Por Arthur Rojas
Capítulo 1: La espera en el gimnasio
Bastian Obermayer miró su reloj por tercera vez. Las cuatro y veinte. Finn debería haber salido hace casi media hora. El Maximilians-Gymnasium, con sus altos techos y pasillos que olían a cera antigua y tradición, parecía más silencioso de lo habitual aquella tarde de primavera.
—Herr Obermayer —le había dicho la secretaria con una sonrisa amable—, hay una clase magistral de matemáticas para los de sexto. Va a demorarse unos cuarenta minutos. ¿Quiere esperar en la sala de profesores o prefiere el gimnasio? Allí hay gradas y está más fresco.
Bastian eligió el gimnasio. Siempre le había gustado el eco de los espacios deportivos vacíos, ese silencio lleno de memoria de gritos y pelotas rebotando. Subió las gradas de madera oscura y se sentó en la cuarta fila, dejando que su maletín descansara a su lado. Sacó la libreta de notas por costumbre, aunque no tenía nada concreto que anotar. Solo esperaba.
El aroma era peculiar: madera pulida, sudor viejo, un leve toque de barniz. La luz de la tarde entraba oblicua por las altas ventanas, dibujando rayos dorados en el suelo de parqué. Todo parecía normal.
Hasta que escuchó las voces.
Dos niños. No muy lejos, quizás tres o cuatro filas más abajo. Hablaban en voz baja pero con esa intensidad que solo tienen las conversaciones importantes. Bastian sonrió por dentro. Recordó cuando él mismo tenía esa edad y discutía con sus amigos sobre fútbol o cómics.
Pero estos no hablaban de fútbol.
—…no lo entiendes, Max —decía uno con voz apasionada, casi enfadada—. El universo es orden. Es un gran mecanismo. Si conoces la posición exacta de cada pieza y la fuerza que actúa sobre ella, puedes predecir todo. Todo. El tiempo fluye en una sola dirección, como una flecha. Dios no juega a los dados.
Hubo un silencio breve. Luego respondió el otro, con voz más pausada, casi respetuosa, pero firme:
—Isaac… yo también quiero creer eso. Mi padre dice que la naturaleza es ley y orden. Pero he estado pensando en el calor, en cómo se irradia la energía del cuerpo negro. ¿Y si no es continua? ¿Y si viene en paquetes? Pequeños… cuantos. Como si la realidad tuviera escalones muy pequeños, pero escalones al fin.
Bastian levantó lentamente la cabeza de su libreta. Su pulso se aceleró sin que supiera muy bien por qué. Dos niños de once o doce años, como mucho. Uno de ellos tenía el cabello un poco revuelto y gesticulaba con las manos. El otro, más pequeño y pulcro, llevaba gafas redondas y hablaba con una seriedad que no correspondía a su edad.
Se inclinó ligeramente hacia delante, intentando verlos mejor sin ser notado.
—No lo sé —continuó el niño llamado Max, con un leve temblor en la voz—. A veces, cuando estoy aquí en el gimnasio, siento… como si el aire tuviera grietas. Como si pudiera ver un segundo hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo. Es una tontería, ¿verdad?
Isaac soltó una risa corta, pero no se burló.
—No es tontería. Es peligroso. Si tu idea es correcta, entonces mi reloj perfecto se rompe. Y yo no quiero que se rompa.
Bastian sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Bajó la mirada hacia su libreta. Había escrito sin darse cuenta dos palabras:
Cuanto. Flecha.
Las voces bajaron de tono. Los niños seguían hablando, pero Bastian ya no lograba concentrarse en las palabras. Solo sentía que algo profundo, imposible, acababa de rozarlo.
Miró alrededor. El gimnasio seguía vacío. Solo él, las gradas antiguas y esa extraña luz dorada que parecía demasiado quieta.
Por primera vez en muchos años, el periodista experimentado, el hombre que había entrevistado a políticos corruptos y cubierto las peores tragedias de Baviera, no sabía cómo tomar nota de lo que estaba ocurriendo.
