos juntos a la calle, que en La Coromoto a esa hora de la tarde tenía el rumor tranquilo de los barrios que todavía se conocen entre sí.
Le expliqué otra vez lo del viaje. Ella me escuchó con los brazos cruzados, que con Zoé no era señal de rechazo sino de concentración.
—Solo tomarás fotos —dije—. Hacemos el reportaje, vemos el portal, y te pagan doscientos dólares que aquí mismo te hacen falta.
Ella miró la acera un momento.
—Sabes que no cumplo los veintiún años hasta dentro de un mes —dijo.
—Lo sé. Por eso hablo primero contigo y no con tu abuela.
Una pausa. Luego algo que en Zoé equivalía a una sonrisa: el más leve movimiento en la comisura derecha de los labios.
—Veremos si me dan permiso —dijo.
Volvimos adentro. La señora Lozada dormía. Hablamos con la abuela Carmen, que me miró de arriba abajo con esa mirada de inventario que tienen las abuelas venezolanas, y luego dijo con una convicción que no admitía apelación:
—Marcos es un buen muchacho. Es de Las Acacias y allí tengo una amiga. Vayan.
El vuelo a Bogotá era de madrugada. El de Bogotá a La Paz, al día siguiente.
Éramos dos personas con equipaje de mano, un morral con cámaras que Zoé cargaba como si fuera un órgano vital, y la certeza compartida de que ninguno de los dos había dormido bien. En el avión hacia Colombia hablamos poco. Ella revisaba sus lentes con una minuciosidad que yo encontraba vagamente hipnótica. Yo leía sobre Aramu Muru en mi teléfono hasta que se me cerraron los ojos sobre el asiento 14C.
La Paz nos recibió con ese cielo suyo de azul imposible y el aire enrarecido que a cuatro mil metros de altura te recuerda que los pulmones son un órgano que uno da por sentado hasta que no funciona bien. Tomamos un bus a Puno cruzando el altiplano, seis horas de paisaje que parecía pintado por alguien que nunca había visto límites: el lago apareciendo y desapareciendo entre las colinas, el cielo tan cerca que daban ganas de estirarse.
Llegamos al GHL Hotel Lago Titicaca entrada la tarde.
El hombre de recepción nos miró con la eficiencia amable de quien atiende turistas todo el año.
—Tienen una reserva a nombre de Rivera —dije.
—Sí, señor. —Tecleó algo—. Una habitación.
—Dos —dije.
Más tecleo.
—Solo figura una en la reserva, señor. Y en este momento el hotel está completo. Hay un evento en la ciudad esta semana.
Me giré hacia Zoé. Zoé me miró con una expresión que yo ya había aprendido a leer: no era enojo, era la cara de quien ya sabía que algo así iba a pasar y simplemente espera a que el otro lo asimile.
—Ramírez —murmuré entre dientes.
—Luna de miel —dijo ella, completamente seria.
La habitación era amplia, con ventana al lago y dos mesitas de noche, lo cual era lo único positivo de la situación. La cama era una sola: matrimonial, con un cobertor grueso de lana de alpaca color barro y cuatro almohadas que parecían rellenas de nubes andinas.
Zoé dejó su morral junto a la ventana. Yo dejé el mío junto a la puerta, que era una forma inconsciente de mantener distancias simbólicas.
A Puno se llega con el cuerpo confundido. El soroche, el mal de altura, no avisa: simplemente aparece como un dolor sordo detrás de los ojos y una fatiga que no se parece al cansancio normal sino a algo más antiguo, más profundo, como si el cuerpo dijera aquí no eres de aquí. A Zoé le dio primero. Estaba sentada en el borde de la cama quitándose las botas cuando la vi palidecer levemente.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Mareo —dijo—. Nada grave.
Nada grave, pero se recostó con cuidado y cerró los ojos. Yo me quedé de pie un momento, mirando la habitación, haciendo el inventario silencioso de la situación. Luego bajé al lobby, pregunté dónde quedaba la tienda más cercana, y volví veinte minutos después con mate de coca en sobres, dos pares de calcetines de lana gruesa y una pequeña manta adicional que le compré a una señora en el mercado de la esquina por un precio que no negocié porque no era momento de negociar.
Puse agua a calentar con el hervidor de la habitación. Preparé el té con la torpeza honesta de quien ha visto preparar té toda la vida pero nunca lo ha hecho con cuidado. Zoé tenía los ojos entreabiertos.
—Siéntate un momento —dije.
Se incorporó despacio. Le quité las botas que no había terminado de quitarse, con cuidado, como quien manipula algo que podría romperse aunque no lo parezca. Le puse los calcetines de lana. Le di el mate de coca.
Ella lo recibió sin decir nada. Lo olió primero, luego tomó un sorbo.
—¿Dónde compraste estos calcetines? —preguntó.
—En el mercado.
—Huelen a oveja.
—Son de lana de oveja.
—Ah.
Silencio. El lago afuera, enorme y quieto bajo el último sol de la tarde. La habitación con esa luz dorada que tienen los cuartos de hotel a cierta hora cuando la ventana da al oeste.
Yo me había sentado en la silla que había junto al escritorio, que era mi plan para la noche: la silla, el cobertor adicional, y la dignidad intacta.
—Marcos —dijo Zoé.
—¿Qué?
—No seas mártir. La cama tiene el tamaño de una cancha de fútbol.
—Estoy bien en la silla.
—No estás bien en la silla. Te va a doler la espalda y mañana vas a estar de mal humor y yo voy a tener que aguantarte.
Consideré el argumento. Era sólido.
Me levanté. Tomé dos de las cuatro almohadas y las coloqué en el centro de la cama con la precisión de un arquitecto trazando una frontera internacional.
—La Muralla de la China —anuncié.
Zoé me miró por encima del mate de coca con una expresión que no supe clasificar del todo.
—¿En serio?
—Es por respeto.
—¿A quién?
—A tu abuela.
Ella bajó la vista al mate. Y entonces sí, esta vez sin disimulo, sonrió. Una sonrisa real, de las que Zoé no regalaba frecuentemente, pequeña y hacia adentro, como una luz que se enciende en una habitación al fondo de una casa.
—Le hice una promesa —dije, acomodándome en mi lado de la muralla—. Y en mi familia, romper una promesa a una abuela es básicamente invocar una maldición milenaria.
Ella apagó su lámpara.
—Eres muy raro, Marcos Rivera —dijo en la oscuridad.
—Lo sé —dije.
Un momento después escuché el sonido de una cámara. La pequeña, la compacta que llevaba siempre en el bolsillo lateral del morral. Un disparo en la oscuridad, casi sin luz, capturando quién sabe qué: el techo, la muralla de almohadas, mi silueta inmóvil al otro lado.
—Zoé.
—¿Qué?
—¿Me estás fotografiando?
—Documentando —dijo—. Para la historia.
—¿Qué historia?
—La del periodista que le tiene más miedo a una abuela venezolana que a un chamán en los Andes.
No respondí. Afuera el lago Titicaca existía en su silencio milenario, completamente indiferente a nosotros. Y en algún lugar entre el mate de coca, los calcetines que olían a oveja y la muralla de almohadas que no engañaba a nadie, algo entre Zoé Lozada y yo empezó a tomar una forma que ninguno de los dos mencionó esa noche.
Era mejor así.
Lo que venía después no necesitaba más complicaciones.

CAPÍTULO III

El chamán que no quería
Aramu Muru no está donde uno espera.
Eso es lo primero que sorprende: que un portal que supuestamente conecta dimensiones, mundos y tiempos esté escondido con tanta discreción. Sin señales turísticas llamativas, sin vendedores en la entrada, sin el aparato comercial que rodea a los grandes sitios sagrados del mundo. Para llegar hay que tomar un taxi desde Puno por una carretera que al principio es pavimento y luego es polvo, cruzar un paisaje de piedras rojizas y paja brava que el viento mueve en ondas lentas, y caminar después unos minutos por un sendero que podría confundirse con cualquier otro sendero si no fuera porque en algún momento el terreno cambia de tono y el aire se vuelve más quieto.
Lo noté yo. Zoé también, aunque no dijo nada. Simplemente aferró un poco más el morral con las cámaras.
El contacto que Ramírez nos había asignado se llamaba Humberto Cabrera: un guía boliviano de unos cincuenta años, según la descripción, con experiencia en turismo místico y conexiones con las comunidades locales. Debía esperarnos en la entrada del sendero a las nueve de la mañana.
A las nueve y cuarto, Humberto Cabrera no había aparecido.
A las nueve y media, seguía sin aparecer.
Yo llamé al número que Ramírez me había dado. Timbre. Timbre. Nada.
—Quizás se confundió de día —dijo Zoé, que mientras tanto había sacado una cámara y fotografiaba el paisaje con esa concentración suya de cirujana.
—O de trabajo —dije.
Fue entonces cuando apareció el otro hombre.
Vino desde la dirección opuesta a la que esperábamos, como si hubiera estado allí antes que nosotros y recién decidiera dejarse ver. Caminaba despacio, sin apuro, con un morral de tela oscura colgado al hombro. Era bajo y de complexión sólida, con el pómulo alto y la piel curtida del altiplano, y una cara que no tenía edad definida: podría haber tenido cuarenta años o setenta, era imposible saberlo. Nos miró con unos ojos negros que no preguntaban nada porque ya sabían las respuestas.
—Rivera —dijo. No como pregunta.
—Sí —dije—. ¿Y Cabrera?
El hombre hizo un gesto vago con la mano, como quien descarta algo de poca importancia.
—Me llamo Jorge Quispe —dijo—. Yo los llevo.
Zoé me miró. Yo la miré a ella. En ese intercambio silencioso de miradas estaba todo: la duda, la evaluación rápida, la decisión pragmática de que habíamos viajado demasiado lejos para volvernos por un cambio de guía.
—Bien —dije.
Jorge Quispe caminó adelante sin mirar atrás, como dando por sentado que lo seguiríamos. Lo seguimos.
El sendero subía levemente entre formaciones de roca que el tiempo había trabajado con paciencia infinita. Zoé fotografiaba mientras caminaba, sin detenerse, con esa habilidad suya de capturar sin interrumpir el movimiento. Yo observaba a Quispe: sus pasos eran seguros, su respiración tranquila. No hablaba. No señalaba nada. No cumplía ninguna de las funciones que uno espera de un guía turístico.
Llegamos al portal.
Lo vi y entendí por qué la gente viene desde tan lejos.
No es grande. Eso también sorprende. El portal de Aramu Muru es un rectángulo tallado en la roca rosada, de unos siete metros de altura, con una hornacina pequeña y perfecta en el centro, a la altura del pecho de un hombre. La superficie es lisa donde debería ser rugosa. Los ángulos son rectos donde la naturaleza nunca hace ángulos rectos. Y hay algo en la proporción del conjunto, en la relación entre la piedra y el espacio vacío, que produce una sensación difícil de nombrar: no exactamente miedo, no exactamente fascinación, sino algo que está entre las dos cosas y no tiene nombre en español.
Zoé bajó las cámaras un momento. Solo un momento.
—Dios mío —dijo en voz baja.
—Sí —dije.
No había nadie más. Eso también era extraño: ningún otro turista, ningún vendedor de artesanías, ningún curioso. Solo nosotros dos, el portal y Jorge Quispe, que se había detenido unos metros atrás y nos observaba con los brazos a los lados.
Zoé empezó a fotografiar. Yo saqué mi libreta y empecé a escribir notas: la textura de la roca, la luz de esa mañana, la temperatura que había bajado varios grados desde que llegamos al portal, el silencio que no era ausencia de sonido sino presencia de otra cosa.
Fue Zoé quien me tocó el brazo.
Me giré. Señalaba con la cabeza hacia Quispe.
El hombre se había apartado unos pasos detrás de una formación rocosa y estaba cambiándose de ropa con la tranquilidad de quien hace algo completamente normal. La ropa de turista había desaparecido. Lo que quedaba era otra cosa: una túnica corta de tela gruesa en colores tierra, adornos de plumas en los hombros y en la cabeza, líneas de pigmento oscuro trazadas en los pómulos y la frente con una precisión que no parecía improvisada. En la mano derecha sostenía algo circular, plano, del tamaño de un plato pequeño, que brillaba con un reflejo que no era exactamente metálico.
Lo miré. Luego miré a Zoé.
—¿Es algo turístico? —murmuré.
—No lo parece —murmuró ella.
No lo parecía. La expresión de Quispe había cambiado completamente: ya no era el hombre práctico y silencioso del sendero. Había algo en su postura, en la manera en que sostenía el disco, en cómo nos miraba, que era más antiguo que cualquier cosa que yo pudiera describir con el vocabulario que tenía disponible.
Empezó a hablar.
La lengua que usó no era español. No era quechua, que yo había escuchado alguna vez. No era aymara. Era algo que sonaba anterior a todas esas cosas, con consonantes que el español no tiene y vocales que parecían venir del fondo de la garganta y del pecho al mismo tiempo. Habló durante tal vez dos minutos, sin mirarnos directamente, con los ojos fijos en el portal.
Luego se detuvo.
Y nos extendió el disco.
Lo hizo con una expresión que solo puedo describir como a regañadientes: no con hostilidad, sino con la resignación de quien entrega algo que preferiría conservar, cumpliendo una instrucción que viene de más arriba que su propia voluntad. Como si el disco no fuera suyo para darlo pero tampoco pudiera negarse a darlo.
Nos señaló la hornacina del portal.
Zoé y yo nos miramos.
—Marcos —dijo ella, en voz muy baja.
—Lo sé —dije.
—Esto es…
—Lo sé.
—¿Lo hacemos?
Lo pensé exactamente el tiempo que tarda un periodista de misterios en decidir si entra o no entra por una puerta que podría ser el portal más extraordinario que ha visto en su vida.
—Sí —dije.
Tomé el disco. Era más pesado de lo que esperaba. Frío, con una temperatura que no correspondía al sol de esa mañana. En la superficie había marcas en relieve que mis dedos reconocieron como un patrón antes de que mis ojos pudieran descifrarlos.
Me acerqué a la hornacina. El disco encajó.
No con dificultad, no con fuerza. Encajó como una llave en una cerradura que lleva siglos esperando esa llave específica. Un sonido sordo, breve, que sentí más en el pecho que en los oídos.
Y la roca se abrió.
No dramaticamente. No con estruendo ni con luz sobrenatural. Simplemente la hendidura que yo había visto como una grieta decorativa resultó ser el borde de algo, y ese algo cedió hacia adentro con la pesada inevitabilidad de una puerta que no se ha abierto en mucho tiempo pero recuerda perfectamente cómo hacerlo.
Oscuridad adentro. Aire frío saliendo, como el aliento de algo que llevaba dormido demasiado tiempo.
Jorge Quispe no se movió. Solo señaló el interior con un gesto breve, mirando hacia otro lado, como quien prefiere no ser testigo de lo que viene.
Encendí la linterna del teléfono. Zoé ya tenía la suya.
Entramos.
La hendidura se cerró detrás de nosotros con el mismo sonido sordo de antes, y durante un segundo que duró más que un segundo me pregunté si había cometido el error más grande de mi vida o el más interesante. En esos momentos la diferencia entre las dos cosas es imposible de determinar.
El túnel era estrecho. Apenas suficiente para caminar de frente sin rozar las paredes si uno las tenía en mente, que uno las tenía. El suelo era irregular pero transitable. El aire era frío y tenía ese olor a piedra húmeda y tiempo acumulado que yo asociaba con las cuevas, con los sótanos viejos, con los lugares que la luz solar no ha visitado en generaciones.
Caminamos.
Zoé iba a mi lado, su linterna apuntando adelante, su respiración controlada con esa disciplina suya que yo encontraba simultáneamente tranquilizadora e intimidante. De vez en cuando nuestros brazos se rozaban en la oscuridad y ninguno de los dos lo mencionaba.
Caminamos más.
Calculé dos cuadras, quizás un poco más. El túnel no era recto: giraba levemente a la derecha, luego se nivelaba, luego subía con una pendiente suave. Sin el teléfono no habría sabido decir cuánto tiempo llevábamos caminando.
Fue entonces cuando Zoé dijo:
—Me siento mareada.
Lo dijo con calma, que era su manera de decir las cosas preocupantes: sin alarma, casi como una observación meteorológica.
—Yo también —dije, porque era verdad.
No era el soroche, que yo conocía ya de los días anteriores. Era otra cosa: una desorientación que venía de adentro, como si el cerebro recibiera señales contradictorias sobre dónde estaba el suelo y en qué dirección corría el tiempo. Cerré los ojos un momento. El mareo empeoró. Los abrí.
—Sigue caminando —dije, más para mí mismo que para ella.
Seguimos.
Y entonces escuché las voces.
Primero lejanas, un murmullo sin palabras distinguibles. Luego más claras: hombres hablando en voz normal, con el tono cotidiano de quien comenta algo sin importancia. Una risa breve. El sonido de algo siendo movido, madera contra piedra.
Y luz. Una línea de luz dorada filtrándose por debajo de lo que resultó ser otra hendidura, esta desde adentro, con el disco en el lado interior.
Me detuve. Zoé se detuvo a mi lado. Nos miramos en la penumbra.
Nos asomamos.
Lo que vi al otro lado tardó un momento en organizarse en algo comprensible.
Cinco hombres con ropa de trabajo, pantalones oscuros y camisas de tela gruesa, moviendo maderas y herramientas con la eficiencia silenciosa de quienes llevan horas en eso. Una habitación amplia, con paredes de yeso y molduras. Butacas. Filas de butacas tapizadas en rojo oscuro, dispuestas en semicírculo. Un espacio elevado al frente que tardé dos segundos en reconocer como un escenario.
Una voz desde afuera:
—¡A desayunar, muchachos!
Los cinco hombres dejaron las herramientas sin mayor ceremonia y salieron por una puerta lateral, hablando entre ellos, con la alegría sencilla de quien interrumpe el trabajo para comer.
Zoé y yo nos quedamos inmóviles.
Luego salimos.
Era un palco. Eso entendí primero: estábamos en el interior de un palco de teatro. Un palco especial, ligeramente separado del resto, con una butaca central diferente a las demás: más grande, tapizada en terciopelo de un rojo más intenso, con los brazos tallados en madera oscura.
Un palco presidencial.
Salimos al teatro vacío. Las butacas rojas se extendían hacia el escenario en esa penumbra tranquila que tienen los teatros cuando no hay función. El techo era alto, con molduras elaboradas. Las paredes tenían apliques de luz que no estaban encendidos. Todo era nuevo. Todo estaba recién construido o recién restaurado, con ese olor a madera y pintura fresca que los edificios tienen cuando acaban de nacer.
Encontramos la salida lateral. Cruzamos un pasillo. Empujamos una puerta.
Y salimos a la calle.
La luz me golpeó primero. Un sol blanco, de mediodía, distinto al sol de Puno: más horizontal, más cargado de humedad, con ese peso tropical que solo tienen ciertas latitudes. El calor después: inmediato, envolvente, completamente diferente al frío del altiplano que habíamos dejado atrás hacía… ¿cuánto? ¿Veinte minutos? ¿Una hora?
Cerré los ojos y los abrí.
Una calle amplia. Casas de fachada colonial. Un árbol enorme en la esquina que yo reconocí porque lo había visto en fotografías antiguas. Un hombre cruzando con un sombrero de paja. Una mujer con una cesta en el brazo. Un automóvil negro, macizo, de formas redondeadas que no pertenecían a ninguna década reciente, avanzando despacio sobre el pavimento como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Volteé a mirar el edificio del que acabábamos de salir.
La fachada era blanca, con columnas y un letrero en la parte superior que decía, con letras sobrias y definitivas:
TEATRO CIRCO MARACAY
Me quedé mirando ese letrero durante lo que pudo ser un segundo o pudo ser un minuto.
Zoé estaba a mi lado. La miré. Me miró. Sus ojos tenían esa expresión que yo nunca le había visto antes: no miedo exactamente, sino la cara de alguien cuyo sistema de comprensión del mundo acaba de recibir una información para la que no tenía categoría disponible.
—Marcos —dijo, en voz muy baja.
—Sí —dije.
—Estamos en Maracay.
—Sí.
Una pausa.
—Pero no en nuestro Maracay —dijo.
Miré otra vez el automóvil negro que se alejaba por la calle. Miré las fachadas. Miré el árbol. Miré el cielo de enero sobre los techos de teja.
—No —dije—. Creo que no.
Y entonces, desde algún lugar cercano que yo no habría podido ubicar con exactitud pero que mi cuerpo reconoció antes que mi cabeza, llegó el sonido de las campanas de la Catedral de Maracay marcando la hora.
Saqué el reloj de la muñeca. Lo miré.
Marcaba una hora menos que las campanas.
Una hora menos. Sin fecha. Sin año. Solo las manecillas señalando una diferencia que era pequeña en apariencia y enorme en todo lo demás.
Guardé el reloj en el bolsillo.
Zoé seguía mirándome.
—¿Cuánto tiempo atrás? —preguntó.
Miré el teatro. Miré la calle. Hice el cálculo que llevaba toda mi vida, sin saberlo, entrenándome para hacer.
—Casi cien años —dije

