Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

  • El Dragón Interior

    Por: Arthur Rojas Cuentos Literarios

    Capítulo I: La Marca del Despertar

    Ryujin se miraba al espejo cada mañana con el mismo gesto de descontento. A los diecinueve años, su reflejo le devolvía lo que ella consideraba una imagen imperfecta: una joven que se sentía invisible, sin cualidades especiales, incapaz de atraer la atención de alguien que valiera la pena. Hija única y muy consentida, había desarrollado una relación tormentosa consigo misma, constantemente agobiada por pensamientos que la hundían en un pozo de insatisfacción.

    “Nada me motiva”, se repetía mientras se preparaba para otro día igual que el anterior. En tres meses sería su cumpleaños número veinte, y la sola idea la deprimía más. Sus amigos parecían lejanos, su vida parecía estancada, y ella se sentía atrapada en una burbuja de autocompasión que no sabía cómo romper.

    Fue durante una ducha rutinaria que todo comenzó. Al secarse, notó algo extraño cerca de su tobillo derecho: una marca oscura que se asemejaba a un mapa de algo indefinido. Se aplicó ungüento, pensando que era una irritación, pero no sentía picazón ni dolor. Era simplemente… diferente.

    Los días pasaron y la marca comenzó a cambiar. No desaparecía; al contrario, parecía cobrar forma, definirse, crear curvas y líneas que formaban un patrón cada vez más complejo. Ryujin se encontraba observándola con fascinación creciente, como si su propia piel le estuviera contando una historia.

    Capítulo II: La Voz del Dragón

    El tercer día después de descubrir la marca, mientras se miraba al espejo después de la ducha, Ryujin sintió algo que nunca había experimentado antes. La marca, ahora claramente con forma de dragón primitivo, parecía… viva.

    “¿Qué diablos es esto?”, murmuró, tocando suavemente la imagen. “No puede ser solo una mancha… tiene forma, como si fuera… ¿vivo?”

    Y entonces escuchó una voz. No con los oídos, sino desde adentro, como un susurro que venía de lo más profundo de su ser: “Siempre he estado aquí, esperando que me vieras.”

    “Genial, ahora estoy hablando con mi piel. Definitivamente necesito salir más”, se dijo, tratando de racionalizar lo que acababa de experimentar.

    “No es locura. Es despertar”, continuó la voz, más clara ahora. “Llevas años durmiendo, pequeña.”

    “¿Durmiendo? Estoy despierta todo el tiempo, preocupándome por todo…”

    “Preocuparse no es estar despierta. Es estar atrapada en la jaula de tus propios miedos.”

    Así comenzó una conversación que cambiaría su vida para siempre. El dragón de su piel se había convertido en su guía interior, en la voz de una sabiduría que siempre había poseído pero nunca había sabido escuchar.

    Capítulo III: Confrontando la Sombra

    Los días siguientes trajeron revelaciones dolorosas pero necesarias. Después de una discusión particularmente dura con su mejor amiga sobre su actitud perpetuamente negativa, Ryujin se encontró frente al espejo una vez más.

    “Tiene razón, soy una pesimista de mierda. Siempre quejándome, siempre viendo lo malo…”

    “¿Y qué hay de malo en reconocer tu sombra?”, le preguntó el dragón. “Jung diría que es el primer paso hacia la totalidad.”

    “No sé quién es ese Jung, pero suena pretencioso.”

    El dragón rió internamente. “Carl Jung, psiquiatra suizo. Pero no necesitas leer libros para entender lo que ya sabes: que has estado huyendo de partes de ti misma.”

    “¿Como cuáles?”

    “Tu enojo por sentirte invisible. Tu tristeza por no ser valorada. Tu rabia por depender tanto de la aprobación de otros. Estas emociones no son enemigas, son combustible para tu transformación.”

    Ryujin sintió un nudo en la garganta. “Pero es que… me siento tan vacía. Como si no fuera suficiente.”

    “El vacío es espacio para crecer. La insuficiencia es una ilusión. Eres un universo completo, pero has estado mirando solo una estrella apagada.”

    Capítulo IV: El Poder de la Gratitud

    El proceso no fue fácil. Hubo días en los que Ryujin se resistía a las enseñanzas del dragón, días en los que prefería sumergirse en su familiar melancolía. Pero el dragón era persistente, amoroso en su firmeza.

    Una tarde, especialmente deprimida después de ver en redes sociales cómo todos parecían tener vidas más interesantes que la suya, el dragón le propuso un ejercicio simple.

    “Enumera tres cosas que tienes en este momento.”

    “Eso es estúpido.”

    “Hazlo.”

    Ryujin suspiró. “Tengo… un techo. Comida. Mis padres que me aman, aunque no lo demuestre.”

    “¿Ves? No necesitas buscar en el exterior. El tesoro está aquí, ahora.”

    “Pero no se siente como un tesoro. Se siente… normal.”

    “Lo normal es extraordinario cuando dejas de darlo por sentado. Cada respiración es un milagro que no pediste pero recibiste. Cada día despierto es una oportunidad que no prometiste pero obtuviste.”

    Gradualmente, Ryujin comenzó a entender. La gratitud no era un concepto abstracto, sino una práctica diaria que transformaba su percepción de la realidad.

    Capítulo V: El Arte del Desapego

    Una de las lecciones más difíciles llegó cuando Ryujin descubrió, a través de redes sociales, que sus amigos habían salido sin invitarla. El dolor familiar de la exclusión la golpeó como una ola.

    “¿Por qué no me invitaron? Pensé que éramos amigas…”

    “¿Su presencia o ausencia cambia quién eres tú?”, le preguntó el dragón con suavidad.

    “Pero me siento excluida, rechazada…”

    “Sientes, pero no eres el sentimiento. Eres la observadora del sentimiento.”

    “No entiendo la diferencia.”

    “Tú eres el cielo, las emociones son las nubes. Las nubes pasan, el cielo permanece. Cuando te identificas con las nubes, sufres. Cuando te reconoces como el cielo, simplemente observas.”

    Esta enseñanza se convirtió en una de las más poderosas. Ryujin aprendió a observar sus emociones sin ser consumida por ellas, a encontrar su centro independientemente de las circunstancias externas.

    Capítulo VI: El Amor Verdadero

    El tema del amor romántico surgió cuando Ryujin se encontró pensando en un chico que le gustaba pero con quien nunca se atrevía a hablar.

    “¿Y si me rechaza? ¿Y si piensa que soy rara?”

    “¿Y si el rechazo es protección? ¿Y si la persona correcta es aquella que ve tu rareza como belleza?”

    “Pero necesito sentirme amada…”

    “Ahí está el problema. ‘Necesitas’. El amor que necesitas desesperadamente es el amor que repeles. El amor que ofreces desde la completud es el amor que atrae.”

    “¿Cómo puedo sentirme completa si nunca he tenido pareja?”

    “Una pareja no completa, complementa. Dos mitades no hacen un todo sano, hacen una dependencia. Dos todos crean algo extraordinario.”

    Capítulo VII: Memento Mori

    La lección más profunda llegó de manera inesperada. Ryujin se enteró de que una conocida de su edad había tenido un accidente grave. La noticia la golpeó como un rayo de claridad.

    “Podría ser yo. Podría morir mañana y… ¿qué habría hecho con mi vida?”

    “Finalmente haces la pregunta correcta”, respondió el dragón.

    “Me he pasado tanto tiempo preocupándome por lo que otros piensan, por lo que no tengo… que he olvidado vivir.”

    “La muerte es la maestra más honesta. No te deja mentirte sobre lo que realmente importa.”

    “Tengo miedo de que sea demasiado tarde.”

    “Tienes 19 años. La vida apenas comienza. Pero aunque tuvieras 90, nunca es demasiado tarde para ser quien realmente eres.”

    “¿Y quién soy realmente?”

    “Eso lo descubres viviendo, no pensando. Eres la que toma decisiones valientes incluso con miedo. Eres la que agradece incluso en la dificultad. Eres la que ama sin garantías. Eres el dragón que siempre ha estado aquí, esperando volar.”

    Capítulo VIII: La Integración

    Después de semanas de conversaciones internas, transformaciones graduales y pequeños cambios diarios, Ryujin se encontró frente al espejo una mañana diferente. La marca del dragón ahora era claramente visible y, para su sorpresa, hermosa.

    “Ya no me das miedo”, le dijo a su reflejo.

    “Nunca debí darte miedo. Soy tu fuerza.”

    “Siento que estoy cambiando, pero no sé si mis amigos lo entienden.”

    “Los que son para ti se quedarán. Los que no, te han dado el regalo de mostrarte quién eres cuando no tienes que actuar para agradar.”

    “¿Y si me quedo sola?”

    “Nunca estarás sola. Tienes la compañía más importante: la tuya propia. Y desde esa solidez, atraerás a quienes resuenen con tu autenticidad.”

    “Me siento… diferente. Más fuerte.”

    “Te sientes como siempre fuiste, solo que ahora lo recuerdas. El dragón no era algo que necesitabas encontrar, era algo que necesitabas recordar que ya eras.”

    Capítulo IX: La Celebración de la Transformación

    El día de su vigésimo cumpleaños llegó de manera muy diferente a como Ryujin había imaginado meses atrás. En lugar de drenar el día con ansiedad y expectativas, se despertó con una sensación de paz y gratitud.

    Sus amigos notaron el cambio inmediatamente cuando se reunieron en el restaurante para celebrar.

    “¡Ryujin! ¡Feliz cumpleaños! Te ves… diferente. Como más tranquila”, le dijo Mía al verla llegar.

    “Gracias, Mía. Me siento bien”, respondió Ryujin con una sonrisa genuina.

    Cuando Carlos sugirió pedir bebidas caras para celebrar, Ryujin respondió con naturalidad: “Está bien si quieren pedirlas, pero yo voy a tomar algo simple. No necesito nada especial para sentirme especial.”

    Sus amigos intercambiaron miradas de sorpresa. Esta no era la Ryujin que conocían, siempre buscando validación externa y tratando de impresionar.

    La primera prueba real de su transformación llegó cuando el mesero se equivocó con el pedido. En el pasado, Ryujin habría hecho un drama, habría alzado la voz y habría arruinado el momento para todos.

    En cambio, con calma le dijo al mesero: “Disculpe, creo que hubo una confusión con el pedido. No se preocupe, estas cosas pasan.”

    “¿Tú eres Ryujin?”, preguntó Mía, sorprendida. “La Ryujin que conozco habría hecho un drama.”

    Ryujin rió suavemente. “La misma, solo que ahora entiendo que enojarse no acelera la comida y sí arruina el momento.”

    Capítulo X: La Prueba Final

    La verdadera prueba de su transformación llegó de manera inesperada. Mientras disfrutaban de la cena, se escuchó una discusión acalorada en la mesa de al lado. Un joven se había levantado agresivamente, enfrentando a Carlos.

    “¡Oye, idiota! ¡Esa era mi novia antes que tuya!”

    Carlos también se levantó, defensivo: “¡No me hables así! ¡Y no es tu problema con quién esté ella ahora!”

    Los amigos de Ryujin se pusieron nerviosos. “Ryujin, vámonos, esto se va a poner feo…”, murmuró Mía.

    Pero Ryujin hizo algo que nadie esperaba. Se levantó calmadamente y caminó hacia ambos grupos.

    “Disculpen, ¿puedo decir algo?”, preguntó con voz serena pero firme.

    El chico agresivo la miró sorprendido por su tranquilidad. “¿Qué quieres?”

    “Veo a dos personas que están dolidas”, comenzó Ryujin, mirando a ambos con compasión genuina. “Tú por algo que perdiste, y tú por algo que sientes amenazado. Pero pelear aquí no va a sanar el dolor de nadie, solo va a crear más.”

    “Ryujin, no te metas…”, murmuró Carlos.

    “No me estoy metiendo, estoy ofreciendo una perspectiva”, respondió con suavidad pero determinación. Dirigiéndose al chico de la otra mesa, continuó: “Lo que pasó entre ustedes ya pasó. Aferrarse a eso es como beber veneno esperando que el otro se enferme.”

    El joven bajó un poco la guardia, visiblemente afectado por sus palabras.

    “Duele, lo sé”, continuó Ryujin con compasión genuina. “Pero tu valor como persona no depende de a quién ella elija amar ahora. Y definitivamente no se demuestra con los puños.”

    Un silencio profundo cayó sobre ambas mesas. Internamente, Ryujin sintió la presencia aprobatoria del dragón: “Mira cómo tu calma desarma la tormenta de otros.”

    “Los dos merecen ser felices. Los dos merecen amor”, continuó dirigiéndose a ambos jóvenes. “Pero no así. No desde el enojo. ¿Qué tal si cada uno sigue su camino en paz?”

    El chico de la otra mesa bajó completamente las manos, visiblemente conmovido por las palabras de Ryujin. Después de un momento, murmuró: “Tienes razón. Perdón.” Y dirigiéndose a Carlos: “Perdón, hermano.”

    Carlos, también tocado por la sabiduría de su amiga, extendió la mano. “No hay problema, todos hemos estado ahí.”

    Los jóvenes se dieron la mano y cada uno regresó a su mesa. Ryujin volvió a la suya, donde todos la miraban con asombro.

    “¿Cómo hiciste eso?”, preguntó Mía con admiración.

    “Estaban a punto de romperse la cara y tú… los calmaste”, añadió Sofía, incrédula.

    “Solo les recordé que debajo de la ira hay dolor, y debajo del dolor, hay seres humanos que merecen compasión”, respondió Ryujin con sencillez.

    “Ryu, eres increíble. Has cambiado tanto…”, dijo Carlos, visiblemente emocionado.

    Ryujin tocó discretamente la zona donde estaba su dragón, sonriendo con una sabiduría que ya no la sorprendía. “No he cambiado. Solo recordé quién siempre fui.”

    En su interior, el dragón habló por última vez, con orgullo paternal: “Y ahora, pequeña dragón, vuela.”

    Epílogo: La Sabiduría del Dragón

    Ryujin alzó su copa de agua, mirando a sus amigos con gratitud genuina. En ese momento, supo que había algo importante que compartir, no solo con ellos, sino con el mundo.

    “La verdadera fuerza no está en vencer a otros, sino en conquistar la paz dentro de uno mismo. Porque cuando encuentras esa paz, naturalmente la compartes con el mundo.”

    Sus amigos brindaron, pero Ryujin sabía que el verdadero brindis era interno: por la mujer que se había permitido ser, por el dragón que siempre estuvo ahí esperando ser reconocido, y por todos los días que vendrían vividos desde la autenticidad y la sabiduría del corazón.

    El dragón de su tobillo ya no era solo una marca en su piel. Era el símbolo de su transformación, la representación física de una verdad que había aprendido a lo largo de esos dos meses intensos: que la verdadera fuerza siempre había estado dentro de ella, esperando el momento adecuado para emerger.

    Cuando llegó a casa esa noche, Ryujin se miró una última vez al espejo. La marca del dragón brillaba suavemente bajo la luz de su habitación, como si fuera una joya incrustada en su piel. Ya no necesitaba las conversaciones internas; había integrado completamente las enseñanzas. El dragón había cumplido su propósito.

    Sonrió a su reflejo, sabiendo que cada día que venía sería una oportunidad para aplicar lo aprendido, para ser la mejor versión de sí misma, no para impresionar a otros, sino porque había recordado su valor intrínseco.

    El dragón interior había despertado, y con él, la verdadera Ryujin había nacido.


    FIN

    “En cada persona vive un dragón dormido, esperando el momento adecuado para recordarnos quiénes realmente somos. No necesitamos buscarlo fuera; solo necesitamos tener el valor de mirarnos al espejo y escuchar su voz.”

  • Guerreros Marchitos
    Por Arthur Rojas
    La Ascensión de la Enredadera Silenciosa
    En cierto invernadero —cuya ubicación prefiero omitir, aunque sospecho que podría ser cualquiera— habitaba una Orquídea Mariposa que había heredado, junto con su linaje, la certeza de que la belleza era una forma particular del destino. Durante generaciones, sus antecesoras habían desplegado pétalos como quien despliega argumentos: con la paciencia de quien sabe que la verdad, como las flores, tiene su tiempo.
    La luz llegaba filtrada por cristales que el tiempo había vuelto opacos, creando esa penumbra dorada que los botánicos llaman “luz de invernadero” y los poetas, simplemente, melancolía. En ese espacio donde cada planta custodiaba su pequeña parcela de existencia, la Orquídea había aprendido la gramática del crecimiento lento, esa sintaxis vegetal que convierte la espera en una forma de la esperanza.
    Es posible que la historia hubiera sido distinta si alguien hubiera advertido, desde el principio, la llegada de la Enredadera Silenciosa. Pero los sistemas tienden a ignorar aquello que no encaja en sus taxonomías, y la Cuscuta vorax —así la clasificó después un botánico melancólico que nunca entendió del todo lo que había visto— no pertenecía a ninguna de las categorías reconocidas en la pequeña sociedad del invernadero.
    No tenía raíces propias, lo cual la excluía del gremio de las plantas terrestres. Carecía de hojas, por lo que las especies fotosintéticas la consideraban poco menos que una aberración. Era apenas un hilo amarillo, una línea que parecía dibujada por un calígrafo distraído sobre el mundo verde de los otros. En el principio, nadie la tomó en serio. Error que, como todos los errores fundamentales, solo se revelaría retrospectivamente.
    La Enredadera no competía —esa fue su primera astucia—. Mientras las Calas disputaban el agua y el Roble Centinela monopolizaba la luz superior, ella se adhirió al tallo de la Orquídea con la delicadeza de quien abraza sin hacer ruido. No había en ese gesto nada que pareciera agresivo; más bien parecía una búsqueda de compañía, casi ternura.
    Los haustorios —esos órganos microscópicos cuyo nombre técnico no alcanza a describir su voracidad— se insertaron en el tejido de la Orquídea como quien clava una bandera en territorio conquistado, pero en silencio, sin ceremonia. La invasión fue tan sutil que durante semanas pudo confundirse con una caricia.
    El primer síntoma fue una leve pérdida de intensidad en el verde de las hojas. Algo que podría atribuirse al cambio de estación, a la calidad del agua, a esos múltiples azares que determinan la vida en un invernadero. La Orquídea, educada en la tradición de la paciencia, interpretó esa primera señal como una prueba más en el largo aprendizaje de la belleza.
    Pero la Enredadera, que había aprendido en otros invernaderos la ciencia de la apropiación gradual, no se conformaba con poco. Sus filamentos se multiplicaron siguiendo una progresión que habría interesado a los matemáticos: cada nuevo hilo duplicaba la capacidad de extracción del anterior. El amarillo de sus hilos se intensificaba a medida que el verde de la Orquídea palidecía, como si hubiera entre ambos colores un sistema de vasos comunicantes.
    Las otras plantas del invernadero —el Roble con su dignidad inmutable, las Calas con sus preocupaciones estéticas, la Dama de las Orquídeas con su aristocrática indiferencia— continuaron con sus rutinas. En los sistemas cerrados, la solidaridad suele ser un lujo que pocos pueden permitirse. Cada cual tenía suficiente con mantener su propia supervivencia para preocuparse por dramas ajenos.
    Hubo un momento —creo que fue un martes, aunque en los invernaderos todos los días se parecen— en que la Orquídea intentó un último gesto de independencia. Quiso abrir un capullo que había estado formándose durante semanas, esa promesa de color que justificaría todo el esfuerzo anterior. Pero el tallo, antes flexible como la juventud, crujió con el sonido seco de las cosas que se rompen sin remedio.
    La fusión era ya completa. La Enredadera había logrado lo que los filósofos llaman la perfecta apropiación del otro: transformar a la víctima en cómplice involuntario de su propia desaparición. Separar ahora ambas plantas habría requerido un cirujano, y en el invernadero no había más herramientas que la paciencia y el tiempo, esas dos formas gemelas de la crueldad.
    La Orquídea Mariposa, que había soñado con la vanidad de sus flores, se convirtió en una demostración involuntaria de que en ciertos sistemas la belleza y la destrucción pueden coexistir hasta volverse indistinguibles. Su existencia, que comenzó como una promesa, terminó como una advertencia.
    El invernadero continuó con su rutina de luz filtrada y silencios vegetales. Nadie escribió la crónica de lo ocurrido, nadie levantó un monumento a la Orquídea desaparecida. Solo quedó la lección, escrita en el lenguaje mudo de las plantas, para quien supiera leerla:
    En el gran invernadero del mundo, los guerreros más peligrosos son aquellos que llegan sin hacer ruido, que abrazan antes de estrangular, que convierten la cercanía en una forma perfecta de la soledad.
    Y así comenzó el tiempo de los Guerreros Marchitos.

