Cuentos Literarios A R

• “Una colección de cuentos con realismo mágico, poesía y conciencia”

Arthur Rojas

 

PRÓLOGO

Royal Albert Hall — Londres

 

El escenario huele a madera centenaria y a electricidad nueva.

Cinco mil personas contienen el aliento en el Royal Albert Hall, y el único hombre bajo los reflectores lleva un traje negro tan preciso que parece cortado por una navaja. No hay conejo. No hay sombrero de copa. No hay asistente sonriendo con los dientes apretados.

Hay silencio.

El hombre levanta las manos — palmas al frente, dedos separados — y el gesto tiene algo de rendición y algo de amenaza. Cuando habla, su voz no usa el micrófono: atraviesa el aire como si el aire le perteneciera.

—Esta noche —dice— no voy a hacerles trucos. Esta noche voy a mostrarles algo que ya saben, pero que llevan años negándose a ver.

El techo de cobre de la cúpula devuelve esas palabras con un retraso de medio segundo, como si el edificio también necesitara pensarlas.

Nadie sabe que en pocas semanas ese hombre regresará a Venezuela por primera vez en once años.

Nadie sabe lo que lo espera allá.

Nadie sabe que el hombre en el escenario tampoco se llama como dice el cartel.

El cartel dice: EL GRAN OROBAS. Una noche. Una sola función.

Pero eso es una mentira piadosa. Lo que ocurrirá en las semanas que siguen no terminará cuando se apaguen los reflectores.

* * *

Maracaibo, Venezuela

 

I.

 

El problema con Román Bracamonte no era que fuera torpe. El problema era que creía que no lo era.

Tenía doce años y la convicción silenciosa de que había nacido para algo que todavía no tenía nombre. Sus compañeros del Liceo Udón Pérez lo llamaban de otras formas: Bracas, el Rarito, o simplemente Ese — ese muchacho que come solo, ese que se sienta al fondo, ese que dibuja círculos en los márgenes del cuaderno durante toda la clase de historia. Círculos dentro de círculos, como ojos que se miran a sí mismos.

Su madre decía que era sensible. Su padre — cuando todavía vivía en la misma casa — decía que era un caso.

Román pensaba que ambos tenían razón, pero ninguno entendía la causa.

Lo que le ocurría a Román era sencillo y devastador: veía demasiado. Veía la grieta en el yeso detrás del maestro antes de que el maestro la viera. Veía cuándo Alejandro Parra iba a tirarte el borrador antes de que Alejandro Parra tomara la decisión. Veía la lluvia llegar desde el lago una hora antes de que cayera la primera gota. No era un don que pudiera usar para nada. Era simplemente el peso de notar todo en un mundo donde nadie notaba nada.

Por eso, cuando descubrió la magia, le pareció la solución más lógica del mundo.

* * *

Fue en el mercado de Las Pulgas donde vio por primera vez a un hombre hacer desaparecer una moneda. No era un mago profesional — era un viejo con una guayabera amarilla y las uñas largas que vendía remedios caseros entre las mesas del pasillo central. Pero cuando cerró el puño sobre la moneda de cincuenta bolívares que Román le había dado como prueba, y abrió la mano para mostrarla vacía, algo se rompió en el pecho del muchacho.

No el asombro. El asombro lo conocía. Era otra cosa.

Era el reconocimiento.

Como cuando ves tu nombre escrito en un idioma que no conoces y sin embargo lo lees perfectamente.

—¿Cómo lo hizo? —preguntó Román, y su voz sonó más pequeña que su edad.

El viejo lo miró un momento largo, con esa calma que tienen algunos ancianos que ya no necesitan nada de nadie.

—Convencí al aire de que la moneda no existía —dijo, y guardó el dinero en el bolsillo de la guayabera con toda la naturalidad del mundo.

Román regresó a su casa sin los cincuenta bolívares y con algo que no cabía en los bolsillos.

* * *

Los meses siguientes los pasó practicando frente al espejo del baño. Robó un libro de trucos de la biblioteca del liceo — lo devolvería, se dijo, cuando lo hubiera copiado todo a mano, cosa que nunca ocurrió — y aprendió a hacer desaparecer monedas, a doblar naipes en formas que desafiaban la geometría razonable, a hacer que un pañuelo pareciera caer más lento de lo que debía.

Era malo. Pero con una persistencia que rayaba en lo enfermizo.

Su compañero de banco, Jesús Emilio Useche — al que todos llamaban Chucho y que era el tipo de persona que sin proponérselo termina enredado en todos los problemas ajenos — lo vio practicar una tarde en el patio y le dijo que debería actuar en el festival de fin de año.

—Nadie va a presentar nada bueno —argumentó Chucho con esa lógica torcida que tenía para todo—. El año pasado Mariangela Suárez cantó La Bamba desafinada y le dieron un aplauso. Tú al menos haces algo raro.

Román debió haber dicho que no. Lo supo después, con toda la claridad que llega siempre demasiado tarde.

* * *

El festival se celebró un viernes de noviembre en el patio techado del liceo, con sillas plásticas color naranja dispuestas en filas y una tarima de madera que tenía el tablón del centro levantado como una lengua.

Román salió vestido con la camisa blanca de su primera comunión y una capa hecha de un mantel negro que su madre nunca supo que había desaparecido del armario. Llevaba un mazo de cartas, tres pañuelos de colores y la moneda especial que había marcado con una equis usando la punta de unas tijeras.

El público eran sus ciento cuarenta compañeros de liceo, doce profesores y la directora, que ya tenía cara de querer que terminara todo.

Empezó bien. Hizo el truco de la moneda — el primero que había aprendido — y salió sin mayores problemas. Algunos aplaudieron. Pocos. Pero aplaudieron.

Entonces intentó el segundo truco.

Era algo que había visto en un video y que, en el espejo del baño, le había salido exactamente dos veces de veinte intentos. Consistía en hacer aparecer un naipe específico — el rey de espadas — en el bolsillo de alguien del público. Para eso necesitaba distraer la atención, palmar la carta con rapidez y colocarla sin que se notara.

Lo que no había calculado era que el nerviosismo le hacía sudar las manos.

La carta resbaló. Cayó al tablón levantado de la tarima, rebotó contra los pies de la silla del profesor Contreras y terminó debajo de la primera fila de sillas color naranja, visible para todos desde el ángulo equivocado.

Hubo un segundo de silencio.

Después, la risa.

No fue la risa de cuando algo es gracioso. Fue la otra. La que tiene dientes.

Alejandro Parra — el mismo que tiraba el borrador — fue el primero en señalar la carta en el suelo y gritar algo que Román no pudo escuchar bien porque para ese momento ya había un zumbido instalado entre sus oídos que bloqueaba todo lo demás. Solo veía bocas abriéndose. Solo veía al profesor Contreras mirando al suelo con una mezcla de lástima e incomodidad. Solo veía a Chucho, en la cuarta fila, con la cabeza agachada.

Recogió la capa. Recogió las cartas. Bajó de la tarima.

No volvió a actuar frente a nadie en cuatro años.

* * *

II.

 

El libro llegó envuelto en papel de periódico y amarrado con un lazo rojo que Chucho había hecho con evidente dificultad.

—Dieciocho años —dijo Chucho, con el tono solemne que usaba para las cosas que le importaban de verdad—. Ya era hora de que alguien te regalara algo que sirve.

Román desenvolvió el paquete sobre la mesa de su cuarto. Era un libro grueso, de tapa dura color burdeos, con el título estampado en letras doradas que el tiempo había vuelto cobrizas: Arte y Ciencia de la Prestidigitación. El autor era un tal Profesor Alvarado Briceño, y en la foto de la contraportada aparecía un señor con bigote y mirada de notario.

—Lo encontré en una librería de viejo en la calle Carabobo —explicó Chucho—. El señor me dijo que era el único ejemplar que había visto en veinte años de oficio.

Román pasó la primera página. Olía a papel húmedo y a algo más antiguo que no supo identificar. Entre las páginas había una tarjeta escrita a mano con una caligrafía que se inclinaba hacia la izquierda: Para quien entienda que el truco no es el destino, sino el camino.

No supo quién la había escrito. Chucho tampoco. El señor de la librería ya había muerto cuando Chucho volvió a preguntar, meses después.

Esa noche Román leyó hasta las tres de la mañana.

* * *

Lo que encontró en el libro no eran trucos. Eran principios.

El Profesor Alvarado Briceño no hablaba de cartas ni de palomas ni de pañuelos. Hablaba de percepción. De cómo el ojo humano solo ve lo que el cerebro le autoriza ver. De cómo la atención es un recurso limitado que el mago administra como un general administra sus tropas. De cómo el silencio puede ser más poderoso que el gesto más elaborado.

Había un capítulo entero sobre el miedo. Sobre cómo el miedo del espectador es el verdadero motor del asombro. Sobre cómo un buen mago no engaña: seduce la mente hacia un lugar donde prefiere equivocarse.

Román subrayó ese párrafo tres veces con lápiz rojo.

Después lo borró. Le pareció que subrayarlo era como confesar que no lo sabía ya.

* * *

Volvió a practicar. Pero diferente.

Ya no era el muchacho de doce años frente al espejo del baño, contando los pasos y rezando para que los dedos obedecieran. Ahora tenía paciencia — esa clase de paciencia que viene del dolor y no de la virtud — y entendía que el truco perfecto no existe: existe el momento perfecto en que el espectador decide creer.

Actuó por primera vez a los diecinueve años en el cumpleaños de la hija menor de una vecina. Cobró lo justo para el pasaje de regreso. Nadie le tiró nada. Nadie se rió de la manera equivocada.

Para los veinte años tenía un repertorio de cuarenta minutos y un nombre artístico provisional — El Mago Bracamonte — que él mismo sabía que sonaba a dentista fracasado. Pero era un comienzo.

Actuó en quinceañeras, en fiestas patronales, en un centro comercial de la avenida Bella Vista que le pagó en vales de comida. Actuó bajo un toldo azul durante tres horas en una feria agrícola de Cabimas mientras llovía oblicuo y el público eran principalmente cinco niños y un perro.

Chucho lo seguía a todos lados. Cargaba la maleta de utilería, ajustaba el micrófono inalámbrico que compraron de segunda mano en el mercado de La Curva, presentaba al mago con una introducción que cada vez se hacía más elaborada y más inverosímil.

—Damas y caballeros —decía Chucho, con una voz que había trabajado frente al espejo propio—, esta noche serán testigos del más grande misterio del universo conocido…

Y Román salía, y hacía sus trucos, y el universo conocido seguía siendo bastante pequeño.

Pero en sus manos algo se estaba afinando. Algo que él todavía no tenía palabras para nombrar.

* * *

III.

 

La conoció en la Universidad del Zulia, en la cola de la fotocopiadora del edificio de Humanidades.

Tenía veintiún años Román, y ella debía tener algo parecido. Llevaba el cabello recogido con un bolígrafo atravesado como si fuera lo más natural del mundo, y cuando se volvió para decirle que la copiadora estaba atascada, Román notó que tenía el tipo de cara que uno recuerda antes de saberlo.

Se llamaba Blanca Rosa Montiel. Pero eso lo supo mucho después.

Ese día se presentó como Lucila. Lucila Gutiérrez.

—Nombre artístico —aclaró, con una sonrisa que no pedía permiso—. Estoy en teatro. Blanca Rosa Montiel suena a señora de barrio.

—Román Bracamonte —dijo él.

—Ese sí suena a mago —respondió ella.

Y en eso tenía razón, aunque no de la manera que pensaba.

* * *

La convenció tres semanas después, en el corredor del mismo edificio.

Le explicó que necesitaba una asistente para un show en el Club Náutico — su contrato más importante hasta la fecha, aunque eso no era decir mucho — y que el trabajo consistía básicamente en sonreír, entregar objetos en el momento correcto y dejarse meter en una caja una vez por noche.

—¿La caja es peligrosa? —preguntó Lucila.

—Completamente segura —dijo Román, que en ese momento todavía no había conseguido la caja.

—¿Cuánto pagas?

Le dijo una cifra. Era más de lo que tenía, pero menos de lo que ella valía, cosa que ambos sabían sin decirlo.

—Dame un adelanto —dijo Lucila— y cuento contigo.

Él le dio el adelanto. Con eso Lucila pagó el mes de alquiler atrasado y compró un boleto de autobús a Caracas, donde la esperaba un muchacho que tocaba cuatro en una banda de joropo fusión y que le había prometido cosas que el Club Náutico no podía ofrecer.