CAPÍTULO IV

Maracay tiene cien años menos
El primer instinto fue caminar.
No hacia ningún lado en particular. Simplemente alejarse del teatro, mezclarse con la calle, no quedarse parados frente a la fachada como dos turistas perdidos, que era exactamente lo que éramos excepto que ningún turista había estado nunca tan perdido como nosotros.
Caminamos.
La calle frente al Teatro Circo era amplia y sombreada, con árboles jóvenes plantados con la regularidad deliberada de quien está construyendo una ciudad con intención y no dejándola crecer sola. El pavimento era nuevo. Todo era nuevo, o casi todo: Maracay en ese momento era una ciudad en obra permanente, un proyecto en curso, la capital improvisada de un país que un solo hombre había decidido reinventar a su imagen.
Yo lo sabía. Lo había leído, investigado, escrito sobre ello. Pero saberlo en papel y caminarlo con los pies son dos cosas que no se parecen en nada.
—¿Por dónde vamos? —preguntó Zoé, con esa voz suya de quien no entra en pánico pero necesita información.
—Estoy reconociendo —dije.
—¿Reconociendo qué?
—Todo.
Ella me miró de lado pero no dijo nada más. Aprendió rápido, Zoé: cuando yo tenía ese tono, era mejor dejarme procesar.
Lo primero que hice fue guardar el teléfono en el fondo del morral. Sin señal, sin carga útil, sin fecha, era un objeto inútil y además anacrónico: si alguien lo veía de cerca, levantaría preguntas que no teníamos respuestas para contestar. El reloj de pulsera también. Me lo quité y lo guardé. En 1928 los relojes de pulsera existían, pero el mío era demasiado delgado, demasiado moderno, demasiado de otro tiempo.
Las campanas de la Catedral eran suficiente reloj.
Lo segundo fue evaluar la ropa.
La nuestra era el problema más inmediato. Zoé llevaba jeans, zapatillas de montaña y una chaqueta técnica de poliéster. Yo algo parecido. Nada de eso había sido inventado todavía. En Puno éramos dos turistas normales. Aquí éramos dos personas que no pertenecían a ninguna categoría reconocible.
—Necesitamos ropa —dije.
—¿Ahora?
—Antes de que alguien nos mire demasiado.
Zoé observó a las mujeres que pasaban: vestidos hasta la pantorrilla, mangas largas, sombreros sencillos. Luego me miró con esa expresión suya que mezclaba comprensión del problema con resistencia a aceptarlo.
—Está bien —dijo.
Caminamos buscando sin saber exactamente qué buscábamos, hasta que lo encontramos casi por azar en una calle lateral: un bazar pequeño, con la fachada sobria y el interior oscuro y fragante a tela nueva y cuero y especias que algunos comerciantes mezclaban sin explicación aparente. En la puerta, un hombre de mediana edad con bigote poblado y la piel morena clara del Mediterráneo ordenaba rollos de tela con la paciencia de quien ha hecho ese mismo movimiento miles de veces.
Turco, calculé. O libanés. En la Venezuela de esa época era difícil distinguir y además no importaba: lo que importaba era que tenía ropa y nosotros la necesitábamos.
El hombre nos miró entrar sin moverse de su sitio.
—Buenas —dije.
—Buenas —respondió, con ese acento levemente musical que tienen los descendientes de árabes criados en Venezuela, ni del todo de aquí ni del todo de allá.
Miré la mercancía. Luego metí la mano en el bolsillo interior del morral y saqué lo que había encontrado esa mañana revisando mis cosas con más cuidado: tres billetes de dólar estadounidense que había guardado por costumbre después del viaje a Bogotá y que habían sobrevivido al tránsito por el portal con la imperturbable indiferencia del papel moneda.
Los puse sobre el mostrador.
El hombre los miró. Los tomó. Los examinó con esa concentración breve del comerciante que conoce el valor de las cosas.
—Tres dólares —dije—. ¿Cuánto me da?
Él calculó un momento.
—A tres con diecinueve el dólar —dijo—, son nueve bolívares con cincuenta y siete céntimos. —Pausa—. Le redondeo a nueve con cincuenta.
Asentí. Era una tasa justa y él lo sabía y yo lo sabía y eso estableció entre nosotros una clase de respeto silencioso que simplificó el resto de la transacción.
Con nueve bolívares y cincuenta céntimos no íbamos a vestirnos como la alta sociedad maracayera. Pero no era eso lo que necesitábamos.
Para Zoé: un vestido sencillo de tela oscura, algodón resistente, sin adornos, de los que el comerciante tenía varios colgados en una barra lateral. Ocho bolívares. Le quedaba un poco largo pero era anónimo, que era exactamente lo que buscábamos.
Para mí: un pantalón de dril color arena, cuatro bolívares, y una camisa de algodón blanca, tres bolívares. El total me pasaba del presupuesto.
El libanés nos miró a los dos con esa mirada de comerciante que suma situaciones además de números.
—Le dejo la camisa en dos —dijo, sin que yo dijera nada.
No pregunté por qué. Dije gracias y pagué.
Para el calzado no alcanzaba: los zapatos de cuero mínimos costaban diez bolívares, muy por encima de lo que nos quedaba. El comerciante, que para ese momento ya había decidido que éramos clientes que valía la pena retener, señaló una caja en el rincón.
—Alpargatas —dijo—. Un bolívar el par.
Compramos dos pares.
Nos cambiamos en la trastienda que el hombre nos cedió sin pedirle que nos la cediera, simplemente señalando una cortina con un gesto que decía ahí atrás. Guardamos nuestra ropa original, las chaquetas de poliéster, los jeans, las zapatillas de montaña, todo lo que no había sido inventado todavía, en el morral de Zoé, bien abajo, debajo de las cámaras envueltas con cuidado. Los teléfonos también: inútiles sin señal, peligrosos a la vista. El reloj de pulsera en el fondo de mi bolsillo.
El libanés nos miró salir de la trastienda y algo en su expresión cambió levemente, como quien acaba de cerrar un trato mejor de lo que esperaba esa mañana.
—Esperen —dijo.
Volvió al mostrador, abrió una caja de madera pequeña que guardaba debajo y contó varios billetes con esa rapidez experta de los comerciantes que han manejado efectivo toda la vida. Nos los extendió.
—El cambio completo —dijo—. Más lo que les debo por la diferencia del vestido.
Lo miré.
—Ya quedamos —dije.
Él negó con la cabeza, con una dignidad tranquila.
—No había visto un dólar desde que llegué a Venezuela —dijo—. Eso vale algo.
No discutí. Tomé los billetes y se los agradecí con un apretón de mano que él recibió con una inclinación breve de cabeza, de esas que no necesitan traducción.
Ya en la calle, Zoé contó discretamente lo que teníamos.
—Alcanza para comer —dijo.
—Alcanza para comer bien —dije.
Caminamos hacia la Plaza Bolívar.
La plaza estaba recién inaugurada y se notaba: los bordes de las aceras todavía tenían esa precisión de lo recién construido, los árboles eran jóvenes y proyectaban una sombra todavía aprendiendo a ser sombra, y las fuentes funcionaban con ese entusiasmo de las cosas nuevas que aún no conocen el cansancio. Alrededor de la plaza habían comenzado a aparecer los primeros cafés y negocios pequeños, con sillas de madera en las veredas y el olor a café recién colado mezclándose con el calor de enero y el perfume de los jardines.
Nos sentamos en una mesa exterior de un café modesto, de esos sin nombre visible, que simplemente existía porque la gente necesitaba sentarse y tomar algo.
Una muchacha joven nos atendió sin hacernos preguntas. Pedimos café y dos dulces criollos que había en una bandeja de vidrio sobre el mostrador, bienmesabe y algo que no reconocí pero que resultó ser una especie de conserva de lechosa con un dulzor que pegaba directo en el centro del pecho.
Nos quedamos en silencio un momento.
Era el primer silencio tranquilo desde que habíamos salido del túnel. Un silencio que no era urgencia ni miedo sino simplemente dos personas sentadas en una plaza, en enero, con el sol filtrándose entre las ramas jóvenes de los árboles, procesando lo que no tenía nombre todavía.
Zoé tenía las manos alrededor de la taza. Miraba la plaza con esa concentración suya de fotógrafa que encuadra el mundo aunque no tenga cámara en la mano.
—La gente no nos mira raro —dijo.
—No —dije—. Maracay en esta época está llena de gente de afuera. Obreros, militares, comerciantes, artistas. Dos forasteros más no llaman la atención.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
Miré las fuentes. Calculé por el sol.
—Tres horas, quizás cuatro.
Ella asintió.
—¿Y el plan?
—Por ahora: no llamar la atención. Encontrar dónde quedarnos. Entender dónde estamos exactamente en el tiempo.
—Ya sé dónde estamos en el tiempo —dijo—. Enero de 1928. Lo que no sé es cuándo exactamente.
Ahí estaba la pregunta que yo también había estado girando en la cabeza desde que salimos del teatro.
—Las campanas de la catedral marcaron las doce cuando llegamos —dije—. Y según lo que sé, Lindbergh aterrizó en Maracay el 29 de enero de 1928.
Zoé me miró.
—¿Lindbergh? ¿Charles Lindbergh?
—El mismo. El del vuelo transatlántico. Vino a Venezuela en una gira de buena voluntad por América Latina. Aterrizó aquí, en el aeródromo de Maracay. Lo recibió el General Gómez en persona.
—¿Y cómo sabes que vamos a estar aquí para eso?
—No lo sé con certeza —admití—. Pero si estamos en enero de 1928 y el 29 es cuando aterriza Lindbergh, y la ciudad ya tiene este aspecto de inauguración reciente… —Miré la plaza, los edificios alrededor, el Hotel Jardín visible desde nuestra mesa con su fachada impecable de estreno— …diría que llevamos pocos días de margen. Una semana, quizás menos.
Zoé tomó un sorbo de café. Lo pensó.
—¿Y eso importa?
—Importa porque si Lindbergh aterriza en pocos días, esta ciudad va a llenarse de gente, de militares, de curiosos. Más movimiento significa más oportunidades de pasar desapercibidos. —Pausa—. Y más oportunidades de cometer un error.
Ella me miró con esa expresión suya de quien evalúa un argumento antes de aceptarlo.
—¿Qué clase de error?
—El tipo de error que comete alguien que sabe demasiado sobre un lugar y una época y no puede evitar demostrarlo.
Zoé me estudió un momento.
—¿Lo dices por ti?
—Completamente por mí —dije.
Bebimos el café. Los dulces eran extraordinarios con esa clase de sencillez que tienen las cosas hechas sin atajos. En la plaza, la vida de 1928 continuaba su ritmo sin consultarnos: un señor con periódico doblado bajo el brazo, dos muchachas con sombrillas caminando despacio, un vendedor de frutas empujando una carreta con ruedas de madera que chirrían levemente sobre el pavimento.
—Marcos —dijo Zoé, en voz más baja.
—¿Qué?
—¿Cómo volvemos?
Lo había estado pensando desde que salimos del teatro. Desde el túnel. Desde antes, quizás, desde el momento en que el disco encajó en la piedra y la roca se abrió y yo decidí entrar sin pensar demasiado en la salida.
La respuesta era simple y pesada al mismo tiempo.
—Por el mismo lugar por donde entramos —dije—. El palco. El túnel. La hendidura.
—¿Y el disco?
Me quedé callado un momento.
—Eso todavía no lo sé —dije.
Zoé no respondió. Miró las fuentes de la plaza nueva, el agua brillando bajo el sol de enero, la ciudad de 1928 moviéndose a su alrededor con la indiferencia tranquila de quien no sabe que está siendo observada desde el futuro.
Luego dijo algo que no esperaba:
—Es hermosa.
La miré.
—Maracay —explicó, con un gesto breve hacia la plaza, los árboles, las fachadas—. En este momento. Es hermosa de una manera que ya no tiene.
La miré a ella y luego miré la plaza y tuve que admitir que tenía razón. Había algo en esa ciudad recién construida, en esa Maracay que todavía creía en sí misma con la convicción de los proyectos jóvenes, que era difícil de encontrar en la ciudad que yo había conocido toda mi vida.
—Sí —dije—. Lo es.
El café se enfriaba. La plaza seguía su tarde. Y nosotros nos quedamos sentados un rato más, sin apuro, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Que era exactamente lo que no teníamos.