Capítulo 2: La charla imposible
Bastian se inclinó un poco más hacia adelante, procurando no hacer ruido en las gradas de madera. Las voces de los dos niños llegaban con claridad en el gimnasio casi vacío, como si el lugar mismo quisiera que las escuchara.
El niño del cabello revuelto —Isaac— hablaba ahora con mayor vehemencia, trazando líneas invisibles en el aire con las manos.
—Todo está conectado, Max. Todo. Si muevo esta mano ahora —dijo, agitando los dedos—, en algún lugar lejano del universo hay una consecuencia. El tiempo no se detiene ni se rompe. Es una línea recta. Newton lo entendió. El mundo es un reloj enorme y perfecto. Solo hay que encontrar las leyes que lo gobiernan.
Max, el de las gafas redondas, permanecía sentado con las manos sobre las rodillas, como si estuviera en clase. Su voz era más baja, pero cargada de una intensidad distinta: no era pasión desbordada, sino una curiosidad profunda que parecía dolerle.
—Precisamente por eso te lo digo, Isaac. He estado leyendo sobre la radiación del cuerpo negro. Los cálculos no cierran si seguimos pensando que la energía es continua. Tiene que haber… paquetes. Cuantos. Pequeñas unidades indivisibles. Si no, la teoría se derrumba.
Isaac soltó una risa breve, pero no era burla. Era incredulidad.
—¿Paquetes? ¿Estás diciendo que la naturaleza da saltos? Eso es absurdo. Dios no es un chapucero que deja escalones en su creación.
—No sé si son escalones —respondió Max con paciencia—. Pero quizás el reloj que tú ves desde lejos, cuando lo miras muy de cerca… tiene engranajes más pequeños de lo que imaginamos. Tan pequeños que parecen discontinuos.
Bastian escribía frenéticamente en su libreta. Las palabras le salían casi solas:
Reloj perfecto – Paquetes de energía – Naturaleza discontinua – Radiación cuerpo negro
Se detuvo. Era imposible. Dos niños de once o doce años debatiendo conceptos que él, con su formación periodística, apenas reconocía de lecturas superficiales. Sintió un calor extraño subiéndole por la nuca.
Max continuó, casi en un susurro:
—A veces, aquí en el gimnasio… siento que el aire vibra diferente. Como si este lugar guardara algo. Como si pudiera escuchar el futuro susurrando. ¿Nunca te ha pasado?
Isaac se quedó callado un momento. Cuando habló, su voz había bajado también:
—Una vez, durante la peste en Woolsthorpe, cuando estaba solo en la casa de mi madre… vi caer una manzana y entendí todo en un segundo. El orden. La gravedad. Quizás aquí también haya algo. Pero no me gusta. Prefiero el orden que ya conozco.
Bastian contuvo la respiración. Woolsthorpe. Peste. Aquellos nombres y referencias no pertenecían a niños de primaria. Sintió que el estómago se le cerraba.
Max levantó la vista hacia las altas ventanas, donde la luz dorada empezaba a teñirse de naranja.
—Tal vez los dos tengamos razón —dijo suavemente—. Tu reloj y mis cuantos. Quizás solo sea cuestión de escala. Pero me da miedo pensar que el universo sea más extraño de lo que queremos aceptar.
Isaac suspiró.
—Y a mí me da miedo que dejes de creer en el orden. Si todo es probabilidad… ¿qué queda?
Los dos niños se quedaron en silencio. Bastian, con el corazón latiéndole con fuerza, cerró lentamente su libreta. Tenía las palmas de las manos sudadas. Quería levantarse, acercarse y preguntarles quiénes diablos eran. Pero algo —un instinto profundo— le decía que no debía interrumpir.
En ese preciso instante, el timbre lejano del colegio sonó, rompiendo el hechizo. Una oleada de voces infantiles comenzó a llenar los pasillos.