Pero eso Román no lo sabía todavía.

* * *

La noche del show en el Club Náutico, Román esperó a Lucila durante cuarenta minutos en la entrada de servicio.

La llamó al teléfono cuatro veces. Después doce. Después dejó de contar.

Actuó solo esa noche. Improvisó. Usó a un mesonero como asistente involuntario — un hombre de apellido Fuentes que tenía cara de no querer estar en ningún lugar — y logró llegar al final del show sin que nadie pidiera el dinero de vuelta.

Pero mientras hacía sus trucos, con las manos ejecutando los gestos aprendidos y la mente en otro lado, algo oscuro se instaló en el centro de su pecho como una piedra que hubiera encontrado por fin el lugar donde caer.

Lucila había desaparecido.

Y él, sin saber cómo ni por qué, no podía dejar de pensar que de alguna manera era culpa suya.

* * *

Se lo contó a Chucho esa misma noche, en el carro de regreso, con el traje todavía puesto y la maleta de utilería en el asiento de atrás.

—Desapareció —dijo Román, y la palabra le salió extraña, más grande de lo que quería.

—¿Cómo que desapareció? —dijo Chucho, con los ojos en la carretera.

—Que no llegó. No contesta el teléfono. Se fue.

Chucho guardó silencio un momento. Después dijo:

—¿Y la caja? ¿Habían ensayado con la caja?

—No había caja todavía —admitió Román.

Otro silencio.

—Román —dijo Chucho, con el tono de quien está eligiendo las palabras con cuidado—, ¿estás seguro de que está bien?

Y ahí estaba. La pregunta que Román no quería que nadie hiciera porque no quería oírse a sí mismo responderla.

—No sé —dijo.

Y eso fue suficiente para que Chucho, con la mejor intención del mundo y el peor instinto para los secretos, empezara a hacer preguntas en los lugares equivocados.

* * *

Nadie conocía a ninguna Lucila Gutiérrez en la Universidad del Zulia.

El Departamento de Teatro no tenía registro de ninguna estudiante con ese nombre. En el edificio de Humanidades, la señora de la fotocopiadora recordaba a una muchacha bonita que siempre venía con un bolígrafo en el cabello, pero no sabía cómo se llamaba.

Chucho buscó en las redes sociales que existían entonces. Nada.

El silencio que devolvió esa búsqueda fue más elocuente que cualquier respuesta. En la lógica de Chucho — que era buena persona pero tenía la imaginación torcida hacia el drama — una persona que no existe en ningún registro y que desaparece de golpe solo puede significar una cosa.

No se lo dijo a Román directamente.

Pero se lo dijo a otros.

Y otros se lo dijeron a otros.

Y así fue como Román Bracamonte, el Mago Bracamonte, empezó a cargar sin saberlo con una historia que no era la suya pero que llevaba su nombre.

* * *

IV.

 

Siguió actuando. Tuvo otras asistentes — Ana Corina, que era estudiante de danza y se mareaba cuando giraba; Yarismar, que era puntual pero tenía fobia a las palomas; Génesis, que duró una semana y renunció por mensaje de texto — y el show fue mejorando despacio, con la terquedad sorda de las cosas que no tienen otra opción que mejorar o desaparecer.

Pero Lucila seguía ahí. No como un recuerdo nítido — el tiempo la había vuelto borrosa en los bordes, como una fotografía que alguien dobló — sino como una pregunta sin respuesta que se instalaba justo antes de dormir.

La buscó en redes sociales más de una vez. Lucila Gutiérrez, Maracaibo. Nada. Lucila Gutiérrez, Venezuela. Nada. Lucila Gutiérrez, teatro, universidad. Nada.

Cada búsqueda fallida lo dejaba con la misma piedra fría en el pecho, un poco más pesada que la vez anterior.

¿Qué le había pasado?

¿Qué le había hecho él, sin querer, sin saber, con esa cosa oscura que a veces sentía moverse dentro de su pecho cuando actuaba?

No tenía respuesta. Y la ausencia de respuesta era, en sí misma, una forma de respuesta.

* * *

La tía Hortensia le escribió un correo un martes de junio.

Román apenas tenía relación con ella — era hermana de su padre, culta, soltera, de esas mujeres que en algún punto deciden que el mundo cabe mejor en los libros que en las personas — y el mensaje era breve: que si quería venir a Londres un tiempo, que había cuarto disponible, que no le prometía nada pero que la casa era grande.

Leyó el correo tres veces. Lo dejó sin responder dos semanas. Después le dijo a Chucho.

—Ve —dijo Chucho, sin dudar—. Aquí ya sabes lo que hay.

—Aquí tengo los shows —dijo Román.

—Bracas —dijo Chucho, y usó el apodo del liceo con una ternura que lo hacía diferente—, los shows pueden esperar. Tú llevas dos años actuando para el mismo público que ya sabe todos tus trucos.

Román no respondió. Pero esa noche empezó a buscar precios de vuelos.

* * *

Se fue un miércoles de agosto con una maleta mediana y la caja de utilería doblada en cartón dentro de una bolsa de tela que identificó en el aeropuerto como equipo de trabajo.

Chucho lo llevó hasta la terminal. Se dieron la mano. Chucho le dijo algo que pretendía ser gracioso y no lo fue del todo, pero los dos se rieron igual.

Mientras el avión ganaba altura sobre el lago de Maracaibo — esa masa de agua oscura que a ciertas horas parece un espejo roto — Román miró hacia abajo y pensó en Lucila.

En lo que no supo hacer. En lo que no entendió.

En la piedra fría.

Después el lago desapareció bajo las nubes y Román cerró los ojos.

No sabía que cuando volviera a Venezuela, años después, ya no se llamaría Bracamonte.

No sabía que lo estarían esperando.

No sabía ninguna de esas cosas.

Por ahora, solo era un mago mediocre de Maracaibo en un avión que volaba hacia el norte, con las manos en el regazo y los dedos moviéndose solos, practicando en el aire el truco más fabuloso del mundo, ese que todavía no conocía pero que sabía — con esa certeza sorda que no necesita pruebas — que existía en algún lugar y que era suyo.

* * *

Londres, Inglaterra

 

V.

La casa de Hortensia

 

Londres no olía como Román esperaba.

Había construido la ciudad en su imaginación durante el vuelo — una mezcla de películas viejas y postales que su tía le había mandado alguna vez — y en esa imagen Londres era gris y solemne y olía a historia. Pero el barrio de Lewisham donde vivía Hortensia Bracamonte olía a curry y a diesel y a algo vegetal que venía del canal, y las casas de ladrillo rojo se apretaban unas contra otras con la misma falta de pudor de cualquier barrio pobre del mundo.

La tía lo esperaba en la puerta con un abrigo color ciruela y una expresión que no era exactamente cálida pero tampoco era fría. Era la expresión de alguien que ha tomado una decisión y no piensa reconsiderarla.

—Estás más delgado que en las fotos —dijo, en lugar de hola.

—Viajé ligero —respondió Román.

Hortensia Bracamonte tenía sesenta y dos años y la energía contenida de las personas que han vivido solas tanto tiempo que han aprendido a no desperdiciar nada. Era hermana menor del padre de Román — ese hombre que se había ido cuando Román tenía ocho años y del que heredó los pómulos altos y el silencio — pero no se parecían en nada. Donde el padre había sido impreciso y fugitivo, Hortensia era exacta. Cada gesto en su lugar. Cada palabra elegida.

Lo llevó adentro sin más ceremonia.

La casa tenía tres pisos angostos y una escalera que crujía de manera diferente en cada peldaño, como si cada uno tuviera su propio idioma. El cuarto de Román era el del segundo piso, con una ventana que daba a un jardín pequeño donde crecía algo que pudo haber sido lavanda en otra época. La cama tenía una colcha escocesa. Había un escritorio de madera oscura con una lámpara de cuello largo.

—El baño lo compartimos —dijo Hortensia desde el marco de la puerta—. Desayuno a las siete. Si llegas después de las once, tienes llave.

—¿Y la biblioteca? —preguntó Román.

Hortensia lo miró un momento. Algo cruzó su cara — no sorpresa, sino reconocimiento, como si hubiera esperado esa pregunta antes que cualquier otra.

—Mañana —dijo.

Y cerró la puerta.

* * *

La biblioteca estaba en el tercer piso.

Hortensia lo llevó al día siguiente, después del desayuno, con la misma naturalidad con que se muestra una habitación de huéspedes o un jardín. Subieron la escalera crujiente hasta el último tramo y ella abrió la puerta con una llave que llevaba en el bolsillo del delantal, no en el llavero general.

Román entró y se quedó quieto.

No era grande. Ese fue el primer pensamiento — esperaba algo monumental y lo que encontró era una habitación de tamaño razonable con las paredes cubiertas de estantes hasta el techo y una mesa central con dos sillas. Pero había algo en el aire que no tenía que ver con el tamaño. Algo que se sentía antes de ver, como cuando uno entra a un cuarto donde alguien estuvo llorando hace una hora.

Los libros eran de todos los tamaños y todos los idiomas. Latín, inglés, alemán, árabe, algo que podría haber sido hebreo o podría haber sido otra cosa. Algunos tenían lomos tan gastados que el título era ilegible. Otros estaban protegidos con fundas de tela atadas con cintas.

—¿Son tuyos? —preguntó Román.

—Eran de los que vivían aquí antes —dijo Hortensia—. Cuando compré la casa vinieron con ella. Al principio pensé en venderlos. Después empezó a venir gente.

—¿Qué gente?

—Gente que sabía que estaban aquí. No sé cómo lo sabían. Venían, pedían permiso para leer, se sentaban en esa silla —señaló la de la izquierda— y se iban sin decir mucho. Algunos dejaban notas. Otros dejaban dinero, que yo nunca acepté.

Román miró los estantes. Sus ojos se detuvieron en un volumen de lomo negro con letras doradas que el tiempo había vuelto color miel.

—¿Puedo leer lo que quiera? —preguntó.

Hortensia consideró la pregunta con más seriedad de la que parecía merecer.

—Lo que quieras —dijo al fin—. Pero hay libros en esa biblioteca que no se leen. Se estudian. Y hay una diferencia.

Lo dejó solo con la lámpara encendida y el olor a papel viejo y a algo que, con el tiempo, Román aprendería a identificar como incienso de benjuí, aunque nunca vio a nadie quemarlo.

* * *

Pasó las primeras dos semanas leyendo con el orden metódico de quien tiene todo el tiempo del mundo y sabe que es mentira.

Empezó por los libros en español — había pocos — y siguió por los que tenían ilustraciones, que le permitían intuir el contenido aunque el texto fuera opaco. Encontró tratados de alquimia con grabados de hornos y serpientes mordiéndose la cola. Encontró un herbario ilustrado del siglo XVII donde cada planta tenía anotaciones marginales en una letra tan pequeña que necesitó la lupa de Hortensia para leerlas. Encontró un libro sin título cuyas páginas eran de un material que no era exactamente papel y que no quiso seguir tocando después de la tercera hoja.

También venía gente, tal como había dicho Hortensia.

Una mujer de unos cincuenta años que se presentó como Eleanor y que llegaba los martes con un cuaderno de notas y pasaba tres horas copiando fragmentos de un texto en latín sin hablar con nadie. Un hombre joven, casi un adolescente, que llegó una sola vez, preguntó por un libro específico con un título que Román no reconoció, y cuando Hortensia le dijo que ese no estaba, se fue sin más. Un señor mayor de apellido Ashworth que llegaba los jueves, saludaba a Hortensia con una inclinación de cabeza, subía al tercer piso, se sentaba en la silla de la izquierda durante exactamente noventa minutos y bajaba.

Román intentó hablar con Ashworth la tercera semana.

—¿Qué lee? —le preguntó, con más torpeza de la que hubiera querido.

Ashworth lo miró con la paciencia de quien ha respondido preguntas incorrectas toda la vida.

—Leo lo que necesito —dijo—. La pregunta que debería hacerse no es qué leo yo, sino qué está buscando usted.

Román no supo qué responder.

—Cuando lo sepa —dijo Ashworth—, los libros se lo van a decir solos.

Y siguió su camino hacia la escalera.

* * *

VI.

El espejo oscuro

 

Lo encontró un martes de octubre, mientras Eleanor copiaba su latín en silencio.