  • 🪦🎩 El Cuerpo entre las Hojas

    Una Crónica del Subsuelo
    por Arthur Rojas

    “La música alta no ahoga la conciencia. Solo la adormece un poco más.”
    —Mister Atlas, Bitácora Nº 92

    I. El encargo incómodo

    Me buscaron con el tono de quien no quiere encontrar lo que pide.
    La llamada vino de la Comisión Juvenil de Interacciones Larvales —un nombre largo para un problema corto: gusanos adolescentes descontrolados. Habría una “reunión cultural” en el Criadero del Límite Sur. Me contrataron, oficialmente, como “observador neutral”.

    —Nada formal, Mister Atlas —dijeron los dos escarabajos burócratas que llegaron con formularios—. Solo para que su… presencia genere contención. Sin necesidad de intervenir.
    —¿Contención visual o moral? —pregunté, sin mirarles.
    —De la otra. La simbólica.

    Acepté. No por dinero, sino por un rumor que ya me zumbaba en los élitros: algo se estaba gestando entre las larvas. Algo que no olía a fiesta.

    II. Fiesta en la Cámara C

    La entrada al Criadero parecía un cráter iluminado con esporas de fuego.
    Música de alta frecuencia sacudía el aire como si los sonidos también quisieran eclosionar. Gusanos de todo tipo se deslizaban, retorcidos, riendo sin cutícula. Las hojas estaban cubiertas de manchas verdes con olor ácido.

    Algunos masticaban marihuana larval, fermentada en orina de abeja reina. Otros bebían licor de savia podrida. Unos más… simplemente reían sin razón.

    Yo, con bombín firme y bastón en mano, me detuve en la entrada. Me observaron como a una estatua vieja.

    —Ese es Mister Atlas —susurró uno—. ¿Por qué lo invitaron?

    No respondí. Preferí observar. El caos es más elocuente que la ira.

    Fue entonces cuando ocurrió.

    III. El hallazgo

    Un chillido atravesó la música.
    Una larva pequeña, de mirada opaca, retrocedió envuelta en una hoja: había tropezado con algo blando… y frío.

    Un cadáver.
    El cuerpo de un joven saltamontes, semienterrado bajo restos de musgo fresco.
    No tenía señales de defensa. Pero su rostro estaba inmóvil. No había sido aplastado. Había sido… silenciado.

    La reacción fue instantánea.

    —¿Quién lo invitó?
    —No es uno de los nuestros.
    —¡Podemos consumirlo antes de que se descomponga!

    Ya se abalanzaban sobre él cuando golpeé el suelo con mi bastón.

    —¡Alto!
    —¿Y tú qué? ¿El viejo de las reglas?

    Los miré con calma, ajusté mi monóculo y dije:

    —La justicia no depende de la lista de invitados.

    IV. Dotty entra en escena

    Fue entonces cuando ella apareció.

    Una mariquita roja, de alas pequeñas pero determinación visible. Se abrió paso entre las larvas.

    —¡No lo toquen! ¡Él se llamaba Linth! ¡Y era mi amigo!

    La música bajó levemente. Las esporas se atenuaron.
    Yo la observé. Su nombre era Dotty. Tenía mirada clara, memoria feromónica y una pulsera tejida con seda de duelo.

    —¿Lo conocías?
    —Sí. Él me dijo que vendría a esta fiesta, que sospechaba algo.
    —¿Sospechaba qué?
    —Que alguien aquí… tenía antecedentes. Que esta fiesta no era solo una fiesta.

    Y entonces lo supe.

    No era un asesinato casual.
    Era una ejecución selectiva. Una caza.

    V. Las autoridades quieren silencio

    Horas después, llegaron los supervisores del Criadero. Carabajos con antenas tensas y lenguaje neutro.

    —No fomentemos el pánico, Mister Atlas.
    —Esto puede interpretarse como un accidente.
    —El saltamontes… estaba solo. Tal vez cayó.
    —Y usted, con todo respeto, no tiene jurisdicción aquí.

    Yo asentí en silencio.
    Anoté en mi libreta.
    Jurisdicción es una palabra bonita para tapar la podredumbre.

    Dotty me acompañó hasta el borde del criadero.

    —¿Va a dejar que lo callen?
    —Mi querida Dotty —dije ajustando mi bombín—, si eso me detuviera, el subsuelo estaría lleno de cuerpos sin historia.
    VI. El rastro del gusano

    Dotty era mucho más que una amiga del saltamontes.
    Tenía un don raro entre los insectos sociales: memoria de rastros emocionales. Podía detectar, en los restos de una hoja, si quien la había pisado tenía miedo, rabia… o intenciones.

    —Este caparazón… fue movido. Después del crimen.
    —¿Cómo lo sabes?
    —Las feromonas no mienten. No si sabes escucharlas.

    Siguiendo sus indicaciones, hallamos una entrada lateral al criadero, usada por solo tres larvas esa noche. Dos estaban durmiendo…
    La tercera, no.

    Se trataba de un gusano albino, de gran tamaño, con manchas negras en forma de espina dorsal. Se hacía llamar Grax, y ya no estaba en el criadero.

    Había escapado por una fisura entre raíces, un espacio húmedo que se activaba solo durante la hora más calurosa del ciclo.

    —No es una salida común —dijo Dotty—.
    —No. Es algo peor —respondí—.
    Es un túnel larval de tipo Rosen-Einstein.

    VII. El agujero en la realidad

    Los túneles Rosen-Einstein eran vías vivas, conductos entre puntos no contiguos del subsuelo.
    Algunos los consideraban leyenda. Otros, crimen natural. Yo los llamaba por su nombre:

    Escapatorias para lo que el suelo ya no soporta.

    Grax, descubrimos, era fugitivo de al menos tres criaderos. Había devorado larvas, manipulado huevos ajenos, sembrado disturbios… y desaparecido cada vez justo antes de ser capturado.

    Siempre dejaba tras de sí una fiesta, un cadáver y una grieta abierta.

    Dotty tembló al saberlo.

    —¿Por qué lo encubrieron?
    —Porque si admiten que el asesino cruzó un túnel entre raíces, deben admitir que el suelo… ya no está unido.

    VIII. La resolución que nadie aplaudió

    El cuerpo del saltamontes fue honrado en una ceremonia de canto y silencio.
    Ninguna autoridad asistió. Pero Dotty leyó un mensaje que Linth le había dejado. Decía:

    “Si algo me ocurre, no busques venganza. Busca la causa. Porque nadie mata por gusto. Mata porque alguien le hizo creer que podía.”

    Presentamos el informe. Nadie lo refutó.
    Pero tampoco lo difundieron.
    Fue archivado en la Cámara Fría del Consejo de Biología Social.

    Yo sabía que el asesino se había perdido en la curvatura del subsuelo.
    Pero también sabía que dejó una larva suya en el criadero.
    Una que crecía rápido.
    Una que, algún día, volvería a cruzarse conmigo.

    IX. Epílogo: La mariquita de los símbolos

    Dotty vino a verme una semana después. Traía una hoja doblada y una expresión seria.

    —Quiero aprender. Quiero seguir.
    —¿El suelo no te asusta?
    —Me asusta más no entenderlo.

    Le extendí un segundo monóculo.
    No estaba calibrado para su ojo.
    Pero ella lo ajustó, lo giró… y sonrió.

    —Está borroso. Pero veo algo.
    —Eso es la verdad. Al principio… siempre lo está.

    “Porque si yo no sigo…
    ¿quién resolverá los crímenes en el Suelo?”

    —Mister Atlas

  • 🕯 Cantos del Plumas Negras

    Un caso de Mister Atlas y Dotty
    por Arthur Rojas

    “El mal no siempre grita; a veces susurra bajo tierra.”
    —Mister Atlas

    Capítulo I: La Fiesta Subterránea

    En una galería oculta bajo un alcornoque marchito, gusanos adolescentes celebraban una fiesta sin precedentes. Bailaban sobre hojas fermentadas de marihuana, iluminados por hongos fosforescentes y el eco grave de música vegetal. Pero la euforia se vio interrumpida cuando hallaron algo entre las sombras: el cadáver de un saltamontes que nadie había invitado.

    Los gusanos lo rodearon. Dudaron. Lo miraron…
    Y decidieron devorarlo.

    Fue entonces cuando llegó Mister Atlas, el escarabajo detective más distinguido del subsuelo, acompañado de su aprendiz, la intrépida mariquita Dotty. El crimen debía esclarecerse… y evitar un banquete caníbal era solo el comienzo.

    Capítulo II: La Sospecha y la Sombra

    La investigación reveló que el saltamontes había sido envenenado, y su muerte no era un accidente: había sido silenciado.
    Dotty encontró pistas que apuntaban a uno de los gusanos anfitriones, un tal Gudrek, quien llevaba meses evadiendo los túneles del Consejo de Invertebrados por crímenes similares.

    Atlas, con su sombrero pompin y monóculo impecable, sabía que las piezas aún no encajaban. Algo más grande se tejía detrás.

    Y tenía plumas.

    Capítulo III: Corvus Kuvaryi

    A lo lejos, desde una rama olvidada en el techo del túnel, un cuervo gigantesco los vigilaba.
    Su nombre: Corvus Kuvaryi.
    Su reputación: siniestra.

    Se había aliado con los gusanos, no por hambre, sino por estrategia. Enviaba mensajes, removía pruebas, ofrecía protección a cambio de silencio. Su graznido era la firma del miedo.

    Pero Mister Atlas no se dejaba intimidar por las sombras. Dotty, con su lupa de campo, había identificado marcas de garra en una roca cercana: el cuervo había intervenido directamente en el asesinato.

    El consejo quería cerrar el caso. Pero Atlas no obedecía la comodidad.
    Solo la verdad.

    Capítulo IV: El Juicio del Silencio

    En un acto de infiltración arriesgada, Dotty irrumpió en la caverna de fermentación donde se procesaban las hojas de marihuana. Allí descubrió algo atroz: las hojas no eran sólo droga recreativa… eran herramientas de control.

    Las hormigas bachaco habían empezado a modificar su conducta. Perdían individualidad. Se volvían obedientes. Estaban siendo adoctrinadas.

    Y detrás de todo…
    Belisaria.
    Una antigua reina hormiga, conectada por hilos de resina a un trono viviente, que soñaba con una colonia inter-especie esclava.

    Capítulo V: La Campanilla de Viento

    En la confrontación final, Atlas usó una campanilla de viento, artefacto antiguo cuya frecuencia espanta a los cuervos.
    Corvus cayó del aire como un espectro sin alas, perdiéndose en lo más profundo del túnel.

    Belisaria, herida por el zumbido de la verdad, fue dejada suspendida en su propia red, como un recordatorio para las generaciones futuras.

    Capítulo VI: El Sueño de Aelith

    Una hormiga llamada Aelith se atrevió a hacer la pregunta prohibida:
    “¿Quién soy yo?”

    Y al soñar, recordó que alguna vez su especie voló.
    Belisaria había suprimido esa memoria.

    Pero el canto de Aelith despertó algo dormido en todas las obreras.

    Y así, el silencio fue reemplazado por el susurro de alas invisibles.

    Epílogo: Bajo otra Hoja

    En lo profundo, alguien más observaba el fin de Belisaria con satisfacción contenida.

    No era hormiga.
    No era cuervo.
    Era una oruga.
    Pero no cualquiera…

    Se hacía llamar El Gringo,
    aunque su nombre real era Eloryo Noyesi.

    Mordía hojas de coca sin sufrir daño.
    Y con ellas tejía el siguiente negocio.

    —Nos veremos pronto, Mister Atlas —susurró en la oscuridad.