Capítulo V —

Soy carpintero.​​​​​​​​​​​​​​​​
La mañana siguiente amaneció con ese cielo de enero que Maracay tiene cuando decide ser generosa: azul limpio, sin nubes, con el sol entrando por la ventana del cuarto alquilado con la puntualidad indiferente de quien no sabe que hay personas que preferirían dormir un poco más.
Me desperté en el suelo.
Había dormido con una manta doblada como colchón improvisado, que era exactamente tan incómodo como suena pero menos de lo que merecía después de todo lo que había ocurrido el día anterior. Zoé dormía en la cama con esa quietud completa que tienen las personas que duermen bien independientemente de las circunstancias, lo cual yo encontraba simultáneamente admirable e injusto.
Me senté. Miré el cuarto. Una ventana, una silla, el morral de Zoé en el rincón con nuestras vidas del siglo XXI guardadas adentro. Afuera el patio de la casita empezaba a despertar: voces de los otros inquilinos, el sonido del agua en una palangana, el olor a café que alguien estaba colando en la cocina común.
Maracay, 1928. Buenos días.
Después del desayuno, que compartimos con los trabajadores de la casita con esa cortesía silenciosa de los espacios compartidos entre desconocidos, Zoé me dijo algo que yo no esperaba.
Lo dijo mientras lavaba su taza en el patio, de espaldas, con esa manera suya de soltar las cosas importantes como si fueran observaciones menores:
—Mi abuela habló de Eva Rincón.
Me detuve.
—¿Cuándo?
—Siempre. Toda la vida. —Se giró—. La bisabuela de mi mamá. La que vino de Choroní. Según la abuela Carmen se quedó con una familia aquí en Maracay, en un lugar que ella llamaba La Coromoto.
Lo procesé un momento.
—Zoé…
—Ya sé lo que vas a decir.
—La Coromoto no existe todavía como barrio —dije—. Aquí todo esto son tierras de los Gómez, sembradíos, ganado. El barrio vino después.
—Lo imagino. Pero la familia existe. Y Eva existe. Tiene más o menos mi edad ahora mismo, en este momento, en esta ciudad.
Me quedé callado.
La lógica de lo que estaba diciendo era perfectamente clara y perfectamente perturbadora: la bisabuela de Zoé estaba viva, joven, en algún lugar de este Maracay de 1928, y nosotros teníamos información suficiente para encontrarla.
Lo que no teníamos era ninguna manera sensata de explicar por qué la buscábamos.
—¿Cómo pensás llegar hasta ella? —pregunté.
Zoé me miró con esa expresión suya de quien ya tiene la respuesta y solo espera que el otro termine de hacer las preguntas.
—Contigo —dijo—. Tú siempre encuentras la manera.
No era un halago. Era una descripción clínica. Y tenía razón.
Salimos a la calle y buscamos transporte.
Maracay en 1928 se movía de varias maneras: a pie para los tramos cortos del centro, en bicicleta para los jóvenes que podían permitírsela, en los primeros autobuses y camionetas que conectaban con los pueblos cercanos, y en Ford Modelo T para quien tuviera veinte bolívares por hora y las ganas de gastárselos. Pero en las esquinas del casco central seguían esperando los coches de caballos, los mismos de siempre, resistiendo con la dignidad tranquila de lo que sabe que todavía es necesario.
Tomamos uno.
El cochero era un hombre de unos cincuenta años, ancho de espaldas, con un sombrero de pelo fino y las manos grandes y curtidas de quien ha sujetado riendas toda la vida. Nos miró subir con la curiosidad sin malicia de quien ve gente nueva todos los días.
Las calles pavimentadas de Maracay, petrolizadas por orden del General que quería su ciudad a la altura de cualquier capital, producían bajo las ruedas del coche un sonido rítmico y suave que yo no había escuchado nunca. Zoé lo escuchó también. La vi acomodarse en el asiento y mirar hacia afuera con esa expresión suya que no era exactamente sonrisa sino algo más interior, más quieto, como una luz que se enciende despacio.
El aire olía a tierra húmeda y a flores que yo no sabía nombrar y a algo más, indefinible, que quizás era simplemente el olor de una época que no había aprendido todavía a oler a gasolina y plástico y prisa.
Me estaba preguntando en qué dirección pedir que nos llevaran cuando miré a Zoé.
Tenía los ojos entreabiertos, el pelo levemente movido por el aire del trote, y en la comisura de los labios esa sonrisa pequeña y hacia adentro que yo había visto por primera vez en el hotel de Puno. Solo que aquí, con el vestido oscuro de algodón y las alpargatas y el sol de Maracay cayéndole encima, era una versión diferente de la misma sonrisa. Más tranquila. Más suya.
Me hipnotizó por exactamente el tiempo que tardó el cochero en interrumpirme.
—Jóvenes —dijo, sin voltearse—. ¿Hacia dónde se dirigen?
Me recompuse.
—Señor, llévenos al barrio La Coromoto —dije.
El cochero frunció levemente el ceño sin dejar de mirar al frente.
—Disculpen, jóvenes, pero por aquí no existe ningún barrio con ese nombre.
Zoé y yo nos miramos.
—Es que nosotros no somos de aquí —dije, lo cual era la verdad más verdadera que había dicho en dos días—. Buscamos a una familia. Nos dijeron que vivían por ese lado.
—¿Vi sus maletas cuando subieron —dijo el cochero con naturalidad—. ¿Y cómo se llama esa familia?
—Eso tampoco lo sabemos con exactitud —dije. Antes de que la situación se volviera más absurda de lo que ya era, añadí—: Buscamos a una muchacha. Se llama Eva Rincón. Es prima mía. Se vino de Tremaria, de cerca de Puerto Colombia, y se quedó con una familia de por acá.
El cochero no respondió de inmediato. Las riendas en sus manos, el trote pausado del caballo sobre el pavimento, los árboles jóvenes de la avenida pasando despacio a los lados.
Luego señaló con un gesto vago hacia adelante, donde las calles pavimentadas del centro comenzaban a ceder paso a caminos de tierra y más allá a lo que eran efectivamente sembradíos: tierras planas y verdes hasta donde alcanzaba la vista, con el ganado pastando en la distancia y alguna estructura metálica asomando en el horizonte.
—Por acá todo esto son tierras de los Gómez —dijo—. Puros sembradíos y ganado para el Matadero. Ese sí que es el más grande de todo el país, ¿lo sabían? Lo mandó a construir el General. —Una pausa con algo de orgullo local genuino—. Por ese lado hay un caserío, San Ignacio se llama, unas pocas casas nomás.
—¿Y conoce a la familia? —preguntó Zoé.
El cochero pensó un momento. Las manos tranquilas en las riendas.
—Una muchacha joven que vino de Puerto Colombia… —murmuró, como buscando en un archivo—. Por allá por San Ignacio hay una familia Morillo. Gente seria. Tienen una muchacha viviendo con ellos que llegó hace poco, de la costa. —Pausa—. Una vez tomé café por allá y comí pescado frito. —Lo dijo con la satisfacción breve de quien encuentra en la memoria algo que vale la pena.
—Esa debe ser —dije.
—Los llevo —dijo, y redirigió el caballo sin más ceremonia.
La casa de la familia Morillo estaba al final de un camino de tierra que el coche tomó con la precaución de quien conoce cada piedra. Era una casa sencilla, de bahareque y techo de tejas, con un patio delantero donde crecían matas de sábila y una enredadera que cubría la mitad de la fachada con flores amarillas.
Una señora mayor barrió la entrada sin mirarnos hasta que el coche se detuvo. Entonces levantó la vista.
—Buenas —dijo.
—Buenas tardes —dije—. Disculpe la molestia. Buscamos a Eva Rincón. Nos dijeron que vive aquí.
La señora nos miró a los dos con esa evaluación rápida y completa que tienen las mujeres venezolanas de cierta edad, que en dos segundos saben más de uno de lo que uno sabe de sí mismo.
—Un momento —dijo.
Entró a la casa. Escuchamos voces adentro, el movimiento de alguien que se levanta de donde estaba, pasos acercándose.
Y entonces Eva Rincón apareció en la puerta.
Zoé se quedó completamente inmóvil a mi lado.
Yo entendí por qué.
Eva tenía la misma edad que Zoé. La misma altura, aproximadamente. El mismo tono de piel. El mismo ángulo en los pómulos, la misma forma de los ojos. Era como mirar a Zoé a través de un espejo que devolvía no un reflejo sino una versión anterior, más antigua, construida con los mismos materiales pero en otra época y con otras manos.
Hermosa, sí. La abuela Carmen lo había dicho y tenía razón. Pero era otra cosa lo que me detuvo: era la conciencia física, casi violenta, de estar mirando el origen de algo. La primera piedra de una construcción que terminaría, noventa y tantos años después, en la muchacha que estaba parada a mi derecha con los ojos ligeramente brillantes y la mandíbula apretada con la fuerza de quien decide no llorar.
Eva nos miró con curiosidad sin recelo.
—¿Me buscaban a mí? —preguntó.
—Sí —dije, y me obligué a pensar rápido—. Nos contaron que usted canta muy bien. Andamos buscando talentos para unas presentaciones. Alguien nos habló de usted.
Eva nos miró un momento. Luego sonrió: una sonrisa franca, sin cálculo, de las que todavía no han aprendido a protegerse.
—¿De verdad? —dijo.
—De verdad —dije.
A mi lado, Zoé respiró despacio. Profundo. Como quien lleva mucho tiempo conteniendo algo y por fin encuentra el momento de soltarlo sin que nadie lo note.
El cochero esperaba en el camino con la paciencia de los caballos y de los hombres que trabajan con caballos. Las flores amarillas de la enredadera se movían con el aire de la tarde.
Y Eva Rincón, la bisabuela de veinte años de Zoé Lozada, nos invitó a pasar.