Estaba en el estante del fondo, en el tercer nivel desde el suelo, entre un diccionario de lenguas muertas y algo que parecía un atlas pero que contenía mapas de territorios que Román no pudo identificar en ninguna geografía conocida. Era un volumen encuadernado en piel oscura, sin título en el lomo. Lo bajó con cuidado, lo llevó a la mesa y lo abrió.

La primera página decía, en inglés antiguo y en letra impresa que alguien había corregido a mano en varios lugares:

Lemegeton Clavicula Salomonis.

La Clave Menor de Salomón.

Román cerró el libro. Lo miró un momento. Lo volvió a abrir.

Eleanor levantó los ojos de su cuaderno, lo observó brevemente y volvió a su copia sin decir nada. Pero Román notó que había dejado de escribir.

* * *

La Goetia era el primero de los cinco libros que componían el Lemegeton.

Román lo leyó en tres días, con la concentración irregular de quien no sabe todavía que está leyendo algo que va a cambiarle la arquitectura del pensamiento. Al principio esperaba encontrar horror — conjuros de maldad explícita, rituales de sangre, el tipo de oscuridad que justificara el miedo que los siglos le habían construido al libro. Lo que encontró fue otra cosa.

Un catálogo.

Setenta y dos entidades, cada una con su nombre, su rango, su sello geométrico y su función específica. Amon, Marqués de las Legiones Infernales, que revela el pasado y reconcilia a los enemigos. Vassago, de naturaleza buena, que declara las cosas pasadas y futuras y encuentra lo que se ha perdido. Orobas, Príncipe fiel, que da respuestas verdaderas sobre la divinidad y la creación, y no permite que ningún espíritu tiente al mago.

Román se detuvo en Orobas más tiempo del razonable.

Lo que lo perturbó no fue la descripción. Fue la lógica subyacente. Esas entidades no pedían adoración ni almas ni pactos de sangre. Pedían precisión. El sello correcto, trazado con el instrumento correcto, en el momento correcto. El nombre pronunciado de la manera correcta. Era un sistema. Y los sistemas, Román los entendía.

Pensó en el viejo de la guayabera amarilla en el mercado de Las Pulgas.

Convencí al aire de que la moneda no existía.

Leyó la frase de nuevo. Y después otra vez. Porque lo que el viejo había descrito — sin saberlo, o sabiéndolo perfectamente — era exactamente el principio central de la Goetia: no la imposición de la voluntad sobre la realidad, sino el acuerdo con algo que ya existe en ella. No el truco. El pacto.

Esa noche bajó a cenar con Hortensia y no dijo nada. Pero algo en su silencio debió ser diferente, porque ella lo miró una vez, con esa mirada exacta que tenía, y dijo:

—¿Encontró algo?

—Creo que sí —dijo Román.

—Bien —dijo Hortensia, y sirvió la sopa.

* * *

VII.

Donde la luz proyecta sombra

 

El segundo libro del Lemegeton se llamaba Theurgia-Goetia, y fue el que le rompió el primer esquema.

Si la Goetia era un catálogo de herramientas, la Theurgia-Goetia era un mapa de territorios ambiguos. Las entidades que describía no eran demonios ni ángeles en el sentido clásico — eran espíritus mixtos, gobernados por los puntos cardinales, que se movían entre ambos dominios con la misma indiferencia con que el viento cruza una frontera sin pedirle permiso a nadie.

Román pasó una semana entera con ese libro y salió de él sin la certeza con que había entrado.

Lo que lo perturbaba no era la complejidad del sistema — eso lo fascinaba. Lo que lo perturbaba era la implicación filosófica que nadie en el libro nombraba directamente pero que estaba en cada página como el agua en la esponja: el universo no tiene moral. Tiene estructura.

No hay bien y mal. Hay norte y sur. Hay entidades que responden al amanecer y entidades que responden al ocaso. Hay rituales que funcionan el martes y rituales que no funcionan el miércoles por razones que no son éticas sino técnicas, como un engranaje que solo encaja en una dirección.

Esto lo sentó a pensar durante una tarde entera frente a la ventana del tercer piso, mirando el jardín donde la lavanda muerta movía los tallos secos con el viento de noviembre.

Había crecido en Maracaibo con la idea vaga pero persistente de que el mundo tenía un lado bueno y un lado malo, y que la tarea de una persona decente era permanecer del lado correcto. Esa idea no había venido de una convicción religiosa profunda — su madre era católica de calendario, de misa en Navidad y Semana Santa — sino de algo más primitivo. Una intuición de orden.

La Theurgia-Goetia le estaba diciendo que esa intuición era, en el mejor de los casos, una simplificación.

Ashworth llegó ese jueves y Román, en lugar de dejarlo pasar, le bloqueó el camino en la escalera.

—¿Cómo se hace para saber en qué lado está uno —preguntó— cuando los lados no existen?

Ashworth se detuvo. Lo miró con algo que podría haber sido aprobación o podría haber sido lástima — con ese hombre era difícil distinguirlos.

—Uno no está en un lado —dijo—. Uno está en un punto. Y lo que importa no es el lado sino la dirección en que uno se mueve.

—¿Y cómo sé en qué dirección me estoy moviendo?

—Por lo que pierde —dijo Ashworth—. Siempre se sabe la dirección por lo que se va quedando atrás.

Subió la escalera sin más. Román se quedó en el peldaño que crujía diferente a todos los demás, pensando en Maracaibo. En Chucho. En la maleta de utilería en el cuarto de la planta baja. En Lucila.

En lo que había dejado atrás.

En lo que seguía sin entender.

* * *

VIII.

La burocracia de lo divino

 

El Ars Paulina llegó cuando Román ya no esperaba que nada pudiera sorprenderlo.

Era el tercer libro del Lemegeton, y su nombre venía de una tradición que decía que el Apóstol Pablo lo había encontrado en Éfeso y lo había conservado en secreto, convencido de que su contenido era demasiado poderoso para circular libremente. Si eso era cierto o no, a Román le importaba menos que lo que el libro contenía.

Ángeles.

Pero no los ángeles que había aprendido en el catecismo de Maracaibo — esas figuras de luz suave con misiones de consuelo y mensajes de paz. Los ángeles del Ars Paulina eran funcionarios. Tenían rangos, jurisdicciones, horarios de disponibilidad calculados según el grado exacto del sol en el horizonte y el signo zodiacal dominante. Para contactar con el ángel de la séptima hora del día era necesario saber no solo la hora sino el minuto, y hacer el ritual con una precisión que no dejaba margen para la fe ciega ni para la improvisación.

Román copió tablas enteras en su cuaderno. Calculó posiciones. Aprendió a leer un anuario astronómico con la misma naturalidad con que había aprendido a leer un mazo de cartas.

Lo que el libro le estaba enseñando, sin decirlo en esos términos, era que lo sagrado no era una emoción. Era una tecnología.

Y eso, para un hombre que había pasado años intentando convencer al público de que la magia era posible usando dedos y distracción y la complicidad inconsciente del deseo humano de ser engañado, era la revelación más desorientadora de su vida.

Porque si lo sagrado era una tecnología, entonces lo que él había estado haciendo en sus shows — esa manipulación fina de la atención, ese acuerdo tácito con el espectador de que la realidad podía doblarse — no era una imitación barata de algo real.

Era la misma cosa.

Con menos precisión. Pero la misma cosa.

* * *

Fue Eleanor quien se lo confirmó, sin pretenderlo.

Un martes de diciembre, cuando Román llevaba ya cuatro meses en la casa de Hortensia y la ciudad afuera había empezado a cubrirse con esa oscuridad temprana que tiene Londres en invierno, Eleanor levantó los ojos de su cuaderno y lo miró directamente por primera vez.

—¿Es mago? —preguntó.

—Ilusionista —dijo Román, con el reflejo defensivo de siempre.

Eleanor consideró la distinción.

—Los mejores ilusionistas que he visto —dijo— hacen exactamente lo mismo que describe el Ars Paulina. Preparan el espacio. Calculan el momento. Crean las condiciones para que algo ocurra. La diferencia es que ellos creen que lo están fingiendo.

—¿Y no lo están? —preguntó Román.

Eleanor volvió a su cuaderno.

—Esa —dijo— es exactamente la pregunta correcta.

* * *

IX.

El atajo que vacía

 

El Ars Notoria fue el último que leyó, y el más peligroso.

No en el sentido en que los libros de terror son peligrosos — no había en él ninguna instrucción que pudiera dañar a nadie de manera visible. Su peligro era más silencioso. Era el peligro de los atajos.

El Ars Notoria era, en esencia, un sistema de oraciones mágicas diseñadas para transferir conocimiento directamente a la mente del practicante. No el conocimiento que se obtiene leyendo y errando y volviendo a leer — ese conocimiento que tiene el peso específico de las horas invertidas en él. Sino el otro. El conocimiento instantáneo. La comprensión sin proceso.

Había notas, decían, que si se recitaban correctamente durante cuarenta días de ayuno parcial y meditación, abrían en el practicante una capacidad de absorción intelectual que no tenía equivalente natural. Gramáticas completas en una semana. Sistemas filosóficos en días. La geometría sagrada de los templos en una sesión de cuatro horas.

Román lo leyó con una mezcla de fascinación y algo que, si hubiera sido más honesto consigo mismo, habría reconocido como codicia.

Empezó el ciclo de cuarenta días en enero.

* * *

Lo que ocurrió durante esas semanas fue difícil de describir después, cuando intentó explicárselo a Ashworth.

No hubo visiones. No hubo voces. No hubo nada que pudiera calificarse de sobrenatural en el sentido espectacular. Hubo, en cambio, una claridad que llegaba en momentos inesperados — en la ducha, en la escalera crujiente, a las tres de la mañana mirando el techo del cuarto — y que tenía la textura de entender algo que siempre había sabido pero que nunca había podido formular.

Entendió el latín. No como quien aprende un idioma, sino como quien recuerda uno.

Entendió la geometría de los sellos — esos diagramas precisos que el Lemegeton asignaba a cada entidad — y vio que no eran símbolos arbitrarios sino mapas de relaciones, como diagramas de fuerza en un sistema físico.

Entendió, sobre todo, la mecánica de la atención humana con una profundidad que ningún libro de prestidigitación le había dado. Entendió por qué ciertos gestos funcionaban y otros no. Por qué ciertos silencios abrían en el espectador una brecha de receptividad que ningún truco podía forzar. Por qué el miedo — el miedo controlado, el miedo que sabe que tiene un límite — era el mejor aliado de quien quería que alguien viera algo que no estaba ahí.

O que estaba ahí y nadie más podía ver.

Pero el precio llegó sin anunciarse, como llegan las cosas que cuestan de verdad.

A la quinta semana, Román se sentó a cenar con Hortensia y no supo qué decirle. No por timidez — nunca habían sido conversadores — sino porque algo en el mecanismo que conectaba lo que sentía con lo que decía había desarrollado una fricción nueva. Como un instrumento que suena perfecto pero que ya no responde al músico con la inmediatez de antes.

Lo pensó intentando describir el sabor de la sopa.

Era buena. Lo sabía intelectualmente. Pero la experiencia de que era buena llegaba con un retraso de medio segundo, como una traducción.

Hortensia lo miró desde el otro lado de la mesa.

—¿Está comiendo? —preguntó.

—Sí —dijo Román.

—Come —dijo ella—. No analice.

Y ahí estaba. La diferencia que él había cruzado sin darse cuenta: ya no experimentaba. Procesaba.

* * *

X.

El nombre

 

Fue Ashworth quien le dijo lo que tenía que hacer.

No con esas palabras. Ashworth nunca decía las cosas con esas palabras.

Era marzo, y Román llevaba siete meses en la casa de Hortensia. Había terminado el ciclo del Ars Notoria, había dormido durante dieciséis horas seguidas al final del cuadragésimo día, y había despertado con la sensación de que algo en él había sido reorganizado sin pedirle permiso. Como despertar en una habitación conocida y descubrir que el mobiliario está en el mismo lugar pero la luz entra diferente.

Ashworth llegó ese jueves y por primera vez subió las escaleras y se sentó en la silla de la derecha — la que nunca usaba — y miró a Román directamente.

—¿Qué va a hacer con todo esto? —preguntó.

Román pensó en sus shows. En la maleta de utilería en el cuarto de la planta baja, que no había abierto en siete meses. En el Club Náutico de Maracaibo. En las quinceañeras y la feria agrícola de Cabimas y el mesonero de apellido Fuentes que no quería estar en ningún lugar.