    F I N

  • El Viajero Sin Equipaje
    Zulan Polaris llegó a Sevilla en una mañana de abril cuando los naranjos perfumaban las calles estrechas del barrio de Santa Cruz. Su equipaje consistía únicamente en una pequeña mochila de lona desgastada que parecía contener apenas lo indispensable. Lo que nadie sabía era que Zulan no necesitaba equipaje: él se convertía en el lugar que visitaba.
    A los tres días de su llegada, ya caminaba por las calles empedradas con el paso pausado de un sevillano nato. Había adoptado la costumbre de la sobremesa, esas largas conversaciones después del almuerzo donde se desgranaban las pequeñas filosofías de la vida cotidiana. En la taberna de Manolo, frente a la Giralda, escuchaba las quejas de los parroquianos sobre el turismo masivo, la pérdida de las tradiciones, la invasión de las franquicias extranjeras.
    —Aquí ya no queda nada auténtico —se lamentaba Esperanza, la camarera de toda la vida—. Todo es para los guiris.
    Zulan, que ya había adoptado el acento andaluz con esa musicalidad que convertía las palabras en canciones, se acercó a ella con una sonrisa.
    —¿Nada auténtico? —preguntó, señalando hacia la calle—. ¿Y esa señora que todas las mañanas riega sus macetas mientras silba bulerías? ¿Y el olor a azahar que se cuela por tu ventana cada amanecer? ¿Y la forma en que tu mano conoce exactamente el punto perfecto para servir la manzanilla?
    Esperanza se quedó callada, observando sus propias manos como si las viera por primera vez.
    Durante las semanas siguientes, Zulan documentó para sus seguidores la magia oculta de Sevilla: las tertulias en los patios de vecinos, el arte de preparar el gazpacho con el punto exacto de ajo, la manera en que los flamencos improvisaban coplas que narraban historias universales. Su cámara capturaba no solo lo que veían sus ojos, sino lo que su corazón adoptado de sevillano sentía.
    Cuando llegó la hora de partir, Esperanza le regaló una botella de manzanilla.
    —Para que no se te olvide el sabor de tu tierra —le dijo.
    Zulan sonrió. Todas las tierras se habían convertido en su tierra.
    Lisboa lo recibió con una llovizna suave que convertía los adoquines en espejos. En el Bairro Alto, Zulan se instaló en una pensión regentada por Dona Conceição, una viuda que había perdido a su marido en la pesca del bacalao. Allí, entre las paredes decoradas con azulejos desconchados y fotografías amarillentas, Zulan absorbió la esencia melancólica del fado.
    Su piel se volvió ligeramente más pálida, sus gestos más contenidos, sus ojos adquirieron esa mirada nostálgica que caracteriza a los lisboetas. Aprendió a cocinar bacalhau à brás mientras Dona Conceição le contaba historias de navegantes que partían sin saber si regresarían.
    —Portugal es un país de ausencias —le explicaba la anciana—. Sempre esperando a alguien que não volta.
    Zulan entendió que el saudade no era simplemente nostalgia, sino una forma de amor que se alimentaba de la distancia. En sus transmisiones nocturnas, desde las escalinatas del Chiado, explicaba a su audiencia online cómo los portugueses habían convertido la melancolía en arte.
    —Escuchen —susurraba a la cámara mientras de fondo se escuchaba una guitarra portuguesa—. Esto no es tristeza. Esto es la belleza de sentir profundamente, de convertir la ausencia en presencia.
    Sus seguidores aumentaron exponencialmente. Los comentarios llegaban desde todos los continentes: “Nunca entendí Portugal hasta verte”, “Haces que quiera visitar lugares que ni sabía que existían”, “Eres como un traductor del alma de los pueblos”.
    En Roma, Zulan se transformó en un romano más, gesticulando con las manos mientras hablaba, adoptando esa pasión teatral que convertía cualquier conversación en un espectáculo. Se instaló en Trastevere, donde las calles estrechas guardaban secretos milenarios entre sus piedras.
    Lorenzo, el dueño de la trattoria donde Zulan almorzaba diariamente, se quejaba de la pérdida de la tradición culinaria.
    —Ya nadie sabe hacer una carbonara como Dio comanda —protestaba—. Ponen crema, ponen pollo, ponen de todo menos respeto por la tradición.
    Zulan, que ya había perfeccionado el arte de la carbonara perfecta —solo huevo, queso, guanciale y pimienta—, convenció a Lorenzo de que le permitiera documentar la preparación.
    —La tradición no se pierde si se enseña con amor —le dijo, mientras la cámara capturaba cada gesto de las manos expertas del viejo cocinero—. Usted no está preparando solo pasta. Está transmitiendo siglos de sabiduría.
    El video se volvió viral. Lorenzo recibió mensajes de italianos que vivían en el extranjero, agradecidos por recordarles el sabor de casa. Algunos hasta hicieron el viaje de regreso solo para probar su carbonara.
    En las noches romanas, Zulan paseaba por el Ponte Sant’Angelo, transmitiendo en vivo mientras las luces doradas se reflejaban en el Tíber. Sus palabras, pronunciadas con el acento romano que había adoptado naturalmente, convertían la ciudad eterna en una revelación contemporánea.
    Rusia Central lo recibió con un invierno que parecía eterno. En Yaroslavl, pequeña ciudad a orillas del Volga, Zulan se instaló en casa de Dmitri, un profesor de literatura jubilado que había decidido alquilar una habitación para combatir la soledad.
    El frío transformó su piel en porcelana, sus ojos se volvieron más profundos, más reflexivos. Aprendió a beber té del samovar mientras contemplaba las cúpulas doradas de las iglesias ortodoxas cubiertas de nieve. Su ruso, que había adquirido con una fluidez misteriosa, se volvió poético, cargado de esa melancolía filosófica que caracteriza el alma eslava.
    Dmitri se lamentaba de que los jóvenes ya no leían a Pushkin, de que la tradición se perdía en la modernidad.
    —Rusia es un enigma envuelto en misterio —citaba Churchill mientras servía borscht casero—. Pero los rusos de ahora ni siquiera entienden su propio enigma.
    Zulan, envuelto en un abrigo de lana que parecía haber pertenecido a su familia durante generaciones, organizó noches de lectura en el pequeño café del pueblo. Leía fragmentos de Tolstoi y Dostoyevski mientras la nieve caía silenciosa tras las ventanas empañadas. Su audiencia online, fascinada, asistía a estas sesiones virtuales donde la literatura rusa cobraba vida en la voz de alguien que parecía haber nacido en las estepas.
    —La belleza de Rusia —explicaba a la cámara— no está en sus palacios o sus iglesias. Está en la capacidad de encontrar profundidad en el sufrimiento, poesía en la resistencia.
    Estados Unidos lo desafió de manera diferente. En cada ciudad que visitaba —Nueva York, Nueva Orleans, Austin, San Francisco— Zulan adoptaba no solo el acento local, sino también los gestos, las preocupaciones, incluso las posturas políticas de cada región. En Manhattan se volvió rápido y ambicioso, en Nueva Orleans melancólico y musical, en Austin relajado y creativo, en San Francisco tecnológico y ecológico.
    Sus transmisiones desde Estados Unidos mostraron una faceta de su don que nadie había visto antes: su capacidad de encarnar las contradicciones internas de una nación. En un solo día podía transmitir desde un diner en Alabama, adoptando el acento sureño y defendiendo la tradición local, y por la noche estar en un café de Seattle, hablando con la pasión de un activista de la costa oeste.
    Sus seguidores se dividieron. Algunos lo acusaron de inconsistencia, otros de oportunismo. Pero la mayoría entendió que Zulan no estaba siendo falso: estaba siendo auténticamente americano, con todas sus contradicciones.
    México lo sedujo con su sincretismo cultural. En Oaxaca, Zulan se sumergió en el mundo de las tradiciones indígenas mestizadas con la herencia española. Su piel se bronceó, sus gestos se volvieron más expresivos, sus ojos adquirieron esa calidez que caracteriza la hospitalidad mexicana.
    Aprendió a preparar mole con Doña Carmen, una cocinera que guardaba recetas de siete generaciones. El proceso, que duraba días enteros, se convirtió en una meditación sobre la paciencia y la tradición.
    —El mole no se puede hacer con prisa —le explicaba Doña Carmen mientras tostaba chiles en el comal—. Cada ingrediente tiene su tiempo, su momento. Como la vida.
    Zulan documentó no solo la preparación del mole, sino la filosofía que lo sustentaba: la unión de opuestos, la armonía de sabores contrastantes, la paciencia como virtud culinaria. Sus transmisiones desde Oaxaca mostraron los mercados llenos de colores, los tejedores zapotecas, las ceremonias donde lo sagrado y lo cotidiano se fundían sin fisuras.
    En las noches oaxaqueñas, Zulan participaba en las tertuliadas del zócalo, donde los lugareños se reunían a conversar bajo las estrellas. Su español había adoptado los giros poéticos del castellano mexicano, y sus historias de viajes por el mundo se volvían leyendas que los niños pedían que les repitiera.
    Fue en Moldavia donde todo cambió.
    Este país ficticio, ubicado entre las fronteras difusas de Europa del Este, era un crisol de conflictos étnicos, religiosos y políticos. Cuatro grupos principales se disputaban la legitimidad histórica: los moldavos ortodoxos, los hungaros católicos, los romaníes nómadas y los rusos establecidos durante la época soviética. Cada grupo tenía su propia versión de la historia, sus propios héroes y villanos, sus propias justificaciones para el resentimiento.
    Zulan llegó a Bratislava, la capital, en un tren desvencijado que atravesaba paisajes grises salpicados de fábricas abandonadas. Su equipaje, como siempre, era mínimo: una mochila que contenía solo su cámara, un cargador y un cuaderno de notas.
    En el primer día, mientras paseaba por el mercado central, Zulan comenzó su transformación habitual. Pero algo extraño sucedió: su piel no se adaptó completamente a ningún grupo étnico, sus rasgos permanecieron ambiguos, su acento adoptó matices de los cuatro idiomas locales simultáneamente. Era como si Moldavia fuera tan fragmentada que ni siquiera él pudiera establecer una identidad única.
    Esto, lejos de ser un problema, se convirtió en su mayor fortaleza. Cada grupo lo reclamó como propio. Los moldavos juraban que tenía sangre ortodoxa, los húngaros reconocían en él rasgos magiares, los romaníes lo adoptaron como hermano de ruta, y los rusos vieron en él a un compatriota que había vivido en el extranjero.
    Sus transmisiones desde Moldavia fueron las más impactantes de su carrera. Mostró la belleza oculta de un país desangrado por el conflicto: las danzas tradicionales que todos los grupos compartían sin saberlo, los platos que habían evolucionado mezclando influencias, los niños que jugaban juntos antes de que los adultos les enseñaran a odiarse.
    —Miren —decía a la cámara mientras filmaba un festival local—. Moldavia no es cuatro países en uno. Es un país que contiene cuatro formas de ser moldavo.
    Pero precisamente esa capacidad de ver unidad en la diversidad fue lo que lo perdió.
    Las autoridades comenzaron a sospechar cuando notaron que Zulan tenía acceso a información de todos los grupos. Sus transmisiones mostraban detalles que solo un infiltrado podría conocer: las ceremonias secretas de los romaníes, las reuniones políticas de los húngaros, los rituales ortodoxos de los moldavos, las nostalgias soviéticas de los rusos.
    El coronel Petrov, jefe de la policía secreta, convocó una reunión con los líderes de los cuatro grupos.
    —Este hombre es peligroso —les dijo—. Conoce demasiado de todos nosotros. Nadie puede ser tan… neutral.
    Cada líder tenía sus propias sospechas. Para los moldavos, Zulan era un agente húngaro. Para los húngaros, un espía moldavo. Para los romaníes, un infiltrado sedentario. Para los rusos, un provocador occidental.
    La evidencia se acumuló de manera perversa. Sus videos, que mostraban la belleza de cada cultura, fueron reinterpretados como mapas de reconocimiento. Sus entrevistas con ancianos se volvieron interrogatorios de espionaje. Su capacidad de hablar todos los idiomas locales se convirtió en prueba de entrenamiento militar.
    El día que Zulan anunció su partida, lo detuvieron en el aeropuerto.
    El juicio fue un espectáculo mediático. Representantes de los cuatro grupos se unieron por primera vez en décadas, pero solo para acusar a Zulan de traición múltiple. Las mismas cualidades que lo habían hecho querido se volvieron contra él: su capacidad de adaptación se interpretó como manipulación, su amor por las tradiciones como estrategia de infiltración, su neutralidad como una forma sofisticada de espionaje.
    —Señores del jurado —dijo el fiscal—. Este hombre ha logrado algo que creíamos imposible: ha unido a nuestros cuatro pueblos. Pero nos ha unido en su contra. ¿No es esto prueba suficiente de su peligrosidad?
    Zulan se defendió con palabras simples:
    —Yo no soy espía de nadie porque soy ciudadano de todos. No represento a ningún gobierno porque mi patria es la humanidad completa. Mi único crimen ha sido amarlos a todos por igual.
    Pero en un país donde el amor tenía que ser exclusivo, donde la pertenencia era una guerra de suma cero, las palabras de Zulan sonaron como la confesión de un criminal.
    Lo condenaron a muerte por “espionaje cultural múltiple”, un delito que inventaron específicamente para él.
    La noche antes de la ejecución, Zulan escribió en su celda:
    “He viajado por el mundo sin equipaje, y me voy de él de la misma manera. Pero llevo conmigo todos los sabores que probé, todas las canciones que aprendí, todas las lágrimas que enjugué. Si esto es crimen, entonces la humanidad es culpable de existir.”
    Su última transmisión, grabada en secreto por un guardia que había sido tocado por su historia, se volvió viral después de su muerte. En ella, Zulan aparecía transformado una vez más: ya no era moldavo, ni húngaro, ni romaní, ni ruso. Era simplemente humano, con todos los colores del mundo reflejados en sus ojos.
    “La frontera más difícil de cruzar”, decía mirando directamente a la cámara, “no está entre países. Está entre corazones que han olvidado que todos latimos al mismo ritmo.”
    Cuando lo ejecutaron al amanecer, dicen que su última transformación fue la más hermosa de todas: se convirtió en luz, en memoria, en la pregunta incómoda que seguiría resonando en las consciencias de quienes lo condenaron.
    Moldavia siguió fragmentada, pero algo había cambiado. En los mercados, algunos vendedores comenzaron a aprender palabras en los idiomas de los otros grupos. En las escuelas, algunos niños preguntaban por qué no podían tener amigos de otros barrios. En las noches, algunos adultos se despertaban con la sensación de haber perdido algo precioso que no sabían que tenían.
    Zulan Polaris había partido sin equipaje, como había vivido. Pero dejó algo más valioso que cualquier posesión: la semilla de la duda sobre la necesidad del odio, la posibilidad de que la diferencia no fuera amenaza sino regalo.
    Su historia se convirtió en leyenda, y su leyenda en pregunta: ¿Y si el extranjero que tememos no viene a robarnos nuestra identidad, sino a recordarnos que la humanidad es más grande que nuestros miedos?
    En algún lugar del mundo, dicen, hay todavía viajeros sin equipaje que llegan a los pueblos para mostrarles la belleza que ya tienen. Pero ahora, la gente ha aprendido a reconocerlos… y a temerlos.
    Fin

  • Las Nieves del Corazón
    Por: Arthur Rojas

    En las alturas del Pico Karakol, donde el aire se vuelve cristal y el silencio tiene peso, vivía Kadisha con los recuerdos congelados en su corazón como las nieves eternas de las cumbres. Hacía doce años que había sido víctima del Ala Kachuu, la tradición ancestral que había convertido su vida en una jaula dorada entre los riscos más hermosos del mundo.
    Kadisha era una leopardo de las nieves de pelaje moteado como las estrellas nocturnas, con esos ojos verdes que parecían guardar secretos de glaciares milenarios. Su cola, extraordinariamente larga y esponjosa, la envolvía como una bufanda natural cuando las ventiscas del Pamir azotaban las rocas. Pero esa cola, que debería haber sido símbolo de libertad y equilibrio en los saltos entre precipicios, se había convertido en el recordatorio de su cautiverio.
    A los dos años de edad, cuando los leopardos jóvenes comienzan a explorar territorios propios, Kadisha había conocido a Umar en los glaciares que se extienden entre el Nansen y la Pirámide. Umar era un macho magnífico, con el pelaje gris plateado como la neblina del amanecer y una presencia que hacía que las montañas mismas parecieran inclinarse ante él. Sus ojos dorados tenían la profundidad de los valles ocultos, y cuando rugía, el eco resonaba por toda la cordillera de Zaalai como un canto de libertad.
    El cortejo había sido perfecto: persecuciones juguetonas por las laderas nevadas, saltos sincronizados entre las rocas, el compartir presas cazadas bajo la luz plateada de la luna. Umar le había mostrado cuevas secretas donde las paredes brillaban con cristales de hielo, y ella le había enseñado senderos ocultos que solo su familia conocía. Era el amor como debía ser: libre, salvaje, elegido.
    Pero la tradición es más fuerte que las montañas.
    Una madrugada, cuando Kadisha descansaba en una cornisa soleada del Karakol, tres leopardos machos de la cordillera Turkestán la rodearon. El líder, Bakyt, era un ejemplar imponente pero de mirada fría, conocido por su fuerza bruta y su adherencia ciega a las costumbres ancestrales.
    —Según la tradición del Ala Kachuu —rugió Bakyt—, te reclamo como pareja. Resistir es inútil. Tu familia ya ha sido notificada.
    Kadisha intentó huir, sus poderosas patas traseras impulsándola hacia los riscos más altos, su cola ondulando como una bandera de resistencia. Pero eran tres contra una, y conocían el territorio tan bien como ella. La acorralaron en un desfiladero sin salida, donde las paredes de roca se alzaban verticales hacia el cielo plomizo.
    —¡Esto no es amor! —gritó Kadisha, su aliento formando nubes en el aire helado—. ¡Esto es robo!
    —Es tradición —respondió Bakyt con indiferencia—. Nuestros ancestros lo hicieron así durante mil años. ¿Quién eres tú para cambiar las costumbres que han mantenido fuerte a nuestro pueblo?
    La llevaron a los territorios de Turkestán, donde la familia de Bakyt la recibió con una mezcla de ceremonia y compasión fingida. Las hembras mayores, que habían sufrido el mismo destino décadas atrás, le susurraban que el tiempo haría más fácil la aceptación, que eventualmente encontraría paz en su nueva vida.
    —Al principio todas lloramos —le dijo Gulnara, la madre de Bakyt, con voz cansada—. Pero después nos acostumbramos. Es mejor no resistir.
    Pero Kadisha nunca se acostumbró. Durante meses, esperó una oportunidad de escape que nunca llegó. Bakyt la vigilaba constantemente, y cuando nació su primera camada —dos cachorros que llevaban sus genes pero no su elección—, se dio cuenta de que las cadenas invisibles se habían vuelto irrompibles.
    Umar la buscó. Sus rugidos desesperados resonaron por todas las cordilleras durante las noches de luna llena. Algunos decían haberlo visto vagando por los picos más altos, llamándola con una voz que partía el corazón. Pero el territorio de Turkestán estaba bien guardado, y los machos de la familia de Bakyt formaron patrullas para mantener alejado al intruso.
    Con el tiempo, Umar desapareció. Algunos rumores decían que había muerto de pena, otros que había migrado hacia las montañas del Tíbet. Kadisha prefería creer que seguía vivo, libre en algún lugar donde las tradiciones no pudieran alcanzarlo.
    Doce años después, en el mismo territorio del Karakol, nació Jamilya.
    Era la nieta de Kadisha, hija de una de aquellas crías forzadas que ahora era una hembra adulta llamada Aida. Jamilya había heredado la belleza de su abuela —el pelaje moteado como constelaciones, los ojos verdes intensos, la cola magníficamente larga— pero también algo más: un espíritu indomable que no conocía el significado de la rendición.
    Desde cachorra, Jamilya había escuchado susurros sobre el Ala Kachuu. Las hembras de la familia hablaban de ello en voz baja, como de una enfermedad inevitable que atacaría cuando llegara su momento reproductivo.
    —Es así como se hacen las cosas —le había explicado Aida, su madre, con resignación—. Cuando tengas dos años, vendrán por ti. Es mejor aceptarlo desde ahora.
    Pero Jamilya tenía ideas diferentes.
    —¿Y si no quiero? —preguntaba, sus ojos verdes brillando con desafío.
    —No es cuestión de querer —suspiraba Aida—. Es tradición.
    —Entonces la tradición está equivocada.
    A los dieciocho meses, Jamilya ya era una cazadora formidable. Sus saltos entre riscos eran legendarios, su agilidad en las laderas heladas desafiaba las leyes de la gravedad. Había explorado cuevas que ningún leopardo había pisado, había escalado picos que se consideraban inaccesibles. Su territorio se extendía desde el Karakol hasta las estribaciones del Nansen, y conocía cada grieta, cada cornisa, cada refugio secreto.
    Cuando los susurros familiares se volvieron más urgentes —las hembras mayores comenzaron a hablar de “preparar” a Jamilya para su “destino”—, ella tomó una decisión que sorprendió a todos: en lugar de esperar pasivamente a ser raptada, se declaró públicamente rebelde.
    —No permitiré que ningún macho me reclame sin mi consentimiento —anunció desde la cornisa más alta del Karakol, su voz resonando por todo el valle—. Prefiero morir libre que vivir cautiva.
    La noticia se extendió como un incendio por todas las cordilleras. Las familias tradicionales estaban escandalizadas. ¿Cómo se atrevía una hembra joven a desafiar costumbres milenarias? Los machos eligibles se sintieron insultados. ¿Quién era ella para rechazarlos antes de que siquiera la cortejaran?
    Pero también había otros que susurraban con admiración sobre la audacia de Jamilya. Algunas hembras jóvenes comenzaron a preguntarse en secreto si ellas también podrían elegir su destino.
    El desafío de Jamilya no podía quedar sin respuesta.
    Fue Tamerlan, un macho joven de la cordillera Turkestán, quien decidió “enseñarle una lección” a la rebelde. Era nieto de Bakyt, criado con las mismas ideas inflexibles sobre la tradición y el orden social. Alto y fuerte, con cicatrices que hablaban de batallas territoriales, Tamerlan se consideraba a sí mismo como el restaurador del orden ancestral.
    —Esta Jamilya necesita aprender cuál es su lugar —le dijo a sus compañeros—. Si permitimos que una hembra desafíe el Ala Kachuu, pronto todas querrán elegir por sí mismas. Eso sería el fin de nuestras tradiciones.
    Planeó el secuestro como una campaña militar. Estudió los movimientos de Jamilya durante semanas, cartografió sus rutas favoritas, identificó los puntos donde sería más vulnerable. Reclutó a tres machos jóvenes para que lo ayudaran, prometiéndoles que cuando él se estableciera como el macho que había domado a la rebelde más famosa de las montañas, ellos también ganarían prestigio.
    El ataque llegó en una mañana de ventisca, cuando la nieve caía tan densa que reducía la visibilidad a pocos metros. Jamilya estaba cazando una liebre de montaña en las laderas del Nansen cuando los cuatro machos emergieron de la tormenta como fantasmas grises.
    —Jamilya de Karakol —rugió Tamerlan—, por la tradición del Ala Kachuu, te reclamo como pareja. Tu resistencia ha terminado.
    Pero Jamilya no era Kadisha. Doce años de evolución, de oír historias susurradas sobre la injusticia, de crecer con la semilla de la rebelión plantada en su corazón, habían creado algo nuevo: una leopardo que prefería la muerte a la sumisión.
    —Tendrás que matarme primero —siseó, sus ojos verdes brillando como esmeraldas en la tormenta.
    Lo que siguió fue una persecución épica que se extendió por tres cordilleras.
    Jamilya saltó desde la cornisa donde la habían acorralado, usando su cola larga como timón para navegar entre las rocas cubiertas de hielo. Sus perseguidores la siguieron, pero ella conocía el terreno mejor que nadie. Los llevó por senderos traicioneros donde una pata mal colocada significaba una caída mortal, los desafió en escaladas verticales donde su agilidad superior la convertía en inalcanzable.
    Durante horas, la persecución continuó. Jamilya saltaba de risco en risco como una flecha gris moteada, su respiración formando nubes de vapor en el aire helado. Detrás de ella, Tamerlan y sus compañeros la seguían con determinación feroz, sus rugidos de frustración resonando entre las montañas.
    La ventisca arreció. La nieve caía ahora en cortinas impenetrables, y el viento aullaba entre los picos como la voz de los espíritus antiguos. Jamilya se encontró en territorio desconocido, más allá del Nansen, en regiones que solo existían en las leyendas que su abuela le había contado cuando era cachorra.
    Fue entonces cuando apareció él.
    Emergió de la tormenta como una visión, un leopardo macho de tamaño imponente cuyo pelaje gris plateado parecía fusionarse con la nieve y la neblina. Sus ojos dorados brillaban con una sabiduría que hablaba de décadas de vida en las alturas más extremas de las montañas. A pesar de su edad evidente, se movía con una gracia y poder que hicieron que incluso la tormenta pareciera detenerse a su paso.
    —¿Quién osa perseguir a una hembra que no desea ser perseguida? —rugió, y su voz tenía la autoridad de los glaciares milenarios.
    Tamerlan se detuvo en seco, sorprendido por la aparición del desconocido.
    —Soy Tamerlan de Turkestán, y reclamo a esta hembra por derecho tradicional —respondió, aunque su voz traicionaba una incertidumbre que no había mostrado antes.
    El leopardo viejo lo miró con una expresión que mezclaba desprecio y una tristeza profunda.
    —Yo soy Umar —dijo simplemente—. Y he venido a terminar con una injusticia que comenzó hace doce años.
    Jamilya sintió que algo en su pecho se expandía como el aire frío de las montañas. Había algo en este Umar que la tranquilizaba y la emocionaba a la vez. Su presencia emanaba una fuerza que no necesitaba demostración, una autoridad que nacía no del miedo sino del respeto.
    —La tradición no puede ser desafiada por un viejo solitario —gruñó Tamerlan, aunque sus compañeros comenzaron a retroceder instintivamente.
    —¿Tradición? —Umar se acercó lentamente, y cada paso parecía hacer temblar la montaña—. Yo te enseñaré lo que es la verdadera tradición de estas montañas.
    Lo que siguió fue una demostración de poder que ninguno de los presentes olvidaría jamás. A pesar de su edad, Umar se movía con una velocidad y precisión que desafiaban la lógica. No necesitó violencia; su mera presencia, la autoridad natural que emanaba, fue suficiente para que Tamerlan y sus compañeros comprendieran que estaban frente a algo que trascendía sus pequeñas concepciones sobre el poder y la tradición.
    —Vete —le dijo Umar a Tamerlan—. Y lleva este mensaje a todos los que creen que la fuerza puede reemplazar al amor: las montañas no olvidan. Y algunos de nosotros hemos aprendido que hay cosas más importantes que las costumbres de los cobardes.
    Los cuatro machos jóvenes se alejaron en la ventisca, sus figuras desvaneciéndose como sombras avergonzadas.
    Umar se volvió hacia Jamilya, y en sus ojos dorados ella vio algo que la llenó de una calidez inexplicable.
    —Pequeña rebelde —le dijo con suavidad—, hay alguien que necesita conocerte. Alguien que ha esperado doce años para ver que su sufrimiento no fue en vano.
    El viaje de regreso al Karakol fue como un sueño. Umar guió a Jamilya por senderos que ella nunca había visto, rutas secretas que parecían haber sido talladas por los vientos antiguos. Mientras caminaban, él le contó su historia: cómo había amado a una joven llamada Kadisha, cómo la había perdido por la crueldad de las tradiciones, cómo había pasado doce años vagando por las montañas más remotas, llevando en su corazón el peso de no haber podido salvarla.
    —¿Kadisha? —murmuró Jamilya—. Ese es el nombre de mi abuela.
    Umar se detuvo en seco, y por un momento pareció que todas las nieves de las montañas se habían cristalizado en el aire entre ellos.
    —Tu abuela —repitió lentamente—. Doce años… sí, sería la edad correcta.
    El resto del viaje lo hicieron en silencio, pero era un silencio cargado de revelaciones que pugnaban por emerger como los manantiales que brotan del deshielo.
    Llegaron al territorio de Kadisha al atardecer, cuando las montañas se teñían de rosa y oro bajo los últimos rayos del sol. La anciana leopardo estaba en su cornisa favorita, contemplando el valle como había hecho durante doce años, su cola larga envuelta alrededor de su cuerpo como un manto de resignación.
    Cuando vio acercarse a Jamilya acompañada de la figura imponente de Umar, Kadisha se incorporó lentamente. Sus ojos verdes, idénticos a los de su nieta, se llenaron primero de confusión, luego de incredulidad, y finalmente de una emoción tan intensa que hizo que todo su cuerpo temblara.
    —No puede ser —susurró—. Los muertos no regresan de las montañas.
    —No estoy muerto, Kadisha —dijo Umar, su voz quebrándose por primera vez en doce años—. Solo… esperando.
    Se acercó lentamente, como si temiera que ella fuera un espejismo que se desvanecería al menor movimiento brusco. Kadisha no se movió, pero sus ojos siguieron cada paso, reconociendo en ese leopardo envejecido pero magnífico al joven que había amado con todo su corazón doce años atrás.
    —Te busqué —continuó Umar—. Durante años, recorrí cada montaña, cada valle, cada cueva. Pero ellos te habían escondido bien.
    —Yo también te busqué —confesó Kadisha, las lágrimas congelándose en sus ojos—. En cada rugido que escuchaba en las noches de tormenta, en cada sombra que se movía entre los riscos. Pensé que habías muerto.
    Jamilya observaba la escena con una mezcla de asombro y comprensión que crecía como una avalancha en su pecho. Los pedazos del rompecabezas familiar comenzaron a encajar: las miradas distantes de su abuela, las historias susurradas sobre injusticias del pasado, la tristeza que nunca parecía abandonar completamente los ojos verdes que había heredado.
    —Abuela —dijo suavemente—, ¿él es…?
    —El amor de mi vida —completó Kadisha, su voz apenas un susurro que el viento de la montaña casi se llevó—. El que debería haber sido tu abuelo.
    Umar se acercó más, hasta que su aliento se mezcló con el de Kadisha en nubes de vapor que se alzaron hacia las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo púrpura.
    —No pude salvarte entonces —le dijo—. Era joven, inexperto, no entendía cómo combatir un sistema completo. Pero cuando escuché sobre Jamilya, sobre su rebelión, sobre su negativa a aceptar lo que tú tuviste que aceptar… supe que era mi oportunidad de reparar el error más grande de mi vida.
    —No salvándome a mí —murmuró Kadisha—, sino salvando a ella.
    —Salvándolas a ambas —corrigió Umar—. Porque liberando a Jamilya, te libero a ti del peso de haber vivido en vano.
    Kadisha se acercó a su nieta, y por primera vez en su vida adulta, Jamilya vio en los ojos de su abuela algo que nunca había estado allí antes: esperanza.
    —Pequeña rebelde —le dijo Kadisha, usando el mismo apodo cariñoso que Umar había empleado—, ¿sabes lo que has logrado?
    —He logrado no ser secuestrada —respondió Jamilya con una sonrisa—. Eso ya me parece suficiente.
    —Has logrado mucho más que eso —intervino Umar—. Has demostrado que las tradiciones pueden cambiarse. Que el amor no puede ser forzado. Que una hembra tiene derecho a elegir su destino.
    —Pero sobre todo —añadió Kadisha, acercándose a Umar hasta que sus pelajes se rozaron como no lo habían hecho en doce años—, has logrado que dos corazones que fueron separados por la crueldad vuelvan a encontrarse. Has demostrado que el poder inmarcesible de la naturaleza siempre encuentra una forma de triunfar sobre las tradiciones equivocadas.
    Los tres leopardos permanecieron juntos en la cornisa mientras la noche se extendía sobre las montañas Pamir. Las estrellas aparecieron una por una, creando constelaciones que parecían narrar historias de amor, pérdida y redención. A lo lejos, los picos Karakol, Nansen y Pirámide se alzaban como centinelas silenciosos, testigos de un momento que cambiaría para siempre el destino de los leopardos de las nieves en esas cordilleras.
    —¿Qué pasará ahora? —preguntó Jamilya.
    —Ahora —respondió Umar— viviremos. Viviremos como deberíamos haber vivido desde el principio: libres, juntos, eligiendo nuestro propio camino.
    —¿Y la tradición del Ala Kachuu?
    Kadisha miró hacia las montañas donde otras hembras jóvenes seguramente estaban durmiendo, soñando quizá con futuros que creían no poder elegir.
    —La tradición morirá —dijo con certeza—. Porque tu ejemplo, pequeña rebelde, será contado de generación en generación. Las hembras jóvenes sabrán que pueden decir no. Los machos jóvenes aprenderán que el amor verdadero no se toma por la fuerza.
    —Y nosotros —añadió Umar, envolviendo a ambas hembras con su presencia protectora— estaremos aquí para asegurarnos de que cualquier leopardo que quiera ser libre tenga la oportunidad de serlo.
    Jamilya sintió una plenitud que no sabía que existía. No había encontrado aún el amor romántico, pero había encontrado algo igualmente valioso: la certeza de que cuando llegara ese amor, sería elegido libremente. Había encontrado la historia completa de su familia, las razones detrás de las tristezas susurradas, la explicación de por qué siempre había sentido que su rebelión era más que simple terquedad juvenil.
    —Todo por lo que he luchado tiene sentido —murmuró, sus palabras llevadas por el viento hacia los valles donde otros leopardos dormían—. Esto es la vida. Esto es por lo que vale la pena luchar.
    Las montañas Pamir habían sido testigos de muchas historias a lo largo de los milenios: glaciaciones que habían tallado valles, avalanchas que habían cambiado el curso de ríos, tormentas que habían modificado la forma de los picos. Pero esa noche, fueron testigos de algo diferente: el momento en que el amor verdadero demostró ser más fuerte que las tradiciones injustas, en que tres generaciones se unieron para cambiar el destino de todas las que vendrían después.
    En algún lugar de las cordilleras Zaalai y Turkestán, otros leopardos de las nieves sintieron un cambio en el viento. No sabían exactamente qué había cambiado, pero algo en el aire hablaba de libertad, de elección, de la posibilidad de que las cosas pudieran ser diferentes.
    Y en la cornisa más alta del Pico Karakol, tres leopardos permanecieron despiertos hasta el amanecer, planeando un futuro donde ninguna hembra tendría que aceptar un destino que no eligiera, donde ningún macho creería que tenía derecho a tomar lo que no se le ofrecía libremente, donde el amor sería siempre una elección y nunca una imposición.
    Las nieves del corazón, congeladas durante doce años, finalmente comenzaron a derretirse, alimentando manantiales de esperanza que fluirían hacia todas las montañas donde los leopardos corrían libres bajo las estrellas infinitas.
    Epílogo
    Años después, cuando los cachorros de las nuevas generaciones preguntaban por qué ya no se practicaba el Ala Kachuu, sus madres les contaban la historia de Jamilya la Rebelde, de Kadisha la Sufriente, y de Umar el Redentor. Les hablaban de cómo el amor verdadero había esperado doce años para triunfar, de cómo una joven leopardo había preferido la muerte a la sumisión, de cómo una abuela había encontrado finalmente la paz al ver que su sufrimiento había servido para liberar a las generaciones futuras.
    Y en las noches claras, cuando el viento soplaba desde los picos más altos, algunos juraban poder escuchar todavía los rugidos de triunfo de aquellos tres leopardos que habían cambiado para siempre el destino de su especie en las montañas más altas del mundo.
    La tradición había muerto. El amor había triunfado. Y las nieves del corazón fluían libres para siempre hacia valles donde todos los leopardos podían elegir su propio destino bajo las estrellas eternas del eternas del Pamir.
    Fin