CAPÍTULO VI

El día que llegó el héroe del cielo
Eva Rincón preparaba el café con la concentración tranquila de quien ha hecho ese movimiento mil veces y sabe que vale la pena hacerlo bien.
La cocina de la casa Morillo era pequeña y ordenada, con una hornilla de leña, cazuelas de peltre colgadas en la pared y una ventana sin vidrio que dejaba entrar el aire de la tarde junto con el sonido de los pájaros del patio. Zoé estaba sentada en un taburete junto a la mesa, con las manos en el regazo, mirando a Eva con esa quietud suya que yo ya sabía que no era distancia sino atención total.
Las había dejado solas un momento.
No porque tuviera algo urgente que hacer sino porque había notado algo en los primeros minutos después de que Eva nos invitara a pasar: una corriente entre las dos mujeres que no necesitaba testigos. No era reconocimiento, porque Eva no podía reconocer a alguien que no nacería hasta décadas después. Era otra cosa. Una resonancia. Como dos instrumentos afinados en la misma nota que vibran cuando uno de ellos suena.
Tres letras cada una. Eva. Zoé. El universo tiene sus maneras de subrayar las cosas.
Me quedé en el patio con el señor Morillo, un hombre callado de manos trabajadas que respondía las preguntas con monosílabos precisos y no hacía ninguna por su cuenta, lo cual yo agradecí enormemente.
Desde adentro llegaban las voces de las dos mujeres: primero cautelosas, luego más fluidas, luego con alguna risa breve de Eva que tenía ese timbre limpio de las personas que se ríen sin calcular si deben hacerlo.
Cuando volví a entrar, el café estaba servido y algo había cambiado en la disposición de los cuerpos: Zoé y Eva estaban más cerca, con esa proximidad que no se negocia sino que simplemente ocurre entre personas que han decidido, sin decirlo, que la otra merece confianza.
—Marco —dijo Zoé, usando el nombre que habíamos acordado en el coche, más corto, menos extraño para la época— Eva nos estaba contando de Maracay.
—De lo que era antes —aclaró Eva, con esa precisión suya—. Cuando llegué hace unos meses todo me pareció enorme. En Tremaria uno conoce a todo el mundo. Aquí hay gente que uno nunca va a conocer aunque viva cien años.
—¿Y le gusta? —pregunté.
Eva pensó la respuesta antes de darla, que era una manera de ser que yo respetaba.
—Me gusta y me asusta —dijo—. Son cosas que pueden ir juntas.
Tomamos el café. La tarde avanzó con esa lentitud generosa que tienen las tardes cuando uno no tiene ningún sitio urgente adonde ir, que era nuestra situación exacta aunque por razones que no podíamos explicar.
Fue Eva quien sacó el tema, con la naturalidad directa de alguien que no ha aprendido todavía a rodear las cosas importantes:
—Yo aquí tengo a Joaquín —dijo, mirando su taza—. Un muchacho bueno. Muy bueno. —Pausa—. Pero tiene una forma de pensar que a veces me asusta.
—¿Cómo así? —preguntó Zoé, con una suavidad que yo no le había escuchado antes.
—Habla de cosas —dijo Eva, en voz más baja—. De que las cosas no están bien. De que hay que cambiarlas. —Levantó la vista—. Uno sabe que tiene razón pero uno también sabe lo que le pasa a la gente que dice esas cosas en voz alta.
Zoé no respondió. Yo tampoco. Era uno de esos silencios que lo dicen todo precisamente porque no dicen nada.
Eva nos miró a los dos con una curiosidad que llevaba un rato guardando.
—Ustedes dos —dijo—. ¿Son pareja?
Zoé y yo nos miramos por el tiempo exacto que tarda una fracción de segundo en volverse incómoda.
—Somos socios —dije—. Viajamos juntos para armar espectáculos. Ella hace las fotografías, yo escribo los textos.
Eva nos miró con una expresión que mezclaba la comprensión intelectual del dato con la resistencia cultural a aceptarlo.
—¿No son pareja y viajan juntos? —dijo, no como acusación sino como pregunta genuina, de quien encuentra algo que no encaja en ninguna categoría conocida.
—Así es —dije.
Eva miró a Zoé. Zoé sostuvo la mirada con esa serenidad suya.
—Bueno —dijo Eva al fin, con un tono que significaba no entiendo pero lo respeto—. Cada quien.
Joaquín llegó cuando el sol ya bajaba.
Era un muchacho delgado, de estatura mediana, con esa clase de energía contenida que tienen las personas que piensan mucho y hablan con cuidado porque saben que las palabras tienen peso. Nos miró entrar al patio con una evaluación rápida y sin hostilidad: dos forasteros, equipaje modesto, cara de gente que no busca problemas.
Eva nos presentó. Joaquín me dio la mano con firmeza.
—Marco Rivera —dije.
—Joaquín —dijo él, sin apellido, que también era una manera de ser.
Conversamos en el patio mientras Eva preparaba algo adentro. Joaquín preguntó de dónde éramos, qué hacíamos, adónde íbamos. Respondí con la historia de los espectáculos, que para ese momento ya me salía con bastante fluidez. Él escuchó sin interrumpir y sin mostrar si creía o no creía, que era una habilidad que yo reconocía porque la practicaba yo mismo.
Cuando mencioné que buscábamos dónde quedarnos, Joaquín no lo pensó mucho.
—Donde yo vivo hay un cuarto —dijo—. Somos cuatro trabajadores, gente seria, cada quien en lo suyo. El alquiler se divide. Si quieren verlo esta noche…
—Sí —dije, antes de que terminara la frase.
Zoé me miró de reojo con esa expresión suya que significaba no seas tan obvio pero también gracias.
La casita quedaba a unas diez cuadras, en una zona donde las calles pavimentadas del centro cedían paso a caminos de tierra apisonada y las casas eran más modestas pero tenían ese orden digno de los espacios habitados por gente que trabaja. Cuatro hombres además de Joaquín: un electricista de Barquisimeto, dos albañiles de Valencia y un plomero de San Juan de los Morros, todos con ese silencio respetuoso de quienes comparten techo sin compartir historia.
El cuarto disponible era pequeño. Una cama, una ventana, una silla.
Zoé lo miró. Me miró a mí.
—La Muralla de la China —dijo, antes de que yo abriera la boca.
—Siempre —dije.
Pagamos la primera semana de alquiler con lo que nos quedaba de los bolívares del libanés y acordamos el resto para después, con la confianza práctica de personas que no tienen más opciones y por eso confían.
Esa noche dormí en el suelo por segunda vez en tres días.
Maracay afuera, oscura y tranquila, sin saber todavía lo que traería el día siguiente.
El 29 de enero amaneció distinto.
No supe explicarlo hasta que salí a la calle y encontré a la ciudad entera moviéndose en la misma dirección: hacia el aeródromo, hacia las afueras, hacia el norte, con esa mezcla de curiosidad y expectativa que tiene la gente cuando va a ver algo que nunca ha visto y no está completamente segura de qué es.
Joaquín nos lo explicó en el desayuno con pocas palabras:
—Dicen que llega un aviador americano. El que cruzó el océano solo.
Lo miré sobre mi taza de café.
Charles Lindbergh. El Spirit of St. Louis. El 29 de enero de 1928, exactamente como yo sabía que ocurriría.
—¿Vamos? —dijo Zoé, que me estaba mirando con una expresión que mezclaba la emoción genuina con la advertencia silenciosa de compórtate.
—Vamos —dije.
El aeródromo de Maracay era una explanada larga y plana al norte de la ciudad, con hangares militares a un lado y una pista que en ese momento era simplemente tierra nivelada con la precisión suficiente para que un avión pudiera aterrizar sin morir en el intento. La multitud que se había congregado era enorme para los estándares de la ciudad: cientos de personas, quizás más, con ese murmullo colectivo de expectativa que hace que el aire se sienta diferente.
La mayoría nunca había visto un avión de cerca.
Algunos, según escuché en la conversación de los que estaban a mi alrededor, solo lo habían visto en fotografías de periódico o en las pantallas del cinematógrafo. Para ellos el Spirit of St. Louis no era todavía una máquina real sino algo entre el rumor y la leyenda, una historia que había cruzado el océano antes que su protagonista.
Nosotros nos mezclamos con la multitud. Joaquín estaba a nuestra izquierda. Eva había venido también, con la señora Morillo y dos vecinas, y se había ubicado un poco más adelante con esa habilidad femenina de encontrar siempre el mejor ángulo.
El sol ya bajaba cuando escuchamos el sonido.
Primero lejano, un zumbido que podría confundirse con cualquier cosa. Luego más definido, más direccional, con esa cadencia característica del motor del Spirit que yo había escuchado en grabaciones históricas pero que en vivo, en el aire real de ese enero real, sonaba completamente diferente: más vivo, más frágil, más extraordinario.
Alguien gritó: ¡Ahí está!
Y entonces lo vimos.
El monoplano apareció desde el norte como una silueta oscura contra el cielo anaranjado del atardecer, más pequeño de lo que uno esperaba, más solo de lo que uno podía imaginar. Venía descendiendo en un ángulo suave, y cuando la luz le pegó de cierto ángulo el plateado del fuselaje brilló por un segundo con una intensidad que arrancó un murmullo colectivo de la multitud.
No había iluminación en la pista.
Entonces ocurrió algo que yo sabía que ocurriría y que aun así me golpeó verlo en persona: docenas de automóviles avanzaron hacia los bordes de la pista y encendieron sus faros. Uno por uno, hasta que la tierra nivelada quedó bordeada de luz amarilla, un camino improvisado trazado con lo que había disponible para traer a casa a un hombre que había cruzado el Atlántico solo.
El Spirit of St. Louis aterrizó.
La multitud estalló.
Yo estaba aplaudiendo sin haberlo decidido, con ese reflejo involuntario que produce ver algo verdaderamente extraordinario. A mi lado Zoé tenía los ojos muy abiertos y una expresión que yo no había visto antes en ella: pura, sin calcular, completamente presente.
Lindbergh bajó del avión.
Era más joven de lo que uno esperaba. Alto, delgado, con esa cara de muchacho que tienen algunos hombres que han hecho cosas que los hacen parecer más viejos en la historia y más jóvenes en persona. El General Gómez avanzó a recibirlo con su séquito, con esa solemnidad cuidadosamente construida de los actos de Estado.
Y yo, que llevaba dos días diciéndome que tenía que ser invisible, que tenía que no llamar la atención, que mi mayor peligro era mi propia lengua…
Vi a Lindbergh.
Y no pude.
Fue exactamente como no poder contener un estornudo: el impulso venía de un lugar más profundo que la voluntad. Soy periodista. Había estudiado ese vuelo, ese hombre, ese momento. Tenía en la cabeza cada detalle de esa gira latinoamericana como si lo hubiera vivido, y ahora lo estaba viviendo de verdad, y el periodista que había en mí tomó el control antes de que la prudencia pudiera hacer nada al respecto.
Me abrí paso entre la gente hasta quedar a una distancia razonable.
Y en voz suficientemente alta, en el inglés más claro que pude articular, dije:
—Hello Mr. Charles. How was your trip? How did the Spirit of St. Louis behave?
Silencio inmediato a mi alrededor.
El traductor oficial, que estaba junto a Lindbergh, me miró con una expresión de sorpresa absoluta. Lindbergh giró la cabeza hacia donde yo estaba con una sonrisa levemente desconcertada, la de quien escucha su idioma en el último lugar donde lo esperaba.
Alcancé a ver, en el lateral del grupo de oficiales que rodeaba al General, a un hombre joven con uniforme impecable que no aplaudía ni gritaba como los demás. Estaba quieto, con los brazos a los lados, y me miraba con una atención que no tenía nada de casual.
Nos sostuvimos la mirada por un segundo.
Luego la multitud volvió a moverse y lo perdí entre los uniformes.
Zoé estaba a mi lado cuando me giré. No dijo nada. Solo me miró con esa expresión suya que en ese momento significaba exactamente tres cosas simultáneas: eres increíble, eres un idiota y ya hablaremos.
Asentí.
Los tres puntos eran válidos.

CAPÍTULO VII

Soy carpintero
Llevábamos cuatro días en 1928 cuando tocaron a la puerta de la casita.
Era temprano. El sol apenas levantaba y los trabajadores desayunaban en la cocina común con ese silencio funcional de las mañanas de semana cuando el día ya tiene forma antes de empezar. Joaquín había salido más temprano que todos, como era su costumbre: se levantaba antes del amanecer y regresaba cuando los demás ya estaban en sus oficios, sin dar muchas explicaciones de dónde había estado ni con quién, y nadie le preguntaba porque en esa casita cada quien respetaba los silencios del otro.
Yo estaba terminando el café cuando escuché los golpes en la puerta.
Abrí.
Dos hombres. Ropa de trabajo, sombreros de paja, la expresión práctica de quien tiene una lista de cosas que hacer y está ejecutándola.
—Buenas —dijo el mayor de los dos—. Andamos buscando personal para un trabajo en Las Delicias. ¿Hay alguien con oficio aquí?
Detrás de mí, el electricista de Barquisimeto asomó la cabeza.
—Yo hago electricidad —dijo.
—Nosotros albañilería —dijeron los dos de Valencia desde la cocina.
El hombre me miró a mí.
Yo abrí la boca.
Y lo que salió fue lo primero que encontré disponible en algún lugar entre el instinto y la memoria:
—Carpintero —dije.
No sé exactamente por qué lo dije. Quizás porque era el único oficio que no había sido reclamado todavía. Quizás porque en algún rincón de mi cabeza de cronista vivía la imagen del carpintero por excelencia, el más famoso de todos, y la palabra simplemente estaba ahí, a la mano, lista para usarse.
Los hombres de la cocina se rieron. Una risa breve y sin malicia, de los que han escuchado algo inesperadamente gracioso a primera hora de la mañana.
El reclutador me miró sin reírse, evaluando.
—¿Sabe trabajar madera fina? —preguntó.
—Conozco la madera —dije, que era la respuesta más honesta que podía dar.
Asintió.
—Los llevamos a los cuatro.
Caminamos hacia Las Delicias en un grupo informal, con las herramientas de los otros y mis manos vacías, que era un detalle que intenté no hacer visible. El reclutador caminaba adelante sin mirar atrás, dando por sentado que lo seguíamos, lo cual hacíamos.
Las Delicias en 1928 era una zona de avenidas anchas y árboles plantados con esa regularidad deliberada que tenían todas las obras de Gómez: nada ocurría por accidente en el Maracay del Benemérito, cada árbol estaba donde estaba porque alguien había decidido que debía estar ahí. Las quintas aparecían entre la vegetación con esa discreción calculada de las propiedades que no necesitan anunciarse porque todo el que importa ya sabe que existen.
Cuando vi la quinta entendí que no era una propiedad cualquiera.
Era blanca, con tejas rojas coloniales, de proporciones amplias y serenas que hablaban de un arquitecto que sabía exactamente lo que hacía. Los jardines delanteros estaban cuidados con una precisión que era casi militar. Las ventanas altas dejaban adivinar techos elevados adentro. Y todo el conjunto, la fachada, los jardines, la manera en que la construcción se relacionaba con el terreno y con la montaña del macizo que asomaba al fondo, tenía esa firma inconfundible que yo había estudiado en fotografías y documentos hasta memorizarla.
Carlos Raúl Villanueva.
Tuve que morderme literalmente el labio para no decirlo en voz alta.
Maravilloso trabajo de Don Raúl Villanueva. Las palabras estuvieron a punto de salir con la naturalidad de quien comenta algo obvio, y en el último milisegundo algo me las devolvió a la garganta. Villanueva en 1928 era un arquitecto joven. Que un carpintero recién llegado nombrara al arquitecto de esa residencia con tanta familiaridad habría sido una señal de alarma que Tarazona, si estaba presente, no habría dejado pasar.
Me quedé callado.
Entramos al jardín lateral.
El hombre estaba sentado en una silla de madera bajo la sombra de un árbol grande, con una taza en la mano y esa postura de quien ocupa un espacio como si el espacio le perteneciera, que en este caso era literalmente cierto.
Lo reconocí de inmediato.
Demasiadas imágenes habían circulado en cien años: los retratos oficiales, las fotografías de periódico, las reproducciones en libros de historia, el mausoleo en el cementerio La Primavera que yo había visitado más de una vez para mis columnas de misterios. Juan Vicente Gómez en persona era más bajo de lo que las imágenes sugerían y más presente de lo que cualquier imagen podría capturar: había algo en la manera en que sus ojos se movían por el espacio que explicaba, sin necesidad de uniformes ni de guardias, por qué este hombre llevaba veinte años siendo el único poder real de Venezuela.
Nos miró llegar con esa calma de quien no necesita moverse para controlar lo que ocurre a su alrededor.
—¿Ya comieron? —preguntó.
Su voz era más suave de lo que yo esperaba. Con el acento cerrado del Táchira, las vocales más cortas, las consonantes más firmes.
Los trabajadores se miraron entre sí con esa incomodidad específica del miedo social: nadie quería ser el primero en responder a una pregunta del hombre más poderoso del país.
Yo dije:
—Si incluye comida, el trabajo se hará más feliz.
Silencio.
El hombre me miró.
Yo lo miré.
Y entonces Juan Vicente Gómez sonrió. Una sonrisa breve, genuina, de las que se escapan antes de que uno decida si debe sonreír o no.
—Síganme —dijo.
El comedor de La Macarena tenía una mesa larga con doce puestos que en ese momento estaban servidos con la abundancia tranquila de una casa que no necesita demostrar nada porque ya lo ha demostrado todo. Arepas, queso blanco, caraotas negras con un hervor perfecto, tajadas doradas, café en una jarra de peltre que alguien rellenaba sin que nadie lo pidiera.
Nos sentamos.
Los trabajadores comían con la concentración silenciosa del miedo convertido en hambre. Yo comía con la concentración silenciosa de quien trata de no mirar demasiado a nada ni a nadie mientras procesa el hecho de estar desayunando en la residencia de Juan Vicente Gómez.
Fue entonces cuando ella entró.
Una mujer de unos cuarenta años, con esa clase de presencia que no grita sino que simplemente organiza el espacio a su alrededor. Bien vestida, sin ostentación, con el pelo recogido y una expresión de dueña de casa que sabe exactamente qué ocurre en cada rincón de su hogar en todo momento.
Dolores Amelia Núñez de Cáceres.
No se habían casado, eso yo lo sabía. Pero vivía en La Macarena con una autoridad doméstica que ningún papel legal podría haber aumentado.
Me miró con la curiosidad directa de quien no tiene tiempo para rodeos.
—¿Usted es el carpintero nuevo? —preguntó.
—Sí, señora —dije.
—Necesito que vea una vitrola —dijo—. El cajón de madera está dañado. El contraenchapado se separó y la tapa no cierra bien.
—Con mucho gusto —dije.
Ella asintió y se sentó a la mesa con esa naturalidad de quien ocupa su lugar sin pedirle permiso a nadie.
Lo que ocurrió durante el desayuno fue, en términos estrictos, una conversación. En términos menos estrictos fue la actuación más delicada que yo había hecho en mi vida: hablar lo suficiente para parecer interesante, callar lo suficiente para no parecer sospechoso, y en ningún momento dejar que el archivo mental de cronista que llevaba en la cabeza se asomara por la boca sin permiso.
Dolores Amelia preguntó de dónde era. Le dije que de Maracay, de Las Acacias.
Preguntó si conocía a alguien en Las Delicias. Le dije que apenas estaba estableciéndome.
Preguntó qué tipo de madera prefería para trabajos finos. Y aquí ocurrió algo inesperado: lo que yo sabía sobre carpintería, que era poco pero específico, aprendido para un artículo que había escrito sobre las técnicas de ebanistería tradicional venezolana, resultó ser suficiente para sostener una conversación de diez minutos que dejó a Dolores Amelia razonablemente convencida de que yo sabía lo que hacía.
Sobre la vitrola hablé con más confianza: las Victrola de los años veinte, el mecanismo de muelle, las 78 RPM, la manera en que las puertas frontales funcionaban como control de volumen. Dolores me escuchó con una atención que fue aumentando a medida que yo hablaba, con esa expresión de quien descubre que el carpintero sabe más de su vitrola que ella misma.
—Va a tener que volver a verla con calma —dijo al final.
—Cuando usted diga, señora —dije.
El General había comido en silencio en la cabecera, con esa presencia periférica suya que lo veía todo sin mirar directamente nada. En ningún momento me dirigió la palabra. En ningún momento dejé de ser consciente de que estaba ahí.
Cuando terminamos y los trabajadores empezaron a levantarse, yo fui el último en hacerlo. Agradecí el desayuno con la brevedad justa. Estreché la mano que nadie me ofreció pero que tampoco nadie rechazó.
Y salí.
Estaba cruzando el jardín lateral, todavía procesando lo que acababa de ocurrir, cuando escuché la voz.
Carrasposa. Baja. Con esa calidad de ultratumba que tienen ciertas voces que parecen venir de un lugar más profundo que la garganta.
—Señor Rivera.
Me detuve.
Me giré despacio.
Eloy Tarazona estaba apoyado en la pared del jardín con los brazos cruzados y esa quietud suya de animal que no necesita moverse para ser peligroso. Indio colombiano, lo había dicho alguien en la casita cuando mencioné su nombre. El akita del Benemérito. El perro de presa.
Me miró con esos ojos que no parpadeaban suficiente.
Luego levantó el índice derecho y lo señaló hacia su propio ojo, despacio, con la deliberación de quien quiere asegurarse de que el mensaje llega completo.
—Lo estaré vigilando —dijo—. Usted tiene de carpintero lo que yo tengo de cura.
No dijo nada más.
Yo tampoco.
Sostuve su mirada el tiempo exacto para no parecer asustado, que era diferente a no estarlo, y luego continué caminando hacia la salida con el paso tranquilo de quien tiene todo el derecho de estar donde está y ninguna prisa particular.
En cuanto doblé la esquina y Las Delicias me cubrió con su avenida arbolada, apreté el paso.
Caminé rápido entre los árboles jóvenes de la avenida, todavía con el corazón haciendo cosas que prefería ignorar, y en algún momento mi cabeza, que tiene la costumbre inconveniente de funcionar aunque el resto del cuerpo esté en otra cosa, proyectó por un segundo una imagen que no pertenecía a ese momento:
El trolebús.
El trolebús eléctrico que algún día, décadas después, circularía por esa misma avenida. Que yo había visto en fotografías antiguas, que había mencionado en artículos, que formaba parte de ese inventario de Maracay que llevaba tatuado en la memoria.
Lo vi pasar por la avenida vacía como un fantasma del futuro.
Casi sonreí.
Luego recordé a Tarazona y su índice señalando su ojo.
Y apreté el paso todavía más.

