Ameju Quizá II

Capítulo 1
El cielo primero
El calor de Maracay era una cosa viva. No el calor seco del desierto ni el calor húmedo y verde de la selva que Amerei Casadiego conocía mejor que su propio nombre, sino un calor de asfalto y motor, de ciudad que respira por la nariz de sus fábricas y sus avenidas anchas. Un calor distinto. Un calor que había que aprender.
Amerei lo estaba aprendiendo.
Desde el patio exterior del CIAC —el Centro de Instrucción de Aeronáutica Civil, que sonaba imponente aunque el edificio fuera más modesto de lo que el nombre prometía— se podía ver el horizonte plano del estado Aragua interrumpido apenas por las antenas de comunicación y, si uno miraba con paciencia, por la línea azul oscura de la cordillera que bordeaba el horizonte norte. Amerei miraba hacia el sur. Siempre hacia el sur. Hacia donde estaban los ríos anchos y los tepuyes, hacia donde el cielo era otro cielo.
—Oye, Casadiego, ¿tú estás soñando despierto otra vez?
La voz era de Luismar Pedraza, un muchacho de Barinas con los hombros anchos de quien cargó bultos toda la infancia y una sonrisa que ocupaba más espacio que su cara. Era el mejor de la promoción en teoría de vuelo instrumental y el peor en simulador, lo cual era una paradoja que él mismo celebraba con orgullo.
—Estoy calculando vientos —dijo Amerei sin moverse.
—Ah, claro. Los vientos del sur. Los mismos de siempre. —Luismar se sentó a su lado en el borde del sardinel, estirando las piernas largas sobre el patio—. ¿Cuándo fue la última vez que miraste al norte, hermano?
Amerei no respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta era larga y el mediodía era corto y en veinte minutos volvían al aula de sistemas de navegación, que era la materia que más le costaba no por dificultad sino por el esfuerzo de quedarse quieto.
A su izquierda, Valentina Ríos repasaba en voz baja las listas de verificación prevuelo con esa concentración suya que parecía excluir el mundo entero. Era de Mérida, estudiaba con una beca del INAC que le había costado tres intentos y cuatro años de espera, y volaba con una precisión que hacía callar a los instructores más severos. A su derecha, Héctor Barroso comía un emparedado con la calma de quien no tiene exámenes pendientes, aunque los tenía.
Eran cuatro meses juntos. Cuatro meses de simuladores, de meteorología, de regulaciones aeronáuticas, de madrugadas repasando cartas de navegación sobre mesas de fórmica. Ya sabían cómo dormía cada uno, qué música escuchaba Valentina cuando estudiaba, que Luismar rezaba antes de cada práctica de vuelo y que Amerei era incapaz de comer en la mañana si el día anterior había volado mal.
La licencia de Piloto Privado estaba a seis semanas. Seis semanas y un examen médico aeronáutico ante el INAC, y después de eso el cielo tendría un nombre propio.
El ruido del motor llegó antes que el hombre.
Era un sonido particular, conocido, que Amerei identificó sin necesidad de girar la cabeza: el motor de una avioneta Cessna 172 en aproximación desde el norte, con ese tono ligeramente ronco que tiene el motor de cuatro cilindros cuando ya lleva horas en el aire. Pero ese motor en particular tenía un defecto menor en el tercer cilindro que producía una vibración casi imperceptible en la frecuencia de crucero. Amerei lo sabía porque era la avioneta de Antonio.
La reconoció en el sonido. Así como se reconoce la voz de alguien antes de verlo doblar la esquina.
—¿Quién es ese? —preguntó Valentina sin levantar la vista de su lista.
—Mi papá —dijo Amerei.
Las tres palabras cayeron en el patio con un peso que nadie esperaba. Luismar dejó de hablar. Héctor bajó el emparedado. Valentina sí levantó la vista entonces, porque en cuatro meses Amerei no había mencionado a su familia más de tres veces, y las tres veces había sido de pasada, como quien abre una puerta y la cierra de inmediato.
La Cessna tocó tierra en la pista auxiliar con suavidad profesional. Antonio Casadiego sabía aterrizar como sabía hacer casi todo: sin alharaca, con una eficiencia que no buscaba aplausos. El motor se apagó. La puerta se abrió.
Era un hombre de sesenta y dos años que aparentaba cincuenta y cinco gracias a una vida de aire limpio y trabajo físico, con las manos de alguien que ha cambiado motores a la intemperie y el andar tranquilo de quien no tiene apuro porque sabe a dónde va. Vestía pantalón caqui, camisa manga larga con las mangas subidas hasta el codo y unas botas de trabajo que habían visto mejores días y no les importaba.