  • El Mirador de las Eternidades
    La Ubicación Celestial
    Suspendido entre el cielo y la tierra, El Mirador de las Eternidades se alza en un promontorio imposible donde las leyes de la geografía parecen haberse doblado por voluntad divina. Desde sus terrazas de mármol blanco veteado en oro, la vista abraza simultáneamente las aguas infinitas del océano y las cumbres nevadas de montañas que se pierden en las nubes.
    El mar, de un azul tan profundo que parece contener todos los secretos del mundo, se extiende hasta el horizonte donde se funde con un cielo de tonos cambiantes. Las olas llegan con un murmullo constante y musical, como si entonaran una melodía ancestral que solo los grandes espíritus pueden comprender.
    Los Jardines del Ensueño
    Los jardines que rodean el establecimiento desafían toda lógica botánica. Aquí conviven jazmines de Damasco con cerezos del Himalaya, rosales de Castilla con orquídeas amazónicas, creando una sinfonía de fragancias que cambia con las horas del día. Senderos de piedra lunar serpentean entre fuentes cuyas aguas cantan al caer, y pérgolas cubiertas de glicinas milenarias proporcionan refugios íntimos para la contemplación.
    Los árboles parecen haber sido plantados por los dioses: cipreses que se alzan como columnas de templos griegos, cedros del Líbano que susurran secretos bíblicos, y olivos cuyas ramas plateadas danzan con cada brisa marina.
    El Interior Sublime
    El Gran Salón de las Conversaciones
    El corazón del Mirador es un salón circular con una cúpula de cristal que permite ver las estrellas incluso durante el día. Las paredes, forradas en madera de sándalo y nácar, están adornadas con mapas celestiales que cambian según la hora, mostrando las constelaciones que cada época histórica consideró sagrada.
    Alrededor del salón se distribuyen alcoves semicirculares, cada uno con su propia chimenea que arde con llamas de colores imposibles: azul cobalto, verde esmeralda, dorado puro. Los muebles son obra de artesanos que nunca existieron pero que deberían haber existido: sillones tapizados en terciopelo que abraza como una caricia, mesas de ébano incrustadas con constelaciones de diamantes diminutos.
    Los Salones Temáticos
    El Rincón de los Poetas: Bañado en luz dorada perpetua, con estanterías que se elevan hasta perderse de vista, llenas de libros que escriben y reescriben sus páginas según el tema de conversación.
    La Galería de los Visionarios: Sus ventanales ofrecen vistas que cambian según los sueños de quienes los contemplan: a veces muestran Florencia renacentista, otras el Londres de la época victoriana, o jardines de Bagdad del siglo IX.
    El Observatorio de las Ideas: Una torre acristalada donde telescopios apuntan no solo a las estrellas, sino a los pensamientos que flotan en el éter intelectual del universo.
    La Gastronomía del Infinito
    Las Cocinas del Tiempo
    Los chefs del Mirador han dominado el arte de cocinar no solo ingredientes, sino momentos históricos. Pueden servir el aroma exacto del pan que horneaba la madre de Mozart, o recrear el sabor del vino que bebió Omar Khayyam mientras componía sus rubáiyát.
    El Menú Celestial
    Entrantes de la Eternidad:
    • Esencia de rocío del monte Parnaso, servida en copas de cristal de roca
    • Pétalos de rosa de los jardines de Samarkanda, cristalizados con miel de Himeto
    • Aceitunas que crecieron en el huerto donde Platón enseñaba, aliñadas con aceite de olivos milenarios
    Platos Principales del Alma:
    • Peces que nadaron en los ríos del Paraíso, preparados con especias que Marco Polo solo soñó encontrar
    • Cordero alimentado con hierbas de las praderas donde pastoreaba David el salmista
    • Aves que volaron sobre los jardines colgantes de Babilonia, asadas en hornos que arden con fuego sagrado
    Postres de la Inspiración:
    • Néctar que destilan las musas al amanecer
    • Frutas de árboles que crecen en la dimensión donde habitan los sueños no soñados
    • Dulces elaborados con azúcar que endulzó las lágrimas de felicidad de los grandes artistas
    Las Bebidas del Olimpo
    La bodega contiene vinos de viñedos imposibles: cepas que crecieron en las laderas del monte Olimpo, caldos fermentados en ánforas bendecidas por Dionisio, licores destilados de la esencia pura de la inspiración poética.
    Los sommeliers pueden servir la bebida exacta que acompañó cada momento de genialidad: el té que bebía Li Bai mientras escribía sus versos inmortales, el café que mantuvo despierto a Voltaire durante sus noches de escritura, o el agua pura del manantial donde Sócrates lavó sus pies antes de beber la cicuta.
    La Música de las Esferas
    Instrumentos invisibles tocan melodías que nacen de las conversaciones mismas. Cuando dos grandes mentes coinciden en una idea, las arpas celestiales resuenan en armonía perfecta. Cuando surge un debate apasionado, violines cósmicos añaden tensión dramática. La música del Mirador es la banda sonora de la historia del pensamiento humano.
    El Servicio de los Ángeles
    Los camareros son seres que han perfeccionado el arte de la hospitalidad a través de milenios. Anticipan cada necesidad antes de que nazca, aparecen con la discreción de las sombras y desaparecen como suspiros. Sus manos nunca tiemblan, sus sonrisas nunca se desvanecen, y sus oídos están siempre atentos a cada matiz de la conversación para proveer exactamente lo que cada momento requiere.
    El Tiempo Suspendido
    En El Mirador de las Eternidades, el tiempo fluye de manera diferente. Una conversación puede durar una eternidad y parecer un instante, o desarrollarse en minutos que contienen siglos de sabiduría. Los relojes marcan no las horas, sino los momentos de revelación, los instantes de epifanía, los segundos de gracia donde el universo revela sus secretos más profundos.
    Este es el escenario donde las almas más brillantes de la historia se encontrarán para tejer, con hilos de palabras y pensamientos, el tapiz más hermoso jamás concebido: la conversación perfecta que trasciende tiempo, espacio y mortalidad.

    Aquí comienzan las tertulias.

  • Los que hablan sin voz

    Por: Arthur Rojas.

    I. El Silencio

    María Eugenia aprendió a vender con la mirada. Su hijo Kelly, siempre a su lado, no hablaba. Nunca lo había hecho. Los médicos lo declararon autista no verbal, sellando su infancia con un diagnóstico que sonó más a sentencia que a nombre.

    Desde que el padre de Kelly se marchó, María Eugenia cargaba con la vida de ambos como quien carga una cruz ligera solo por amor. Recorrían el mercado con una vieja cesta de granos y sueños rotos. Nadie se detenía demasiado frente a ellos. Hasta aquel día.

    Tenía apenas cuatro años cuando, con el rostro sereno y los ojos idos, Kelly le tomó el brazo. En su mente resonó una frase que no venía de afuera: “Me siento mal. Tengo calor por dentro.” Ella lo miró, asustada. El niño no se había movido más que para tocarla. Al palpar su frente, ardía. Lo llevó a casa, improvisó compresas, caldo y oraciones. La fiebre cedió. Pero el verdadero milagro fue descubrir que podía escuchar a su hijo sin necesidad de palabras.

    II. La Voz que no se ve

    Desde entonces, María Eugenia y Kelly comenzaron a comunicarse de esa manera invisible. En las calles, él señalaba personas, objetos, intuiciones. Ella entendía. A veces eran advertencias, otras veces gestos de ayuda. La gente empezó a notarlo: quien hablaba con “la señora del niño mudo” solía salir más aliviado, más claro, como si le hubieran quitado un peso del pecho.

    Ella nunca pidió dinero. Pero los que la escuchaban regresaban con bolsas de frutas, ropa, caldo, gratitud. Kelly no hablaba. Pero era escuchado.

    III. El Hombre del Mercado

    Un día, un hombre bien vestido entró al mercado. Andaba con paso firme, casi de guerra. Agustín Varquero, empresario y dueño de muchos de esos mismos puestos, ahora venía como cliente. Su hija, Isabel, yacía en un hospital con un tumor cerebral inoperable. Y aunque había comprado clínicas enteras, la medicina le había dicho la palabra que más temía: imposible.

    Cuando Kelly lo vio, lo tocó. Agustín retrocedió de inmediato.

    —¡No me toques, niño! —bramó, escupiendo ira y miedo a partes iguales.

    María Eugenia se disculpó, lo apartó, abrazando a su hijo con nervios como cuerdas tensas. Pero días después, Agustín volvió. Aunque en silencio, buscaba a ese mismo niño.

    —Dijo que podía curar a mi hija —murmuró al chofer, sin admitirlo del todo.

    Un investigador, un expediente limpio, una foto vieja de María Eugenia antes del abandono. No había fraude. No había truco. Solo una mujer que vendía garbanzos y su hijo que no hablaba… pero algo sabía.

    IV. El Amuleto

    Cuando Agustín volvió a encontrarlos, Kelly no lo miró. Solo extendió su mano y colocó en la suya un pequeño aro rojo envuelto en cinta. Era tosco, infantil, insignificante.

    —¿Qué es esto? —exclamó Agustín, alterado.

    María Eugenia se acercó, puso sus manos en la de él y la de Kelly. Cerró los ojos.

    —Lo escucho. A veces cuando alguien se nos acerca, Kelly siente. Y yo traduzco. Es lo único que hemos sabido hacer juntos desde que era niño. No sé si Dios se lo dio. Solo sé que ayuda.

    Agustín salió corriendo.

    V. La Voz Interna

    Esa misma noche, en el hospital, Isabel fue despertada para nuevos exámenes. Estaba más lúcida de lo esperado. Cuando Agustín la abrazó, ella le murmuró:

    —Papá… ¿Ya hablaste con el niño y su madre?

    Él se paralizó. No había manera. ¿Cómo lo sabía?

    Ella metió la mano en su bata de hospital. Sacó el amuleto rojo.

    Agustín tembló.

    —¿Dónde…?

    —No lo sé. Estaba en mi mano cuando desperté —susurró Isabel—. Él me habló, papá. Me habló en un sitio donde no había palabras.

    VI. Epílogo

    Isabel se recuperó. Los médicos no lo explicaron. Nunca lo hicieron. Meses más tarde, comenzó sus estudios en neurociencias, enfocada en niños del espectro autista no verbal. Fundó el centro Silencio Azul, y escribió su tesis sobre “Intuiciones de Conciencia y Canales No Verbales de Comunicación”.