CAPÍTULO VIII

El hermano
La invitación llegó a través de Dolores Amelia.
No directamente, porque Dolores Amelia Núñez de Cáceres no era el tipo de mujer que mandaba recados por su propia mano. Llegó a través de una empleada de La Macarena que apareció en la casita una mañana temprano con un sobre sellado dirigido a el joven Rivera, el del oficio de carpintería, lo cual me indicó dos cosas: que Dolores recordaba perfectamente quién era yo, y que la vitrola seguía sin reparar.
El sobre contenía una invitación escrita con letra pequeña y precisa, en papel de buena calidad que olía levemente a agua de rosas:
Se le comunica al señor Rivera y a su acompañante que el próximo sábado habrá una excursión a Ocumare de la Costa, organizada por la señora de la casa. Se agradece la confirmación.
Se lo mostré a Zoé.
Ella lo leyó. Luego me miró.
—¿La acompañante soy yo? —dijo.
—Técnicamente eres la única persona que me acompaña en esta época —dije.
—¿Y vamos?
Lo pensé exactamente el tiempo necesario para recordar que Dolores Amelia era el único escudo que teníamos dentro del mundo de Gómez, que rechazar una invitación suya era probablemente más peligroso que aceptarla, y que Ocumare de la Costa en 1928 era uno de esos lugares que yo conocía solo en fotografías antiguas y que en este momento existía en su versión más pura, antes de las carreteras modernas y el turismo masivo.
—Vamos —dije.
El sábado amaneció con nubes altas y un viento del norte que traía olor a mar desde horas antes de que el mar fuera visible. El grupo que partió de Las Delicias era numeroso: varios vehículos, empleados, algunos familiares de la casa, dos o tres personas que yo no logré identificar con claridad y que viajaban con la comodidad discreta de quienes están acostumbrados a moverse en esos círculos.
Dolores nos recibió con esa amabilidad suya que era genuina y al mismo tiempo perfectamente calibrada: sabía exactamente cuánto calor dar y en qué dirección. Me preguntó por la vitrola con una sonrisa que no era reproche sino recordatorio. Le dije que había estado investigando la técnica correcta, que era la verdad más creativa que podía ofrecer. Ella asintió como quien acepta una respuesta que no es completamente satisfactoria pero tampoco completamente insatisfactoria.
El General estaba. No participaba de la excursión con entusiasmo sino con esa presencia gravitacional suya que reorganizaba el espacio a su alrededor sin que él hiciera nada para lograrlo. Me miró cuando llegué, con esa mirada breve y evaluadora de hombre andino que no ve con simpatía a los jóvenes apuestos y risueños, y luego dejó de mirarme, que era su manera de decir que por el momento no representaba ningún interés particular.
Tarazona estaba también, naturalmente.
Siempre estaba Tarazona.
Me cruzó la mirada desde el otro lado del patio con esos ojos suyos que no parpadeaban con la frecuencia normal y me hizo el gesto que ya me había hecho antes: el índice señalando su propio ojo. Lo estaré vigilando. Yo le sostuve la mirada el tiempo exacto para no parecer asustado y luego miré hacia otro lado, que era lo que había aprendido a hacer: no huir, no confrontar, simplemente redirigir.
El viaje a Ocumare tomó varias horas por una vía que en ese momento era una aventura en sí misma: el camino serpenteaba hacia el norte atravesando las estribaciones del macizo montañoso que en el futuro se llamaría Parque Nacional Henri Pittier, con curvas que asomaban sobre barrancos y tramos donde la vegetación cerraba sobre el camino como un túnel verde. En los vehículos que traqueteaban sobre la tierra y la piedra, la conversación se hacía a gritos o no se hacía.
Zoé iba a mi lado con la ventana abierta y los ojos afuera, capturando todo con esa mirada suya de fotógrafa aunque las cámaras estuvieran guardadas en el morral. De vez en cuando señalaba algo sin decir nada: un árbol enorme que cruzaba sobre el camino, un río abajo en el barranco, un pájaro que yo no sabía nombrar pero que ella seguía con los ojos hasta que desaparecía.
Llegamos a Ocumare cuando el sol ya estaba alto.
El pueblo era pequeño y blanco, con una plaza sencilla y una iglesia de fachada modesta y el mar apareciendo al fondo de la calle principal con esa presencia absoluta que tiene el Caribe cuando uno lo ve por primera vez: azul oscuro cerca del horizonte, turquesa cerca de la orilla, con esa transparencia que hace que las piedras del fondo parezcan estar a un metro aunque estén a diez.
Zoé se detuvo en la calle.
Lo miró.
—Dios mío —dijo, en voz baja.
No era la primera vez que veía el mar. Pero era la primera vez que lo veía así: sin lanchas de motor, sin sombrillas de colores, sin la infraestructura turística que en el siglo XXI cubre cada centímetro de playa disponible. Solo el agua y la arena y las palmas y el sonido.
—Sí —dije.
Fue en la playa donde conocimos a Rodolfo Quintana.
Yo lo reconocí antes de que nadie nos lo presentara: era el oficial que me había mirado fijo en el aeródromo el día del aterrizaje de Lindbergh. El mismo uniforme impecable, la misma quietud de quien observa sin parecer que observa. Joven, bien parecido, con esa clase de apostura que dan los uniformes militares a ciertos hombres que ya la tendrían sin uniforme.
Estaba hablando con Florencio Gómez, uno de los hijos del General, cuando nos vio acercarnos.
Dolores hizo las presentaciones con su eficiencia habitual:
—El teniente Rodolfo Quintana. Edecán del General. —Y luego, señalándonos—: El señor Rivera y su acompañante.
Quintana nos miró a los dos con esa atención suya que parecía cortesía pero era otra cosa.
—Señor Rivera —dijo, estrechándome la mano—. ¿No nos hemos visto antes?
—Es posible —dije—. Maracay es pequeña.
Sonrió levemente. No era la sonrisa de quien acepta una respuesta sino la de quien anota que la respuesta no era una respuesta.
Luego miró a Zoé.
Y aquí ocurrió lo que ocurrió.
No fue malicia. No fue cálculo. Fue exactamente lo que es: un reflejo de pánico social, la respuesta automática de una muchacha de veinte años a la que un oficial del ejército acaba de mirar con una atención que ella reconoció instintivamente como algo que requería una barrera inmediata.
—Mi hermano —dijo Zoé, señalándome.
Lo dijo con naturalidad perfecta, con la convicción de quien dice algo que lleva mucho tiempo siendo verdad.
Yo sentí el impacto en algún lugar entre el estómago y el pecho que no tenía nombre anatómico preciso.
Quintana me miró. Me miró a mí con la evaluación nueva de quien recalibra una situación. Y luego volvió a mirar a Zoé con una expresión que, si yo hubiera tenido alguna duda sobre lo que significaba, la despejó completamente.
—Señorita —dijo, con una inclinación breve que en 1928 era un gesto perfectamente codificado.
Zoé respondió con una sonrisa que era cortesía y nada más.
Yo estreché la mano de Rodolfo Quintana.
Sonreí.
No tenía ninguna otra opción.
El General decidió bañarse.
O más exactamente: el General decidió estar cerca del mar, que no era exactamente lo mismo. Juan Vicente Gómez, hombre de montaña, tachirense de tierra adentro, miraba el Caribe con la desconfianza específica de quien respeta algo que no controla. Las olas, incluso las pequeñas y tranquilas de esa tarde en Ocumare, le producían una inquietud que él no verbalizaba pero que era perfectamente visible en la manera en que se detenía exactamente donde el agua dejaba de llegar a la arena.
Lo que ocurrió después fue idea de alguno de sus colaboradores más entusiastas o quizás del propio General en un momento de determinación, pero el resultado fue el mismo: apareció un salvavidas de corcho, una soga larga, y dos hombres que amarraron un extremo a la palmera más cercana y el otro extremo al torso del hombre más poderoso de Venezuela.
Zoé me tocó el brazo.
Me giré.
Me señaló con los ojos hacia la orilla.
El General Juan Vicente Gómez, dictador de Venezuela desde hacía veinte años, responsable de la modernización de Maracay, del saneamiento de la deuda externa, del sometimiento de cualquier forma de oposición política con métodos que la historia no olvidaría, estaba parado en la orilla del Caribe con un flotador de corcho alrededor del torso, sujeto a una palmera con una soga, mirando las olas con una expresión de concentración absoluta.
Zoé me miró.
Yo la miré.
En sus ojos había exactamente lo mismo que en los míos: la carcajada más grande que ninguno de los dos podía soltar bajo ninguna circunstancia en ese momento.
Miré hacia otro lado.
Miré el horizonte. Conté mentalmente hasta diez. Pensé en cosas serias: la deuda externa, la arquitectura de Villanueva, las galerías de drenaje subterráneo de Maracay. Cualquier cosa que no fuera la imagen del hombre más temido de Venezuela amarrado a una palmera con un mecate.
No funcionó del todo.
Tuve que fingir un acceso de tos que Zoé, a mi lado, acompañó con una palmada en la espalda que duró tres segundos más de lo necesario porque ella también estaba usando ese tiempo para recomponerse.
Fue Quintana quien se acercó esa tarde, cuando el grupo descansaba bajo las palmas y el General había decidido que el mar podía seguir existiendo sin su participación directa.
Se sentó cerca de mí con la naturalidad estudiada de quien elige el momento.
—Rivera —dijo.
—Quintana —dije.
Una pausa. El mar afuera. Las palmas.
—En el aeródromo —dijo, sin preámbulo—. El día que llegó el americano. Usted le habló en inglés.
—Sí —dije.
—Y supo el nombre del avión.
—Sí.
—¿Cómo?
Lo miré. Tenía los ojos puestos en el horizonte, no en mí, que era una manera de hacer una pregunta sin convertirla en interrogatorio.
—Tengo un tío en Caracas —dije—. Vivió varios años en los Estados Unidos. Me enseñó algunas palabras, saludos, cosas así. Realmente no sé mucho más.
—¿Y el nombre del avión?
—Mi tío es fanático del señor Charles —dije—. Leyó sobre su itinerario, que vendría por aquí. Y me gustó el nombre. El Spirit of St. Louis. Tiene algo.
Quintana asintió despacio.
Luego me miró por primera vez directamente.
—Tiene algo, sí —dijo.
No dijo nada más. Se levantó con esa parsimonia suya de hombre que no tiene apuro porque el tiempo trabaja para él, y se alejó hacia donde estaba el resto del grupo.
Yo me quedé mirando el mar.
Quintana me había creído. O fingía haberme creído.
En ese momento no sabía cuál de las dos opciones era más peligrosa.
Lo de Zoé ocurrió esa noche, de vuelta en Maracay.
Eva nos lo dijo al día siguiente, en la mañana, con esa manera directa suya de dar noticias que no mejoran con rodeos:
—Fue a buscarla un oficial. Joven, bien parecido, uniforme. Preguntó por ella en la casa de los Morillo.
La miré.
—¿Quintana?
—No sé el nombre. La señora Morillo me contó.
Me quedé callado.
—¿Y Zoé? —dije.
—No estaba. Había salido con usted —dijo Eva—. Pero Marco… —Bajó la voz, con esa seriedad suya de mujer que sabe cosas que ha aprendido a la fuerza—. Ese tipo de hombres son peligrosos. No porque sean malos necesariamente. Sino porque pueden. —Pausa—. Y los que pueden, aquí, hacen lo que quieren.
Lo escuché. Todo. El tono, las palabras, lo que estaba debajo de las palabras.
—¿Y Joaquín sabe? —pregunté.
Eva me miró un momento.
—Joaquín tiene sus propios peligros —dijo, en voz muy baja—. Y yo ya tengo suficiente miedo por él como para añadir más.
Se fue a la cocina.
Yo me quedé en el patio con el café enfriándose en la mano, pensando en Quintana que había ido a buscar a Zoé a casa de los Morillo, en Zoé que le había dicho que era mi hermana sin calcular lo que abría con eso, en Joaquín que tenía sus propios peligros que Eva cargaba en silencio, y en Tarazona que lo observaba todo desde sus ojos que no parpadeaban suficiente.
Zoé llegó media hora después con el morral al hombro y esa expresión suya de mañana productiva.
La miré.
Ella me miró.
—¿Qué pasó? —dijo.
—Quintana fue a buscarte a casa de los Morillo.
Zoé no respondió de inmediato. Procesó la información con esa velocidad suya.
—Ah —dijo al fin.
—Ah —repetí.
Una pausa.
—Marco —dijo, con una paciencia que era casi ternura—. Yo solo dije lo primero que se me ocurrió.
—Lo sé.
—No fue con ninguna intención.
—Lo sé.
—¿Estás molesto?
Lo pensé honestamente. No estaba molesto. Estaba otra cosa, algo que no tenía un nombre que yo estuviera dispuesto a usar todavía, algo que se había instalado en algún lugar entre el estómago y la garganta desde el momento en que ella dijo mi hermano y yo estreché la mano de Quintana sonriendo.
—No —dije—. No estoy molesto.
Zoé me miró un momento más de lo necesario.
Luego asintió y entró a la casita.
Y yo me quedé en el patio, con el café completamente frío, entendiendo por fin algo que debería haber entendido antes: que no era periodista ni cronista ni investigador de misterios lo que me hacía querer que Rodolfo Quintana se mantuviera lejos de Zoé Lozada.
Era otra cosa completamente distinta.
Y esa otra cosa iba a complicarlo todo.