Bastian parpadeó. Cuando miró hacia abajo, las gradas donde estaban los niños se encontraban vacías.
Solo quedaba el eco de sus palabras flotando en el aire polvoriento del gimnasio.
Capítulo 3: Dos infancias, un universo
Bastian no se movió. El timbre había sonado, los pasillos se llenaban de ruido, pero él permanecía clavado en la grada, como si una fuerza invisible lo mantuviera allí. Las voces de los niños regresaron, más bajas ahora, casi confidenciales, como si hubieran encontrado un rincón protegido del bullicio.
Fue Max quien habló primero, con esa curiosidad suave que ya empezaba a resultarle familiar:
—Isaac… ¿puedo preguntarte algo personal? A veces me pregunto cómo llegaste a ver el universo tan claro, tan ordenado. Yo tengo suerte. Mi padre es profesor, mi madre toca piano. En casa hay libros por todas partes y siempre hay alguien con quien hablar. Pero tú… hablas como si hubieras estado muy solo.
Hubo un silencio largo. Bastian contuvo la respiración.
Isaac respondió al fin, con voz más ronca, menos segura que antes:
—Solo es poco. Nací demasiado pronto. Mi padre ya estaba muerto antes de que yo respirara. A los tres años mi madre se volvió a casar y me dejó con mis abuelos. Me crié prácticamente sin ella. Decía que yo debía ser granjero, como mi padrastro. Yo odiaba el campo. Odiaba las ovejas, el estiércol, las manos sucias. Prefería construir relojes de sol con pedazos de madera y observar las estrellas.
Max lo escuchaba con atención absoluta, como si estuviera recibiendo una lección sagrada.
—¿Y no tenías amigos?
—Pocos. La gente me encontraba raro. Pasaba horas solo, leyendo, dibujando, pensando. La soledad se volvió… mi taller. Cuando llegó la peste y cerraron Cambridge, me fui a la casa de mi madre en Woolsthorpe. Allí, completamente solo durante meses, encontré el orden. La gravedad. Las leyes. Como si el silencio me hubiera permitido escucharlas.
Max ajustó sus gafas, pensativo.
—Yo nunca he estado solo así. Mis primeros recuerdos son marchas militares en Kiel, soldados con uniformes impecables. Mi familia valora el orden, la disciplina, la música. Toco el piano desde pequeño. Pero a veces, cuando estoy muy concentrado en los números o en el calor, siento que el orden que todos ven… tiene grietas. Y eso me asusta. ¿Cómo pudiste soportar tanta soledad sin volverte loco?
Isaac soltó una risa amarga.
—¿Quién dice que no me volví un poco loco? Soy desconfiado. Me enfado fácil. Guardo rencores como otros guardan monedas. Pero esa soledad me dio algo que tú, con tu casa llena de libros y música, quizás nunca necesites: la necesidad absoluta de encontrar sentido. Si el mundo exterior no me quería, yo encontraría las reglas que lo gobiernan.
Max asintió lentamente.
—Tal vez por eso tú ves un reloj perfecto y yo empiezo a ver cuantos. Tú necesitabas certeza. Yo… crecí con ella y ahora dudo.
Bastian sintió un nudo en la garganta. Ya no tomaba notas. Solo escuchaba. Dos niños hablando de abandono, de orden, de miedo y de genialidad como si fuera lo más normal del mundo. El contraste era brutal y hermoso al mismo tiempo: el niño forjado en el fuego de la ausencia y el niño criado en el calor de la tradición académica, sentados juntos, intentando reconciliar sus universos.
Max habló casi en un susurro:
—Gracias por contármelo, Isaac. Creo que entiendo mejor ahora por qué defiendes tanto tu reloj. Yo, en tu lugar, probablemente también habría necesitado creer que todo tiene un orden perfecto.
—Y yo —respondió Isaac—, en el tuyo, tal vez me habría atrevido a ver los escalones.
El bullicio del colegio crecía a su alrededor, pero en ese pequeño espacio entre las gradas parecía existir un mundo aparte.
Bastian cerró los ojos un segundo. Sentía que acababa de presenciar algo íntimo, casi sagrado. Algo que nadie más en el mundo debería haber escuchado.
Cuando volvió a abrirlos, las gradas inferiores estaban vacías otra vez.
Solo quedaba el eco de dos voces que, de alguna manera imposible, seguían resonando dentro de su cabeza.
Capítulo 4: La biblioteca y la duda
Bastian bajó las gradas con las piernas extrañamente pesadas. El gimnasio se había llenado de niños en cuestión de minutos, pero él no vio a los dos con los que había pasado la última media hora. Ni rastro de cabello revuelto ni de gafas redondas. Era como si se los hubiera tragado el aire.
Sacudió la cabeza y salió al pasillo principal del Maximilians-Gymnasium. Necesitaba ordenar sus pensamientos. Sus pasos lo llevaron casi por inercia hasta la biblioteca del colegio, un lugar de techos altos, estanterías de madera oscura y ese silencio reverente que siempre le había gustado.
Se detuvo frente a los catálogos, con el dedo suspendido en el aire. Dos pasillos se abrían ante él:
A la izquierda: Ciencias Naturales y Física.
A la derecha: Historia y Biografías.
Se quedó paralizado. Si caminaba hacia la izquierda y buscaba “radiación de cuerpo negro” o “cuantos”, estaría admitiendo que lo que había escuchado tenía sentido. Si iba a la derecha, buscaría a dos niños llamados Isaac y Max en los libros de historia, y eso sería aún más absurdo.
Soltó una risa nerviosa que resonó más fuerte de lo que pretendía. Una bibliotecaria mayor lo miró por encima de sus lentes con desaprobación.
—Claro —murmuró para sí mismo, sintiendo un alivio casi ridículo—. Es una obra de teatro. El grupo de drama debe estar ensayando una pieza sobre científicos. “Los padres de la física moderna” o algo igual de pretencioso. Dos niños prodigio memorizando guiones. Eso es todo.
Se alejó de las estanterías de física como si estas pudieran morderlo. Caminó entre los estantes de historia, pasando los dedos por los lomos de los libros sin realmente buscar. Pero cuanto más intentaba convencerse, más se desmoronaba su propia explicación.
Porque los niños no estaban actuando.
Max tenía un leve temblor en la voz cuando hablaba de los paquetes de energía. Isaac gesticulaba con auténtica frustración, como si realmente le doliera la idea de un universo discontinuo. Ningún niño de once años actuaba con esa profundidad. Ninguno.
Se detuvo frente a una ventana que daba al patio interior. Afuera, los alumnos corrían y gritaban como cualquier otro día. Todo normal. Todo ordinario.
—¿Qué me está pasando? —susurró.
Sacó su libreta y leyó las palabras que había anotado: Cuanto. Flecha. Reloj perfecto. Woolsthorpe. Peste.
Cerró la libreta de golpe. Guardarla en el bolsillo fue como intentar meter un secreto demasiado grande en un espacio demasiado pequeño.
Salió de la biblioteca con paso rápido. Tenía que recoger a Finn. Tenía que volver a la realidad: tráfico de Múnich, cena familiar, la rutina que entendía. Pero mientras caminaba por el pasillo, una última duda lo golpeó con fuerza:
Si realmente era una obra de teatro… ¿por qué Max parecía estar al borde de las lágrimas cuando no lograba explicar su idea de los cuantos?
Bastian apretó los dientes y aceleró el paso.
Por primera vez en su carrera, el periodista que siempre encontraba las respuestas sentía que la pregunta misma se le estaba escapando entre los dedos.
Capítulo 5: La foto que no puede existir
Bastian esperó junto a la puerta principal del colegio, mezclándose con otros padres. Cuando Finn apareció entre la multitud, con la mochila colgando de un hombro y el cabello revuelto, sintió un alivio inmenso al ver un rostro conocido y real.
—Papá, ¿qué tal? —preguntó Finn, notando inmediatamente que algo no iba bien—. Tienes cara de haber visto un fantasma.
Bastian forzó una sonrisa y le revolvió el pelo.
—Casi. Ven, caminemos.
Mientras salían del edificio, Bastian no pudo contenerse. Le contó todo: las voces, los nombres, la discusión sobre cuantos y relojes, la peste en Woolsthorpe. Finn lo escuchaba con los ojos cada vez más abiertos.
Al llegar al coche, Bastian tomó una decisión.
—Antes de irnos, quiero pasar por dirección. Solo un minuto.
La secretaria del colegio, una mujer amable de unos cincuenta años, lo recibió con sorpresa.
—Herr Obermayer, ¿todo bien?
—Más o menos. Hoy escuché a dos niños hablando en el gimnasio. Uno se llamaba Max. Me llamó la atención y… quería saber si podría darme sus apellidos. Eran muy brillantes.
La mujer frunció el ceño.
—¿En el gimnasio? Hoy estuvo cerrado toda la tarde por reparaciones en el techo. Nadie podía estar allí.
Bastian sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero insistió:
—Solo quiero confirmar el nombre. Max… ¿algo más?
La secretaria dudó, pero tecleó en el ordenador.
—Tenemos muchos Max. ¿Sabe el apellido o el curso?
—No… solo Max. De unos once o doce años.
—Déjeme ver los registros históricos, a veces los alumnos preguntan por exalumnos famosos… —murmuró ella, abriendo otro archivo—. Aquí hay uno muy conocido. Max Planck. Fue alumno aquí en los años 1870.
Bastian tragó saliva.
—¿Podría… ver su foto? Por curiosidad.
La mujer sonrió, acostumbrada a las peticiones de padres orgullosos, y giró la pantalla.
La fotografía en blanco y negro era antigua, pero nítida. Un niño de unos doce años, con cabello claro bien peinado, gafas redondas y una expresión seria y concentrada. La misma cara que había visto en las gradas. La misma postura recta. La misma ligera inclinación de cabeza.
Bastian se quedó helado. El mundo pareció quedarse en silencio.
—Ese… es él —susurró sin poder evitarlo.
—¿Disculpe? —preguntó la secretaria.
Finn, que había entrado detrás de su padre, miró la pantalla y luego a Bastian.
—Papá… ¿estás bien? Te pusiste blanco.
Bastian no respondió. Solo miraba la foto. Max Planck, 1874. Premio Nobel de Física, 1918. El padre de la teoría cuántica.
—Gracias —logró decir finalmente, con voz ronca—. Muchas gracias.
Salió de la oficina casi tambaleándose, con Finn siguiéndolo de cerca. Una vez en el pasillo, se apoyó contra la pared.
—No puede ser… —murmuró—. No puede ser.
Finn lo miró con una mezcla de preocupación y fascinación.
—Papá… ¿viste a Max Planck de niño?
Bastian no contestó. Solo apretó la libreta contra su pecho, como si las palabras garabateadas allí pudieran anclarlo a la realidad.
Pero la realidad, por primera vez, se había roto frente a sus ojos.
Capítulo 6: Stranger Things en casa
La puerta de entrada se abrió justo cuando Bastian terminaba de contarle a Finn lo de la foto. Hanna entró cargando a Mila en un brazo y la mochila del Kindergarten en el otro. La pequeña de tres años tenía las mejillas sonrosadas y olía a pintura y galletas.
—¡Ya estamos en casa! —anunció Hanna con su energía serena.
Finn saltó del taburete como un resorte y corrió hacia su madre.
—¡Mamá! —gritó, abrazándola por la cintura—. ¡Si supieras lo que le ocurrió a papá! ¡Le pasó Stranger Things de verdad!
Hanna levantó una ceja, divertida, mientras intentaba quitarse el abrigo sin soltar a Mila.
—¿Stranger Things? ¿Desde cuándo tu padre ve series de terror conmigo?
Mila extendió las manitas hacia Bastian.
—Papi… ¡abrazos!
Bastian tomó a su hija y la llenó de besos en la cabeza, pero su expresión seguía ausente. Finn no le dio tiempo a su madre de reaccionar.
—Papá vio fantasmas en el colegio, mamá. O viajeros del tiempo. Estaba en el gimnasio esperándome y escuchó a dos niños hablando de cuántica, relojes del universo y paquetes de energía. Uno se llamaba Max… ¡y era Max Planck de niño! Luego fue a dirección y le mostraron la foto de 1874. ¡Y lo más raro es que el gimnasio estaba cerrado por reparaciones todo el tiempo!
Hanna parpadeó varias veces, procesando la avalancha de información. Miró a su marido con una mezcla de ternura, preocupación y escepticismo profesional.
—Bastian Obermayer… ¿tú? ¿El hombre que una vez me dijo que los documentales históricos eran “demasiado especulativos”? ¿Viendo niños fantasma en el Maximilians-Gymnasium?
Bastian suspiró, todavía con Mila en brazos, que ahora jugaba tranquilamente con su barba.
—No sé qué vi, Hanna. Pero era real. El niño hablaba exactamente como uno imaginaría que hablaría Planck de pequeño: ordenado, respetuoso, pero con una duda profunda. Y el otro, Isaac… era puro fuego, terco, convencido de que el universo es un mecanismo perfecto. Discutían como si llevaran décadas debatiendo.
Finn intervino emocionado:
—Y papá entró al gimnasio aunque estaba cerrado. ¡Él mismo me lo dijo!
Hanna dejó la mochila en el suelo y se acercó. Le puso una mano en el brazo con cariño.
—Amor… ¿estás bien? Has estado muy estresado con las últimas crónicas. Tal vez solo fue…
—No fue cansancio —la interrumpió Bastian suavemente—. Los vi. Los escuché. Y la foto… era idéntica, Hanna. El mismo flequillo, las mismas gafitas, la misma expresión seria.
Mila, ajena a todo, tocó la nariz de su padre:
—Papi raro.
La risa espontánea de la niña alivió un poco la tensión que flotaba en la cocina. Hanna sonrió, pero sus ojos seguían serios.
—Mira… mañana tengo acceso a los archivos de DW sobre Planck. Si quieres, podemos revisar juntos material de su infancia. Tal vez eso te ayude a procesarlo. O… a entenderlo mejor.
Bastian miró a su familia: Finn con los ojos brillantes de excitación, Mila jugando inocentemente con su camisa, y Hanna observándolo con esa inteligencia serena que siempre lo había enamorado.
—No sé si quiero entenderlo —murmuró—. Por primera vez en muchos años… siento que estoy frente a una historia que no puedo explicar. Y eso, curiosamente, me aterra y me fascina al mismo tiempo.
Finn sonrió con picardía.
—Esto va a ser mejor que cualquier documental tuyo, mamá.
Hanna negó con la cabeza, sonriendo.
—Dios nos ayude.
Capítulo 7: El viaje a Berlín
Dos semanas después, Bastian y Hanna viajaron juntos a Berlín. Finn se quedó en Múnich con los abuelos, cuidando de Mila. “Esto es trabajo de investigación”, le había dicho Bastian a su hijo, aunque ambos sabían que era mucho más que eso. Hanna había usado sus contactos en Deutsche Welle para conseguir acceso especial al Archivo de la Sociedad Max Planck en Dahlem.
El campus de Dahlem, conocido como el “Oxford alemán”, los recibió con una quietud casi reverente. Edificios antiguos rodeados de jardines, laboratorios que habían visto nacer parte de la física moderna. El archivo era un mundo aparte: kilómetros de estanterías, documentos cuidadosamente preservados y un silencio que parecía cargado de historia.