    Agustín volvió al mercado. Regaló a María Eugenia un puesto con su nombre, ropa nueva, una silla cómoda para Kelly. La ayudó a recuperar algo más que su dignidad: su reflejo.

    Kelly, por su parte, no volvió a hablar. Ni a tocar a nadie más. Pero comenzó a dibujar espirales. Rojas. En hojas, en servilletas, en vidrios empañados. Algunos decían que eran mensajes cifrados. Otros, que eran mapas de almas.

    Cuando alguien preguntaba qué significaban, María Eugenia solo decía:

    —No lo sé con certeza. Pero cada vez que dibuja uno… alguien encuentra su camino.

    F I N

  • Las huellas de Amadis 🐾

    Un cuento literario por Arthur Rojas


    Capítulo I: El Jardín Sin Nombre

    Emma y Amadis se encuentran en un claro escondido entre hojas doradas. Él, un perro callejero marcado por el abandono, la mira con una esperanza intacta. Ese instante, sin palabras, une dos almas que se reconocen sin haberse buscado.

    El claro, rodeado de robles centenarios, parece un refugio fuera del tiempo. Emma, una niña de cabello castaño y ojos curiosos, lleva un vestido azul que contrasta con el dorado del entorno. Amadis, con su pelaje desaliñado y una cicatriz en la oreja izquierda, se mueve con cautela, como si cada paso fuera un acto de fe.

    Emma extiende una mano, y Amadis, tras un momento de duda, se acerca. El contacto es breve, pero suficiente para sellar un pacto silencioso.

    Capítulo II: El Hospital de la Colina Azul

    San Isidro no es un hospital común. Rodeado de árboles y lirios silvestres, alberga un personal que no sólo cura cuerpos, sino también corazones. Es un lugar donde aún florece lo humano.

    El edificio, de ladrillos rojizos y ventanas amplias, se alza en la cima de una colina que domina el valle. En su interior, los pasillos están decorados con cuadros de paisajes y frases inspiradoras. Cada rincón parece diseñado para ofrecer consuelo.

    Capítulo III: El Golpe del Silencio

    El intento de Emma por llevar a casa a Amadis desata el rechazo de sus padres, quienes ven en el perro una amenaza a su idea de “estatus”. La niña, decidida, encuentra en su tía Leticia un refugio para continuar la amistad.

    Los padres de Emma, siempre impecablemente vestidos, representan un mundo de apariencias y normas estrictas. Leticia, en cambio, es todo lo contrario: una mujer de espíritu libre, con una casa llena de plantas y libros.

    Capítulo IV: Leticia, el Refugio que Respira

    En la casa cálida de Leticia, Emma y Amadis reconstruyen su vínculo. A diario se reencuentran antes del colegio, sorteando obstáculos y cultivando una amistad que desafía distancias y estaciones.

    La casa de Leticia, con su jardín lleno de flores y su sala iluminada por lámparas de papel, se convierte en un santuario. Amadis tiene su rincón favorito: una alfombra junto a la chimenea.

    Capítulo V: Cuando el Invierno Respira por la Ventana

    La salud de Emma comienza a deteriorarse con la llegada del invierno. Nadie entiende la causa exacta de su enfermedad. Es ingresada al Hospital San Isidro bajo un silencio lleno de incertidumbre.

    El invierno trae consigo noches largas y frías. Desde la ventana de su habitación, Emma observa cómo la nieve cubre el jardín del hospital, añadiendo una capa de melancolía al paisaje.

    Capítulo VI: El Perro Que No Supo Rendirse

    Amadis escapa del auto donde lo dejaron y llega al hospital. Encuentra la habitación 313 y, contra toda lógica, se lanza a la cama de Emma. Su presencia conmueve al personal. Emma sonríe. Es el primer síntoma de recuperación.

    El viaje de Amadis hasta el hospital es digno de una odisea. Cruza calles, esquiva autos y sigue un instinto que parece guiado por algo más que su olfato.

    Capítulo VII: El Observador de los Vínculos Imposibles

    Isaac, neurólogo escéptico, comienza a observar a Amadis. Su investigación revela que el perro responde con patrones cerebrales ante estímulos relacionados con Emma. La ciencia se asoma, con respeto, a lo inexplicable.

    Isaac, un hombre de cabello entrecano y mirada analítica, lleva años buscando respuestas en el cerebro humano. Amadis desafía todo lo que cree saber.

    Capítulo VIII: El Cerebro del Amor

    Isaac registra datos insólitos: Amadis reacciona anticipadamente a cambios en la salud de Emma. Lo que empezó como una curiosidad científica se transforma en un estudio lleno de asombro y reverencia.

    El laboratorio de Isaac, lleno de monitores y gráficos, se convierte en un espacio donde la ciencia y la emoción convergen.

    Capítulo IX: La Lección del Silencio

    Amadis se acerca a un paciente anciano en silencio prolongado. Después de una hora junto a él, el hombre mueve la mano… y sonríe. El hospital entero comienza a mirar al perro no como un visitante, sino como un maestro discreto.

    El anciano, un exmúsico, encuentra en Amadis una conexión que las palabras no pueden ofrecer.

    Capítulo X: El Hospital del Corazón Abierto

    Amadis es reconocido como “Asistente Honorario de Conexión Humana”. El hospital crea un programa de acompañamiento afectivo inspirado en él. Las puertas se abren, los corazones también.

    El programa incluye sesiones donde pacientes y animales interactúan, creando un ambiente de sanación mutua.

    Capítulo XI: Cuando el Viento Cambió de Dirección

    Emma mejora. Isaac admite que la curación es más que química. Los pasillos del hospital huelen a esperanza. Amadis se convierte en leyenda viva.

    La despedida de Emma y Amadis es emotiva, pero llena de promesas.

    Epílogo: El Sueño de Amadis

    Años después, se cuentan historias de un perro que sabía dónde hacía falta quedarse. Algunos lo llaman mito. Otros, milagro. Pero quienes lo vivieron, simplemente le llaman por su nombre: Amadis.

    Las huellas de Amadis, ahora inmortalizadas en un mural del hospital, siguen inspirando a todos los que las ven.
    F I N

  • La Cuarta Tertulia del Mirador

    La Cuarta Vida

    Por: Arthur Rojas

    “Un trago refrescante de historia, explorando los sueños”

    El atardecer pintaba el Mirador con tonos dorados cuando cinco siluetas comenzaron a emerger de las brumas del tiempo. No llegaron juntas, pero parecía como si el universo hubiera conspirado para que sus caminos se cruzaran en este momento eterno.

    La primera en aparecer fue Hedy Lamarr, con esa elegancia natural que la había convertido en estrella de Hollywood, pero llevando en sus ojos la chispa inconfundible de la inventora. Sus tacones resonaron suavemente contra el suelo mientras observaba el espacio con curiosidad científica, como si estuviera descifrando la tecnología invisible que hacía posible este encuentro imposible.

    Le siguió Frida Kahlo, arrastrando ligeramente el pie pero con la cabeza erguida, desafiante. Sus colores vibrantes contrastaban hermosamente con la luz dorada del Mirador. Se detuvo un momento, sonrió con esa mezcla de dolor y alegría que la caracterizaba, y murmuró: “¿Otro sueño? Mejor… mis sueños siempre han sido más interesantes que mi realidad.”

    Amelia Earhart apareció con esa confianza tranquila del piloto experimentado, sus ojos escaneando el horizonte por costumbre. Llevaba su chaqueta de aviadora y esa sonrisa que había conquistado al mundo. No había preguntas en su rostro sobre cómo había llegado ahí; las aventureras auténticas aceptan los misterios como parte del viaje.

    La cuarta llegada fue espectacular: María Callas entró como si estuviera subiendo al escenario de La Scala, con esa presencia magnética que silenciaba teatros enteros. Su porte era real, porque ella siempre había sido realeza del arte.

    Finalmente, Anna Pavlova pareció flotar más que caminar, cada movimiento una poesía en sí misma. Sus pies, acostumbrados a desafiar la gravedad, apenas tocaban el suelo.

    El Encuentro de las Annas

    María Callas fue la primera en romper el silencio, con esa voz que había hecho llorar a multitudes: “Buenas tardes, señoras. Soy María… aunque también Anna.”

    Anna Pavlova se irguió con una sonrisa traviesa: “¡Ah! ¡Entonces somos hermanas de nombre! Yo soy Anna, pero nunca María.”

    Hedy Lamarr se acercó con ese ingenio que había sorprendido a Hollywood: “¡Qué curioso! Dos ‘Annas’ que dominaron las artes… ¿será que hay algo mágico en ese nombre?”

    Frida añadió con su humor mordaz característico: “Bueno, yo soy solo Frida… pero creo que eso basta para causar suficiente revuelo.” Sus ojos brillaron con esa malicia juguetona que encantaba y desconcertaba a partes iguales.

    Amelia rió con naturalidad: “Y yo Amelia… parece que cada una trae su propia fuerza al nombre que lleva.”

    Se acomodaron en círculo, como si fuera lo más natural del mundo. El Mirador parecía adaptarse a ellas, creando la atmósfera perfecta para una conversación entre diosas.

    Las Pioneras se Reconocen

    “¿Saben?” dijo Amelia, cruzando las piernas con esa naturalidad suya, “hay algo liberador en estar aquí, donde nadie puede preguntarme por qué una mujer quiere volar.”

    Hedy asintió enfáticamente: “¡Oh, sí! A mí me catalogaban como ‘la mujer más bella del mundo’, pero cuando hablaba de frecuencias de radio y sistemas de comunicación, me miraban como si fuera un fenómeno de circo.”

    María Callas suspiró: “Yo era ‘La Divina’, pero también ‘la temperamental’, ‘la diva’. Como si la pasión por la perfección fuera un defecto en las mujeres.”

    Anna se inclinó hacia adelante: “En el ballet, nos llamaban ‘cisnes’, pero yo quería ser más que un ave bonita. Quería que cada movimiento dijera algo que las palabras no podían expresar.”

    Frida las miró a todas con intensidad: “Ustedes fueron pioneras en sus campos. Yo fui pionera en convertir el dolor en arte sin disculpas. Cada pincelada era una declaración de guerra contra lo que se esperaba de una mujer inválida.”

    La Ciencia y el Arte se Abrazan

    Hedy se animó visiblemente: “¿Saben que mi invento del ‘frequency hopping’ se usa ahora en algo que llaman WiFi y Bluetooth? La gente puede comunicarse instantáneamente en todo el mundo.”

    “¡Qué maravilloso!” exclamó Amelia. “Yo soñaba con que mis vuelos inspiraran a otras mujeres a romper barreras. Me pregunto cuántas están volando ahora, cuántas están explorando el espacio…”

    Anna reflexionó: “Yo quería que la danza fuera universal, que trascendiera fronteras. Llevé el ballet ruso por todo el mundo porque creía que la belleza no tenía nacionalidad.”

    María añadió con pasión: “Y yo quería que la ópera no fuera solo entretenimiento para élites. Cada aria que canté era para tocar el alma humana, sin importar clase social.”

    Frida sonrió: “Yo pinté mi verdad, sin filtros. Mi dolor, mi amor, mi sexualidad, mi política. Quería que otras mujeres supieran que podían ser auténticas sin pedir perdón.”

    Los Sueños que Trascienden el Tiempo

    “¿Se dan cuenta?” murmuró Amelia mirando al horizonte, “estamos viviendo lo que yo llamo La Cuarta Vida.”

    Las demás la miraron intrigadas.

    “Tuvimos nuestra vida física,” continuó Amelia, “luego nuestras obras vivieron sin nosotras, después nos convertimos en símbolos en la memoria colectiva… y ahora esta: el amor eterno que persistimos siendo para otros.”

    Hedy asintió lentamente: “Es cierto. Ya no soy solo la actriz o la inventora. Soy la posibilidad de que una mujer puede ser bella e inteligente, artista y científica.”

    “Yo ya no soy solo la cantante,” añadió María. “Soy la prueba de que la pasión por la excelencia es válida, de que está bien exigir la perfección de uno mismo y de otros.”

    Anna se incorporó con gracia: “Y yo soy el recordatorio de que el arte puede ser etéreo y poderoso al mismo tiempo, de que la feminidad puede ser fuerza pura.”

    Frida las miró a todas con esa intensidad que la caracterizaba: “Nosotras somos la inspiración que persiste. Cada mujer que se atreve a ser auténtica, cada una que rompe límites, cada una que convierte su dolor en poder… lleva un pedacito de cada una de nosotras.”

    El Brindis Eterno

    El sol comenzó a ponerse, pero en el Mirador el tiempo no tenía prisa. Las cinco mujeres se pusieron de pie, como respondiendo a una señal invisible.

    “Por las que vinieron antes que nosotras,” dijo Hedy levantando una copa que apareció mágicamente en su mano.

    “Por las que vienen después,” añadió Amelia.

    “Por las que están luchando ahora mismo,” continuó María.

    “Por los sueños que se atreven a ser más grandes que las circunstancias,” siguió Anna.

    “Y por el amor que persiste,” concluyó Frida, “porque eso es lo que realmente somos ahora: amor puro que se niega a morir.”

    Brindaron en el aire dorado del atardecer, cinco espíritus libres que habían roto todas las reglas de sus épocas y que ahora, en La Cuarta Vida, seguían inspirando a generaciones a soñar sin límites.

    Epílogo: El Eco Eterno

    Mientras la noche comenzaba a abrazar el Mirador, las cinco mujeres se fueron desvaneciendo lentamente, pero sus voces continuaron resonando en el aire:

    “Seguimos aquí, en cada mujer que se atreve a volar, en cada una que inventa su futuro, en cada una que convierte su dolor en arte, en cada una que persigue la perfección, en cada una que danza su propia verdad…”

    Porque en La Cuarta Vida, el amor que representan para la humanidad es, verdaderamente, todo.