CAPÍTULO IX

El baile en el Hotel Jardín
La invitación para el baile llegó también de Dolores Amelia.
Esta vez no por sobre. Llegó de viva voz, una tarde que yo había vuelto a La Macarena con el pretexto de la vitrola, que seguía sin reparar porque cada vez que yo aparecía con la mejor intención de arreglarla, Dolores Amelia comenzaba a hablar y la conversación resultaba ser más interesante que cualquier cajón de contraenchapado.
Eso era lo que yo me decía a mí mismo.
La verdad más completa era que esas visitas eran el único escudo real que teníamos en ese mundo: mientras Dolores Amelia me mirara con esa simpatía suya de mujer que ha decidido que alguien le cae bien, Tarazona tendría que contenerse. Y mientras Tarazona se contuviera, nosotros podíamos respirar.
—El sábado hay un baile en el Hotel Jardín —dijo Dolores esa tarde, con la naturalidad de quien anuncia algo que ya ocurrió en su cabeza y solo falta notificárselo al mundo—. Vengan los dos.
No era una pregunta.
—Con mucho gusto, señora —dije.
El problema era la ropa.
Las alpargatas y el vestido de algodón oscuro que Zoé había comprado en el bazar del libanés eran perfectamente aceptables para la vida cotidiana pero no para un baile en el Hotel Jardín, que era el establecimiento más elegante de Maracay y el lugar donde la sociedad gomecista se mostraba a sí misma con toda la intención de ser vista.
Se lo expliqué a Zoé esa noche.
Ella me miró con esa expresión suya de quien procesa un problema práctico sin drama.
—Eva —dijo simplemente.
Eva Rincón tenía, guardado en el baúl que había traído desde Tremaria, un vestido que había pertenecido a su madrina: tela azul oscuro, corte sencillo pero con caída elegante, con un escote en la espalda que en 1928 era moderadamente atrevido y en cualquier otra época hubiera pasado completamente desapercibido.
Se lo probó Zoé en el cuarto de Eva, con Eva sentada en la cama mirando con esa atención de mujer que evalúa cómo le queda algo a otra mujer con más precisión que cualquier espejo.
—Te queda —dijo Eva, con convicción.
Zoé se miró en el pequeño espejo que había sobre la cómoda.
Yo estaba en el patio y no vi ese momento. Pero Eva me lo contó después, con esa manera suya de narrar las cosas importantes como si fueran pequeñas: que Zoé se había mirado en el espejo un momento largo, con una expresión que Eva no supo describir exactamente, y luego había dicho en voz baja algo que Eva no entendió del todo pero que sonó como la abuela tenía razón.
El Hotel Jardín esa noche era exactamente lo que su nombre prometía y un poco más.
El jardín interior, con sus palmeras iluminadas y sus mesas dispuestas alrededor de una pista de baile que alguien había preparado con el mismo cuidado con que se preparan las cosas que importan, respiraba esa elegancia tropical específica del Maracay gomecista: la aspiración europea traducida al calor caribeño, con el resultado de algo que no era ninguna de las dos cosas sino algo propio, irreproducible, que solo existía en ese lugar y ese momento.
Una orquesta pequeña tocaba en un rincón con la concentración feliz de los músicos que saben que esta noche la gente quiere bailar.
Entramos los dos juntos.
Zoé con el vestido azul de Eva, el pelo recogido con esa sencillez que en ella nunca parecía esfuerzo sino simplemente la manera en que las cosas eran. Yo con la mejor versión de lo que el bazar del libanés había podido ofrecerme, que no era mucho pero era suficiente para no desentonar.
Dolores Amelia nos recibió con esa sonrisa suya de anfitriona perfecta y nos ubicó en una mesa cerca de la pista con la eficiencia tranquila de quien organiza el mundo a su alrededor sin que nadie lo note.
El General no estaba. O no estaba visible, que en su caso no era exactamente lo mismo.
Tarazona sí estaba, naturalmente. En un lateral, con su copa sin tocar y sus ojos que no parpadeaban suficiente, registrando la sala con esa metodología suya de inventario permanente.
Me hice el que no lo veía.
La orquesta tocaba un pasodoble que la gente recibía con esa alegría específica de los bailes de época: parejas que se movían con la formalidad aprendida de los cuerpos que han practicado estos pasos desde niños, con esa dignidad tranquila de quien baila porque el baile es una de las pocas cosas que nadie puede quitarle.
Zoé miraba la pista con los codos sobre la mesa y el mentón apoyado en las manos, con esa expresión suya de fotógrafa que encuadra el mundo aunque no tenga cámara. Yo la miraba a ella mirando la pista y pensaba que el vestido azul de Eva le quedaba como si hubiera sido hecho para ella, que era una observación que guardé cuidadosamente en el mismo cajón donde guardaba todas las observaciones de ese tipo.
—¿Bailas? —le pregunté.
Me miró.
—Contigo —dijo, con ese tono suyo que podía ser pregunta o condición según como uno lo interpretara.
—Conmigo —confirmé.
Salimos a la pista.
Yo bailaba con la torpeza honesta de quien conoce los pasos en teoría y los ejecuta con un pequeño retraso entre la intención y el cuerpo. Zoé bailaba mejor de lo que yo esperaba, con esa soltura natural de las personas que tienen buen sentido del ritmo aunque nunca lo hayan entrenado formalmente. Encontramos un equilibrio que no era elegancia pero tampoco era desastre, y en algún momento dejé de pensar en los pasos y simplemente bailé, que es lo que ocurre cuando uno se olvida de que está bailando.
Zoé tenía una mano en mi hombro y la otra en mi mano y miraba hacia un punto sobre mi hombro con esa concentración suya que a veces era distancia y otras veces era exactamente lo contrario.
Fue entonces cuando el chal se movió.
Solo un momento. Un giro en la música, un paso hacia el lado, y la tela se corrió levemente hacia adelante descubriendo por un instante la espalda del vestido de Eva y lo que había justo debajo de la nuca de Zoé, donde el cuello cedía paso al hombro: una flor pequeña, delicada, trazada en tinta con esa precisión de las cosas hechas con cuidado. Pétalos finos, líneas que sabían exactamente dónde terminar.
Duró un segundo.
Zoé acomodó el chal con un gesto automático, sin interrumpir el paso, sin darse cuenta de nada.
Yo lo vi.
Y desde el lateral de la pista, con esa quietud suya de hombre que acumula sin mostrar que acumula, Rodolfo Quintana también lo vio.
Lo supe porque lo vi verlo: ese instante en que sus ojos se detuvieron un décima de segundo más de lo normal sobre ese punto específico, con una expresión que no era exactamente escándalo sino algo más complejo, la recalibración silenciosa de alguien que acaba de recibir una información que no encaja del todo en la historia que le han contado.
En 1928 un tatuaje en una mujer joven no era una flor decorativa. Era una marca. Una señal. El tipo de cosa que en la Venezuela gomecista, profundamente católica y profundamente conservadora, asociaban con los márgenes más oscuros de la sociedad: los burdeles, las cárceles, los mundos que la gente decente fingía que no existían.
Quintana no dijo nada.
Pero guardó lo que había visto en el mismo lugar donde guardaba el inglés con Lindbergh y la historia del tío de Caracas y todas las demás piezas del rompecabezas de Marco Rivera que seguía sin completarse del todo.
Fue Quintana quien se acercó a nuestra mesa cuando la orquesta hizo una pausa entre piezas.
Venía con esa parsimonia suya de hombre que no tiene apuro porque el tiempo trabaja para él, y se detuvo frente a nosotros con una inclinación de cabeza que incluía a los dos pero estaba dirigida a uno solo.
—¿Me concede este baile, señorita? —dijo, mirando a Zoé con la formalidad correcta de la época.
Zoé me miró.
En sus ojos había una pregunta que no podía hacerse en voz alta: ¿qué hago? Y en los míos había una respuesta que tampoco podía darse en voz alta: no lo sé pero no tengo ningún argumento para decir que no.
Porque no lo tenía. Cero razones válidas. Cero argumentos disponibles. Yo era su hermano, según la historia que ella misma había construido en Ocumare, y los hermanos no le dicen a sus hermanas con quién pueden o no pueden bailar en los bailes del Hotel Jardín en 1928.
—Con mucho gusto —dijo Zoé.
Se levantó.
Quintana le ofreció la mano con esa elegancia de época que yo habría admirado en otras circunstancias y que en ese momento encontré específicamente irritante, y la llevó a la pista con la seguridad tranquila de quien sabe que la situación le pertenece.
Yo me quedé en la silla.
Con la copa en la mano.
Mirando.
Bailaban bien juntos, que era la observación más inútil que mi cerebro podía ofrecerme en ese momento pero era la que tenía disponible. Quintana bailaba con esa precisión militar que convierte cada paso en una declaración. Zoé seguía con esa soltura natural suya que yo había descubierto veinte minutos antes y que ahora, desde la silla, me parecía una información que no debería haberle dado a nadie más.
En algún momento Zoé dijo algo y Quintana respondió y los dos se rieron levemente, con esa brevedad de la risa social que es perfectamente inocente y que desde una silla en el lateral de una pista de baile en 1928 se veía de una manera completamente distinta.
Tomé un sorbo de la copa.
Luego otro.
Desde el otro lateral de la sala, Tarazona me observaba con esa atención suya permanente. No le devolví la mirada. Tenía suficiente con la pista de baile.
Fue en ese momento, exactamente en ese momento, mirando a Zoé Lozada bailar con Rodolfo Quintana en el Hotel Jardín de Maracay en enero de 1928, cuando entendí con una claridad que no admitía negociación ni postergación que lo que yo sentía por esa muchacha no tenía nada que ver con la sociedad, ni con el periodismo, ni con los doscientos dólares que le habíamos negociado a Ramírez en Bogotá.
No era el momento ideal para ese descubrimiento.
Pero los descubrimientos no consultan el momento.
La orquesta empezó una pieza nueva. Zoé y Quintana seguían en la pista. Yo seguía en la silla.
Y Maracay de 1928 seguía girando a su alrededor, completamente ajena a lo que acababa de ocurrir en la cabeza de un periodista de misterios que había viajado cien años al pasado para cubrir un reportaje y había terminado descubriendo que el misterio más difícil de resolver nunca había estado en ninguna leyenda urbana.
Estaba en la comisura de los labios de una fotógrafa de veinte años que casi no sonreía y cuando lo hacía no podías dejar de mirarla.
Cuando Zoé volvió a la mesa, Quintana se alejó con una inclinación correcta y una mirada final en mi dirección que duró exactamente un segundo de más.
Zoé se sentó. Acomodó el chal. Tomó su copa.
Me miró.
—¿Estás bien? —dijo.
—Perfectamente —dije.
Ella me estudió un momento con esa mirada suya de inventario.
—Mentira —dijo.
—Perfectamente —repetí.
No discutió. Pero en la comisura derecha de sus labios apareció algo que no era exactamente una sonrisa sino el fantasma de una, breve y hacia adentro, como si hubiera entendido algo que prefería no decir en voz alta.
La orquesta tocó hasta tarde.
Nosotros nos quedamos hasta el final, porque irnos antes habría sido una descortesía hacia Dolores Amelia y porque ninguno de los dos propuso irse, que también era una información.
Caminamos de vuelta a la casita por las calles de Maracay en silencio, con el sonido de la noche tropical alrededor y el Hotel Jardín quedándose atrás con sus luces encendidas, y en algún momento nuestros brazos se rozaron en la oscuridad y ninguno de los dos se apartó.
Que era exactamente lo mismo que había ocurrido en el túnel de Aramu Muru, la primera noche en Puno, y en cada uno de los espacios pequeños que habíamos compartido desde entonces.
Ninguno dijo nada.
A veces las cosas más importantes son las que mejor se entienden en silencio.

CAPÍTULO X

Las doce campanadas


La nota llegó con un niño.