—Magia —dijo.

—Eso ya lo hacía —dijo Ashworth.

—Otra magia.

Ashworth asintió muy despacio, con la cabeza, como si hubiera estado esperando esa respuesta durante todo el tiempo que llevaba viniendo a esa biblioteca.

—Entonces necesita un nombre —dijo—. No el nombre con que nació. El nombre que elija.

—¿Por qué?

—Porque el nombre es la jaula del poder —dijo Ashworth—. Y usted necesita una jaula lo suficientemente fuerte para lo que va a meter adentro.

Román pensó en el Lemegeton. En los setenta y dos nombres. En los sellos geométricos. En Amon, que revela el pasado. En Vassago, que encuentra lo perdido. En Orobas, el Príncipe fiel, que da respuestas verdaderas y no permite que ningún espíritu tiente al mago.

Fiel. Verdadero. Que no permite la tentación.

Las tres cosas que Román Bracamonte, el mago mediocre de Maracaibo, más necesitaba ser.

—Orobas —dijo.

La palabra quedó en el aire de la biblioteca con un peso que las otras palabras no tenían.

Ashworth lo miró un momento más. Después se levantó de la silla de la derecha, que no volvería a usar nunca, y dijo:

—Bien. Ahora aprenda a merecerlo.

* * *

Esa noche, Román abrió la maleta de utilería por primera vez en siete meses.

Sacó el mazo de cartas. Lo sostuvo en la mano. Lo sintió diferente — no más pesado ni más liviano, sino más claro, como un objeto cuya función uno comprende por fin en toda su extensión.

Empezó a practicar.

Pero ya no practicaba trucos.

Practicaba lo que el Ars Paulina llamaba la preparación del espacio: la secuencia de gestos y silencios y miradas que crean en quien observa las condiciones exactas para que algo ocurra. Algo que no es ni engaño ni milagro, sino el punto exacto donde ambos se vuelven indistinguibles.

Afuera, Londres llovía con esa paciencia inglesa que no promete parar.

Román no lo escuchaba. Sus manos se movían solas, con una precisión que no era nueva pero que ahora tenía dirección.

El Gran Orobas no había nacido todavía.

Pero ya estaba despierto.

* * *

El mundo, en orden

 

XI.

La sombra que bebe

The Magic Circle — Londres

El cartel decía Magic Showcase, y debajo, en letra más pequeña: Nuevas Voces del Arte Ilusorio. Román lo leyó tres veces en la entrada de la sede del Magic Circle, cerca de la estación de Euston, con el frío de abril pegado en la nuca y la maleta de utilería en la mano.

Era un escenario íntimo. Doscientas sillas, tal vez menos, dispuestas en semicírculo frente a una tarima que no tenía el anonimato de los grandes teatros. Aquí el público podía ver los poros. Podía ver las manos temblar. Esa intimidad era, según le había dicho Ashworth cuando le consiguió el lugar, la prueba más honesta que existía para un mago.

—En un teatro grande —había dicho Ashworth— el escenario te protege. Aquí no hay distancia. Solo hay verdad o hay nada.

Román había pasado tres semanas preparando el acto. No los trucos — esos los tenía. Lo que preparó fue el orden. La secuencia de gestos y silencios que el Ars Paulina llamaba la preparación del espacio. Calculó la hora del show, el grado del sol en el horizonte a las ocho de la noche en abril, el ángulo de la luz que caería sobre el lienzo blanco que había pedido colgar al fondo de la tarima.

Todo estaba calculado.

Excepto lo que ocurrió al final.

* * *

Los primeros cuatro actos salieron como debían.

El público del Magic Circle era profesional — magos, críticos, agentes, estudiantes avanzados del arte — y aplaudía con la mesura de quien sabe exactamente qué está viendo. Aplaudió la técnica de manos con que Román hizo aparecer un naipe específico en el bolsillo de un espectador elegido al azar. Aplaudió el truco de los aros entrelazados, que ejecutó con una velocidad que hizo que dos personas en la primera fila se inclinaran hacia adelante involuntariamente. Aplaudió el acto de mentalismo donde adivinó no solo el número que alguien había pensado sino la imagen que ese número le evocaba — un molino de viento, en ese caso, cosa que el espectador confirmó con una expresión entre maravillada y violada.

Pero fue el último acto el que cambió todo.

Se llamaba La Sombra que Bebe, y Román lo había diseñado con la lógica del Ars Paulina: un acto que parecía simple, que usaba un principio físico real — la proyección de sombras sobre una superficie blanca — y que añadía una sola variable imposible.

El concepto era este: Román se colocaba de perfil frente al lienzo, con una fuente de luz a su espalda que proyectaba su sombra nítida sobre la tela. Tomaba una copa de vino tinto — vino real, que podía oler cualquiera en la primera fila — y bebía. La sombra en el lienzo, por supuesto, imitaba el movimiento. Hasta ahí: física básica.

El giro era que cuando Román terminaba el vino y bajaba la copa, su sombra en el lienzo no se detenía.

Seguía bebiendo.

Vaciaba una copa fantasmal que él ya no sostenía. Inclinaba la cabeza hacia atrás. Bajaba el brazo despacio. Y después — esto era lo que Román había calculado con tres semanas de ensayos y el ángulo exacto de la luz — la sombra se limpiaba la boca con el dorso de la mano y giraba la cabeza hacia el público.

Román estaba de perfil. Su sombra los miraba de frente.

* * *

El silencio que siguió duró cuatro segundos.

Román los contó.

Después vino el aplauso, y fue de los que no empiezan despacio sino que estallan de golpe, como cuando la presión ha estado acumulándose y el cuerpo ya no puede contenerla. Alguien en la tercera fila dijo algo en inglés que Román no alcanzó a escuchar. Dos personas se pusieron de pie.

Él sonrió. Hizo la reverencia que había ensayado — no la reverencia servil del artista agradecido sino la inclinación breve del hombre que confirma algo que ya sabía.

Por dentro estaba helado.

Porque la sombra que se había limpiado la boca y girado la cabeza hacia el público no era el efecto que él había configurado.

Él había diseñado que la sombra bajara el brazo y se detuviera. Eso era todo. Lo había ensayado cuarenta veces en el cuarto del tercer piso de la casa de Hortensia, con la misma fuente de luz, el mismo lienzo, el mismo ángulo. Cuarenta veces la sombra hacía lo que debía hacer y se detenía.

Esta vez no se había detenido.

Esta vez la sombra había hecho algo que ningún ángulo de luz podía producir: había girado la cabeza de manera independiente a la de Román, mirando hacia un lado mientras él miraba hacia otro, con la autonomía quieta de algo que tiene voluntad propia.

Román salió del escenario con el aplauso todavía sonando a su espalda.

En el corredor, apoyó la espalda contra la pared fría y miró sus manos.

No temblaban. Eso también lo perturbó.

* * *

Ashworth lo esperaba en la sala de descanso con dos tazas de té que nadie había pedido.

—Bien —dijo, cuando Román entró.

—¿Vio lo de la sombra? —preguntó Román.

—Vi lo que el público vio.

—Ashworth. La sombra hizo algo que yo no configuré.

El hombre mayor sostuvo la taza con las dos manos y miró el vapor que subía.

—¿Está seguro? —dijo.

—Completamente.

—Entonces —dijo Ashworth, con la calma específica de quien lleva años esperando esta conversación— bienvenido al otro lado de la línea.

—¿Qué línea?

—La que separa a los que hacen magia —dijo— de los que la magia usa.

Román quiso preguntar algo más. Pero el té estaba caliente y el silencio de Ashworth era de los que no admiten más preguntas esa noche.

Bebió el té.

Afuera, Londres seguía siendo Londres, indistinta y permanente, sin saber que algo había ocurrido en una sala pequeña cerca de Euston que no tenía nombre todavía.

* * *

XII.

El hombre en el cartel

The Illusionists — Gira internacional

El agente se llamaba Marcus Held y tenía la costumbre de hablar con las manos abiertas sobre la mesa, como si quisiera demostrar que no escondía nada.

Lo había visto actuar en el Magic Circle — era uno de los que se había puesto de pie en la tercera fila — y lo encontró tres días después en una cafetería de Bloomsbury con una propuesta que Román escuchó hasta el final sin interrumpir.

The Illusionists era el show de magia más grande del mundo en ese momento. Un ensemble de ocho artistas de distintos países, cada uno con un perfil específico: el escapista, la mentalista, el manipulador de cartas, el gran ilusionista. La gira pasaba por veintidós países en dieciocho meses. El cartel se renovaba parcialmente cada temporada para mantener la frescura.

—Necesitamos algo que el público no haya visto —dijo Marcus Held, con las manos abiertas—. No un truco nuevo. Un lenguaje nuevo.

—¿Y cree que yo tengo eso? —dijo Román.

—Vi su sombra mirarnos desde el lienzo —dijo Marcus—. No sé cómo lo hizo. Y llevo veinte años en esto.

Román no explicó nada.

Eso también era parte del lenguaje nuevo.

* * *

Su debut con The Illusionists fue en Melbourne, en un teatro con dos mil ochocientas butacas y un cartel que lo listaba como El Gran Orobas — un nombre que Marcus había querido cambiar y que Román no permitió.

—Suena a cosa antigua —había dicho Marcus.

—Sí —había dicho Román.

El acto que preparó para la gira era diferente al del Magic Circle. Más amplio, construido para la distancia. Pero mantenía el mismo principio: nunca mostrar más de lo que el espectador podía tolerar creer. La línea entre el asombro y el miedo era fina, y Román la conocía ahora con la precisión de un cirujano que conoce los nervios.

En Melbourne un hombre en la fila doce tuvo que salir a mitad del acto de mentalismo. No porque le hubiera pasado nada malo. Sino porque Román le había dicho, desde el escenario y sin haberlo visto nunca, el apodo que su padre muerto le ponía cuando era niño.

El hombre salió caminando derecho, sin aspavientos. Pero no volvió.

El resto del público lo tomó como parte del show.

Román sabía que no lo era.

* * *

La prensa empezó a escribir sobre él después de la tercera ciudad.

Los críticos usaban palabras como innovador, minimalista, perturbador en el buen sentido. Uno escribió que El Gran Orobas era el único mago que había visto cuyo acto terminaba y dejaba al público en silencio antes del aplauso — no el silencio de la confusión sino el silencio de quien acaba de recordar algo que prefería haber olvidado.

Nadie sabía de dónde venía. Marcus lo había presentado simplemente como venezolano, radicado en Londres, debut internacional en el Magic Circle. El resto era blanco.

Ese blanco, Román lo sabía, era parte del acto.

El Gran Orobas no tenía historia visible porque la historia visible de Román Bracamonte — los shows de quinceañeras, la feria de Cabimas, el mesonero Fuentes, Lucila que desapareció — era la clase de historia que destruye el misterio antes de que empiece.

Así que no había historia.

Solo el escenario. Solo el nombre. Solo la sombra que a veces hacía cosas que nadie había pedido.

* * *

XIII.

La cuerda y el muchacho

Champions of Magic — Royal Albert Hall, Londres

El Royal Albert Hall tiene un techo de cobre en forma de cúpula que atrapa el sonido de maneras que los ingenieros de acústica todavía discuten.

Román lo supo desde que entró al escenario en el ensayo general y habló en voz normal y su voz regresó desde el techo con un retraso de medio segundo, como un eco que hubiera estado esperando ahí desde siempre.

Champions of Magic lo había contratado para una noche única en el Royal Albert Hall, dentro de su gira británica. Era el honor más concreto que había recibido hasta entonces — ese escenario tenía la memoria de todo lo que había ocurrido en él, y esa memoria pesaba de una manera que no era metafórica.

Para esa noche eligió La Cuerda India.

Era un acto legendario — uno de los más antiguos del repertorio ilusionista mundial. La cuerda que se eleva sola. El asistente que trepa. La cúspide donde el asistente desaparece. El descenso vacío de la cuerda.

Román lo había reconstruido desde el principio con los principios del Lemegeton.

* * *

El asistente era un muchacho de dieciséis años llamado Daniel, hijo de un técnico de sonido de la gira, que había pedido participar con la insistencia específica de los adolescentes que todavía no saben que el mundo puede decirles que no.

Román lo eligió precisamente por eso. No por su físico ni por su agilidad — aunque tenía ambas — sino por esa ausencia de miedo que solo existe antes de que la experiencia lo instale.

Le explicó el acto. Le dijo lo que tenía que hacer. Le dijo lo que vería desde arriba y lo que el público vería desde abajo. Daniel asintió con la cabeza a todo, con esa confianza absoluta que los jóvenes depositan en los adultos que les parecen seguros.

—¿Y cuando llegue arriba? —preguntó Daniel.

—Cuando llegues arriba —dijo Román— haz lo que sientas que debes hacer.

Daniel lo miró.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

* * *

La noche del show, cinco mil personas vieron a El Gran Orobas colocar el extremo de una cuerda gruesa en el centro del escenario.

No había mecanismo visible. No había tramoya, no había soporte, no había cable de acero disimulado. Los técnicos de la producción lo habían revisado ellos mismos, porque esa era la condición que Román había puesto: que lo revisaran, que confirmaran que no había nada, y que lo dijeran antes del acto si alguien en el público lo preguntaba.

La cuerda se elevó.

No de golpe, no con el dramatismo de los trucos diseñados para impresionar. Se elevó despacio, con la naturalidad de una planta que crece, como si recordara una posición vertical que siempre había sido la correcta.

Daniel trepó. Sus manos y sus pies encontraban los nudos con una seguridad que no parecía entrenada sino instintiva. Subió hasta la cúspide de la cuerda, a doce metros sobre el escenario, y se detuvo.

El público contuvo el aliento.

Entonces Daniel hizo algo que Román no le había dicho que hiciera.

Soltó la cuerda con las dos manos.

Y se quedó ahí, quieto, doce metros en el aire, sin sostén visible, durante tres segundos que el Royal Albert Hall midió con su eco antiguo.

Después bajó. Lento. Como si el aire lo depositara.

Cuando sus pies tocaron el escenario, la cuerda cayó a su lado con un golpe seco que nadie esperaba.

El silencio duró seis segundos.

Después el Royal Albert Hall hizo lo que hacía cuando algo lo superaba: aplaudió de pie, todos a la vez, con ese sonido que llena la cúpula de cobre y regresa desde arriba como si el techo mismo estuviera aplaudiendo.

Román miró a Daniel.

Daniel lo miraba a él con una expresión que no era la de un muchacho que acaba de hacer un truco de magia.

Era la expresión de alguien que acaba de entender algo sobre sí mismo que no sabía que necesitaba entender.

—¿Qué sentiste? —le preguntó Román en voz baja, mientras el aplauso continuaba.

—Que no iba a caer —dijo Daniel—. No lo pensé. Solo lo supe.

Román asintió.

Eso también era parte del acto. La parte que no estaba en ningún programa.

* * *

XIV.

El circo más grande del mundo

Cirque du Soleil / Ringling Bros. — Norteamérica

El Cirque du Soleil no lo buscó a él. Lo encontró.

Había una distinción ahí que a Román le pareció importante y que no mencionó en la reunión con los productores en Montreal, porque era el tipo de distinción que se siente pero que pierde algo al decirse en voz alta.

Le ofrecieron integrar una producción nueva — un show que mezclaba ilusionismo con acrobacia con narrativa visual — y le dieron libertad de diseño que ningún ensemble anterior le había dado. No había cartel compartido. No había otros magos. El Gran Orobas tendría un segmento propio de veintiocho minutos dentro de un espectáculo de dos horas.

Veintiocho minutos. Más tiempo del que había tenido nunca para construir algo.

Lo que diseñó para Montreal y para la gira norteamericana que siguió fue el acto que él llamaba privadamente El Espejo Oscuro, con el nombre del primer libro del Lemegeton que había leído en la biblioteca de Hortensia.

Consistía en esto: el escenario completamente vacío excepto por un espejo de cuerpo entero en el centro. Román entraba y se colocaba frente al espejo. El reflejo lo imitaba, como debía. Después Román se detenía — se quedaba absolutamente quieto — y el reflejo seguía moviéndose.

El reflejo caminaba hacia el borde del espejo. Se detenía. Miraba al público.

Después levantaba la mano y señalaba a alguien en la audiencia.

La persona señalada, invariablemente, sin excepción en todas las funciones de la gira, se levantaba de su asiento sin que nadie se lo pidiera.

Se levantaba y no sabía por qué.

* * *

Los productores del Cirque du Soleil le preguntaron una sola vez cómo funcionaba el efecto.

—Sugestión colectiva —dijo Román—. El espejo crea una expectativa. La audiencia completa desea que alguien se levante. La persona que se levanta simplemente responde a esa presión sin saberlo.

Era una explicación plausible. Era la clase de explicación que satisface a quien quiere ser satisfecho.

Los productores la aceptaron.

Román no añadió que la persona que el reflejo señalaba nunca era aleatoria. Era siempre alguien que cargaba algo — una culpa, una pérdida, una pregunta sin respuesta — que Román había identificado durante los primeros minutos del show, antes de salir al escenario, mientras observaba al público desde el lateral con la misma atención que había aprendido en la Goetia: leer la sala como se lee un sello geométrico, buscando el punto de mayor tensión.

El reflejo señalaba a ese punto.

Y ese punto se levantaba.

* * *

Ringling Bros. fue diferente.

Era el circo más antiguo y más masivo de América — el que se anunciaba a sí mismo como El Show Más Grande del Mundo — y el público no era el público de Montreal ni el del Royal Albert Hall. Era el público de las familias, de los niños con algodón de azúcar, de los abuelos que recordaban haber visto algo parecido cincuenta años atrás y querían ver si todavía les funcionaba el asombro.

Román lo supo desde la primera función en Madison Square Garden: aquí no podía hacer El Espejo Oscuro. No porque el truco fuera demasiado sofisticado — sino porque era demasiado quieto. Este público necesitaba movimiento, necesitaba escala, necesitaba la sensación de que algo podía salir mal.

Así que hizo La Atrapada de Balas.

Era el acto más peligroso de la historia del ilusionismo. Doce magos habían muerto intentándolo en el siglo anterior. Consistía en que alguien del público — verificado, elegido con transparencia, con el arma inspeccionada por voluntarios — disparaba una bala real que el mago atrapaba con los dientes.

La diferencia con todas las versiones anteriores era que Román no usaba ningún mecanismo de sustitución.

Eso era lo que le había dicho a Marcus Held cuando le presentó el acto, y Marcus había pasado cuatro días sin dormir bien antes de aceptar.

—Si no hay mecanismo —había dicho Marcus— ¿cómo no muere?

—Porque sabe exactamente cuándo va a disparar —había dicho Román—. Y en ese momento el tiempo tiene una textura diferente.

Marcus lo había mirado durante un silencio largo.

—Eso no es una respuesta técnica —había dicho.

—No —había admitido Román—. No lo es.

* * *

En Madison Square Garden, la bala salió del arma a trescientos metros por segundo.

Román la atrapó con los dientes.

La escupió en la palma de su mano y la mostró al público con el aplomo de quien muestra una moneda de cincuenta bolívares que acaba de hacer aparecer de la nada.

Doce mil personas se pusieron de pie.

Él pensó en el viejo de la guayabera amarilla en el mercado de Las Pulgas de Maracaibo.

Convencí al aire de que la moneda no existía.

Esta vez había convencido al tiempo.

Era lo mismo. Solo que más.

* * *

Tres incidentes sin explicación

 

Incidente I

El cuaderno

Tokio — Hotel Park Hyatt, piso 41

Román no recordaba haberse dormido con el cuaderno en la mano.

Lo último que recordaba era estar sentado en el escritorio del hotel, mirando las luces de Shinjuku desde el piso cuarenta y uno, con el cuaderno cerrado frente a él y el bolígrafo sin tapa sobre la mesa. Había sido una noche de show larga — dos mil personas en el Tokyo International Forum, el acto del espejo con cuatro voluntarios en lugar de uno, la ovación que duró lo suficiente para volverse incómoda — y tenía esa fatiga específica que no es del cuerpo sino de algo más adentro, como si hubiera estado cargando una frecuencia de radio durante tres horas y el receptor necesitara enfriarse.

Se había sentado. Había mirado las luces.

Y después eran las tres de la mañana y el cuaderno estaba abierto.

* * *

Las últimas cuatro páginas estaban llenas.

No con su letra. O sí con su letra — la forma de los trazos era reconocible, la presión del bolígrafo era la suya — pero con una caligrafía que no usaba nunca, más vertical, más comprimida, como si quien había escrito lo hubiera hecho con una urgencia que no dejaba espacio para los ornamentos de la escritura normal.

En las primeras tres páginas había un sello geométrico.

Era grande, ocupaba el espacio completo de cada hoja, y consistía en una serie de círculos concéntricos atravesados por líneas que formaban ángulos precisos, con caracteres en los intersticios que Román reconoció como variaciones del alfabeto enoquiano que había estudiado en la biblioteca de Hortensia. No era un sello que hubiera trazado conscientemente nunca. Pero lo conocía. Estaba en el Lemegeton, en una sección que había leído una sola vez y que no había vuelto a consultar porque le había producido una incomodidad que prefirió no examinar.

Era el sello de invocación directa. No de contacto ni de consulta. De presencia.

En la cuarta página había un nombre.

Kenji Murakami.

Nada más. Solo ese nombre, escrito tres veces en columna, con la misma caligrafía comprimida y urgente.

Román miró el nombre durante un tiempo que no supo medir. Después cerró el cuaderno, se levantó, fue al baño, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo del hotel con la atención de quien busca algo específico en su propio reflejo y no está seguro de querer encontrarlo.

No reconoció el nombre. No conocía a ningún Kenji Murakami.

* * *

Lo supo al día siguiente, por el técnico de sonido de la gira.

Kenji Murakami había estado en el show de la noche anterior. Fila ocho, asiento diecinueve. Había comprado la entrada tres semanas antes, según la taquilla. Era ingeniero, treinta y dos años, había ido solo.

Había muerto en un accidente de tráfico en la autopista de Shibuya a las once y cuarenta de la noche, una hora antes de que terminara el show.

El técnico se lo contó porque la familia había contactado al teatro para preguntar si podían recuperar las pertenencias que había dejado en su asiento — una chaqueta y un programa del espectáculo con anotaciones en los márgenes.

Román escuchó todo esto con la calma exterior que había aprendido a mantener cuando algo interior se movía de maneras que no quería mostrar.

—¿Qué hora dices que fue el accidente? —preguntó.

—Las once y cuarenta —repitió el técnico.

Román hizo el cálculo. Las once y cuarenta era el momento exacto en que él había estado en el escenario ejecutando el acto del espejo. El momento en que la sala estaba más cargada, más receptiva, más abierta a esa frecuencia que él ya no llamaba truco ni ilusión sino simplemente el estado.

El momento en que algo había estado escribiendo en su cuaderno mientras él actuaba.

Esa noche no abrió el cuaderno.

Pero tampoco lo cerró con llave, como había empezado a hacer desde que llegó a Japón.

Lo dejó sobre el escritorio, abierto en la página del nombre, mirando hacia el techo del hotel con esa paciencia de los objetos que saben que uno va a volver.

Y Román se fue a dormir pensando que era él quien había escrito ese nombre. Que su mente, en algún estado liminal entre la vigilia y el sueño, había captado algo del público — una frecuencia, una perturbación en el espacio — y lo había registrado con la precisión de un instrumento que nadie había calibrado para eso.

Lo pensó y lo creyó porque necesitaba creerlo.

Porque la alternativa era que algo hubiera usado su mano para escribir el nombre de un hombre muerto en un cuaderno que solo él debería poder leer.

Y eso, Román Bracamonte, el Gran Orobas, el hombre que había atrapado una bala con los dientes en Madison Square Garden, todavía no estaba listo para nombrarlo.

* * *

Incidente II

El espejo que guarda

Montreal — Cirque du Soleil, ensayo general

El espejo medía cuatro metros de alto y dos de ancho.

Lo había encargado Román con especificaciones precisas — grosor del vidrio, tipo de azogue, marco sin ornamentos — y había llegado desde un taller de Venecia en un embalaje que los técnicos del Cirque du Soleil habían tardado dos horas en desmontar con la delicadeza de quien manipula algo que sabe que es frágil aunque no sepa exactamente por qué.

El ensayo general era la noche anterior al debut en Montreal. El teatro estaba vacío excepto por el equipo técnico, tres productores del Cirque sentados en la quinta fila con sus tablets y sus auriculares, y Marcus Held en el lateral derecho con los brazos cruzados y esa expresión suya de estar calculando algo que todavía no tiene todos los datos.