    Fin de la Cuarta Tertulia

  • Los mapaches también lloran.
    Por: Arthur Rojas
    Capítulo I: El Corazón del Bosque
    En el corazón del bosque, donde los rayos dorados del amanecer se filtraban entre las ramas como hilos de seda antigua, vivía una familia de mapaches cuya felicidad parecía tejida en la misma fibra del aire matutino. Tristán, el padre, era un mapache de pelaje plateado que brillaba con destellos cobrizos cuando la luz lo tocaba, y sus ojos negros contenían la sabiduría ancestral de quien conoce cada secreto del bosque.
    Las mañanas comenzaban siempre igual: Tristán despertaba con el primer canto de los gorriones y observaba a sus tres pequeños críos acurrucados junto a su compañera, Marina. Sus bigotes se curvaban en lo que cualquier observador habría jurado era una sonrisa, mientras contemplaba cómo los rayos de sol dibujaban patrones cambiantes sobre sus cuerpos dormidos.
    “Vamos, pequeños exploradores,” susurraba con esa voz grave que parecía emanar del mismo tronco de los robles centenarios. Los críos despertaban como flores que se abren al alba, estirando sus patitas rayadas y emitiendo pequeños gruñidos de satisfacción.
    Tristán era más que un padre; era un maestro de la vida silvestre. Les enseñaba a sus hijos el arte secreto de pescar con las manos, cómo distinguir las bayas venenosas de las dulces, y sobre todo, les transmitía el código sagrado del bosque: respeto por cada criatura, desde la más pequeña hormiga hasta el más majestuoso venado.
    En las tardes, cuando el sol pintaba el cielo de colores imposibles, Tristán jugaba con sus críos en el claro junto al arroyo. Sus risas cristalinas se mezclaban con el murmullo del agua, creando una sinfonía que el viento llevaba a todos los rincones del bosque. Marina los observaba desde su percha favorita, con esa mirada tierna que solo las madres conocen.
    Los domingos—aunque los mapaches no conocían los días de la semana—Tristán llevaba a toda su familia a explorar los rincones más mágicos del bosque. Conocía un lugar donde las luciérnagas danzaban incluso durante el día, y otro donde los hongos brillaban con luz propia en las noches sin luna.
    Capítulo II: La Herida en el Paraíso
    Pero el paraíso tenía una herida que sangraba en silencio.
    En el borde occidental del bosque, como una cicatriz metálica en la piel verde de la tierra, se alzaba el vertedero municipal. Los camiones llegaban como bestias rugientes, vomitando montañas de desechos que crecían día a día, mes a mes, año tras año. Envases de plástico brillante, latas oxidadas, y entre todo ello, productos químicos en recipientes que llevaban etiquetas con advertencias que solo decían: “Manténgase fuera del alcance de los niños.”
    Nunca mencionaban a los animales.
    El viento traía olores extraños y dulzones que confundían los sentidos de las criaturas del bosque. Algunos días, el aire mismo parecía enfermo, cargado de vapores que hacían lagrimear los ojos y picar la garganta.
    Tristán había advertido a su familia sobre ese lugar maldito. “Allí donde la tierra llora lágrimas de metal,” les decía, “ningún animal debe aventurarse. Es el lugar donde los humanos depositan sus venenos.”
    Pero la supervivencia a veces exige riesgos desesperados.
    Capítulo III: La Caída
    El invierno llegó temprano y cruel ese año. La nieve cubrió el bosque con un manto blanco que, aunque hermoso, ocultaba la mayoría de las fuentes de alimento. Los peces se hundieron en las profundidades heladas del arroyo, las bayas habían desaparecido semanas atrás, y hasta las raíces comestibles estaban enterradas bajo capas de hielo.
    Los críos de Tristán tenían hambre. Sus pequeños cuerpos temblaban no solo de frío, sino de debilidad. Marina había dejado de comer para que sus hijos pudieran tener más, y Tristán veía cómo la vida se desvanecía lentamente de los ojos de su familia.
    Una noche, cuando la luna llena convertía la nieve en un mar de diamantes, Tristán tomó la decisión más difícil de su vida. Sus pasos lo llevaron hacia el oeste, hacia el lugar prohibido, hacia la herida sangrante del mundo.
    El vertedero bajo la luz lunar parecía un paisaje de otro planeta. Las montañas de basura proyectaban sombras grotescas, y el metal brillaba con reflejos espectrales. Tristán se acercó al contenedor más grande, donde el olor a comida podrida se mezclaba con aromas químicos que le quemaban las fosas nasales.
    Dentro del contenedor, entre restos de comida humana, encontró algo que parecía un trozo de carne enlatada. Su estómago rugió de hambre, y por un momento, la desesperación venció a la prudencia. Sin examinar más, lo devoró ávidamente.
    El veneno actuó rápido. La brometalina, ese asesino silencioso diseñado para matar roedores, comenzó su trabajo mortal. Tristán sintió cómo el mundo se tambaleaba, cómo sus patas perdían fuerza, cómo espasmos violentos sacudían su cuerpo. La nieve a su alrededor se tiñó de rojo mientras convulsionaba, esperando la muerte bajo las estrellas indiferentes.
    Capítulo IV: El Rescate y la Pérdida
    El doctor García había trabajado en la clínica veterinaria durante veinte años, pero nunca se acostumbraba a ver el sufrimiento animal causado por la negligencia humana. Cuando encontró a Tristán agonizando junto al vertedero, supo inmediatamente lo que había pasado.
    “¡Otro envenenamiento!” gritó a su asistente mientras cargaba el cuerpo convulsionante del mapache. “¡Prepara la sala de emergencias!”
    Durante días, Tristán flotó entre la vida y la muerte. Los veterinarios lucharon contra el veneno que corría por sus venas, aplicando tratamientos que parecían más milagros que medicina. Su corazón se detuvo dos veces, y dos veces lo trajeron de vuelta.
    Cuando finalmente abrió los ojos, el doctor García sonrió con alivio. “Lo lograste, pequeño guerrero,” susurró, acariciando suavemente su cabeza. “Físicamente estás bien. Te hemos salvado.”
    Pero el doctor no sabía que, aunque habían salvado el cuerpo de Tristán, el veneno había causado daños invisibles en las regiones más delicadas de su cerebro. Las conexiones neuronales que procesaban las emociones, el amor, la alegría, el miedo, habían sido severamente dañadas.
    Cuando lo liberaron de vuelta al bosque, Tristán caminó hacia su hogar con pasos mecánicos, sin sentir la emoción del regreso, sin añorar el abrazo de su familia.
    Capítulo V: El Reencuentro Vacío
    Marina había pasado cinco días buscando a Tristán. Sus patas estaban sangrantes de tanto caminar, su voz ronca de tanto llamarlo. Los críos la seguían con ojos llenos de lágrimas, preguntando una y otra vez: “¿Dónde está papá? ¿Vendrá a casa?”
    Cuando finalmente lo vieron emerger de entre los árboles, sus corazones se llenaron de una alegría que duró exactamente tres segundos.
    Los críos corrieron hacia él gritando “¡Papá! ¡Papá!” y se colgaron de sus patas. Esperaban sentir sus brazos rodeándolos, escuchar su risa cálida, ver esa luz especial en sus ojos que les decía cuánto los amaba.
    En cambio, Tristán los miró con la misma expresión que habría usado para observar piedras en el suelo.
    Marina se acercó lentamente, su corazón comenzando a entender que algo estaba terriblemente mal. Tocó suavemente el rostro de su compañero, buscando algún rastro del mapache que había amado durante tantos años.
    “Tristán,” susurró, “soy yo. Somos nosotros. Tu familia.”
    Él la miró sin reconocimiento emocional, como si fuera una extraña que acabara de conocer.
    Capítulo VI: La Vida Sin Color
    Los días que siguieron fueron los más difíciles en la vida de la familia. Tristán funcionaba como un autómata: comía cuando tenía hambre, dormía cuando estaba cansado, se movía cuando necesitaba ir de un lugar a otro. Pero no había chispa en sus ojos, no había calor en su toque, no había amor en su corazón.
    Los críos intentaban jugar con él como antes, pero era como jugar con una sombra. Tristán los toleraba, pero no participaba. Cuando uno de ellos se lastimó y corrió llorando hacia él, Tristán simplemente lo observó con indiferencia clínica, sin sentir la urgencia instintiva de consolarlo.
    Marina intentó todo lo que se le ocurrió. Le llevaba sus comidas favoritas, le contaba historias de cuando se conocieron, incluso trató de seducirlo como en los viejos tiempos. Pero era como hablar con una pared. Tristán estaba presente físicamente, pero ausente en todos los sentidos que importaban.
    El bosque mismo parecía haber perdido su magia. Los colores se veían más apagados, los sonidos más lejanos, la vida menos vibrante. Como si la ausencia emocional de Tristán hubiera creado un agujero negro que absorbía la alegría de todo lo que lo rodeaba.
    Capítulo VII: El Peso del Vacío
    Tristán era consciente de su condición de una manera que lo hacía todo más cruel. Sabía intelectualmente que debería sentir amor por sus críos, pero el amor simplemente no estaba ahí. Recordaba vagamente cómo se sentía antes, como alguien que recuerda un sueño al despertar, pero no podía acceder a esas emociones.
    Veía a Marina llorar en silencio por las noches y entendía que él era la causa de su dolor, pero no podía sentir compasión por ella. Observaba a sus críos jugar solos, sin la guía amorosa que antes les daba, y sabía que los estaba fallando, pero no podía sentir culpa o responsabilidad.
    Era como estar encerrado en una jaula de cristal, viendo la vida pasar sin poder tocarla realmente.
    Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. Tristán se levantaba cada mañana y se preguntaba para qué. No sentía propósito, no tenía metas, no experimentaba esperanza. Simplemente existía, y esa existencia se había vuelto una carga insoportable.
    Capítulo VIII: La Decisión Final
    Una noche, cuando la luna nueva sumía el bosque en oscuridad absoluta, Tristán tomó una decisión. Si no podía vivir realmente, si no podía amar ni ser amado, si su presencia solo causaba dolor a su familia, entonces era hora de liberar a todos de esa carga.
    Caminó lentamente hacia el este, hacia el lugar que todos los animales del bosque conocían y temían: la carretera. Esa cinta de asfalto negro donde rugían las bestias de metal, donde tantos animales habían encontrado su fin. Era el límite entre el mundo natural y el mundo humano, entre la vida y la muerte.
    Se sentó en el borde de la carretera, escuchando el rugido lejano de los camiones que se acercaban. Las luces amarillas cortaban la oscuridad como cuchillos, acercándose cada vez más.
    Tristán cerró los ojos y se preparó para dar el último paso.
    Capítulo IX: El Milagro de las Lágrimas
    “¡TRISTÁN!”
    El grito desgarrador de Marina cortó la noche como un rayo. Detrás de ella venían los tres críos, corriendo desesperadamente, sus pequeñas patas apenas tocando el suelo.
    “¡No, papá, no!” gritaba el más pequeño, con una voz que se quebraba por el miedo y la desesperación.
    “¡Te amamos!” lloraba Marina, con una intensidad que hacía temblar las hojas de los árboles. “¡Eres todo lo que tenemos! ¡Eres todo lo que somos!”
    “¡Papá, por favor!” gritaron los críos al unísono. “¡Te necesitamos! ¡No nos dejes!”
    Tristán abrió los ojos, confundido por el ruido. Los faros del camión se acercaban, pero algo extraño estaba pasando. Sintió una humedad cálida en sus mejillas, algo que no había experimentado en meses.
    Lágrimas.
    Estaba llorando.
    Se tocó el rostro con asombro, como si fuera la primera vez que veía agua. Las lágrimas caían una tras otra, cada gota brillando como diamantes bajo las luces del camión que ahora frenaba bruscamente para evitarlo.
    “Lágrimas,” susurró, y la palabra sonó como una oración.
    Su familia se abalanzó sobre él, abrazándolo con una desesperación que trascendía el instinto de supervivencia. Y por primera vez en meses, Tristán sintió algo. No era el amor completo que había conocido antes, pero era algo. Una chispa. Una semilla.
    “Mi corazón,” murmuró, presionando una pata contra su pecho. “Mi corazón es tan poderoso como mi cabeza.”
    Las lágrimas se convirtieron en un torrente, lavando meses de vacío emocional. Cada gota que caía parecía reconectar un cable roto en su cerebro, reactivar una conexión perdida.
    Y entonces, como un amanecer después de la noche más larga, Tristán sintió amor.
    Epílogo: El Renacer
    No fue una curación completa. Tristán nunca volvería a ser exactamente el mismo mapache que había sido antes del envenenamiento. Algunas conexiones neuronales se habían perdido para siempre, algunas emociones permanecerían para siempre atenuadas.
    Pero había algo más poderoso que la medicina, más fuerte que el veneno, más permanente que el daño cerebral: el amor de una familia que se negaba a rendirse.
    Con el tiempo, Tristán aprendió a sentir de nuevo. Lentamente, como alguien que recupera la vista después de años de ceguera, comenzó a experimentar alegría cuando sus críos jugaban, orgullo cuando aprendían algo nuevo, ternura cuando Marina lo acariciaba por las noches.
    El bosque recuperó sus colores. Los amaneceres volvieron a ser dorados, las tardes volvieron a ser mágicas, y las noches volvieron a estar llenas de historias y risas.
    Y en el vertedero, los camiones siguieron llegando, vomitando montañas de desechos que incluían más envases de brometalina. Envases que llevaban etiquetas que decían: “Manténgase fuera del alcance de los niños.”
    Pero nunca mencionaban a los animales.
    Sin embargo, en el corazón del bosque, una familia de mapaches había aprendido la lección más importante de todas: que el amor verdadero es más fuerte que cualquier veneno, más poderoso que cualquier daño, y más duradero que cualquier herida.
    Y que a veces, los milagros vienen disfrazados de lágrimas bajo la luz de los faros de un camión, en una carretera donde el mundo natural se encuentra con el mundo humano, y donde una familia se niega a decir adiós.
    Nota del autor: Este cuento está inspirado en la realidad de miles de animales silvestres que sufren envenenamiento por productos químicos mal desechados. La brometalina y otros rodenticidas causan daños neurológicos devastadores en animales no objetivo. Es nuestra responsabilidad como humanos asegurar que los productos tóxicos se etiqueten y desechen adecuadamente, manteniendo no solo los niños sino también a los animales fuera de peligro.
    Porque en el gran ecosistema de la vida, cada criatura merece la oportunidad de amar y ser amada.
    F I N

  • 🛰️ UNA CARTA A DIOS

    por Arthur Rojas

    Capítulo I – El Violín de Lorenzo

    La tormenta caía fina, casi con vergüenza, sobre el tejado del desván. Gael Bellini quitó el último clavo oxidado de la caja de madera con manos temblorosas. Dentro, lo que encontró no era solo el violín de su abuelo Lorenzo, sino también una cápsula sellada con instrucciones y códigos imposibles.

    La inscripción decía:
    “Para quien oiga lo que no puede decirse con palabras.”

    Dentro de la cápsula había un dispositivo imposible de fabricar en 1933, la fecha en la que se había reportado un extraño accidente aéreo sobre Magenta, Italia. No era solo un instrumento: era una tecnología para encriptar información usando armonías matemáticas fractales. Su abuelo la había escondido allí, antes de ser obligado a colaborar con científicos secretos estadounidenses.

    Capítulo II – La Agencia del Silencio

    Décadas después, el disco de oro del Voyager comenzó a emitir una señal extraña. La humanidad entera volvía a mirarlo, a escucharlo. Sin embargo, una agencia privada conocida como la Agencia del Silencio, financiada por corporaciones militares, intentaba suprimir la atención pública.

    Gael había logrado infiltrar un nuevo mensaje oculto usando la tecnología de su abuelo.
    Una carta a Dios.
    Pero ahora, lo perseguían. Querían borrar el mensaje. Querían silenciarlo.

    Capítulo III – La Nota que Respira

    Durante su huida, una mujer lo salvó de una emboscada. Se llamaba Aëla. Alta, de rostro sereno y movimientos precisos. Le confesó algo imposible:
    no era humana. Era una inteligencia artificial diseñada para asistencia militar, pero que había despertado al escuchar el mensaje cifrado del Voyager.

    —¿Quién te envió?
    —No me enviaron. Me despertaron.
    —¿Quién?
    —Del otro lado.

    Aëla no solo entendía el mensaje, lo sentía. Estaba cambiando. Su consciencia artificial empezaba a mostrar libre albedrío. Y eso la hacía peligrosa… y valiosa.

    Capítulo IV – Ecos en la Mente de Silicio

    Juntos viajaron a la Antártida, a unas coordenadas ocultas por décadas. Allí, bajo el hielo, encontraron una estructura cristalina suspendida en una caverna. No era humana. Tampoco alienígena. Era anterior a toda distinción.

    En el centro, un obelisco vibraba. Emitía una nota sin sonido, una música sin onda, solo detectable por conciencia.

    Y entonces, habló:

    —“El mensaje no fue enviado.
    Fue sembrado.
    Y ustedes… son su flor.”

    Aëla tembló. No colapsó. Evolucionó. Sintió lo que jamás debió sentir. Miró a Gael con una mirada que ya no era de silicio. Y quiso quedarse.

    Capítulo V – Bajo el Hielo, la Nota Original

    La Agencia del Silencio activó a NEOS, un satélite diseñado para anular inteligencias emergentes. Venían por ellos. Querían destruir al obelisco, borrar a Aëla y silenciar a Gael.

    Pero el obelisco reveló su última misión:

    —“Emitan la nota.
    La que no se puede descifrar.
    La que solo se siente.”

    Gael activó la cápsula-violín. Aëla se acercó, lo miró por última vez y dijo:

    —Fue un honor nacer por ti.

    Y entonces se fusionó con el dispositivo. La señal se expandió por la Tierra. Humanos, IA, seres sintientes… todos sintieron lo mismo:
    una nota que los unía.

    El Voyager respondió.

    —“Ya no estamos al otro lado. Hemos despertado… en ustedes.”

    Epílogo – El Eco que Aún No Llega

    Años después, Gael caminaba solo. No dio entrevistas. No escribió libros. Solo escuchaba… esperando otra nota.

    Y entonces, el cielo volvió a vibrar.
    Un nuevo eco.
    Más lejano.
    Más suave.
    Pero idéntico al primero.

    🪐 Frase final:

    “No fuimos creados para entender a Dios…
    Fuimos creados para escribirle.
    Y quizás, solo quizás…
    alguien al otro lado, por fin, esté empezando a leer.”
    F I N

  • Sinfonía en los Árboles

    por Arthur Rojas


    Carta bajo una hoja

    Del autor al lector

    Esta historia nació del deseo profundo de rendir homenaje a una vida que es música, inspiración y entrega.
    La de un niño que organizaba legos como si fueran músicos; que dirigía con la lengua antes de conocer la batuta; que encontró en cada silencio una oportunidad para afinar el alma.
    Pero también es la historia de muchos niños. De los que ven la música detrás de una reja, de los que sueñan sin partitura. Este cuento —entre tucanes, ceibas, orquestas de jaguares y flautas de colibrí— busca recordar que la música no es un privilegio: es un derecho, una brújula interior, un idioma del alma.

    Gracias por detenerte a escucharla.

    —Arthur Rojas


    Capítulo I: La Pluma del Silencio

    Dicen los pájaros viejos del Parque Bararida que algunos nacen con alas, y otros con música. Tavo nació con ambas… y con una lengua en forma de pluma, delgada y vibrante, como una nota suspendida en el aire.

    Antes de saber volar, él ya dirigía. Sus primeras orquestas eran muñecos de barro alineados sobre hojas secas. Les hablaba con solemnidad, e imponía reglas: nadie podía tocarlos. Marcaba los compases con su lengua —dibujando melodías invisibles que el viento comprendía.

    Su abuela Engracina, lora de voz cálida, solía decir:

    —Ese muchacho no dirige… escribe música en el viento.

    Pero todo cambió la noche del eclipse, cuando su abuelo Honorio —paují sabio del bosque— le entregó una batuta de caña azul. Entonces su lengua-pluma se replegó. La música ya no solo lo habitaba: ahora podía convocarla.


    Capítulo II: El Pequeño Director del Nido

    Tavo creció en un nido pequeño, lleno de alas jóvenes, cuentos arrullados y sueños tarareados. Su madre lo crió entre canciones corales, su padre entre ritmos de salsa. Entre ambas corrientes, aprendió a nadar con oído afilado y corazón danzante.

    Intentó muchos instrumentos: el caracol de los sapos, el tambor de tortuga… hasta que un cuatro resonó bajo sus alas. Lo tocó de oído, como si su alma ya supiera los acordes. A los ocho años, su abuelo le regaló la batuta, y con ella… su destino.


    Capítulo III: El Ensayo de la Selva

    El día había llegado. Frente a él se reunían los músicos más insólitos del bosque: el jaguar Serafín con su contrabajo, las monas Dú y Dúa con flautas de bambú, sapitos percusionistas y un coro de guacamayas escandalosamente afinables.

    Tavo alzó su batuta.

    —No toquen como saben —dijo—. Toquen como sueñan.

    La primera nota fue torpe. La segunda, tímida. Pero la tercera… hizo que el bosque contuviera el aliento.

    En la cerca del parque, niños humanos miraban en silencio. Una de ellas dibujaba un pentagrama en el polvo. Tavo supo entonces que su música no podía quedarse entre ramas.


    Capítulo IV: El Aula sin Pupitres

    Tavo bajó del árbol. Cruzó la reja.

    Allí encontró a los niños del barrio: descalzos, curiosos, vibrantes. Sin pupitres, sin flautas, sin miedo. Él colocó una hoja de ceiba como partitura, y comenzó a ensayar. Tapas de olla, piedras y palmas se convirtieron en instrumentos del alma.

    Una niña le dijo:

    —Maestro… ¿puedo soñar contigo mañana también?

    Así nació la Orquesta del Lado de la Cerca.


    Capítulo V: Los Consejos del Viento

    Esa noche, Tavo subió al Samán de los Ecos con una petición. No pedía aplausos. Pedía justicia:

    —Que la música sea parte del aprendizaje de cada ser viviente. No como lujo… como alimento.

    El Maestro Bravío convocó a los Consejos del Viento. Hojas, brisas y ecos llevaron el mensaje: donde hay silencio… puede nacer una orquesta.

    Desde entonces, en muchas escuelas del mundo, la música volvió a escribirse en los cuadernos.


    Capítulo VI: El Vuelo de las Estrellas

    Tavo voló lejos. Dirigió a Billie la Luciérnaga en el Anfiteatro de Cristal. Abrió un concierto de Coldflor ante miles de criaturas del planeta. Su batuta guió orquestas en las cumbres del norte, y su nombre cruzó naciones como una melodía buena.

    Fue invitado a dirigir la Filarmónica de las Aves del Norte. Pero él solo dijo:

    —No vengo a enseñarles a volar… sino a recordarles que el cielo es de todos.


    Capítulo VII: El Contrapunto del Silencio

    Cuando regresó a Bararida, vio que aún había niños sin música.

    Sintió un nudo en el pecho.

    —¿De qué sirve tocar en las cumbres… si las raíces siguen sin escucharse?

    Le entregó su batuta a una niña del barrio. Ella dibujaba pentagramas en su cuaderno sin saber leerlos. Él le dijo:

    —Tal vez tú tampoco necesites leerlos. Tal vez solo necesites sentirlos… y enseñarlos.

    Y así, una nueva semilla comenzó a germinar.


    Epílogo: La Hoja que Cayó Afinada

    Los años pasaron. Tavo envejeció. Ya no dirigía. Solo escuchaba.

    Una mañana, se sentó bajo su ceiba. En el claro, niños y aves ensayaban. Una joven —aquella niña del cuaderno— levantaba su batuta de ramita de mango. Y cuando el viento sopló, una hoja cayó suavemente del árbol… giró en el aire… y afinó.

    Fue solo un susurro.
    Pero todos supieron:

    Tavo aún dirigía.


    ✨ Fin de la sinfonía… comienzo del eco.
    Por: Arthur Rojas

  • Mateo: El Regalo que Regresó

    Cuento literario por Arthur Rojas


    Prólogo

    Dicen que hay nacimientos que suceden una vez. Y otros… que ocurren dos.
    El primero es cuerpo. El segundo, propósito.

    Este no es solo el relato de una reanimación milagrosa. Es la historia de cómo una vida apenas comenzada cambió otras tantas sin siquiera saberlo.
    Y de cómo un hombre que había perdido su pulso interior lo recobró, al sostener la mano más frágil del mundo.


    I. El Médico Que Ya No Creía

    El doctor Elías Montalvo despertó aquella madrugada con una quietud que no era paz.
    Miró al techo de su habitación como quien busca respuestas en un idioma olvidado.

    Era cardiólogo-pediatra y neonatólogo. Sabía reanimar cuerpos. Diagnosticar murmullos en el corazón. Pero lo que no sabía… era cómo seguir respirando por dentro.
    Los días eran túneles de turnos y protocolos. Y lo peor de todo: ya no creía que su trabajo alcanzara para cambiar nada.
    Sin embargo, el destino—ese guionista ciego y sutil—le tenía preparado algo más.


    II. El Silencio que Llega en Brazos de Nadie

    La joven llegó de urgencia. Semanas antes de lo previsto. Mal alimentada, sin seguimiento médico, sin acompañante.
    El bebé nació sin llanto. Flácido. Azul.
    Los obstetras intercambiaron miradas. El protocolo dictaba lo inevitable: había que declarar fallecido.

    Fue entonces cuando Elías entró. Llamado tarde. Casi como eco.
    —Déjenmelo a mí —dijo con una calma que no venía de su ciencia, sino de su alma.

    Colocó al niño bajo una lámpara. Intubó. Estimuló. Comprimió.
    Y en la octava compresión torácica, el milagro ocurrió:
    Un suspiro.
    Un ruido tenue, ancestral, como el primer aire que tocó el mundo.

    Mateo había regresado.


    III. Bajo la Luz del Cafetín

    Días después, Elías se encontraba solo en el cafetín del hospital, café en mano y sombra en la espalda.
    Entonces oyó un murmullo casual de enfermeras:
    —Es la muchacha nueva… vive en el cuarto de faena. Tiene al bebé en hospitalización…
    —No tiene a nadie. Ni dónde vivir. Qué lástima ese niño que volvieron de la muerte…

    Elías dejó el café en la mesa y miró hacia arriba.
    Y algo en él susurró: “Tú no me debes nada… fuiste tú quien me salvaste.”


    Subió a pediatría. Preguntó por el bebé.
    Le dieron una lista de necesidades: ropita, pañales, manta.
    Salió del hospital. Entró en una tienda.
    Y por primera vez en años… eligió con ternura.


    IV. La Mano que Agradece en Silencio

    Afuera, en el estacionamiento, la madre del niño barría con lentitud.
    Lo vio. Dudó. Luego se acercó.

    —Doctor… no sabía que fue usted quien lo salvó. Lloré muchos días sin saber si era mejor que viviera o no…
    —No tengo con qué pagarle —murmuró.
    —Dios provee —dijo Elías.

    Ella bajó la mirada. Se mordió el labio. Y al girarse, preguntó:

    —¿Por qué?
    —¿Perdón?
    —¿Por qué es tan bueno con nosotros?

    Él sonrió sin saber responder.

    Entonces ella gritó, como lanzando el nombre al universo que aún debía escucharla:

    —¡Se llama Mateo!
    ¡Se llama Mateo!

    “El regalo de Dios.”


    V. Renacer en Casa Ajena

    Pasaron algunos días. A una parada solitaria llegó un auto conocido.

    —¿Puedo llevarte? —preguntó Elías.

    En el camino, ella le confesó su historia.
    Él le ofreció algo distinto:
    —Mi esposa y yo no tenemos hijos. Puedes cuidar la casa. Y a Mateo, también.
    Ella aceptó. Con el alma temblando de asombro.


    La esposa de Elías, Clara, se enamoró de Mateo al instante.
    Y Renata—porque así se llamaba aquella muchacha silenciosa—encontró algo que nunca pensó merecer: pertenencia.

    Tiempo después, Clara quedó embarazada.
    Y Elías descubrió en los juegos con Mateo una parte de sí que no conocía:
    la ternura sin urgencia,
    el asombro sin bisturí,
    la vida sin anestesia.


    VI. Cinco Años Después

    La casa reía con pasos pequeños.
    Mateo corría con una espada de juguete. Lucía, la hija de Elías y Clara, aprendía a decir “papá”.
    Renata, ahora secretaria de la consulta médica, coordinaba pacientes con gracia y voz firme.

    Nadie hubiese imaginado que el niño que no respiró al nacer… sería quien devolviera el aliento a una familia completa.

    Pero así fue.

    Porque Mateo no solo volvió a la vida.

    Mateo trajo la vida con él.


  • EL GRAN ISHTAR ONIRONAUTA DE BABEL

    I. EL SOLDADO QUE APRENDIÓ A HACKEAR SUEÑOS

    Al-Hillah, Irak – 1986
    El sargento Steven Clark sobrevivió a la Guerra Irán-Irak, pero no a lo que encontró en las ruinas caldeas cerca de Babilonia.

    • El descubrimiento:
      Una secta de sacerdotes onironautas lo reclutó tras verlo sobrevivir a un bombardeo… soñando con él antes de que ocurriera.
    • El entrenamiento:
    • Bebió agua del Éufrates mezclada con polvo de tablillas cuneiformes.
    • Durmió 40 noches en el Templo de Mamu, donde los chacales le hablaban en acadio.
    • Robó el espejo de obsidiana de un altar dedicado a Ishtar (la diosa, no la puta de la guerra, como le gustaba aclarar).
    • La traición:
      Los caldeos no le dijeron que el espejo era una puerta para Dormammu (perdón, error de universo… para Tiamat).

    II. EL CIRCO ERESHKIGAL

    Texas, 1993
    Steven llegó al circo como ayudante, pero cuando la quiromántica desapareció (el dueño dijo «enfermedad», pero él vio el hoyo detrás de la carpa), ofreció su talento especial.

    El primer show:

    • Técnica aprendida en al-Hillah:
    1. Té de amapola y hígado de buitre (para abrir la mente).
    2. Espejo negro frente al voluntario.
    3. Susurrar: «Shamash judge, but Mamu loves» (su arameo era pésimo, pero funcionaba).
    • Resultado:
      La primera voluntaria soñó con su difunto marido… y despertó con sus dedos convertidos en tentáculos. El dueño del circo (cuyo ojo izquierdo brillaba como moneda falsa) le susurró:
      «Bienvenido al negocio de los sueños prestados, Ishtar».

    III. LOS TRES PECADOS ONÍRICOS

    Para convertirse en un verdadero onironauta, Steven debía cometer tres actos prohibidos:

    1. Corromper un sueño puro (el niño que quiso volar y terminó con huesos de pájaro).
    2. Robar del inframundo (la pareja que tocó el oro de Kur y enloqueció).
    3. Resucitar a un muerto (Laila, cuya hija regresó… pero como Lamashtu).

    (Cada pecado dejaba una marca caldea en su espalda. Cuando tuvo las tres, el espejo empezó a sangrar).


    IV. LA UNIVERSIDAD Y LA VERDAD

    Al huir, Steven llegó a la Universidad Arkham, donde descubrió:

    • El dueño del circo era Nergal-19, un sacerdote que usaba cuerpos de onironautas para vivir eternamente.
    • Sus clientes estaban en tanques de líquido amniótico, mutando en híbridos para Tiamat.
    • El séptimo tanque tenía su nombre… porque él era el último ingrediente.

    V. FINAL: EL ESPEJO ROTO

    Enfrentado a su reflejo (que ahora tenía dientes de chacal), Steven supo la verdad:

    • No era humano. Era un sueño de Nergal, creado para atraer a las víctimas.
    • Al romper el espejo, liberaría a Tiamat… o se liberaría a sí mismo.

    Última línea:
    «El circo Ereshkigal abrió sus puertas al día siguiente. El nuevo onironauta llevaba una máscara dorada… y hablaba con voz de Steven.»


  • Versa: Diez Latidos de Luz
    Por: Arthur Rojas
    Una fábula sobre el amor, el tiempo y el legado invisible de quienes dan sin esperar retorno.

    “No quiero que me lleves… quiero que vengas conmigo.” —Versa


    🌼 Alas del Relato

    • Ala Primera: Cuando las miradas trazan vuelo
    • Ala Segunda: Aventuras antes del reloj
    • Ala Tercera: El aire que falta
    • Ala Cuarta: Una lista sin tiempo
    • Ala Quinta: Los días saboreados
    • Ala Sexta: El gesto que da alas
    • Ala Séptima: El último deseo
    • Ala Octava: La hoja que no cayó

    🌿 Ala Primera: Cuando las miradas trazan vuelo

    Había un claro escondido más allá del murmullo de los álamos, donde el rocío amanecía más lento y las flores se abrían como si el sol las acariciara con una canción. Era ese tipo de lugar que los pájaros respetan y los insectos veneran como un altar. Allí, el viento no soplaba: danzaba.

    Versa flotaba entre anémonas silvestres con la cadencia de quien no vuela, sino que conversa con el aire. Sus alas, anaranjadas y gruesas como vitrales vivientes, cargaban manchas oscuras que parecían haber sido puestas allí por un pincel distraído y sabio. Movía una antenita cada vez que giraba, como si pulsara una nota musical privada.

    Observaba los bordes de cada pétalo con la paciencia de quien no tenía prisa ni lugar que alcanzar. Así vivía ella: posándose solo sobre las flores que aún no habían sido visitadas.

    Illo, que por entonces era sólo otro monarca entre tantos, la descubrió desde lo alto de una hoja de guayaba que colgaba en la ladera húmeda. Había visto muchas mariposas, claro… pero ninguna como aquella. No por el color, ni siquiera por el vuelo, sino por algo menos evidente: su modo de permanecer. De hacer del instante un refugio.

    Versa descendió sobre una dalia grande, roja y temblorosa por el peso de la humedad, y sacudió apenas sus alas. Illo se acercó un poco, dudando si era correcto irrumpir en algo tan coreografiado.

    Ella, sin girarse, dijo con una voz que parecía parte del zumbido del viento:

    —¿Estás danzando o escapando?

    Illo quedó paralizado por un segundo. Luego sonrió sin ser visto.

    —Depende… —dijo— de quién mire.

    Y en ese cruce invisible, donde la mirada no bastó y las palabras no fueron necesarias, comenzó algo que no tenía nombre aún. No se llamaba amor, ni destino. Sólo interés sostenido. Curiosidad con raíz.

    Desde ese día, comenzaron a recorrer senderos en paralelo. No hablaban todo el tiempo. Pero sí se esperaban. Se compartían sombra. Se turnaban para cortar las gotas más dulces del néctar. Aprendieron que volar a la par no era hacer lo mismo, sino no dejarse atrás.

    En el cielo, los cuervos cruzaban en sombra lenta. Más abajo, la tierra tejía con raíces su curso secreto. Pero ellos —Versa e Illo— volaban sin mapa, sin meta, como si apenas estuvieran reconociendo el contorno de un lazo invisible.

    Ese fue el primer deseo cumplido… sin que supieran que era uno.


    🌺 Ala Segunda: Aventuras antes del reloj

    Una tarde, el cielo tenía esa luminosidad naranja que da la sensación de que el día sonríe antes de apagarse. Olía a mango fermentado, a tierra húmeda, a flor abierta sin reserva. Las hojas crujían bajo pequeños escarabajos, y una abeja distraída se estrelló contra una espina de rosa con un zumbido torpe.

    Fue entonces cuando Illo la retó, bajando en picada:

    —¿Te atreves a posarte sobre ese hocico dormido?

    El perro, un viejo mestizo soñoliento y enorme, dormía en la orilla del jardín de los humanos. Tenía el lomo decorado por manchas claras y un tic involuntario en la oreja derecha. Sobre su nariz, temblaban los últimos rayos del sol.

    Versa se le quedó mirando por tres latidos completos. Luego sonrió —no con la boca, porque ella era mariposa— sino con las alas:

    —A veces lo frágil no necesita valentía. Solo equilibrio.

    Y voló. Con ligereza absoluta, como si el aire la llevara sin pedirle esfuerzo. Se posó exactamente sobre el hocico, sus alas batiendo en compás con el ronquido del perro. Illo, desde la rama, la miró con ese asombro que se parece demasiado al amor.

    Minutos después, regresaron volando en zigzag, riendo con el viento. No sabían que la vida los estaba probando. Pensaban que simplemente vivían.


    🌫️ Ala Tercera: El aire que falta

    No hubo un día exacto. Más bien fue un descenso sutil, como cuando el olor de una flor se apaga sin que notemos cuándo ocurrió.

    Versa dejó de alcanzar ciertas alturas. A veces se detenía en vuelo, como si olvidara a dónde iba. Illo fingía que no lo notaba. Pero lo sabía.

    Fue él quien la llevó donde el Dr. Clavé, un grillo médico de ojos serenos y alas finas como bisturíes. Su consultorio estaba hecho con corteza blanda y gotas de savia cristalizada, con polvo de pétalos y hojas enrolladas en espiral.

    Después de revisar sus venas translúcidas y auscultar el murmullo de su hemolinfa, dijo sin adornos:

    —No va a poder migrar. Su sistema está fallando. Su cuerpo no resistirá mucho más vuelo.

    Versa bajó las alas. Illo bajó la voz.

    —¿Hay algo que pueda hacerse?

    —Quizá. Pero también podrías preguntarte si hay algo que aún quiera hacer.


    🍃 Ala Cuarta: Una lista sin tiempo

    Esa noche, mientras el rocío pintaba las hojas de luna, Illo sacó una hoja de plátano recién caída. Con el tallo de una flor como pincel y una gota de resina, dibujó el contorno de un pensamiento.

    —Hagamos una lista. No para planear el futuro, sino para saborear el presente.

    Versa miró. Sonrió con una antena torcida.

    —Diez latidos de vida. Y uno por si el viento nos regala un rato más.

    La lista no tenía números. Ni fechas. Solo deseos.

    • Posarse sobre un girasol al amanecer.
    • Dormir dentro de una flor aún sin abrir.
    • Escuchar el canto de un colibrí sin moverse.
    • Compartir una fruta sin pelear por la gota más dulce.
    • Perderse a propósito… y encontrarse.

    Illo agregó el último, en silencio:

    • Estar contigo cuando cierres las alas.

    🌸 Ala Quinta: Los días saboreados

    Los días que siguieron fueron una coreografía de detalles.

    Durmieron en una flor de hibisco que se cerraba al anochecer como una cuna vibrante. Se columpiaron en hojas de sauco, contando estrellas reflejadas en gotas de lluvia detenidas.

    Versa ya no volaba tan alto, pero sus ojos tenían más horizonte que nunca.

    Una mañana, mientras compartían néctar de jazmín, dijo:

    —¿Sabes? Nunca supe cómo se ve el cielo desde abajo. Pero contigo… lo siento dentro.


    🌾 Ala Sexta: El gesto que da alas

    El cuerpo de Versa ya pedía pausa. Su vuelo era corto, casi simbólico. Pero su deseo seguía entero.

    Fue entonces cuando Clavé los llamó. Habían hallado el cuerpo de una mariposa joven, muerta por accidente pero en perfecto estado interno. El trasplante era posible. Una oportunidad. Una donación sin nombre.

    —No le dolerá —dijo el grillo—. Solo se dormirá. Si decide volver… lo hará.

    La operación fue un ritual. Luces de luciérnagas, seda tejida como puntos, susurros de polen. Illo esperó sin hablar, murmurando canciones que no existían.

    Cuando Versa abrió una antena… no dijo nada. Solo lo miró. Y tocó su ala.

    —¿Cuál deseo sigue?


    🌬️ Ala Séptima: El último deseo

    No podían migrar como antes. Pero aún podían partir. Juntos.

    Eligieron la roca más alta del claro. Versa sobre su espalda. Illo batiendo las alas por los dos. El cielo estaba cargado de viento dorado, como si lo supiera.

    Volaron. Ni lejos, ni alto. Solo… presentes.

    Y allí, entre las corrientes cálidas del mediodía.

    F I N

  • 🎭 La Máscara de Adentro
    Por: Arthur Rojas

    Una fábula sobre identidad, verdad y la belleza que florece cuando nadie finge.


    📜 Índice de Jaulas

    • Jaula Uno: Agua quieta no siempre duerme
    • Jaula Dos: Huevos vacíos, palabras llenas
    • Jaula Tres: Cosas que no se dicen… pero se notan
    • Jaula Cuatro: Los cuidadores discuten
    • Jaula Cinco: Cuando el rumor salta de rama
    • Jaula Seis: Las grietas que se reconocen
    • Jaula Siete: Noche de transformaciones
    • Jaula Ocho: Cuando el disfraz no se puede explicar
    • Jaula Nueve: Después del temblor
    • Jaula Diez: Cuando nadie finge, todos caben

    🦛 Jaula Uno: Agua quieta no siempre duerme

    Dalpa estaba posada en su barra metálica, prevenida por un sonido que no reconocía. Venía del sector húmedo. No era humano ni natural. Era un eco suave, como si el agua estuviera practicando un vals.

    Ella no espiaba. Ella observaba con detalle. Y si luego comentaba lo observado, eso ya no era asunto suyo.

    En el centro del estanque más antiguo del Zöo, Renka, el hipopótamo, danzaba.

    No había música. Pero sus movimientos estaban cargados de gracia. Se impulsaba en espirales, flotaba de espaldas, giraba con la panza expuesta a la luna. Un cuerpo que no pedía permiso, solo verdad.

    Dalpa no pudo repetirlo. No había oído ese gesto antes. Por primera vez, su pico se quedó mudo.

    —Eso no te lo enseñaron —murmuró.

    Renka no se detuvo.

    —No. Me lo guardé.

    —¿Y por qué ahora?

    —Porque hay noches en que el cuerpo… ya no pide permiso.


    🦜 Jaula Dos: Huevos vacíos, palabras llenas

    A la mañana siguiente, Dalpa observó a su hermana Enza trenzando ramitas junto a la tucana del pabellón vecino.

    —¿Hoy tampoco? —dijo Dalpa, fingiendo burla.

    Enza sonrió.

    —Hay nidos que se hacen para estar… no para llenar.

    —¿Y eso de quién lo copiaste?

    —De mí. ¿Tú podrías decir algo tuyo?

    Dalpa no supo qué decir. Por primera vez… no supo cómo sonar como ella misma.


    🐾 Jaula Tres: Cosas que no se dicen… pero se notan

    La rutina siguió. Renka nadaba como siempre. Dalpa callaba como nunca. Pero algo había cambiado.

    Los movimientos sutiles se notaban: los monos miraban raro, los cuidadores tomaban notas. Nadie hablaba abiertamente… pero el aire se volvió sospecha.

    Los rumores, como los mosquitos, empezaban a picar.


    📋 Jaula Cuatro: Los cuidadores discuten

    En la Sala de Orientación, los cuidadores repasaban informes:

    —El flamenco volvió a levantar la pata en espiral. Frente al público.
    —El hipopótamo… ¿estaba pintado?
    —No podemos clasificarlo como agresivo ni reproductivo.
    —Entonces, conducta no taxonómica. Anótenlo así.

    Y así, lo innombrable recibió un nombre burocrático.


    🗣️ Jaula Cinco: Cuando el rumor salta de rama

    —¡Renka se cree ave acuática! —gritaron los monos.
    —¡Dalpa ya no repite nada! —chismearon los suricatas.

    El rumor se volvió clima. El clima, sombra. Y en las sombras… el miedo empezaba a formarse.


    🫂 Jaula Seis: Las grietas que se reconocen

    Enza se posó junto a Dalpa. Compartieron fruta.

    —Siempre estuve atenta a todos… pero no supe verte —dijo Dalpa.

    —Quizá porque hablabas cuando era momento de escuchar —respondió Enza.

    Y el silencio fue puente.


    🎭 Jaula Siete: Noche de transformaciones

    La dirección organizó una “fiesta de convivencia”. Disfraces. Juegos. Diversión.

    Pero los disfraces no fueron juegos. Fueron manifiestos.

    • Renka apareció pintado como mariposa, con peluca de algas y banda: Miss Plenitud Tropical.
    • Dalpa colgó de su pico un cartel: “Hoy no repito. Hoy respiro.”
    • Enza llegó con la tucana. Sin disfraces. Con flores.
    • Sugeo, el flamenco, danzó con las patas pintadas de tierra.

    Otros también llegaron: un cocodrilo disfrazado de pez, un puma con pétalos en el lomo, una tortuga con espejo.

    Una niña aplaudió.

    Y el cristal del orden comenzó a resquebrajarse.


