HUIDA DEL YO
Por: Arthur Rojas
Capítulo I: El Llamado del Vacío
La voz llegó a las 3:17 a. m. y no traía emoción alguna, solo un enunciado seco, definitivo. —“Lo sentimos mucho, señor Lanza. Su madre ha fallecido. Se presume suicidio. Saltó desde su ventana. No dejó nota.” La línea quedó en silencio después de eso, como si hasta el teléfono entendiera que no había forma de continuar.
Navid no reaccionó. Se quedó sentado, inmóvil, con el teléfono aún en la mano, mientras la luz azul del celular lo pintaba de un tono espectral. No lloró. No gritó. No maldijo. Solo respiró con dificultad, como si le hubieran cerrado una puerta desde dentro del pecho.
Era su madre. La única persona que lo había sostenido desde niño. La que, sin aspavientos, siempre estuvo en la sombra empujando su vida hacia adelante.
Recordó su risa suave. Las tardes de té con galletas rotas. Las cartas que le dejaba bajo la almohada cuando discutía con su padre. Su forma de mirarlo como si él fuera todo lo que necesitaba para creer en algo.
No había signos. Ningún indicio. Solo una tristeza pulcra, una compostura de años, y una soledad crónica que se le pegó al alma como humedad en una casa vieja.
El funeral fue breve. Su padre no lloró. La esposa de Navid asistió por compromiso. Él se mantuvo en pie, pero por dentro todo era un derrumbe silencioso.
Días después, comenzó a hablarle mentalmente a su madre. No era rezar. No era locura. Era una necesidad desesperada de no soltarla del todo.
Y fue ahí, entre insomnios y silencios, que sucedió.
Una noche, al cerrar los ojos, la vio.
Pero no era su madre. O no del todo.
Era una mujer más joven, sin arrugas, con el cabello suelto, y un vestido de lino blanco que parecía moverse con viento propio. Estaban sentados en un banco de plaza, bajo un árbol que no existía en ningún parque que él conociera. Ella le hablaba con una voz limpia, sin la culpa que siempre arrastró.
—“En este mundo, no fui tu madre, Navid. Fui Lucía. Y tú fuiste Mateo… El hombre al que amé y con quien nunca pude estar.”
Él intentó protestar, pero no pudo. La lógica se había quedado del otro lado. Solo quedaba esa conexión sin palabras, donde todo se entendía sin explicaciones.
Ella continuó:
—“Yo no quería dejarte. Pero llevaba años sin vivir. Me convertí en una mujer sin deseo, sin música, sin noche. Aguanté por ti… por lo que significabas. Pero vivir sin amor es otra forma de muerte lenta.”
Él la miró. La reconocía. Ya no como su madre, sino como esa mujer que se anuló a sí misma para sostener una estructura que la asfixiaba.
Y entonces lo entendió. El suicidio no fue una traición. Fue un acto de liberación.
Cuando Navid despertó, tenía lágrimas en la cara. No sabía si fue un sueño, una visión, una grieta en el espacio-tiempo. Pero algo dentro de él había cambiado.
Por primera vez desde su muerte, ya no sentía rabia. Sentía un amor limpio, triste, pero libre. Como si ella se hubiese despedido finalmente en un universo donde podía hacerlo.
Capítulo II: La Tabla Rota
Habían pasado apenas sesenta días desde que el teléfono lo sacó del sueño como una bofetada a medianoche. La muerte de su madre —su confidente, su raíz, su respiración interna— seguía sin caberle en la cabeza. No dejó carta. No hubo última palabra. Solo una ventana abierta y el cuerpo abajo, intacto, como una flor caída sin que nadie la hubiera tocado.
Desde entonces, Navid vivía con una parte de sí silenciada, como si al perderla, se hubiese borrado la parte del lenguaje emocional que lo unía al mundo. Se aferraba a la empresa, al calendario, a los socios, a las juntas. Su padre, ausente como siempre. Su esposa, “presente” pero como quien asiste a una ceremonia que ya no tiene sentido.
Aquella mañana el aire en la sala de reuniones era el mismo de siempre: aire climatizado, gris, insípido. La agenda mostraba cuatro puntos y un café que no pidió. Todo normal. Hasta que el abogado de la firma, un hombre joven y sin filtro, soltó un comentario mientras se quejaba del costo del sushi en el Hotel Mistral.
—“Aunque claro… hay gente que sí lo disfruta. Justo la semana pasada vi a tu esposa cenando allí. Con un tipo. Bien trajeado. Parecían íntimos.”
Navid no dijo nada. Ni siquiera lo miró. Solo se quedó con la frase golpeándole el estómago como una piedra cayendo en un pozo sin fondo. Tu esposa. Otro hombre. Cenar. Intimidad.
Terminó la reunión sin escuchar una sola palabra. Los labios de los otros se movían como peces en un acuario, pero no llegaban a él.
Esa noche revisó el celular de ella. No tenía la clave, pero la consiguió con una calma que lo asustó. —No es ira —se dijo—, es precisión. La encontró en conversaciones, emojis, reservas, horarios. No era una aventura casual. Era una vida paralela. Clubes, cenas, hoteles, reuniones, y hasta fotos en las que ella parecía más feliz que en los últimos tres años a su lado.
La traición no fue sexual. Fue la sonrisa. Fue la libertad con la que ella habitaba ese otro mundo. Fue descubrir que mientras él se hundía, ella ya nadaba en otras aguas, sin mirar atrás.
Al día siguiente contrató un detective, no para descubrir más, sino para confirmar lo que ya sabía y poder nombrarlo con pruebas. Como si ver la verdad impresa le hiciera menos daño que sentirla.
Cuando tuvo el informe en la mano, sintió lo mismo que cuando vio a su madre en el ataúd: una injusticia brutal, silenciosa, inexplicable. Otra mujer que se marchaba sin explicaciones, dejándolo solo, vacío, en un mundo donde ya no tenía a quién preguntarle nada.
Esa noche bebió. No por vicio, sino por vértigo. Por no saber si quería seguir cayendo o anestesiarse. El whisky le quemó menos que el silencio del apartamento.
Se acostó sin quitarse la ropa, y antes de cerrar los ojos, pensó:
“Quizás todos ya han decidido irse, solo yo sigo aquí por costumbre.”
Capítulo III: La Costra Invisible
Cuando el cuerpo no llora, se intoxica. Navid comenzó a beber con método, no con urgencia. Una copa servida con precisión, como quien afina un instrumento antes del concierto. Después otra. Y otra. No quería emborracharse. Solo anestesiar ese zumbido interno que no lo dejaba en paz: el eco de las cosas que no dijo, las que no hizo, las que ya no podrá corregir.
Los días se parecían entre sí. Comenzaban con un café negro y silencioso, una ducha con el agua demasiado caliente, y un silencio espeso en el apartamento que ni la radio podía romper. Seguían con reuniones donde los socios lo miraban más como engranaje que como ser humano, celebraban sus ideas, usaban su nombre, pero evitaban su mirada. Y terminaban con más alcohol, más noticias no leídas, más noches en vela con los ojos fijos en un punto indefinido del techo.
El informe del detective no fue lo peor. Lo peor fue descubrir que ya no le dolía. Ya no sentía celos. Ni furia. Ni siquiera decepción. Solo una especie de cansancio moral, una especie de vacío tan grande que incluso las traiciones ya no encontraban dónde anclarse.
Intentó hablar con su padre. El viejo, seco como siempre, soltó una frase que lo rompió:
—“Las mujeres a veces se cansan. Tu madre también pensó en irse antes… tú solo no lo viste.”
No lo vio. No quiso verlo.
Una mañana se quedó paralizado en medio del baño. El espejo frente a él mostraba un rostro que no recordaba haber construido. No había arrugas evidentes, ni marcas de locura. Pero no era él. O no el que creía ser.
Se tocó la cara, las mejillas, el cuello. Los movimientos eran suyos, pero el reflejo parecía ir un segundo por detrás. Como si el cuerpo y la conciencia ya no compartieran el mismo plano.
Fue entonces cuando aceptó la sugerencia de la terapeuta remota que le había recomendado un colega. Una mujer joven, mirada neutra, voz serena. Hablaba de “resintonización cognitiva”, “transiciones de conciencia”, “imaginarios estabilizantes”.
Lo escuchó durante una sesión entera sin decir palabra. Y al final, ella le ofreció una pregunta:
—”¿Y si este mundo que tú habitas no es el único posible? ¿Y si el dolor solo existe porque no sabes moverte hacia otro plano donde ya no rige?”
Él no respondió. Pero esa noche no pudo dejar de pensar en ello.
Días después, empezó las sesiones de hipnoinducción. La terapeuta lo guiaba con ejercicios de respiración, visualizaciones progresivas, silencios tácticos.
Y en uno de esos estados, comenzó a ver cosas.
Primero paisajes: Una estación de tren abandonada. Un campo de trigo con el cielo invertido. Después figuras: Un niño sin rostro que lo tomaba de la mano. Una mujer con el rostro de su madre, pero no su edad.
—”¿Quién eres?” —preguntó. Y ella le dijo:
—“Soy quien tu conciencia recuerda que debí haber sido.”
Navid despertó con la garganta seca y las manos temblando.
Por primera vez en meses, no estaba triste. Estaba intrigado. Algo había comenzado a abrirse dentro de él. Una puerta. Un umbral. Una grieta en el muro de lo que todos insisten en llamar realidad.
Capítulo IV: El Hijo Verdadero
Las sesiones con la terapeuta ya no eran necesarias. Navid aprendió a entrar solo. Sabía qué respiración usar, qué posición tomar, cómo dejar que su cuerpo se olvidara de sí mismo.
Aquel día, todo fue diferente.
No hubo paisaje. No hubo voz. Solo una casa de infancia que no era la suya, pero tenía ese olor: a pan, a madera tibia, a patio con tierra húmeda.
Y dentro, un niño. Él mismo, pero no del todo. Menor. Más dulce. Más silencioso. Ese niño jugaba en el suelo con bloques de colores, mientras una voz masculina lo llamaba desde la cocina:
—“Navid, ven acá… ven con papá.”
Cuando entró, el padre que nunca lo abrazó estaba de pie, con los brazos abiertos.
Lo abrazó con fuerza. Lo besó en la frente. Le acarició el pelo con una dulzura que jamás había visto en sus gestos. Lo sentó en sus piernas y le habló despacio, como se le habla a alguien frágil y querido.
—“Tú no sabes cuánto te esperé, hijo. A ti sí te puedo amar sin miedo. A ti sí…”
Navid sentía la calidez, el contacto, la piel. No era una alucinación. Era vivencia pura.
El padre continuó:
—“Porque tú sí eres mi verdadero hijo.”
La frase cayó como una ola helada. Como si el amor recibido se volviera una exclusión brutal para su otra versión.
¿Entonces quién era él en el mundo real? ¿El error? ¿El hijo impostor? ¿El ensayo de un amor que nunca se concretó?
El niño —el otro él— lo miró. No con celos. Con una sonrisa cómplice. Como si supiera que no eran enemigos, sino dos partes rotas de la misma historia.
Navid despertó agitado. El pecho le dolía. No de angustia, sino de contacto. Como si ese abrazo paternal hubiese reconfigurado algo en su memoria emocional.
Pero también dolía.
Dolía saber que nunca fue amado así. Dolía que esa versión de su padre solo existiera en otra coordenada. Dolía aceptar que hay realidades donde uno sí fue suficiente… pero no en esta.
Capítulo V: La Frontera Difusa
La oficina se había vuelto un teatro donde Navid actuaba su propio papel. Llegaba puntual, se sentaba en su lugar, asentía cuando debía asentir. Pero no estaba ahí. Su cuerpo ocupaba la silla, pero su conciencia flotaba en otros espacios, recordando el abrazo de ese padre que sí lo amó, la sonrisa de esa madre que pudo ser feliz.
Los socios notaron el cambio. No era distracción. Era ausencia. Una ausencia tan completa que resultaba inquietante.
—“Navid, ¿escuchaste lo que dijo Martinez sobre el proyecto?” —le preguntó uno de ellos durante una junta.
Él lo miró como si despertara de un sueño profundo. Por un momento, no recordó dónde estaba. La sala de reuniones le pareció una escenografía mal construida. Las caras, máscaras. Los trajes, disfraces.
—“Sí, claro” —respondió, pero su voz sonó como si viniera de lejos.
Esa tarde, al llegar a casa, encontró a su esposa empacando maletas. No hubo drama. No hubo gritos. Solo una conversación práctica, fría, como quien discute la división de muebles.
—“Me voy. Ya hablé con el abogado. No voy a pelear por nada complicado” —le dijo sin levantar la mirada de la ropa que doblaba con precisión quirúrgica.
Navid se sentó en el borde de la cama y la observó empacar. No sentía dolor. No sentía pérdida. Solo una curiosidad extraña, como quien mira una película sobre la vida de otro.
—”¿Cuánto tiempo llevas planeando esto?” —preguntó.
—“Meses. Pero tú ya no estás aquí hace tiempo. No sé dónde andas, pero no es conmigo.”
Tenía razón. No estaba ahí. Estaba en mundos donde las personas se abrazaban de verdad, donde las conversaciones no eran transacciones, donde el amor no se agotaba por uso.
Cuando ella se fue, Navid se quedó solo en el apartamento. Pero la soledad no lo lastimó. Al contrario, le dio libertad para sumergirse por completo.
Esa noche entró sin ayuda de técnicas de respiración. Solo cerró los ojos y dejó que su conciencia se desprendiera.
Esta vez apareció en un café que conocía, pero no como lo recordaba. Las mesas estaban dispuestas de otra forma, la luz era más suave, y en una mesa del fondo estaba sentada una mujer que reconoció inmediatamente: su esposa. Pero no la que acababa de irse. Esta era la mujer de la que se había enamorado años atrás. La que reía con facilidad, la que lo miraba como si fuera interesante.
Se acercó y se sentó frente a ella.
—“Te estaba esperando” —le dijo con una sonrisa que no había visto en años.
—”¿Me extrañaste?” —preguntó él.
—“En este mundo, nunca nos perdimos. Aquí fuimos felices. Aquí nos cuidamos el uno al otro.”
Conversaron durante horas. O minutos. El tiempo no existía ahí. Hablaron de libros, de viajes que nunca hicieron, de planes que sí cumplieron. Ella le tomó la mano y él sintió esa electricidad inicial que había olvidado.
Cuando despertó, el apartamento le pareció un mausoleo. Las paredes, los muebles, todo le recordaba a una vida que ya no le pertenecía.
Los días siguientes fueron una mezcla constante. En las reuniones de trabajo, escuchaba voces que venían de muy lejos. En la calle, confundía caras. A veces saludaba a personas que en otros mundos eran sus amigos, pero que aquí lo miraban con extrañeza.
Una mañana, mientras desayunaba, le habló a su madre como si estuviera sentada frente a él.
—”¿Hice bien en dejarla ir?” —preguntó en voz alta.
Y escuchó su respuesta, clara, tierna:
—“Hijo, acá nadie se va. Solo cambiamos de lugar.”
El vecino del apartamento contiguo golpeó la pared. Navid se dio cuenta de que había estado hablando en voz alta durante varios minutos.
Ya no le importó.
Capítulo VI: El Punto de No Retorno
Los socios convocaron una reunión de emergencia. Navid había faltado tres días consecutivos sin avisar. Cuando finalmente apareció, su aspecto los alarmó: más delgado, la mirada perdida, la ropa arrugada como si hubiera dormido con ella puesta.
—“Navid, tenemos que hablar” —dijo el socio principal con voz seria.
Lo llevaron a una sala privada. Le hablaron de responsabilidades, de compromisos, de la empresa que él había ayudado a construir. Le ofrecieron una licencia médica, terapia psicológica, lo que necesitara.
Pero Navid no los escuchaba. Sus voces se convertían en ruido de fondo mientras él observaba por la ventana un cielo que parecía moverse en ondas, como agua.
—”¿Ustedes realmente creen que esto es importante?” —preguntó de repente, interrumpiendo la conversación.
Los socios se miraron entre sí, preocupados.
—”¿Qué cosa, Navid?”
—“Todo esto. Las reuniones, los contratos, los números. ¿Creen que es real?”
—“Por supuesto que es real. Es nuestro trabajo, nuestra vida.”
Navid sonrió con una mezcla de tristeza y compasión.
—“Hay otros lugares donde podemos ser más que esto. Lugares donde no tenemos que fingir que nos importamos unos a otros solo porque compartimos una empresa.”
Se levantó, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta.
—“Me voy. Pueden quedarse con todo. Yo ya no pertenezco aquí.”
De regreso en su apartamento, Navid empacó lo mínimo: algunas ropas, medicamentos, nada más. El resto —muebles, libros, objetos que una vez creyó importantes— lo dejó todo.
Esa noche se sumergió más profundo que nunca.
Apareció en un lugar que no era paisaje ni edificio. Era pura sensación: calidez, luz dorada, una sensación de estar en casa que nunca había experimentado en el mundo físico.
Allí estaban todos: su madre, radiante y libre; su padre, amoroso y presente; su esposa, tal como era cuando se conocieron; incluso versiones de sus socios, pero humanas, cálidas, realmente interesadas en él como persona.
—”¿Por qué tendría que volver?” —preguntó en voz alta.
Una voz que no tenía cuerpo le respondió:
—“No tienes que volver. Pero si te quedas, será para siempre. Aquí el tiempo no pasa, pero tampoco avanza. Aquí no hay crecimiento, solo paz.”
—”¿Y eso es malo?”
—“No es malo ni bueno. Es una elección. Pero es definitiva.”
Navid miró a su alrededor. Todo era perfecto. Todos lo amaban. No había dolor, ni traición, ni pérdida. Pero también se dio cuenta de algo: no había sorpresas. No había descubrimiento. No había esa imperfección hermosa que hace que la vida sea vida.
Cuando despertó, era de madrugada. Se levantó y se miró al espejo. Su reflejo le pareció más transparente, como si estuviera perdiendo densidad física.
Tenía que decidir.
Podía regresar a ese mundo perfecto donde todos lo amaban, donde no había dolor pero tampoco crecimiento.
O podía quedarse aquí, en este mundo imperfecto, donde las personas se van, donde las traiciones duelen, pero donde también existe la posibilidad de construir algo nuevo, algo real, algo que no fuera solo el reflejo de sus deseos.
Se acostó nuevamente, pero no para escapar.
Para pensar.
Capítulo VII: La Elección
Navid pasó tres días sin comer, sin salir, sin comunicarse con nadie. Solo caminaba por el apartamento, miraba por la ventana, se observaba en el espejo que cada día lo devolvía más difuso.
El cuarto día sonó el teléfono. Era un número desconocido.
—”¿Señor Lanza? Soy la doctora Mendez, del hospital. Su padre ha sufrido un infarto. Está grave. Lo está pidiendo.”
Navid se quedó en silencio. Su padre. El hombre que nunca lo abrazó, que nunca le dijo que lo amaba, que siempre fue una presencia ausente en su vida.
—”¿Señor Lanza? ¿Está ahí?”
—“Sí… sí, voy para allá.”
En el taxi hacia el hospital, Navid sintió algo que no había experimentado en meses: urgencia. No la urgencia artificial de las reuniones o los plazos, sino la urgencia real de quien sabe que el tiempo se agota.
Encontró a su padre conectado a máquinas, frágil, pequeño. Cuando lo vio entrar, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—“Navid… pensé que no vendrías.”
—“Estoy aquí, papá.”
Su padre le tomó la mano con fuerza. Una fuerza sorprendente para alguien tan débil.
—“Yo… yo nunca supe cómo quererte. Tu madre sí sabía, pero yo… yo tenía miedo.”
—”¿Miedo de qué?”
—“De que te dieras cuenta de que no era suficiente. De que no sabía ser padre. Entonces me quedé lejos, pensando que era mejor que un padre ausente que un padre que te decepcionara.”
Navid apretó la mano de su padre. En los mundos alternos, había recibido el amor que siempre quiso. Pero aquí, en este momento imperfecto, recibía algo más valioso: la verdad.
—“No fuiste perfecto. Pero fuiste mi padre.”
Su padre lloró. Y Navid también.
Esa noche, Navid se quedó en el hospital. Su padre se recuperó lentamente, y durante esos días hablaron como nunca lo habían hecho. No fueron conversaciones perfectas. Hubo silencios incómodos, palabras que no sabían cómo decir. Pero fueron reales.
Una semana después, cuando su padre fue dado de alta, Navid tomó su decisión.
No regresaría a los mundos alternos. No porque fueran falsos, sino porque eran completos. Y él necesitaba incompletitud. Necesitaba la posibilidad de construir, de sanar, de crecer.
Llamó a la terapeuta.
—“Doctora, quiero hacer una sesión. Pero no para escapar. Para volver.”
—”¿Volver de dónde, Navid?”
—“De un lugar donde todo era perfecto. Y precisamente por eso, nada era real.”
En esa última sesión, Navid regresó a los mundos alternos. Su madre estaba ahí, hermosa y libre.
—”¿Viniste a quedarte?” —le preguntó.
—“Vine a despedirme.”
—”¿Por qué?”
—“Porque aquí tú eres feliz, pero yo no crezco. Aquí me amas, pero no me necesitas. Y yo necesito ser necesario. Necesito que mi presencia importe, no solo que sea deseada.”
Su madre sonrió con una mezcla de orgullo y tristeza.
—“Siempre fuiste más valiente que yo.”
—“No. Solo soy más terco.”
Se abrazaron. Un abrazo definitivo. Un abrazo de despedida.
Cuando Navid despertó de esa sesión, algo había cambiado. Su reflejo en el espejo era nítido otra vez. Su cuerpo se sentía sólido.
Salió a la calle. El mundo era el mismo: imperfecto, complicado, doloroso. Pero era suyo.
Llamó a su padre.
—”¿Papá? ¿Te gustaría que almorcemos mañana?”
—“Me encantaría, hijo.”
Y por primera vez en meses, Navid sintió que tenía hambre. Hambre real, de comida real, en un mundo real.
Hambre de vivir.
Epílogo
Seis meses después, Navid abrió una pequeña librería-café. No era exitoso en términos económicos, pero era suyo. Las personas que llegaban allí buscaban algo más que libros: buscaban conversación, silencio, compañía.
Su padre lo visitaba todas las semanas. Seguían sin ser perfectos juntos, pero eran auténticos.
Una tarde, una mujer entró buscando un libro sobre duelo. Navid la reconoció inmediatamente: era alguien que, como él, estaba perdida. Alguien que necesitaba encontrar el camino de vuelta a sí misma.
Le recomendó un libro. Después le ofreció un café. Después conversaron.
No era su madre. No era su esposa. No era ninguna de las versiones perfectas que había conocido en otros mundos.
Era real.
Y eso era suficiente.
Epílogo
En cada aleteo de una mariposa no solo se reescribe el destino de un universo, sino que se despliegan infinitas realidades donde cada ser viviente, desde la bacteria hasta la ballena, se convierte en el centro consciente de su propio cosmos, recordándonos que somos simultáneamente observadores y creadores de todos los mundos posibles que nacen de nuestras más mínimas decisiones.
F I N
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