Cruzó el patio sin prisas. Amerei se puso de pie.
Se saludaron como se saludan los hombres que se quieren mucho y hablan poco: un abrazo breve, firme, con dos palmadas en la espalda que decían más que un discurso. Antonio dio un paso atrás y lo miró de arriba abajo con esa mirada evaluadora que tenía para las avionetas y para los seres humanos.
—Estás flaco —dijo.
—Estoy igual —dijo Amerei.
—Estás flaco. —Antonio se volvió hacia los otros tres sin cambiar el tono—. Antonio Casadiego. Piloto. —Y extendió la mano como quien presenta credenciales.
Luismar se la estreché con entusiasmo. Valentina con cortesía. Héctor con la mano aún ligeramente engrasada del emparedado, lo cual produjo en Antonio una mirada breve y sin comentario.
—Su papá de Amerei —aclaró Luismar, como si no fuera suficientemente obvio.
—Adoptivo —dijo Antonio—. Aunque él prefiere no poner el adjetivo.
Amerei no dijo nada. Era verdad.
Antonio se sentó en el sardinel donde había estado Amerei y sacó del bolsillo del pecho un papel doblado en cuatro. Lo abrió con cuidado, como si fuera algo frágil, aunque era simplemente una carta del INAC con membrete oficial y letra pequeña. La leyó en silencio un momento antes de pasársela a Amerei.
—Tienes una solicitud de vuelo chárter. Puerto Ayacucho. Para la semana que viene. —Hizo una pausa—. Yo recomendé tu nombre.
—Yo no tengo licencia todavía.
—En seis semanas la tienes. El vuelo es en ocho. —Antonio dobló las manos sobre las rodillas—. Dos pasajeras. Granada. Conexión Caracas. Destino: la zona del Autana.
El nombre cayó en el aire del patio como cae una piedra en agua quieta. Amerei sintió algo moverse adentro, algo que no era exactamente alegría ni exactamente miedo sino la mezcla de los dos que produce el nombre de los lugares sagrados.
El Autana.
El tronco petrificado del Árbol de la Vida, según los ancianos Piaroa. La montaña que tiene corazón.
—¿Qué buscan allá? —preguntó Amerei.
—La madre quiere que la hija conozca el tepuy. Dicen que tienen sangre de por acá. —Antonio se encogió de hombros—. Turismo, supongo. —Y luego, después de una pausa breve—: Aunque el Autana no es un lugar para turistas.
Amerei dobló la carta y se la guardó en el bolsillo. Luismar y Héctor intercambiaron una mirada. Valentina había vuelto a su lista de verificación, pero ya no la leía.
—En ocho semanas —repitió Amerei.
—En ocho semanas —confirmó Antonio.
El calor de Maracay seguía siendo el mismo calor de asfalto y ciudad. Pero en el bolsillo de Amerei, doblada en cuatro, había una carta con el nombre del sur.
Capítulo 2
Granada y la sangre costeña
Granada huele a mar por la noche.
No es el olor violento del Caribe que Fernanda Alejo conoció de niña en Barranquilla, ese olor a sal gruesa y pescado y coco quemado que su madre llevaba impregnado en el cabello cada vez que volvía del mercado. Es un olor más suave, más verde, como si el Caribe de Granada hubiera aprendido modales con los años. Pero es mar. Y el mar, Fernanda lo había comprobado en veinte años de Inglaterra, era lo único que olía igual en todas partes.
Eran las once y cuarto de la noche y Cristina dormía.
Fernanda estaba sentada en la terraza pequeña del apartamento que rentaban cuando venían a la isla, con los pies descalzos sobre las baldosas frescas y una taza de café que ya no tenía calor pero que seguía sosteniendo porque sus manos necesitaban algo que hacer. Abajo, la calle de St. George’s respiraba despacio. Un perro ladraba lejos. Una música de soca llegaba desde algún bar que no quería cerrar.
Mañana el vuelo a Puerto Ayacucho salía a las siete.
Debería estar durmiendo. Lo sabía. Cristina se lo había dicho con esa autoridad de diez años que tienen los hijos cuando deciden ser razonables: —Mamá, mañana madrugan, acuéstate. Y luego se había quedado dormida en cuatro minutos, con esa facilidad escandalosa de la infancia, abrazada a la almohada y con el pelo revuelto sobre la cara.
Fernanda no podía dormir.
No era nerviosismo exactamente. Era otra cosa, más parecida a la sensación de estar a punto de recordar algo que llevas años intentando recordar. Como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua y el silencio de la noche es el único lugar donde podría aparecer.