Román había ejecutado el acto completo dos veces sin problemas. El espejo respondía como debía. El reflejo lo imitaba, se detenía cuando él se detenía, caminaba cuando él caminaba. La ilusión era perfecta — o lo que el público llamaría ilusión, porque Román hacía tiempo que había dejado de usar esa palabra para lo que ocurría en ese espejo.

En la tercera ejecución, cuando Román se inmovilizó y el reflejo comenzó a moverse de manera independiente, algo cambió en la sala.

No fue un sonido. Fue una presión. Como cuando baja la temperatura de golpe en un espacio cerrado sin que ninguna ventana se haya abierto.

Uno de los productores levantó los ojos de la tablet.

Marcus descruzó los brazos.

Y el espejo estalló.

* * *

No se rajó. No cayó. No se fragmentó de la manera en que se fragmenta el vidrio cuando recibe un impacto — desde un punto de origen hacia afuera, con la lógica radial de la fuerza física.

Estalló desde adentro.

Como si algo que había estado contenido en el azogue durante todo el tiempo que el espejo llevaba en escena hubiera decidido, en ese momento exacto, que ya no quería estar contenido.

Los fragmentos no cayeron. Flotaron durante un segundo — un segundo que los tres productores, Marcus, y los ocho técnicos presentes recordarían después con la misma incredulidad de quien describe un sueño que sabe que no fue sueño — y después se depositaron en el suelo del escenario con una lentitud que el vidrio no tiene.

Nadie dijo nada.

El polvo del azogue brillaba bajo las luces del teatro como si tuviera luz propia.

* * *

Fue el técnico jefe quien se acercó primero.

Se arrodilló entre los fragmentos con una linterna pequeña, buscando el mecanismo. El cable oculto, el dispositivo de presión, el sistema de calor que podría haber expandido el vidrio desde adentro. Revisó el marco. Revisó el suelo debajo. Revisó el techo encima.

No encontró nada.

Los tres productores bajaron de la quinta fila y se acercaron al escenario. Uno de ellos grababa con el teléfono — con la misma expresión de quien no sabe todavía si lo que está grabando es un problema o una oportunidad. Los otros dos se miraban entre sí con el silencio específico de quien no quiere ser el primero en decir lo que está pensando.

Marcus Held se quedó en el lateral.

Román estaba en el centro del escenario, rodeado de fragmentos, y no se había movido desde que el espejo estalló.

Miraba los pedazos en el suelo.

Y en los pedazos, bajo las luces del teatro de Montreal, veía imágenes.

No reflejos. Imágenes.

En el fragmento más grande — un triángulo irregular del tamaño de una mano abierta — había un niño con una capa negra hecha de mantel parado en una tarima de madera con un tablón levantado. El niño miraba hacia un público invisible con una expresión que Román reconoció antes de entender qué estaba viendo.

Era él. Tenía doce años y la capa de su primera comunión debajo de la de mantel y los naipes en la mano y el mundo entero por derrumbarse encima.

En el fragmento a su izquierda, un hombre joven en una feria agrícola bajo un toldo azul mojado por la lluvia oblicua, con una maleta de utilería a sus pies y cinco niños y un perro como público.

En el fragmento más pequeño, apenas del tamaño de una moneda, una biblioteca en un tercer piso de Londres con una lámpara de cuello largo y un libro de lomo negro abierto sobre una mesa.

En otro, una sombra en un lienzo blanco que se limpiaba la boca y miraba hacia un lado mientras el hombre que la proyectaba miraba hacia otro.

Román vio todo esto en el tiempo que tardó en respirar una vez.

Después levantó los ojos hacia el teatro vacío, hacia las cámaras que seguían grabando, hacia Marcus en el lateral y los productores en el borde del escenario y el técnico jefe arrodillado entre los fragmentos buscando un mecanismo que no existía.

Y pensó, con la claridad fría y absoluta del hombre que cree que está en la cúspide:

 

Tengo el mundo en mis manos y el cielo en mis pies, pero mis manos ya no me pertenecen: soy un Dios que ha olvidado cómo ser el dueño del milagro.

 

Lo pensó y lo sintió como revelación.

No como advertencia.

Esa era la diferencia. Esa era siempre la diferencia.

* * *

Los productores del Cirque du Soleil pasaron el resto de la noche revisando el material grabado.

Había seis cámaras activas durante el ensayo — las del sistema de producción, no las de los teléfonos — y todas habían captado el momento desde ángulos distintos. Los técnicos de video lo vieron una vez, dos veces, diez veces, con la lupa digital y el análisis fotograma a fotograma que la tecnología permitía.

No encontraron el mecanismo.

No porque no lo buscaran con la competencia y el escepticismo de profesionales que llevan décadas desmontando ilusiones. Sino porque no había nada que encontrar.

El espejo había estallado desde adentro sin causa física verificable.

Los fragmentos habían flotado durante un segundo sin soporte visible.

Y en las grabaciones — esto fue lo que ninguno de los técnicos mencionó en el informe oficial pero que todos comentaron entre sí en voz baja durante semanas — se podía ver con claridad que en el segundo antes de que el espejo estallara, el reflejo de Román en el vidrio había girado la cabeza hacia la cámara.

Román, en el escenario, miraba al frente.

Su reflejo miraba a la cámara.

No era el mismo ángulo. No podía serlo físicamente.

El productor que había grabado con el teléfono vendió ese fragmento a tres medios internacionales esa misma semana. El Cirque du Soleil no se lo prohibió porque no tenía base legal para hacerlo — había sido un ensayo abierto al equipo, sin cláusula de confidencialidad firmada para ese momento específico.

El video tuvo cuarenta millones de reproducciones en cuatro días.

Nadie supo explicarlo.

Eso también era parte del acto. La parte que Román no había diseñado.

* * *

Incidente III

La dirección

Caracas — Hotel Tamanaco, la noche anterior

El sueño empezó como empiezan los sueños que uno reconoce como importantes: sin introducción, sin el periodo de ambientación gradual que tienen los sueños ordinarios.

Estaba en un corredor que podría haber sido el edificio de Humanidades de la Universidad del Zulia o podría haber sido otro corredor que tenía la misma luz, la misma proporción, el mismo olor a papel y a humedad controlada. Caminaba sin saber hacia dónde y sin sentir que necesitaba saberlo.

Ella estaba al final del corredor.

No de espaldas, como suelen aparecer las personas en los sueños de culpa. De frente. Con el cabello recogido con un bolígrafo atravesado, como la primera vez, como si once años no hubieran pasado o como si hubieran pasado pero ella hubiera decidido que ese detalle no iba a cambiar.

Román se detuvo.

Ella lo miró con una expresión que no era reproche ni perdón ni ninguna de las cosas que él había ensayado para ese encuentro imaginario durante años. Era simplemente una expresión de alguien que tiene algo que decir y está esperando el momento correcto para decirlo.

—¿Dónde estás? —dijo Román, y su voz en el sueño sonó más joven que su edad real, como si el corredor la hubiera devuelto a una versión anterior.

Ella no respondió a eso. Dijo:

Avenida Principal de Las Mercedes, edificio con la fachada azul, entre la panadería francesa y la farmacia.

Lo dijo con la naturalidad de quien da una dirección de regreso a casa.

Después el bolígrafo cayó de su cabello y el cabello cayó sobre sus hombros y el corredor empezó a perder definición desde los bordes hacia el centro, como una fotografía que alguien está borrando desde afuera hacia adentro.

Román se despertó.

* * *

Eran las cuatro y veinte de la mañana.

La habitación del Hotel Tamanaco tenía ese silencio particular de los hoteles de lujo: un silencio fabricado, sin las texturas del silencio real, como el silencio de un estudio de grabación que ha eliminado todo sonido incluyendo los que hacen que el silencio parezca natural.

Román encendió la lámpara del velador.

Tomó el cuaderno — el mismo cuaderno del hotel de Tokio, que había seguido usando porque tirarlo le parecía una cobardía que no podía permitirse — y anotó la dirección antes de que el sueño la borrara.

Avenida Principal de Las Mercedes. Edificio con fachada azul. Entre la panadería francesa y la farmacia.

Lo escribió con su letra normal. No con la letra comprimida y urgente del sueño de Tokio. Eso lo notó y lo guardó en ese compartimento mental donde guardaba las cosas que notaba y no examinaba.

Después apagó la lámpara y se quedó mirando el techo.

Tenía un show en dieciséis horas. El más importante de su carrera no por el escenario ni por el público sino por lo que el escenario y el público representaban: el regreso. El cierre de algo que había quedado abierto once años atrás en una ciudad que seguía siendo suya aunque él hubiera dejado de ser de ella.

Pensó en Lucila.

La pensó no como culpa — ya hacía tiempo que la culpa había perdido sus bordes más afilados, desgastada por el uso — sino como pregunta. La pregunta que nunca había tenido respuesta. La búsqueda en redes sociales que devolvía siempre el mismo vacío. El nombre que no existía en ningún registro porque nunca había sido su nombre real.

Pensó en lo que Ashworth le había dicho en la escalera de la casa de Hortensia.

Siempre se sabe la dirección por lo que se va quedando atrás.

¿Qué había dejado atrás?

¿Y qué había cargado sin saberlo?

* * *

A las once de la mañana, sin haber planeado hacerlo, Román pidió un taxi.

Le dio al conductor la dirección del cuaderno como si fuera un destino que había tenido siempre claro. El conductor asintió sin preguntar — era una dirección normal en un barrio normal de Caracas, no había nada en ella que justificara una pregunta.

Las Mercedes a esa hora tenía el movimiento de cualquier barrio comercial caraqueño: el tranco específico de la gente que sabe adónde va aunque no tenga prisa. Vendedores. Oficinistas. Madres con niños. El ruido de la ciudad que Román llevaba once años escuchando en otros idiomas y que ahora le llegaba en el suyo con una nitidez que no esperaba.

El edificio con la fachada azul estaba donde el sueño había dicho que estaba.

Entre una panadería francesa con el olor del pan caliente saliendo por la puerta abierta y una farmacia con el letrero verde de siempre.

Román le dijo al conductor que esperara. Bajó. Se paró en la acera frente al edificio y lo miró.

Era un edificio residencial de ocho pisos, sin nada particular en su arquitectura que lo distinguiera de los otros edificios de la cuadra. Las ventanas de los pisos superiores tenían persianas y macetas y la ropa tendida que tienen las ventanas de las personas que viven en ellas de verdad, no de las que las usan como escenografía.

En el tercer piso, en la ventana del apartamento del extremo izquierdo, había una mujer.

Estaba de espaldas, hablando por teléfono, con el cabello suelto y un vestido claro que la luz de la mañana atravesaba de una manera que borraba los detalles. No podía ver su cara. No podía ver nada con certeza desde la acera.

Pero la manera en que esa mujer inclinaba la cabeza mientras hablaba — hacia la izquierda, con ese gesto específico de quien escucha con todo el cuerpo y no solo con los oídos — era un gesto que Román había visto una vez en un corredor de la Universidad del Zulia, once años atrás, junto a una fotocopiadora atascada.

El taxi bocineó suavemente desde la acera.

Román no se movió durante treinta segundos.

Después subió al taxi y dijo: al hotel.

No miró hacia atrás.

Pero en el taxi, con Caracas pasando por la ventana y el show a seis horas de distancia, pensó lo que había pensado en Montreal rodeado de fragmentos de espejo, y esta vez la frase tuvo un sabor diferente. No de revelación. De algo más parecido al filo de una cosa que corta antes de que uno sienta el dolor:

 

Logré lo que ningún hombre se atrevió: tengo el poder de un Dios, pero la libertad de un esclavo.

 

El taxi avanzó por Las Mercedes hacia el hotel.

Y Román cerró los ojos y dejó que Caracas siguiera siendo Caracas afuera, con toda su memoria y todo su ruido, sin pedirle nada que él no estuviera ya demasiado lleno para recibir.

* * *

El desenlace

Centro Comercial Ciudad Tamanaco — Caracas

 

XV.

El regreso

 

El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar a las siete de la mañana de un jueves de noviembre.

Román miró por la ventanilla mientras la pista se acercaba y sintió algo que no supo nombrar de inmediato. No era nostalgia — la nostalgia tiene algo de dulce y esto no lo tenía. Era más parecido al reconocimiento de un idioma que uno habla pero en el que ya no sueña.

Venezuela. Once años después.