Tendría ocho o nueve años, descalzo, con una camisa remendada en el hombro derecho y la expresión concentrada de quien cumple un encargo importante. Me encontró en la esquina de la calle Ayacucho, donde yo había estado parado los últimos veinte minutos fingiendo que miraba el cielo mientras en realidad miraba la entrada de la casita y calculaba si Tarazona ya sabía dónde dormíamos.

—¿Usted es el señor Rivera? —dijo el niño.

—Depende de quién pregunte —dije.

Me estudió un momento con esa seriedad de los niños a quienes nadie les ha explicado que la seriedad es opcional.

—Una señorita —dijo, y me entregó el papel doblado en cuatro.

Le di una moneda. Se fue sin mirarla, que era la señal de que Zoé le había pagado ya.


La nota decía:

12 golpes en el hoyo del Ateneo. Trae el morral.

Eso era todo.

Doce golpes. Las campanadas de la catedral, que daban la hora con esa solemnidad de bronce que en 1928 era el único reloj que todo Maracay compartía. El Ateneo no existía todavía con ese nombre —en 1928 seguía siendo el Teatro Circo, y lo llamarían Ateneo recién en 1960— pero yo sabía a qué se refería. El palco presidencial. El pasadizo que habíamos descubierto sin querer la primera mañana, todavía aturdidos y con el estómago revuelto por el viaje, cuando salimos del otro lado de la puerta y encontramos a cinco obreros que se iban a desayunar.

Si alguien interceptaba esa nota, no entendía nada. Nadie en 1928 llamaría Ateneo a un teatro que aún no tenía ese nombre.

Zoé había pensado en todo.

Lo que no me dijo la nota, y lo que necesitaba saber con urgencia, era si ella planeaba irse conmigo o simplemente me estaba abriendo una salida mientras ella se quedaba.

Esa pregunta me acompañó los siguientes cuarenta minutos como un peso físico en el centro del pecho.


Eva me lo dijo antes de que yo preguntara.

Llegué a la casa de San Ignacio con el pretexto de buscar a Zoé y encontré a Eva en el patio, lavando ropa con esa concentración de quien necesita mantener las manos ocupadas para no pensar. Me miró cuando entré y supe por su expresión que las noticias no eran buenas.

—Vino un hombre —dijo, sin levantar la vista del pilón—. Esta mañana temprano. Uniforme de oficial. Preguntó por ella.

—¿Quintana?

—No me dijo el nombre —dijo Eva—. Pero era de esos. Se le nota.

Sabía a qué se refería. Había un tipo de hombre en el Maracay de Gómez que cargaba el régimen en la manera de pararse, en el ángulo de la barbilla, en esa convicción tranquila de quien sabe que el mundo le debe obediencia. Quintana era así, aunque con mejor educación que la mayoría.

—¿Qué le dijo usted?

—Que Zoé había salido temprano y no sabía cuándo volvía.

—¿Y él?

Eva torció la boca con esa expresión suya que era desprecio contenido.

—Que volvería.

Guardé silencio un momento. Eva siguió lavando. Luego, sin mirarme, dijo lo que yo necesitaba escuchar y lo que más temía confirmar:

—El hombre que usted me mencionó. Tarazona. El que huele a los que sobran.

—Sí.

—Quintana lo notificó. Eso me lo dijo mi padrino esta mañana, que tiene oídos donde uno no imagina. Tarazona ya sabe de usted, señor Rivera. Ya tiene su nombre.

El nombre de Tarazona en boca de Eva sonó diferente a como sonaba en mi cabeza. En mi cabeza era una amenaza abstracta, un peligro en potencial. En boca de Eva, que vivía en ese mundo y conocía sus reglas y sabía lo que pasaba con las personas que Tarazona registraba en su inventario, sonó como lo que era.

Una sentencia.

—¿Y Zoé? —dije.

—Zoé salió muy temprano —dijo Eva—. No me dijo adónde.

Saqué el papel del bolsillo. Lo releí aunque ya me lo sabía de memoria. Doce golpes en el hoyo del Ateneo.

Eva me miró por primera vez desde que yo había llegado, con esos ojos suyos que eran los mismos ojos de Zoé pero con treinta años menos de vida encima y por lo tanto más directos, menos entrenados en guardar lo que veían.

—Váyase —dijo—. Los dos. Váyanse hoy.


Me costó cuarenta minutos llegar al teatro sin que me vieran.

No era la distancia. La distancia era manejable. Era el trayecto: las calles del centro de Maracay en la mañana de un jueves eran territorio de todos, lo que significaba que también eran territorio de Tarazona, que tenía ojos en cada bodega y cada esquina y cada par de zapatos lustrados apostados en las entradas de los edificios importantes.

Tomé el camino más largo. Rodeé la plaza. Crucé por la parte trasera del mercado, donde el olor a verduras y a carne fresca cubría todo lo demás y donde la gente tenía demasiado que hacer para mirar a un joven con un morral al hombro que caminaba un poco más rápido de lo normal.

El teatro tenía tres entradas. La principal, por la fachada, era imposible: demasiado visible, demasiado expuesta. La lateral daba a una calle que yo había visto vigilada esa mañana por dos hombres que fumaban con demasiada paciencia para ser simples transeúntes. La trasera, por el callejón de servicios, era la única opción.

Esperé diez minutos en la esquina del callejón, estudiando el movimiento. Nada fuera de lo común. Dos muchachos cargando cajas. Un perro flaco durmiendo contra la pared. El callejón terminaba en una puerta de madera oscura que yo sabía que daba al corredor de los camerinos.

Entré.


El teatro por dentro, a media mañana, era otro mundo.

No el mundo de la noche del baile, con las luces encendidas y la orquesta y Dolores Amelia recibiendo a sus invitados con esa gracia suya de anfitriona perfecta. Este era el teatro desnudo, el teatro de verdad: madera oscura, terciopelo polvoriento, el olor específico de los escenarios vacíos que es una mezcla de barniz y sueño y algo más difícil de nombrar. Las butacas en penumbra. El escenario con sus telones recogidos como faldas levantadas. El silencio de los lugares que están esperando.

Subí al palco presidencial.

La butaca aterciopelada seguía allí, diferente a todas las demás con esa arrogancia silenciosa de los objetos que saben que les pertenecen los mejores lugares. Me senté en ella por un momento, sin pensarlo, y luego me levanté enseguida porque no era momento de irrespetuosidades históricas.

Encontré la puerta del pasadizo donde la habíamos dejado: cerrada pero sin llave, disimulada en la pared con esa arquitectura de las cosas que no quieren ser encontradas pero que tampoco pueden desaparecer del todo. La abrí. Entré. La dejé entreabierta.

Y esperé.


El tiempo dentro de ese pasadizo tenía su propia física.

Afuera, en el Maracay de enero de 1928, el tiempo avanzaba con la normalidad de siempre: los pregoneros, los cascos de los caballos sobre el adoquín, el calor que iba creciendo a medida que el sol subía. Adentro, en esa oscuridad que olía a piedra húmeda y a algo anterior a todo lo demás, el tiempo se espesaba.

Pensé en Zoé.

Lo intenté no hacer y lo hice de todas formas, que era el mecanismo habitual de mis pensamientos cuando se trataba de ella: yo intentaba ordenarlos con la lógica del periodista que evalúa hechos, y ellos se reorganizaban solos con una lógica completamente diferente que no reconocía ninguna de las categorías que yo intentaba usar.

El hecho era este: ella me había enviado la nota. Ella había planeado la salida. Ella había conseguido, de alguna manera que yo todavía no entendía del todo, que Quintana firmara un salvoconducto que abría puertas en este mundo. Lo había hecho sola, en las horas de la mañana mientras yo caminaba en círculos por las calles del centro sin saber qué hacer.

Y si lo había hecho para los dos, significaba que pensaba irse.

Y si pensaba irse, significaba que el plan incluía regresar.

Y si el plan incluía regresar…

Me detuve ahí. Porque el pensamiento que seguía era uno que no me atrevía a completar todavía, no en voz alta, no ni siquiera en ese pasadizo oscuro donde nadie podía escucharme.

Puse la cara entre las manos, que era lo que hacía cuando el cerebro me ganaba.

—No es momento de ser emocional —me dije.

Tenía razón. No era el momento.

Pero el momento y yo llevábamos varios días sin ponernos de acuerdo.


Las doce campanadas de la catedral llegaron con esa gravedad de bronce que atraviesa las paredes y los techos y los huesos.

Uno.

Dos.

Las conté en la oscuridad, con la espalda contra la pared del pasadizo y el morral apretado contra el pecho. A cada campanada el silencio entre una y la siguiente se hacía más largo, o eso me parecía a mí, que soy el tipo de persona para quien el tiempo se dilata exactamente cuando más le pide que se apresure.

Doce.

Y luego nada.

Transcurrieron lo que debieron ser veinte minutos y a mí me parecieron dos horas. No me moví. Había aprendido en los días anteriores que el primer instinto, que siempre era el de hacer algo, asomarse, verificar, actuar, era casi siempre el instinto equivocado. Los periodistas que sobreviven en territorios difíciles no son los más valientes. Son los que saben esperar.

Entonces escuché las voces.


Eran dos voces masculinas, bajas, desde el pasillo del palco.

No pude entender las palabras, solo el tono: la cadencia breve y autoritaria de hombres que esperan ser obedecidos. Me quedé quieto. Contuve la respiración. Las voces se acercaron, pasaron por delante de la puerta del pasadizo, y se alejaron hacia el escenario.

Después de eso, silencio.

Y después del silencio, pasos diferentes. Más ligeros. Apresurados pero controlados, con ese ritmo de quien corre sin querer que se note que está corriendo.

Luego una voz, baja y firme, desde el otro lado de la puerta entreabierta:

—No se permite entrar.

Y otra voz que conocía:

—Tengo órdenes expresas del Capitán Rodolfo Quintana para dejar este bolso en el palco presidencial.

Pausa.

—¿Sabe leer usted? —dijo Zoé.

No hubo respuesta. Lo que hubo fue el sonido de la puerta abriéndose del todo.


Zoé entró al pasadizo con el morral en la espalda y la respiración un poco acelerada y esa expresión suya de quien acaba de resolver un problema complicado y ya está calculando el siguiente.

Me miró.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —dijo.

—Desde las doce —dije.

—Son las doce y veinte.

—Ya sé.

Me estudió un segundo con esa mirada suya de inventario.

—¿Estás bien?

—Mejor ahora —dije, y era la verdad más precisa que había dicho en varios días.

Abrió el morral. Sacó ropa doblada, la misma ropa con la que habíamos llegado desde Puno, que ella había guardado con esa previsión suya que yo seguía sin terminar de acostumbrarme. Me pasó la mía sin comentarios.

—Hay que cambiarse —dijo—. Lo que llevamos puesto llama la atención del otro lado.

—Lo sé.

—Aquí mismo.

—Lo sé, Zoé.

Se quedó parada frente a mí en la oscuridad del pasadizo, a un metro de distancia, con su ropa en los brazos y la expresión de quien espera que el otro tome una decisión.

Me giré hacia la pared.

Escuché el sonido de la ropa detrás de mí, el movimiento de tela, y fijé la vista en la piedra húmeda del pasadizo con la concentración que normalmente reservo para los titulares más difíciles.

—Ya —dijo ella.

Me giré. Ella también miraba hacia otro lado mientras yo me cambiaba, con esa elegancia práctica suya que convertía hasta las situaciones incómodas en algo manejable.

Me puse la ropa del siglo XXI. El teléfono sin señal en el bolsillo. Las zapatillas que habían recorrido el aeródromo de Maracay la tarde que Lindbergh aterrizó y la terraza del Hotel Jardín y las calles de Las Delicias y el callejón trasero del Teatro Circo y todos los demás lugares de ese mundo que no era el nuestro.

Y fue en ese momento, exactamente en ese momento, cuando escuchamos los automóviles.


No era uno. Eran varios. El sonido de los motores, todavía infrecuente en el Maracay de 1928, era suficientemente notable para que cualquiera lo registrara. Pero la cantidad de motores, y la dirección desde la que llegaban, y esa cadencia de llegada organizada que no tenía nada de casual…

—Maldita sea —dijo Zoé, en voz baja pero con una claridad que llenó todo el pasadizo.

—¿Te siguieron?

—No. No hay forma. Fui directamente del restaurante aquí.

—¿El restaurante?

Me miró. Había algo en su expresión que no era exactamente culpa pero que tampoco era la serenidad de siempre. Algo que ella estaba evaluando si decirme y cómo.

—Después te cuento —dijo—. Ahora hay que moverse.

—Zoé…

—Mark. —Su voz era firme, sin margen para el debate—. Los automóviles están llegando al teatro. Tarazona sabe que estás aquí. Si seguimos en este pasadizo en los próximos cinco minutos, no salimos.

Tenía razón. Lo sabía. Y sin embargo había una cosa que necesitaba hacer antes de moverme, una cosa que llevaba días postergando con todos los argumentos que mi cerebro producía con sorprendente eficiencia cuando quería evitar algo: que no era el momento, que no era el lugar, que había demasiado en juego, que ella no me había dado ninguna señal.

El problema era que sí me había dado señales. Las había dado todo el tiempo. Yo simplemente había decidido no leerlas porque leerlas implicaba consecuencias que no sabía cómo manejar.

Los automóviles se detuvieron afuera. Escuchamos puertas. Voces. El sonido específico de los hombres que entran a un lugar a buscar algo.

La tomé entre mis brazos.

No fue un gesto de héroe de novela. No tuve tiempo de serlo. Fue el gesto de un hombre que lleva demasiados días cargando algo solo y finalmente lo suelta: la tomé, y la besé, con toda la urgencia y todo el desorden y toda la honestidad de que era capaz en ese momento, que no era poco.

Ella no retrocedió.

Duró lo que dura un relámpago y lo que dura una vida, que en los momentos que importan son exactamente lo mismo.

Cuando nos separamos, en el pasadizo oscuro del Teatro Circo de Maracay, con el sonido de los pasos de Tarazona acercándose por los corredores del teatro que un día se llamaría Ateneo, Zoé me miró con esos ojos suyos que no pedían permiso para nada y dijo, en voz muy baja:

—Eso lo hablamos después.

—De acuerdo —dije.

—Ahora corre.

Corrimos.


El pasadizo terminaba donde siempre había terminado: en la oscuridad completa, en el olor a piedra antigua, en ese punto donde el aire cambiaba de temperatura y de textura y de algo más difícil de nombrar. Lo reconocí antes de verlo, que era lo más extraño y lo más lógico al mismo tiempo, como reconocer el idioma de tu infancia en una frase que no entiendes todavía.

Zoé llevaba el papel de Quintana en la mano. El salvoconducto de un oficial del ejército de Juan Vicente Gómez, firmado en enero de 1928, que en el siglo XXI no abriría ninguna puerta pero que en ese trayecto final del pasadizo era la única evidencia concreta de que todo lo que habíamos vivido no había sido un sueño producido por el golpe de un taxi en la carretera entre La Paz y Puno.

—¿Lista? —dije.

—Desde hace rato —dijo ella.

Entramos juntos en la oscuridad.

Y Maracay de 1928 se cerró detrás de nosotros como una puerta que sabe que ya cumplió.