Un archivero de voz baja los condujo a una sala de lectura privada.
—Solo pueden consultar el Legado Personal de Planck —dijo—. Tienen dos horas.
Bastian abrió con manos temblorosas uno de los legajos amarillentos. Hanna se sentó a su lado, observándolo con atención.
Pasaron casi cuarenta minutos revisando cartas y apuntes científicos cuando Bastian encontró un cuaderno pequeño, de tapas oscuras, escrito con la letra pulcra y juvenil de Max Planck. La fecha en la primera página: 1874.
Su corazón dio un vuelco.
Leyó en voz alta, casi en susurro:
—“Hoy, en el gimnasio del Maximilians-Gymnasium, sentí algo extraño. Mientras discutía con un compañero sobre el orden del universo, el aire pareció… vibrar. Como si el tiempo se doblara ligeramente. Como si pudiera percibir los paquetes de energía antes de que existieran. Isaac se rio de mí, pero sé que él también lo sintió. Este lugar guarda algo. Una ventana. No sé si es Dios, la naturaleza o algo que todavía no tiene nombre.”
Hanna se acercó más. Bastian pasó la página con dedos reverentes.
—“A veces creo que la soledad de Isaac le permitió ver el reloj completo, mientras que yo, desde la estabilidad, empiezo a ver las grietas. Pero aquí, en ese gimnasio, las grietas se hacen visibles. Siento que el futuro susurra. Y me da miedo… y esperanza al mismo tiempo.”
Bastian se recostó en la silla, con los ojos húmedos. Hanna le apretó la mano.
—Esto es real —murmuró él—. No me estoy volviendo loco.
Salieron del archivo en silencio. Caminaron hasta la Universidad Humboldt, donde la estatua de Max Planck, imponente y serena, los esperaba frente al edificio principal. Bastian se detuvo frente a ella. La figura de bronce parecía mirarlo directamente.
Durante un largo minuto, ninguno de los dos habló.
—Él sabía —dijo Bastian finalmente—. El niño que vi… sabía que ese gimnasio era especial. No era un fantasma. Era… un eco. Una resonancia.
Hanna miró la estatua y luego a su marido.
—Tal vez no fue casualidad que escucharas esa conversación, Bastian. Tal vez el portal, como lo llama Finn, elige a quién mostrarle sus grietas.
Bastian tocó suavemente el pedestal de la estatua. Por un instante, sintió el mismo escalofrío que había sentido en las gradas de Múnich.
Esa noche, en el hotel, revisaron juntos más material. Hanna encontró referencias a las investigaciones actuales en Garching, cerca de Múnich: el Instituto de Física del Plasma, donde científicos intentan contener energía de forma similar a los “paquetes” que el joven Planck había intuido.
Bastian cerró el ordenador y miró a su esposa.
—Mañana volvemos a Múnich. Quiero que Finn venga con nosotros al gimnasio.
Hanna asintió.
—Esta ya no es solo tu historia, amor. Es nuestra.
Prólogo: La grieta en el tiempo
El universo tiene costuras.
La mayoría permanecen invisibles, pero en ciertos rincones donde el silencio es más antiguo que las piedras, se vuelven delgadas. Allí, el antes y el después pueden rozarse.
No se suponía que Isaac y Max llegaran a encontrarse. Siglos y cementerios los separaban. Sin embargo, en un viejo gimnasio de Múnich, el tiempo se dobló sobre sí mismo como una hoja de papel.
Esta es la historia de un hombre que, armado solo con una libreta y una curiosidad imprudente, escuchó una conversación que nunca debió tener lugar. Bastian Obermayer buscaba a su hijo. En cambio, encontró la grieta.
Porque cuando dos mentes que cambiarían el mundo se sientan a conversar en la infancia del universo, la realidad contiene el aliento.
Y el problema de mirar un secreto así es que, una vez que lo miras, el secreto comienza a mirarte a ti. *F I N*

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