El calor lo recibió en la puerta del avión como un pariente que no pide permiso. Ese calor caribeño que no tiene la humedad de Londres ni la sequedad de Los Ángeles, sino algo propio, algo que se instala en los pulmones y dice: aquí naciste.

El representante de la Fundación Circo Nacional lo esperaba en el área de llegadas con un cartel que decía EL GRAN OROBAS en letras de imprenta, y Román tuvo la sensación breve y extraña de que el cartel hablaba de otra persona.

* * *

El Centro Comercial Ciudad Tamanaco no era el Royal Albert Hall.

Eso era precisamente lo que lo hacía perfecto.

El CCCT era Caracas en su versión más honesta: un espacio que había sobrevivido décadas de todo lo que Venezuela había sobrevivido, con sus tiendas y sus escaleras mecánicas y su olor a comida y a aire acondicionado y a la vida cotidiana de una ciudad que seguía viviendo sin importar lo que ocurriera afuera. La sala donde se montaría el show era grande pero no monumental. Ochocientas sillas. Un escenario con buena tramoya y una acústica que el técnico de sonido le describió como razonablemente honesta.

—¿Razonablemente honesta? —repitió Román.

—Lo que entra sale —dijo el técnico—. Sin mentiras pero sin favores.

Le pareció la descripción más precisa que había escuchado de un escenario.

* * *

En los días previos al show recorrió Caracas con la discreción de quien no quiere ser reconocido y la curiosidad de quien regresa a un idioma.

La ciudad había cambiado en algunas cosas y no había cambiado en otras, con esa lógica específica de los lugares que uno abandona: uno regresa esperando encontrar el pasado y encuentra otra cosa que tampoco es del todo el presente.

No llamó a nadie de Maracaibo.

No buscó a Chucho.

Eso lo pensó una noche en el hotel, mirando el techo, con el ruido de la avenida Francisco de Miranda entrando por la ventana. No llamó a Chucho porque llamar a Chucho era abrir una puerta por la que podían entrar cosas que él no estaba seguro de querer enfrentar esa semana. El rumor. La historia de Lucila. Los años de preguntas que nadie había respondido porque nadie tenía la respuesta.

Primero el show.

Después, quizás, lo demás.

* * *

La noche de la función, el CCCT estaba lleno.

Ochocientas personas de Caracas que habían visto los videos, leído las reseñas, escuchado a alguien decir que El Gran Orobas era algo diferente y habían decidido comprar una entrada para comprobarlo por sí mismas. Había familias con niños. Había universitarios. Había parejas que usaban la noche como excusa para salir. Había, en la cuarta fila desde el fondo, tres hombres con traje que llegaron juntos y se sentaron juntos y no hablaron entre ellos.

Y había, en la fila doce, una mujer de unos treinta y cinco años con el cabello recogido y una expresión de alguien que está dispuesta a ser sorprendida pero que no lo pondrá fácil.

Junto a ella, un hombre que le pasaba el brazo por los hombros con la comodidad de los años compartidos.

Ella había visto el afiche en una cartelera del centro comercial una semana antes y había dicho que por qué no. El nombre le resultó exótico — Orobas — sin que pudiera decir por qué le resultaba familiar al mismo tiempo. El hombre en el afiche era robusto, de bigote oscuro, con una mirada que miraba directamente a quien lo miraba. No lo reconoció.

No había ninguna razón para reconocerlo.

Hacía más de una década que no veía a Román Bracamonte.

* * *

Román salió al escenario a las ocho en punto.

Lo hizo sin música de introducción, sin presentador, sin el aparato ceremonial que otros shows usaban para construir expectativa. Simplemente apareció en el escenario, con el traje negro y la calma específica de quien sabe exactamente dónde está y por qué.

El público lo miró.

Él miró al público.

Ese intercambio duró exactamente el tiempo necesario.

Después empezó.

Los primeros actos fueron los que el Ars Paulina llamaba la preparación del espacio: gestos que no eran trucos sino condiciones. Formas de abrir en la sala una receptividad que el público experimentaba como entretenimiento sin saber que era otra cosa. Una carta aquí. Un número allá. Una frase dicha al micrófono que hacía que dos personas en distintos puntos del teatro se miraran entre sí sin entender por qué.

Román trabajaba y al mismo tiempo leía la sala.

Y en la fila doce encontró el punto de mayor tensión.

No en el hombre. En ella.

Había algo en la manera en que esa mujer miraba el escenario — con atención pero también con una guardia levantada, como quien mira algo que le resulta simultáneamente familiar y ajeno — que activó en Román algo que no era el Lemegeton ni el Ars Paulina ni ningún sistema aprendido en la biblioteca de Hortensia.

Era algo más antiguo.

Era reconocimiento.

Los rasgos habían cambiado como cambian todos los rasgos en diez años. Había más definición en los pómulos, más quietud en la mirada, las manos que descansaban en el regazo con una seguridad que antes no tenían. Pero la manera de inclinar la cabeza cuando algo le llamaba la atención — eso no había cambiado.

Román continuó el acto sin que nada en su exterior variara un milímetro.

Por dentro, la piedra fría que había cargado once años encontró por fin el suelo.

* * *

—Necesito un voluntario —dijo, después del cuarto acto.

Bajó del escenario. Algo que nunca hacía — su acto era siempre desde arriba, desde la distancia que el escenario otorga. Pero esta vez bajó, con el micrófono inalámbrico y los pasos contados, y caminó por el pasillo central mientras el público seguía su movimiento con la cabeza.

Se detuvo en la fila doce.

La miró.

Ella lo miró.

Por un segundo — un segundo que Román midió con la misma precisión con que había medido los cuatro segundos de silencio en el Magic Circle — algo cruzó la cara de ella. No reconocimiento todavía. Algo anterior al reconocimiento. La sensación de que algo no encaja de la manera en que debería encajar.

—¿Le gustaría subir? —dijo Román.

El hombre a su lado le apretó el hombro con entusiasmo. Alguien detrás dijo que sí, que subiera. El público de Caracas, que era un público generoso y ruidoso cuando se le daba la oportunidad, la animó con una pequeña ovación espontánea.

Ella sonrió — esa sonrisa que dice bueno, está bien, por qué no — y se levantó.

Mientras subían juntos al escenario, mientras el público aplaudía y las luces ajustaban su ángulo, ella lo miró de cerca por primera vez.

Y entonces sí.

Entonces el reconocimiento llegó, despacio, como cuando los ojos ajustan el foco en la oscuridad y lo que antes era forma borrosa se vuelve, de golpe, una cosa concreta con nombre y peso y años.

—Dios mío —dijo ella, en voz muy baja, casi sin sonido.

—Buenas noches —dijo Román al micrófono, para el público—. ¿Cómo se llama?

Ella dudó un segundo.

—Blanca Rosa —dijo.

Román asintió.

—Blanca Rosa —repitió, para que las ochocientas personas lo oyeran—. Bienvenida.

Y en ese nombre, dicho en voz alta en un escenario de Caracas once años después, cupo todo lo que no se había dicho nunca.

* * *

XVI.

La verdad en voz alta

 

Blanca Rosa Montiel subió al centro del escenario con la sonrisa de quien acepta una situación sin tomársela demasiado en serio.

Era esa sonrisa — abierta, sin cálculo, levemente irónica — la que Román recordó antes que cualquier otra cosa. La misma del corredor de Humanidades. La misma de la fotocopiadora atascada. El tiempo había afinado sus bordes pero no había cambiado su naturaleza, igual que una voz que envejece pero conserva el timbre.

Él sentía ese mirar sin devolverlo todavía. Necesitaba el escenario. Necesitaba la distancia técnica del acto para hacer lo que iba a hacer sin que la emoción lo convirtiera en otra cosa.

—Blanca Rosa —dijo al micrófono, con la calma de siempre—. Voy a pedirle que haga algo sencillo. Que me mire a los ojos y que no piense en nada específico. Solo que me mire.

Ella lo miró.

Y en ese momento, por primera vez desde que había subido al escenario, lo miró de verdad. Sin la sonrisa. Sin la guardia levantada. Con esa atención total que produce el reconocimiento cuando finalmente se instala sin que uno pueda seguir negándolo.

—Román —dijo, en voz muy baja, casi sin sonido.

Solo él lo escuchó.

—Sí —dijo él, igual de bajo. Después, al micrófono, con la voz del Gran Orobas: —Bien. Ahora respire despacio. Y cuando sienta que los párpados pesan, no los fuerce. Déjelos ir.

* * *

La hipnosis no era un truco.

Eso Román lo sabía desde la biblioteca de Hortensia, desde el Ars Paulina y su geometría de ángeles con horario. Era una tecnología de la atención — la misma que usaba el Lemegeton para abrir espacios entre lo que la mente controla y lo que la mente guarda. No fabricaba nada. Solo removía el peso de lo que uno carga encima de la verdad.

Blanca Rosa cedió en noventa segundos.

No de golpe, no con el dramatismo de las hipnosis de teatro barato. Despacio, como cuando el cuerpo recuerda que puede descansar y aprovecha el primer momento en que nadie le exige lo contrario.

El público observaba en silencio.

En la cuarta fila, los tres hombres de traje intercambiaron una mirada.

—Blanca Rosa —dijo Román, con una voz que era la suya pero más quieta, más interior, como si hablara desde el centro de algo—. ¿Cómo te llamas?

—Blanca Rosa Montiel —dijo ella, con la voz sin bordes que tienen las personas bajo ese estado.

—¿Siempre te llamaste así?

Una pausa. Breve pero real.

—No. Antes usaba otro nombre.

—¿Cuál?

—Lucila. Lucila Gutiérrez. Era un nombre artístico. Yo estudiaba teatro.

Alguien en el público soltó una risa pequeña, creyendo que era parte del guion. Nadie más rió.

—¿Por qué lo cambiaste?

—Porque me fui de Maracaibo. Empecé de nuevo en Caracas. Quería ser otra persona.

—¿Por qué te fuiste?

Otra pausa. Más larga.

—Había un muchacho. Tocaba cuatro. Me dijo que viniera. Le pedí un adelanto a alguien con quien trabajaba y tomé el autobús. No le avisé. Solo me fui.

El silencio en el CCCT era ahora de otra naturaleza. No el silencio del asombro sino el silencio de quien está escuchando algo que no esperaba escuchar y no sabe todavía cómo clasificarlo.

—¿Volviste a saber de esa persona? —preguntó Román.

—No. Nunca más. A veces pensé en devolverle el dinero pero no sabía cómo encontrarlo. Me daba vergüenza lo que había hecho.

Román respiró una vez.

Once años. Once años de piedra fría en el pecho, de búsquedas en redes sociales que devolvían el vacío, de una culpa construida sobre nada más sólido que una coincidencia y el miedo de un muchacho de veintiún años que no entendía lo que tenía en las manos.

—Está bien —dijo, con una suavidad que el micrófono apenas capturó—. Ya está.

La despertó con el mismo procedimiento de siempre. Ella parpadeó, miró al público, sonrió con la confusión amable de quien regresa de un lugar que no puede describir.

El público aplaudió.

En la cuarta fila, uno de los tres hombres de traje guardó algo en el bolsillo interior de su chaqueta. Después los tres se miraron brevemente. Después miraron al escenario. Después, sin decirse nada, los tres se pusieron de pie y salieron por la puerta lateral con la discreción de quien archiva un expediente que nunca debió abrirse.

No había crimen. No había víctima. No había caso.

Solo había una mujer llamada Blanca Rosa Montiel que había tomado un autobús a Caracas once años atrás con el dinero de otro y que ahora bajaba de un escenario con su sonrisa intacta, de regreso a su esposo en la fila doce, sin saber del todo lo que acababa de resolver.

* * *

Román la vio alejarse entre bastidores.

La vio reunirse con su esposo. La vio recibir el abrazo de él, que le decía algo al oído con esa expresión de los hombres que están orgullosos de sus parejas en público. La vio reír — esa risa que él había conocido en un corredor de universidad y que once años y otra vida no habían cambiado en lo esencial.

No se acercó.

No había nada que decir que el escenario no hubiera dicho ya.

Terminó el show. Hizo los actos que faltaban con la precisión automática de quien tiene el cuerpo tan entrenado que puede actuar mientras la mente está en otro lugar. El público de Caracas aplaudió de pie al final — ese aplauso caraqueño que tiene algo de celebración familiar, de orgullo propio por lo que los suyos logran en el mundo.

Román hizo la reverencia de siempre.