CAPÍTULO XI

Lo que el portal se llevó


El médico era un hombre pequeño, de bigote ordenado y la paciencia específica de quien ha dado malas noticias tantas veces que ya las administra en dosis calibradas.

—Usted llegó hace cuatro semanas —dijo, con el tono de quien repite algo por segunda o tercera vez—. El taxi que los recogía en el hotel para llevarlos a Aramu Muru sufrió un accidente en la carretera. Su compañera resultó ilesa. Usted perdió el conocimiento y no lo recobró hasta ayer.

Lo miré desde la cama con esa sensación de quien escucha una historia sobre sí mismo contada por un desconocido.

—¿Cuatro semanas?

—Veintiocho días —confirmó.

—¿Y mi compañera?

El médico ordenó unos papeles sobre el escritorio con una parsimonia que yo ya reconocía como la antesala de una noticia que no iba a gustarme.

—Debía cumplir obligaciones urgentes. Se marchó a Venezuela hace tres semanas. Llamaba todos los días al hospital para preguntar por usted.

—Lo sé —dije—. Las enfermeras me lo comentaron.

Guardé silencio. Por la ventana del hospital entraba la luz de Puno, esa luz altiplánica que no se parece a ninguna otra, fría y nítida y sin sombras, como si el aire a cuatro mil metros no tuviera suficiente densidad para producir penumbras.

Cuatro semanas. Veintiocho días. Y Zoé ya no estaba.


La encontré dos meses después, en Maracay.

No fue fácil. La dirección que yo tenía era La Coromoto, donde vivía con su madre y su abuela en esa casa que yo conocía: el patio con la mata de mango, la sala con el sillón donde la abuela me había contado la historia del novio desaparecido mientras esperaba que Zoé volviera de la farmacia. Fui hasta allá y encontré una familia diferente que no sabía quién era Zoé Lozada.

Me costó otros tres días dar con ella.

Vivía en El Castaño.


La oficina era todo lo contrario de lo que yo esperaba.

No porque fuera lujosa, aunque lo era, con esa sobriedad elegante de los espacios que no necesitan demostrar nada. Sino porque Zoé detrás de ese escritorio, con un traje oscuro y el pelo recogido y unos lentes de montura fina que yo nunca le había visto, era una versión de ella que yo no conocía y que sin embargo reconocía completamente, como reconoces una canción en un arreglo que nunca habías escuchado.

Me recibió con la cordialidad precisa de quien sabe exactamente cuánto espacio dar y cuánto guardar.

—Mark —dijo—. Qué bueno que estás bien.

—Zoé —dije.

Y no supe qué más decir, que era un problema nuevo para mí.


Me explicó todo en veinte minutos con esa eficiencia suya que ahora tenía un nombre empresarial.

La bisabuela Eva había cambiado la historia de la familia. Joaquín no había desaparecido. O había desaparecido de otra manera, en otra rama del tiempo donde Mark Rivera no había estado en La Macarena el día equivocado. El resultado, cien años después, era una familia con propiedades, negocios, un centro comercial en el este de la ciudad, y una madre que se había casado con un hombre que tenía un hijo de la edad de Zoé y que esperaba el momento oportuno para reclamar lo que pudiera reclamar.

—Por eso tuve que regresarme —dijo—. Había documentos que firmar. Decisiones que tomar. Si yo no aparecía, él tomaba el control.

—Lo entiendo —dije.

—Llamaba todos los días al hospital.

—Lo sé. Las enfermeras me lo dijeron.

Hubo un silencio. Afuera de la oficina sonaba el teléfono de una secretaria. Maracay seguía siendo Maracay: el calor, el ruido, el olor específico de la ciudad que yo conocía mejor que ninguna otra del mundo y que en enero de 1928 había caminado con un mapa mental del futuro superpuesto sobre cada esquina.

—El viaje —dije—. Necesito que hablemos del viaje.

Zoé me miró con esa mirada suya que no pedía permiso para nada.

—¿Aclarar qué? —dijo.

—Si pasó. Si realmente pasó o si todo fue producto del golpe en la cabeza y cuatro semanas de hospital en Puno.

—Pasó —dijo, sin dudar un segundo—. Solo para ti y para mí. Y así debe quedarse. Nadie más puede saberlo.

—¿Por qué?

—Porque pensarían que estamos locos. Y porque no es el momento. —Bajó la voz un tono—. Si esto sale a la luz, él tendría la excusa perfecta. Una heredera que viaja en el tiempo no es exactamente la imagen que necesito proyectar ahora mismo.

Lo entendí. La lógica era impecable y era completamente suya: práctica, calculada, construida para sobrevivir.

—Necesito el salvoconducto —dije—. El papel que firmó Quintana. Y las fotos. Las que tomaste en el túnel y la última, cuando salimos del palco presidencial.

Algo cruzó por su expresión. Duró menos de un segundo.

—El papel se perdió en el túnel —dijo—. Y las fotos las borré.

—¿Cómo que se perdió?

—Te caíste cuando salimos. Te golpeaste la cabeza. Sangrabas mucho. Estaba ocupada en llevarte al hospital, no en buscar papeles en la oscuridad.

Me quedé mirándola.

Ella me sostuvo la mirada con esa serenidad suya que yo había aprendido a leer como un idioma propio: sabía cuándo era genuina y cuándo era una decisión.

Esta era una decisión.

—Está bien —dije.

—Mark…

—Está bien, Zoé. De verdad.

No era del todo verdad. Pero era lo más cercano a la verdad que yo podía ofrecer en ese momento, sentado frente a esa mujer en esa oficina en El Castaño, entendiendo que el mundo al que habíamos regresado era un mundo diferente al que habíamos dejado, y que en ese mundo diferente los dos ocupábamos lugares que no tenían espacio para lo que había ocurrido en el pasadizo del Teatro Circo de Maracay en enero de 1928.

Nos despedimos en la puerta de la oficina con esa cortesía de los que se conocen demasiado para ser simples conocidos y demasiado poco para ser otra cosa.

O eso me dije a mí mismo.


Pasaron ocho meses.

Publiqué la historia. La titulé como siempre había sabido que se titularía: Más Acá del Tiempo. La publiqué como lo que era, un relato de misterio sin pruebas verificables, y mis seguidores la recibieron con el entusiasmo de siempre, que en este caso era el entusiasmo de quien lee algo y siente que podría ser verdad aunque no pueda demostrarlo. El canal de YouTube creció. La revista de Colombia quiso más. Los jefes de la editorial en España vinieron a Venezuela y organizaron una cena.

La cena fue en La Felicittà.


Era el mejor restaurante de Maracay y todos lo sabían, incluidos los editores españoles que no conocían la ciudad pero reconocieron la calidad en cuanto entraron. Nos ubicaron en una mesa larga cerca de la ventana y el ambiente era exactamente lo que una cena de negocios necesita: luz cálida, ruido suficiente para la conversación privada, la distancia justa entre las mesas.

Yo estaba respondiendo una pregunta sobre los derechos de traducción cuando la vi.

Estaba diagonal a nuestra mesa, en un ángulo que no le permitía verme a mí pero que a mí me permitía verla a ella con una claridad que el cerebro registró antes que los ojos: esa manera suya de inclinar la cabeza cuando escuchaba, esa postura que no era rigidez sino presencia, el pelo recogido con la misma sencillez de siempre aunque ahora sobre un vestido que no tenía nada que ver con las alpargatas y el morral de Puno.

Estaba con un hombre.

El hombre le daba la espalda.

Seguí respondiendo la pregunta sobre los derechos de traducción. O intenté seguir respondiéndola. Alguien en la mesa me llamó la atención dos veces. La segunda vez lo escuché.

—Perdón —dije—. Sigan.

El hombre de espaldas se inclinó hacia Zoé para decirle algo. Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, hacia adentro, la misma que yo había visto en el Hotel Jardín de 1928 cuando volvió a la mesa después de bailar con Quintana y yo estaba sentado con la copa en la mano sin saber qué hacer con lo que sentía.

El hombre se levantó para jalarle la silla.

Y cuando se giró, por un segundo, solo por un segundo, el cerebro me hizo lo que el cerebro hace cuando quiere destruirte: me mostró una cara que no era posible y que sin embargo era completamente posible, un uniforme que ya no existía, una sonrisa que había visto por última vez en una noche de 1928 cuando ese hombre le había dicho a Zoé que no podía detener lo que Tarazona tenía ordenado pero que el salvoconducto era solo para ella.

No era Quintana.

Por supuesto que no era Quintana.

Era un hombre de traje oscuro, de unos cuarenta años, que colocó su mano en la espalda de Zoé con esa familiaridad tranquila de quien lleva tiempo haciéndolo.

Me apresuré a llegar antes que ellos a la puerta.

Zoé me vio cuando ya no había manera de que ninguno de los dos fingiera que no había visto al otro. Sus ojos hicieron lo que siempre hacían: registraron, evaluaron, decidieron.

—Ohhh —dijo, con esa entonación suya que no era sorpresa sino reconocimiento—. Cómo estás. Muy elegante.

—Tú también —dije.

El hombre estaba a su lado. Ella no lo presentó. Yo no pregunté. Hubo tres segundos de conversación perfectamente cordial y perfectamente vacía, del tipo que se tiene cuando dos personas que se conocen demasiado deciden de común acuerdo no conocerse en público.

Salieron primero.

El hombre colocó el brazo sobre sus hombros al salir a la calle. Y yo me quedé en la puerta de La Felicittà mirando cómo Maracay de noche se los tragaba, y lo último que vi, antes de que doblaran la esquina, fue el escote del vestido de Zoé y en él, apenas visible bajo la luz de la calle, los pétalos finos de una flor pequeña trazada en tinta.

El tatuaje se alejó y desapareció.

Volví a la mesa. Respondí las preguntas que faltaban. Firmé lo que había que firmar.

Y Maracay siguió siendo Maracay.


EPÍLOGO

El viñedo caprichoso


La encontré dos años después.

O ella me encontró a mí, que era más probable dado el historial.

Yo caminaba por las Delicias un domingo por la mañana, que era lo que hacía cada vez que necesitaba ordenar el mundo: recorrer esa avenida arbolada con el mapa mental de dos épocas superpuesto, viendo al mismo tiempo la Maracay del siglo XXI y la Maracay de 1928, el presente y el pasado conviviendo en el mismo asfalto, en las mismas ceibas viejas que habían visto pasar ambos siglos sin inmutarse demasiado.

Escuché la voz antes de reconocerla.

—¡Ahaaa! No me reconoces. Pero yo sí me acuerdo de ti. Eres el joven de las Acacias.

Me giré.

Era una mujer mayor, bien arreglada, con ese tipo de elegancia sencilla que no viene de la ropa sino de adentro. Estaba con otras dos personas que se detuvieron un paso detrás de ella con la expresión respetuosa de quienes acompañan a alguien que acaba de ver a un viejo amigo.

Me costó tres segundos.

Luego el cerebro hizo el trabajo y el estómago lo confirmó.

Era la abuela de Zoé.

No la abuela que yo había conocido en La Coromoto, con sus problemas de arritmia y su relicario y esa historia del novio desaparecido que me había contado en la sala mientras esperaba que Zoé volviera de la farmacia. Esta era una versión diferente de ella: más sana, más liviana, con una luz en los ojos que la otra no tenía. El mismo hueso de la cara, la misma manera de inclinar la cabeza, pero sin el peso de noventa años de una historia dolorosa encima.

—La invito a sentarse —dije, cuando pude hablar.

Les indicó a sus acompañantes con un gesto que se dieran una vuelta. Ellos obedecieron sin preguntar, que era la señal de que estaban acostumbrados a obedecerla.

Nos sentamos en uno de los bancos de la avenida. Las ceibas nos daban sombra. Maracay domingo respiraba a su alrededor con esa calma específica de las mañanas sin apuro.

—Abuela —dije, casi en un susurro—. No entiendo. En esta nueva vida de ustedes, usted no me conoció. ¿Cómo es que me recuerda?

Ella me miró con esa paciencia de quien lleva mucho tiempo esperando poder decir algo.

—Te lo diré una vez —dijo—. No me interrumpas.

Asentí.

—Una vez mi madre me contó que tuvo una mejor amiga. Llegaron a quererse mucho en muy poco tiempo. Y que esa amiga tenía un nombre que nunca antes había escuchado. —Hizo una pausa—. Zoé. Así que lo reservé para mi nieta.

El mundo se detuvo un momento.

—Su amiga —dije.

—Una muchacha muy lista. Muy astuta. Que metía la pata a veces, pero que tenía buen corazón. —Me miró de costado—. Y que andaba con un joven de las Acacias que hablaba demasiado y caía bien a todo el mundo.

No dije nada. No había nada que decir que no arruinara el momento.

—¿Y Zoé? —pregunté finalmente—. ¿Cómo está?

La abuela sonrió con esa complicidad de quien sabe más de lo que dice y ha decidido administrarlo con criterio.

—Se casó. Fue por negocio, como ella hace las cosas. Pero ya se dejó de ese hombre. Fue una buena decisión. —Palmeó mi mano con su mano pequeña y firme—. Ella siempre ha sabido cómo y cuándo buscarte.

—¡Nona, debemos irnos! —llamó una de sus acompañantes desde el borde de la acera.

Se puso de pie con esa agilidad suya que no correspondía del todo a su edad. Me miró una última vez.

—Una vez —repitió. Y se marchó.


Me quedé en el banco un rato largo.

Las ceibas seguían ahí. La avenida seguía siendo la misma. Maracay domingo seguía respirando a su alrededor con esa calma de las mañanas sin apuro.

Pensé en Joaquín, a quien nunca había conocido pero cuya sombra había cruzado la historia desde el principio. Pensé en Eva Rincón, que en 1928 tenía la misma edad que Zoé y vivía en la casa de sus padrinos en La Coromoto y le encantaba cantar y no sospechó nada cuando dos jóvenes del futuro le dijeron que buscaban talento. Pensé en Eloy Tarazona y en Rodolfo Quintana y en Dolores Amelia y en el General que invitó a desayunar a cuatro trabajadores porque sí, porque era su mundo y en su mundo todo el mundo comía si él lo decidía.

Pensé en el pasadizo. En la oscuridad. En los automóviles llegando afuera mientras el tiempo se acababa.

En un beso que duró lo que dura un relámpago y lo que dura una vida.

Y pensé que quizás el tiempo no es lo que parece. Que no es una línea recta que va del pasado al futuro con esa lógica de tren que solo avanza. Que es más bien un viñedo caprichoso, lleno de ramas que se bifurcan y cepas que mueren y otras que florecen en temporadas que nadie predijo.

Yo había sido la helada que desplazó a Joaquín. Pero también había sido el sol que permitió que esa cepa, la de ella, madurara hasta alcanzar su nota más dulce.

Lo que conseguí hace casi un siglo fue sembrar la uva en una tierra amarga para que hoy, cien años después, el destino supiera a gloria.

Me levanté del banco. Seguí caminando por las Delicias. Las ceibas me dieron sombra un tramo más y luego el sol volvió, ese sol de Maracay que no pide permiso.

Me alejé con el corazón ligero, sabiendo que mi rastro en la historia no era una cicatriz. Era el aroma de un buen vino que por fin se dejaba beber.


*FIN*

Más Acá del Tiempo

Arthur Rojas

Posted in

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar