Arthur Rojas

Escritor, pensador y creador multimedia.


Selene y el Puente de Luz
(Arthur Roan)

“Hay cerebros que, al lesionarse, despiertan como galaxias.
No pierden funciones: las multiplican.”
— Apunte anónimo hallado en un cuaderno de hospital.

I

A los veinte años, Selene era todo lo que una ciudad callada podía anhelar: belleza sin pretensión, inteligencia de mirada profunda, y una dulzura que parecía no ser de este mundo. Pero lo extraordinario vino cuando la ciencia la nombró paciente.

Un tumor benigno, decían, pero ubicado entre los dos hemisferios cerebrales, en el corpus callosum, el puente secreto de pensamientos. Su ubicación era tan delicada que la cirugía debía ser urgente. Pero lo que los médicos no sabían era que ese tumor había abierto un túnel de luz.

Un agujero de gusano.
Un puente Einstein-Rosen.

Desde hacía semanas, Selene notaba cosas imposibles: su mente viajaba. Percibía emociones ajenas. Soñaba con lugares que no existían en ningún mapa, y al despertar, podía describirlos con exactitud quirúrgica. A veces, sabía lo que alguien diría antes de que abriera la boca. A veces, sentía que podía tocar con la mente los recuerdos ajenos.

Sus padres pensaron que eran delirios.

Su novio, Nico, al principio, también lo creyó. Estaba con ella más por costumbre que por fuego, pero incluso él, en su indiferencia joven, comenzó a sentir que algo se movía dentro de ella. Algo sagrado.

Una noche, Selene lo tomó de la mano y le dijo:

—Quiero que veas mi mente.

Nico rió.

—¿Tu mente? Si no entiendo ni tus mensajes de voz.

Ella no sonrió. Solo cerró los ojos y respiró.

De pronto, Nico sintió una brisa tibia en el pecho. Luego, un recuerdo que no era suyo: la tarde en que su abuela lo llevó al río, cuando él tenía tres años. Sintió el olor del agua, la risa de ella, incluso el roce de sus dedos en la frente.

Abrió los ojos. Selene lo miraba con ternura.

—¿Lo viste?

—¿Cómo… cómo hiciste eso?

—No lo hice. Simplemente crucé.

II

Los días siguientes fueron un desfile de pruebas, escáneres, electroencefalogramas. Ninguno explicaba nada.

—La actividad cerebral es… inusual —dijo un neurólogo—. Como si la conciencia se desplazara entre regiones que normalmente no se comunican. Como si la mente hubiese aprendido a tomar atajos.

Nico sabía que no era un fenómeno neurológico. Era algo más antiguo. Más sutil.

Selene ya no hablaba como antes. Sus frases parecían venidas de otros tiempos. Leía sin mirar las páginas. Dormía poco. Y cuando dormía, soñaba con los recuerdos de otras personas: los de Nico, los de su madre, los de una enfermera que solo había visto de lejos.

Pero a pesar de su expansión interior, el cuerpo comenzó a fallar. Dolores de cabeza intensos. Momentos de ausencia. Pérdida de equilibrio.

—Debe operarse cuanto antes —dijeron los médicos.

Selene sonrió como si no temiera.

—No quiero que corten la flor —le dijo a Nico.

—¿Y si la flor se está marchitando?

—No. Está floreciendo.

III

La noche antes de la cirugía, Selene llevó a Nico dentro de su mente una vez más.

Esta vez no fue un recuerdo.

Fue una constelación.

Nico flotó en un espacio sin tiempo, donde pensamientos ajenos pasaban como luciérnagas. Sintió el amor de una madre de otro país. El llanto de una niña en guerra. El miedo de un anciano a morir solo. Todo eso, en segundos. Y al centro, Selene: una luz azul, suave, que lo abrazaba sin tocarlo.

—Eres hermosa —dijo él, llorando.

—Recién lo ves —respondió la voz de ella—. Pero siempre estuve aquí.

Esa noche, Nico no durmió. Solo sostuvo su mano, como quien se aferra a una verdad recién descubierta.

IV

La camilla llegó al quirófano a las 7:32 a.m.

Los bisturíes, las máscaras, los protocolos, todo estaba listo. Pero Selene no se dejó dormir.

—No aún —dijo, con voz clara—. No mientras pueda mostrarles algo.

Los médicos se miraron. Confusión. Temor.

Entonces, con una serenidad que no se aprende, extendió la mano hacia el asistente más joven.

—Tócame —le pidió.

El joven rozó sus dedos.

Y cayó de rodillas.

Gritó. Lloró. Rió. Y luego, en voz quebrada, dijo:

—Vi mi infancia. Vi a mi hermano… pensé que lo odiaba, pero… lo amaba… solo que no lo recordaba.

Todos quedaron en silencio.

Selene respiró hondo.

—El tumor no es un error. Es un puente. Entre mundos. Entre partes de la mente que antes no se hablaban. Déjenme cruzar una vez más.

Nadie pudo detenerla.

Ni siquiera Nico, que entró al quirófano en ese instante, guiado por un llamado invisible.

—¿Nos vamos? —le preguntó.

Selene asintió.

Y juntos, subieron a la azotea.

V

Desde allí, el mundo parecía pequeño. Como una maqueta de emociones. El cielo abierto, sin juicios. La ciudad, un rumor bajo sus pies.

—No quiero que mueras —dijo Nico.

—No moriré. Solo cambiaré de forma.

—¿Y yo?

—Tú me llevarás.

Cerró los ojos. Su cuerpo, frágil, se quedó quieto.

Pero su mente… cruzó.

Ya no hubo dolor. Ni nombre. Ni carne.
Solo una vibración dulce, expandida en el aire.

Nico sintió cómo lo abrazaba desde dentro. Cómo lo llenaba.
La mente de Selene se volvió canción, viento, recuerdo.

Epílogo

Carta de Nico a Selene, años después.

Selene:

Hoy hace diez años de la última vez que toqué tu piel.
Pero no ha habido un solo día en que no me tocaras el alma.

A veces, cuando camino por la ciudad, siento tu presencia en una canción callejera, en la risa de una niña, en una conversación que escucho por azar y que, sin saber cómo, me habla de ti.

Te convertiste en algo más que memoria. Te hiciste brújula. Y también raíz.

Nunca volví a amar así. Pero no porque no haya podido. Sino porque tú sigues aquí, amando conmigo.

Lo entendí tarde, pero lo entendí:
Tu puente no conectaba solo el consciente con el inconsciente.
Conectaba almas.

Y yo crucé.

Gracias por dejarme entrar.

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