Y en esa reverencia, con la cabeza inclinada hacia el suelo y el aplauso llenando el teatro, supo con una certeza que no necesitaba verificación que el show de Caracas era el último.

* * *

XVII.

El ruido hueco

 

La habitación del Hotel Tamanaco tenía el mismo silencio fabricado de siempre.

Román entró, puso la capa sobre la silla, se sentó en el borde de la cama y se quedó quieto durante un tiempo que no midió. Afuera, Caracas hacía lo que Caracas siempre había hecho: existir con esa intensidad de las ciudades que no piden permiso para ser lo que son.

Pensó en el aplauso de hacía una hora.

Era el aplauso más grande que había recibido en Venezuela. Ochocientas personas de pie, en su ciudad, en el país que había dejado once años atrás. El regreso triunfal que cualquier artista construye en su imaginación durante los años de ausencia.

Y lo que sentía era esto: nada.

No alivio. No satisfacción. No esa vibración que había sentido en el Magic Circle después de la sombra, o en el Royal Albert Hall cuando Daniel soltó la cuerda a doce metros de altura. Solo un silencio interior que no era paz sino ausencia. Como cuando se apaga un motor que ha estado funcionando durante tanto tiempo que uno ya no recordaba el sonido hasta que desaparece y lo que queda no es quietud sino el vacío específico del ruido que ya no está.

El público no lo había admirado.

Lo había temido.

Y él había confundido ese miedo con admiración durante once años porque era lo único que sabía recibir desde que tenía doce años y la carta resbaló en el tablón levantado de la tarima del Liceo Udón Pérez y la risa tuvo dientes.

Buscó en eso alguna revelación útil. No encontró ninguna.

Solo encontró el cansancio de haber cargado tanto tiempo algo que nunca fue suyo.

* * *

Llamó a Marcus Held a las dos de la mañana.

Marcus estaba despierto — Marcus siempre estaba despierto a las dos de la mañana, era una de sus características más confiables — y respondió al segundo tono con la voz de quien espera noticias que no va a querer escuchar.

—Cancela la gira —dijo Román.

Silencio.

—Román —dijo Marcus.

—Toda la gira. Lo que sigue. Cancela todo.

—Son dieciséis fechas. Hay contratos. Hay —

—Marcus.

Otro silencio. Más largo.

—¿Estás bien? —dijo Marcus, y en esa pregunta había algo que no era el agente sino el hombre, que también existía debajo del agente aunque rara vez se asomara.

—No lo sé todavía —dijo Román—. Pero el show terminó.

Colgó. Miró el teléfono un momento. Después abrió el cajón del velador, sacó el cuaderno — el mismo de Tokio, con el sello de invocación y el nombre de Kenji Murakami en las últimas páginas — y lo puso sobre la cama frente a él.

Lo miró durante un tiempo largo.

Después lo cerró sin abrirlo y apagó la luz.

Durmió sin sueños por primera vez en meses.

O eso creyó. Porque a la mañana siguiente el cuaderno estaba abierto en una página que él no había abierto, y la página estaba en blanco, y esa página en blanco era de alguna manera más perturbadora que cualquier cosa que hubiera podido estar escrita en ella.

* * *

XVIII.

El silencio del Príncipe

 

Orobas no habló más.

No de golpe, no con una despedida formal. Simplemente fue retirándose, como la marea que no anuncia su bajada sino que uno la descubre cuando mira y el agua ya no está donde estaba.

Las visiones se detuvieron. El cuaderno dejó de escribirse solo. Las sombras de las habitaciones de hotel se comportaron como sombras. Los espejos mostraron solo lo que los espejos deben mostrar.

Román esperó durante tres días en Caracas que algo ocurriera.

Nada ocurrió.

Después esperó una semana más, en un apartamento que alquiló en Las Mercedes — a tres cuadras del edificio de fachada azul, sin que eso fuera exactamente una coincidencia ni exactamente otra cosa — esperando que el silencio fuera temporal. Que Orobas estuviera simplemente en algún estado intermedio, alguna pausa entre misiones, algún equivalente espiritual del descanso.

El silencio no era temporal.

Era completo.

* * *

Lo que quedó fue la percepción.

Eso no se fue. Eso, descubrió Román en esas semanas caraqueñas, no tenía reversa.

El Ars Notoria había reorganizado algo en él que no podía desorganizarse solo, igual que no se puede desaprender un idioma que ya se habla con fluidez. Caminaba por Las Mercedes y veía la verdad en las caras de las personas con una claridad que nadie le había pedido que tuviera y que no siempre quería tener.

El hombre en la panadería que sonreía al cobrar y pensaba en otra cosa. La mujer en el banco que hablaba por teléfono con una voz para la persona al otro lado y otra cara para el aire frente a ella. El político en la televisión del apartamento cuyas palabras llegaban a Román con su peso real, sin el barniz de la retórica, como objetos desprovistos de envoltura.

La verdad sin filtro no era liberadora.

Era ruidosa. Era agotadora. Era el tipo de claridad que uno desearía poder graduar, como la luz de una lámpara, y que no tenía graduador.

Y no tenía a Orobas para procesarla.

Antes, cuando el Príncipe fiel estaba activo, esa percepción tenía dirección. Tenía propósito. Señalaba hacia algo o hacia alguien con la precisión de una brújula que sabe dónde está el norte. Ahora simplemente estaba ahí, omnidireccional e inútil, como una antena sin receptor.

Román empezó a salir menos.

Después dejó de salir.

El Lemegeton estaba en la mesa del apartamento, junto al cuaderno de Tokio y los restos de su utilería — el mazo de cartas, los pañuelos, la copa de vino del acto de la sombra — y él los miraba desde el sofá con la distancia de quien mira objetos de una vida anterior que todavía no sabe si pertenecen a la basura o al altar.

* * *

Fue Eleanor quien lo llamó.

Eleanor, la mujer de los martes en la biblioteca de Hortensia, que Román no había vuelto a ver desde Londres y cuyo número tenía en el teléfono sin saber exactamente cuándo lo había guardado.

—¿Cómo sabe que estoy aquí? —preguntó Román.

—Los que trabajan con el Lemegeton siempre saben dónde están los demás —dijo Eleanor, con la misma calma con que copiaba su latín los martes—. ¿Está bien?

—Orobas se fue —dijo Román.

—No se fue —dijo Eleanor—. Terminó. Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Que el que se va puede volver. El que termina espera que tú empieces.

—¿Que empiece qué?

Eleanor no respondió eso.

—El Lemegeton no es una herramienta —dijo—. Es un espejo. Muestra lo que uno tiene capacidad de ver. Orobas le mostró lo que usted necesitaba ver. Ahora la pregunta es qué hace usted con eso.

—No sé qué hacer con esto —dijo Román, y era la primera vez en años que decía algo así en voz alta, sin el escudo del Gran Orobas interpuesto entre él y la honestidad—. No sé cómo vivir con esta percepción sin que haya una misión. Sin que haya un escenario. Sin que haya algo hacia dónde apuntar.

—Eso —dijo Eleanor— es exactamente lo que Orobas quería que sintiera.

Y colgó.

Román se quedó con el teléfono en la mano en el apartamento de Las Mercedes, con el ruido de la avenida entrando por la ventana y el Lemegeton en la mesa y el silencio de Orobas ocupando el espacio que once años de búsqueda habían dejado vacío.

Por primera vez desde los doce años no sabía qué buscar.

Y esa ignorancia, descubrió lentamente, tenía una textura diferente al vacío. Tenía la textura de algo que todavía no tiene forma pero que ya existe.

* * *

XIX.

La página en blanco

 

Lo hizo a las tres de la mañana, que era la hora en que las cosas importantes siempre habían ocurrido.

Se levantó del sofá donde había estado sin dormir mirando el techo. Fue a la mesa. Puso el Lemegeton frente a él — ese volumen de lomo negro sin título que había bajado de un estante en el tercer piso de la casa de Hortensia cuatro años atrás y que desde entonces había viajado en su equipaje como equipaje de mano, como el objeto que uno sabe que no puede facturar porque si se pierde no se reemplaza.

Lo abrió.

Lo abrió en una página al azar, como había aprendido a hacer desde los primeros meses en Londres, cuando entendió que el Lemegeton no se leía en orden sino que se abría donde necesitaba ser abierto.

La página estaba en blanco.

No como las páginas al final de los libros que están en blanco por defecto — por economía de impresión, por convención editorial. Sino en blanco de otra manera. En blanco como una pantalla apagada. Como un espejo cubierto.

Román la miró durante un tiempo.

Después habló. En voz alta, en el apartamento vacío de Las Mercedes, a las tres de la mañana, con Caracas afuera y el silencio de Orobas adentro.

—¿Qué quieres de mí?

Nada.

—¿Para qué me elegiste?

Nada.

—¿Qué se supone que hago ahora?

Nada, y después el sonido de la avenida y el refrigerador y su propia respiración, que era lo único que respondía.

Román golpeó la mesa con la palma abierta. No de rabia — o no solo de rabia. De esa frustración específica de quien ha entendido todo el sistema excepto la parte que le corresponde a él.

—Encontraste lo que buscaba —dijo, más bajo—. Lo sé. Lucila. La culpa. Todo eso. Lo encontraste y lo cerraste y se supone que ahora debo estar libre y no estoy libre, estoy aquí, en este apartamento, viendo la verdad en las caras de todas las personas que pasan por la calle y sin saber qué hacer con ella. Eso no es libertad. Eso es otra jaula.

Se detuvo.

Miró la página en blanco.

Y entonces, con la lentitud con que la tinta aparece cuando el papel todavía está absorbiendo, algo empezó a formarse en la página.

No una letra. No un sello geométrico. No el nombre de un muerto.

Una línea. Después otra. Después las curvas que Román reconoció como caligrafía — no la letra comprimida y urgente del cuaderno de Tokio sino algo más antiguo, más formal, como la escritura de los documentos que había visto en la biblioteca de Hortensia.

Tardó dos minutos en completarse.

Román lo leyó una vez. Después otra. Después una tercera, con la atención de quien necesita estar seguro de que está leyendo lo que cree que está leyendo.

La página decía, en esa caligrafía que no era de nadie que él conociera y que sin embargo reconocía:

 

Ya encontré lo que buscabas.

Ahora, búscate a ti mismo.

Román cerró el libro.

Lo cerró despacio, con las dos manos, como se cierra algo que tiene peso propio. Lo puso en el centro de la mesa. Lo miró.

Afuera, Caracas empezaba a tener los primeros sonidos del amanecer — ese momento específico antes de la luz en que la ciudad cambia de turno y hay un minuto, solo uno, en que el ruido nocturno ya terminó y el ruido diurno todavía no empezó y lo que queda es algo parecido al silencio real.

Román se quedó en ese minuto.

No pensó en el Lemegeton ni en Orobas ni en los sellos geométricos ni en la sombra que se había movido sola en el lienzo del Magic Circle ni en el espejo que había estallado en Montreal ni en el nombre escrito en el cuaderno de Tokio.

No pensó en Lucila. No pensó en Chucho. No pensó en Hortensia ni en Ashworth ni en Eleanor ni en Marcus Held ni en Daniel el muchacho que había soltado la cuerda a doce metros de altura porque simplemente lo supo.

No pensó en el niño de doce años con la capa de mantel negro y la carta que resbaló.

Pensó en el viejo de la guayabera amarilla en el mercado de Las Pulgas de Maracaibo. En la moneda de cincuenta bolívares. En la mano que se abrió vacía.

Convencí al aire de que la moneda no existía.

Eso era lo que quedaba. Eso era lo que siempre había sido. No el Lemegeton. No Orobas. No el poder ni la fama ni el miedo del público ni los cuarenta millones de reproducciones del espejo que nadie pudo explicar.

Un hombre que había aprendido a hablar con el aire.

Y el aire, que llevaba toda la vida escuchando, ahora le devolvía la pregunta más simple y más imposible que existía:

 

¿Y tú quién eres?

Román Bracamonte miró sus manos.

Las mismas manos de siempre. Con las mismas líneas. Con los mismos nudillos que habían aprendido a doblar naipes y hacer aparecer monedas y trazar sellos en la oscuridad y atrapar una bala en Madison Square Garden.

Las mismas manos.

Pero ya sin la piedra fría.

Eso también era algo.

Quizás era suficiente para empezar.

 

 

* * *

 

FIN

 

El Gran Orobas

Arthur Rojas

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