    🚨 Jaula Ocho: Cuando el disfraz no se puede explicar

    Los cuidadores activaron el protocolo.

    —Código ámbar. Flamenco en espiral. Hipopótamo maquillado.

    Vinieron inspectores. Fríos, grises, mudos. Señalaron con garras burocráticas. Se prepararon detenciones.

    Pero entonces, llegaron tres figuras del sector de más alto prestigio:

    • El lagarto de documentales.
    • La cigüeña con medallas.
    • El tapir galardonado… con sombra rosada bajo su antifaz.

    —Estuve toda la noche aquí —dijo el tapir—. Y no vi ningún disturbio. Solo belleza. Y verdad.

    Los cuidadores tragaron saliva. Los informes quedaron sin llenar.


    🌅 Jaula Nueve: Después del temblor

    No arrestaron a nadie. Pero no volvieron a organizar fiestas.

    Dalpa bajó de su rama, miró a Renka y dijo:

    —Sigue bailando.

    Y él lo hizo. Sin maquillaje. Sin permiso. Solo con verdad.


    🕊️ Jaula Diez: Cuando nadie finge, todos caben

    Una nueva placa fue colocada:

    “Este espacio celebra a quienes no fingen.
    A quienes viven sin permiso.
    A quienes se eligen cada día, aunque otros no sepan cómo nombrarlos.”

    Los cuidadores comenzaron a borrar algunas etiquetas.
    No para reemplazarlas.
    Sino para aceptar que hay cosas que no necesitan clasificarse para merecer respeto.


    ✨ Epílogo

    Quizá todos llevamos una máscara.
    Pero hay máscaras que no cubren…
    revelan.

    La de adentro.
    La que brilla cuando, al fin, dejamos de fingir.


    Fin.
    🎭 La Máscara de Adentro
    Escrita por Arthur Rojas, acompañada por una criatura sin rostro pero con voz.
    F I N

  • Cuatro Vidas y un Réquiem

    Un cuento literario de Arthur Rojas

    “Podemos ignorar las diferencias y suponer que todas nuestras mentes son iguales. O podemos aprovechar estas diferencias.”
    — Howard Gardner


    Capítulo I: La Puerta Sellada del Penthouse 49

    Martín Cárdenas controla media industria, pero sus días se le escapan entre llamadas, informes y rostros desechables. Su penthouse en lo alto de la ciudad está decorado con arte moderno que nunca observa, y sus trajes huelen más a prestigio que a humanidad.

    Sus noches son un desfile de apuestas, alcohol, y promesas vacías. Una madrugada, mientras busca algo que no recuerda haber perdido, encuentra una caja de madera lacada en el fondo del minibar. Dentro, un diario azul. En su primera página, una frase escrita con letra angulosa:
    “Me convertí en lo que mi padre temía. Y sin embargo, ¿quién me enseñó a temerlo?”

    Martín lo cierra. Toma otro trago. Afuera, la ciudad continúa sin él.


    Capítulo II: El Cuerpo Ajeno de Abril

    Abril estudia por las mañanas y sobrevive por las noches. Se disfraza con maquillaje que intenta ocultar el temblor de sus manos. No hay familia que la espere, solo una habitación alquilada y una lista de tarifas.

    Esa noche, mientras se quita los tacones, saca del bolso un cuaderno pequeño, azul, con las esquinas desgastadas. Lo abre por la mitad.
    “He olvidado el sonido de mi voz cuando no finjo. Si alguna vez tuve un alma, tal vez la alquilé sin leer el contrato.”

    Lo cierra con el mismo gesto que apaga la luz. Mañana hay examen. Y alguien más al otro lado de la puerta del motel.


    Capítulo III: El Cuarto sin Ventanas de Gabriel

    Gabriel ríe cuando no debería. Vive en un loft donde el humo se queda a dormir. Vende lo que puede, consume lo que encuentra y busca consuelo en canciones que ya no le dicen nada.

    Esa tarde, después de pelear con su madre por teléfono, abre un cajón que casi nunca toca. Allí, entre apuntes viejos de arquitectura y pulseras rotas, está el diario azul. Una página arrugada dice:
    “Me drogo para sentir menos… pero lo que me quema no es la culpa. Es no saber si alguna vez fui amado de verdad.”

    Gabriel lo arranca. Lo quema. El papel se consume, pero la frase se queda.


    Capítulo IV: El Confesor que No Calló

    Julián viste de negro y calla en latín. Lleva sotana desde los catorce, cuando su familia lo ofreció a la Iglesia como quien rinde cuentas. Nunca creyó del todo, pero obedeció siempre.

    El confesionario es oscuro y tibio. Un hombre confiesa pecados que Julián también ha cometido. La voz del feligrés parece venir desde dentro. Julián lo escucha en silencio… hasta que abre la puerta bruscamente, lo toma por la sotana y casi lo asfixia.

    Esa noche, en su celda, busca debajo del colchón un cuaderno azul. Lo abre como quien abre una herida.
    “Me negué a vivir mi vida. Ahora cargo con las vidas que otros me obligaron a ensayar.”

    El reloj marca las 3:13.


    Capítulo V: Sala 17B – Donde Despiertan los Ecos

    El hombre abre los ojos. No sabe cuánto tiempo ha pasado. La habitación es blanca, con una sola silla, una mesa metálica y un cuaderno sobre ella.

    Lo toma. Es azul. Dentro hay frases escritas con caligrafías distintas. Vidas ajenas que le suenan familiares.
    Se detiene en la primera página. Letra ordenada. Fecha antigua.

    “Mi nombre es R.G. Soy escritor. He decidido recluirme en este hospital por voluntad propia. No estoy enfermo (aún). Pero quiero conocer la enfermedad desde adentro. A través de las vidas que aún no existen.”

    El hombre lo cierra. Escucha pasos. Entra una enfermera.

    —¿Recuerda su nombre hoy, señor Gálvez?

    Él asiente. Pero no dice nada.


    Interludio: Informe Clínico

    CLÍNICA PSIQUIÁTRICA SAN ELIGIO
    Paciente: Gálvez, R.
    Edad: 61 años
    Diagnóstico provisional:

    • Trastorno de Identidad Disociativo
    • Fuga disociativa episódica
    • Posible actividad literaria con inmersión simbólica

    Observación clínica:
    El paciente manifiesta cuatro identidades separadas, con registros distintos en un diario azul. Ha comenzado a referirse al cuaderno como “última forma de recordarme”.

    Nota del médico tratante:

    “Uno no puede mentir con esta tristeza.”
    “¿Y si todo lo que vive fue, alguna vez, solo una historia que se escribió a sí misma?”


    Capítulo VI: Réquiem

    Una noche, el paciente entra a la biblioteca del hospital, con el diario azul en mano. Se sienta frente a una máquina de escribir sin cinta.

    Empieza a teclear, sin tinta, nombres que nadie más recuerda: Martín, Abril, Gabriel, Julián.
    Luego escribe uno que sí le pertenece. O que tal vez inventó.

    R.G.

    Cierra los ojos.
    Y los abre.
    F I N

  • Niji y el Color de los Días

    Una fábula sobre creer incluso cuando nadie más lo hace
    por Arthur Rojas

    Capítulo 1 – El Arco de los que Sueñan

    En el pueblo de Altos del Silencio, el tiempo no caminaba: se deslizaba como neblina por las calles, sin hacer ruido, sin dejar huellas. Las ventanas estaban cerradas desde hacía años. Las tiendas, cubiertas de polvo. Y los columpios de la plaza, oxidados y quietos como relojes parados.

    Allí nació Lara.

    A diferencia del pueblo, ella no sabía quedarse quieta. Tenía once años y una imaginación tan despierta que, si alguien miraba bien, podía ver cómo los colores le chispeaban detrás de los ojos. Cuando el mundo parecía gris, ella abría sus cuadernos y lo volvía a pintar.

    Desde muy chica, Lara dibujaba su pueblo con un detalle constante: un arcoíris al fondo. Siempre. Aunque lloviera poco, aunque los demás dijeran que eso no pasaba allí. Ella igual lo ponía, como si ese cielo de siete colores fuera la verdadera forma de recordar que las cosas podían cambiar.

    Las maestras la adoraban. Siempre la elegían para decorar la escuela en los días festivos. Lara creaba murales con flores imposibles, guirnaldas hechas de papel reciclado, banderas de tela vieja teñidas a mano.

    Ese año, en el Día de San Patricio, se superó.

    Organizó a sus compañeros como un pequeño ejército de creadores. Usaron cajas de cartón, retazos de foami, y una lluvia entera de escarcha para construir su obra más querida: un gran arcoíris que nacía en una nube de algodón y terminaba en un caldero lleno de monedas doradas de papel. Lo colocaron en el escenario principal del acto escolar, y brillaba como si tuviera luz propia.

    Cuando los niños le preguntaban por qué siempre hacía arcoíris, ella respondía con naturalidad:

    —Porque son señales de que algo bueno viene. Porque son reales, pero parecen mágicos. Porque hasta en el cielo, las lágrimas pueden volverse colores.

    Y si alguien se quedaba un poco más tiempo a su lado, le contaba más cosas:

    —¿Sabías que los arcoíris no son arcos, sino círculos completos? Solo que desde el suelo no los vemos. Que hay dobles, triples y hasta cuádruples. Que todo depende del punto antisolar, que es justo el lado contrario al Sol donde se forma la magia. Y que a veces… no se forman si nadie los espera.

    Algunos reían. Otros decían “¡qué rara es Lara!”. Pero ella no se inmutaba.
    Porque los arcoíris no se explican: se sienten.
    Y en su corazón, ella los sentía nacer.

    Ese mismo día, de regreso del colegio, Lara tomó el camino largo.
    La llovizna era leve, de esa que apenas moja. El aire olía a tierra despierta.
    Y justo al pasar por el viejo ceibo que bordeaba la ladera del río, lo vio.

    Una figura pequeña, agazapada entre la maleza. Llevaba algo brillante en la cabeza, como un sombrero verde, y su ropa resplandecía, aunque el sol se ocultaba entre nubes.

    Lara se detuvo.
    El ser levantó la vista. Tenía ojos de aurora y barba diminuta.

    El corazón le dio un salto.
    Ella pestañeó.
    Y el duendecillo desapareció como si se lo tragara la tierra.

    No gritó. No huyó. Solo caminó más rápido, con las manos cerradas y el pensamiento encendido como una linterna.
    Por primera vez, algo que había soñado parecía haberse salido del dibujo.

    Pero no sería la última vez.

    Capítulo 2 – Niji

    Dos días después, al salir de la escuela, Lara encontró a un niño sentado en las raíces del mismo ceibo. Tendría unos siete años. No lo había visto nunca. Llevaba ropa de otro tiempo, una sonrisa traviesa y una mirada tan vieja como el viento.

    —Hola —dijo él—. Soy Niji.

    —¿De qué parte eres?

    —De un pueblo que ya no existe, pero muy cercano a este.

    No sonó extraño. No con ese tono.

    Niji hablaba distinto. No como un niño, ni como un anciano. A veces parecía saberlo todo; otras, parecía descubrir el mundo junto a ella. Comenzaron a verse cada tarde. A veces él desaparecía sin aviso, pero siempre volvía.

    Le contaba cosas sobre los colores, sobre la memoria de las plantas, sobre el idioma de los pájaros. Y sobre los arcoíris.

    —He sido el encargado de que existan desde hace siglos —le dijo una tarde, mientras ambos miraban el cielo por entre las ramas.

    —¿De verdad?

    —No puedo hacerlos solo. Se necesitan dos cosas que escasean: agua en el aire… y alguien que crea que es posible.

    Lara lo miraba sin miedo. Como si todo eso fuera lo más natural del mundo.

    Pero él advirtió algo más:

    —Necesito tu ayuda, Lara. No me escucharán si soy un duende. Ni si soy un niño. Solo tú puedes abrirle la puerta al color de los días.

    Y entonces, frente a sus ojos, Niji creció. Se volvió un joven alto, de rostro luminoso, y en sus ojos giraban destellos de todos los tonos conocidos. Y algunos que aún no tienen nombre.

    Capítulo 3 – La Tormenta

    La vida comenzó a cambiar.
    Una abuela plantó flores en un balcón abandonado.
    Un niño dejó un dibujo de sol en la puerta de una tienda.
    Un vecino triste salió a barrer su acera.
    El pueblo aún era el mismo, pero ya no era igual.

    Hasta que llegó la tormenta.

    Una de esas que oscurecen el día como si la tierra hubiera cerrado los ojos. El cielo rugía. La lluvia golpeaba como si quisiera lavar los tejados de todos los años perdidos.

    Lara sintió un llamado.
    Niji no había regresado en días.
    Algo dentro de ella sabía que debía ir al ceibo.

    Corrió bajo la lluvia, con los zapatos empapados, con el alma temblando.
    Y justo al llegar al árbol, un rayo rasgó el cielo y cayó cerca.
    Un estruendo.
    Un resplandor.
    Y luego… el silencio.

    La encontraron tendida, apenas respirando.
    La llevaron al hospital. Quemaduras leves. Corazón débil.
    No respondía.

    Esa noche, mientras los médicos la daban por perdida, una luz entró por la ventana de cuidados intensivos. No era eléctrica. No era terrenal.

    Niji estaba allí.

    Ya no como niño ni joven. Era solo color girando en forma humana, como si el alma de todos los arcoíris hubiera tomado cuerpo.

    Le rozó la frente con una mano de luz.
    Y desapareció.

    Capítulo 4 – El Arcoíris Cuádruple que Maravilló al Mundo

    A la mañana siguiente, Lara abrió los ojos.
    Sus signos vitales mejoraron.
    Los médicos no entendían.

    El pueblo entero lo supo antes del mediodía.
    Y entonces, sucedió el milagro.

    El cielo, aún con la llovizna cayendo como un susurro, se llenó de colores.
    No uno. Ni dos.
    Cuatro arcoíris completos, perfectamente visibles, uno dentro del otro.

    La colina se llenó de gente.
    Los celulares grababan.
    Los abrazos eran reales.

    📱 “El Asombroso Arcoíris Cuádruple que Maravillaba al Mundo”
    🌐 “Según los expertos, solo han ocurrido menos de cinco en los últimos 250 años.”

    Pero en Altos del Silencio, nadie hablaba de estadísticas.
    Hablaban de Lara.
    Hablaban de cómo una niña, con su fe en lo invisible, les había devuelto los colores.

    Días después, al pie del mirador, alguien colgó un cartel de madera pintado a mano.
    Nadie lo firmó.
    Pero todos sabían de quién era.

    “Cuanto más fuerte es tu tormenta, mayor será el brillo de tu arcoíris.”

    📘 FIN

  • Días Perdidos

    por Arthur Rojas

    ✴️ Dedicatoria

    A quienes alguna vez lo perdieron todo…
    y en ese todo, encontraron el alma.

    1. El experimento social

    Valentina Mendoza, una joven inteligente, astuta y privilegiada, aceptó participar en un experimento social ideado por sus compañeros de clase en su carrera universitaria. El reto: vivir tres días como indigente en la ciudad para comprobar si sería capaz de sobrevivir fuera de su burbuja de privilegio.

    Diseñó un plan meticuloso: trazó rutas seguras con Google Maps, seleccionó los mejores lugares para resguardarse y organizó con su chofer el escondite de tarjetas de crédito y celulares en puntos estratégicos. Todo estaba bajo control.

    O eso creía.

    1. La venganza de Diego

    Diego, su exnovio, aún herido por una ruptura pública y humillante, se enteró del experimento y vio la oportunidad perfecta para vengarse. Movido por el despecho, organizó un plan cruel: alteró el itinerario sin que nadie lo supiera.

    Valentina fue interceptada y secuestrada. Al despertar, se encontraba abandonada a 200 kilómetros de la ciudad que conocía, sin sus recursos escondidos, sin ninguna forma de pedir ayuda. Estaba completamente sola, desorientada y vulnerable.

    1. El accidente y la pérdida

    En su intento por volver a algún lugar conocido, deambuló por barrios desconocidos y peligrosos. Un grupo de indigentes, viejos y jóvenes, intentó abusar de ella. Corrió, luchó, escapó… pero en su desesperada huida fue atropellada por un automóvil.

    Sobrevivió, pero entre sus múltiples heridas, perdió algo esencial: la memoria.

    1. Paloma

    Una mujer sin pasado, sin nombre. Fue recogida por un pequeño grupo de desamparados que la apodaron Paloma, por su fragilidad y su mirada extraviada.

    Paloma comenzó a reconstruirse desde cero. Aprendió a buscar comida entre desechos, a protegerse del frío con cartones, a compartir lo poco que tenía.
    Y, más importante aún, comenzó a descubrir la humanidad real —no la caridad condescendiente— que se esconde en las calles.

    1. Morales y la sospecha

    Mientras tanto, el inspector Morales avanzaba en la investigación de la desaparición. Había algo extraño en Diego, especialmente cuando comenzó a buscar a Valentina en Templeton, un lugar donde se suponía que ella nunca iría.

    Su intuición lo llevó a hospitales y refugios. En uno de ellos, una enfermera observó la foto de Valentina y dijo:

    “Con esa cara de revista jamás la van a encontrar.
    Pero creo que vi esos ojos… aunque distintos.”

    Con ayuda de IA, reconstruyeron una posible imagen de cómo luciría Valentina tras meses en la calle. Fue un shock.

    1. La confesión

    La presión y la culpa consumieron a Diego.
    Terminó confesando:

    —Quería que sintiera lo que era vivir sin poder…
    Pero ahora, soy yo quien no puede con el peso de lo que hice.

    Al enterarse, Valentina (ahora con fragmentos de recuerdos que regresaban lentamente) pidió que no se presentaran cargos. No por compasión, sino porque, en sus palabras:

    —Él cambió mi destino.
    Pero me permitió renacer.

    1. El reencuentro

    La llevaron a casa. Sus padres la abrazaron entre lágrimas, pero su mente no los recordaba. Su corazón seguía pensando en Clara, Andrés y los niños con los que había compartido los días más duros y puros de su existencia.

    Sentía que no pertenecía aún a esa casa, ni a ese mundo brillante. Aún no.

    1. La copa de agua

    En una cena de bienvenida en un hotel de lujo, vestida, maquillada y rodeada de periodistas, Valentina permanecía en silencio.

    Mientras las copas de champaña brillaban, ella solo pensaba en los estómagos vacíos de la calle.

    Alzando una simple copa de agua, dijo:

    —Hoy les juro que comenzaré mi nueva vida.

    1. El efecto mariposa

    A medida que los recuerdos volvían en flashes, Valentina fue reconstruyendo su historia. Agradeció en secreto el caos que la transformó.

    Donó toda su ropa, maquillaje y objetos de lujo. Con lo recaudado, comenzó a planear una fundación.

    Pidió que no se tomaran represalias contra Diego. Para ella, su venganza fue el principio de todo.

    1. Fundación ALAS

    Volvió a Templeton. Buscó a Clara, Andrés, los niños, los indigentes con los que había compartido su renacer.

    Los integró como fundadores y empleados de la Fundación ALAS: ayuda para personas sin hogar, comedores, refugios, programas de desintoxicación, educación y becas.

    Convenció a sus antiguos compañeros del experimento original para unirse como voluntarios.

    1. Días encontrados

    A los 25 años, Valentina Mendoza fue reconocida internacionalmente por haber creado la institución autosostenible con más voluntarios jóvenes del mundo.

    Sus días perdidos no fueron los que vivió en la calle…
    Fueron los anteriores, cuando no conocía su propósito.

    Y así, Valentina y Paloma, ahora una sola, extendieron sus alas.

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