Su madre se llamaba Rosario Alejo y había nacido en el barrio El Prado de Barranquilla en 1951, hija de un contador y una mujer que hacía arepas de huevo los domingos y cantaba vallenatos mientras las freía, sin darse cuenta de que cantaba.
Rosario había llegado a Londres con veintitrés años, una maleta mediana y un título de enfermería que el sistema británico tardó dieciocho meses en reconocer. En ese tiempo trabajó de todo. Limpió oficinas. Cuidó ancianos. Aprendió a soportar el frío con una dignidad que nunca llamó sacrificio porque en su familia las cosas difíciles no tenían nombre dramático, simplemente se hacían.
Fernanda había nacido en Londres cinco años después, ya con el acento mixto y la doble ciudadanía y esa confusión suave de pertenecer a dos lugares sin pertenecer del todo a ninguno.
Pero Rosario nunca dejó de hablarle de Suramérica.
No con nostalgia, que es una tristeza disfrazada. Lo hacía con la misma naturalidad con que le enseñó a hacer sancocho en una cocina londinense o le puso vallenato un sábado por la mañana mientras trapeaban el apartamento juntas. Suramérica no era un lugar perdido para Rosario. Era un lugar paralelo, tan real como el barrio de Brixton donde vivían, tan presente como el olor a arepas que los vecinos del piso de arriba nunca terminaron de entender.
—Mija —le decía Rosario cuando Fernanda tenía ocho, nueve, diez años—, el mundo tiene una mitad arriba del ecuador y una mitad abajo. La mitad de abajo es más viva. Tiene más colores. Más ruido. Más miedo. Y más amor, también. Algún día vas a conocerla bien.
Fernanda había conocido primero la mitad de arriba. La universidad en Edinburgh. El doctorado en lingüística en Oxford. La recepción diplomática en el Ministerio de Relaciones Exteriores donde un hombre de traje perfecto y sonrisa medida le preguntó de dónde era con el tono de quien colecciona respuestas interesantes.
Julian Vance era inteligente. Eso nunca había sido el problema.
Era frío de una manera que al principio parecía elegancia y con los años fue revelando su verdadera naturaleza: no era elegancia, era distancia. Julian medía el mundo en términos de utilidad y riesgo, y durante un tiempo Fernanda había sido útil de una manera que él valoraba genuinamente — su dominio de idiomas, su facilidad social, su capacidad de entrar en cualquier habitación y hacer que la gente se sintiera cómoda. En los años del CARIFORUM, cuando Julian negociaba acuerdos comerciales con el Caribe, Fernanda había sido algo más que su esposa. Había sido su puente.
Después del CARIFORUM ya no necesitó el puente.
Eso tampoco era exactamente el problema. El problema era Cristina.
Cristina tenía los ojos de Rosario —ese café oscuro con algo de miel en el centro que dependía de la luz— y la curiosidad de Fernanda y una manera de estar en el mundo que no se parecía a ninguno de los dos. Hablaba inglés con acento de Surrey, español con acento de Fernanda, y un Patois aprendido de Madeleine, la mujer de Barbados que la había cuidado los primeros años, que usaba esporádicamente y con una precisión que asombraba.
Julian no sabía que Cristina hablaba Patois.
Nunca le había preguntado.
La idea del viaje había nacido de una caja.
Tres meses atrás, revisando el apartamento de su madre en Brixton —Rosario había muerto en febrero, de madrugada, sin drama, como había vivido— Fernanda encontró una caja de cartón debajo de la cama. Dentro había cartas, fotografías, y un cuaderno de tapas verdes con la letra pequeña y ordenada que su madre usaba para las cosas importantes.
El cuaderno era un diario de viaje.
Rosario había viajado a Venezuela en 1978, antes de que Fernanda naciera. Había remontado el Orinoco en una embarcación pequeña hasta llegar a la zona del Autana, en el estado Amazonas, donde pasó dos semanas con una comunidad Piaroa como parte de un proyecto de salud comunitaria. El cuaderno describía todo: el color del río al atardecer, el nombre de las plantas que los ancianos usaban para los partos, el sonido de los cantos rituales, la forma en que los niños corrían entre las churuatas sin hacer ruido.
Y en la última página, con letra más grande que el resto, una sola línea:
Este lugar es el centro del mundo. Algún día traigo a mi hija.
Fernanda había leído esa línea cuatro veces seguidas en el apartamento vacío de su madre, con la caja en el regazo y el silencio de Brixton afuera.
Luego había llamado a Cristina.
—¿Tú quieres conocer la selva? —le había preguntado.
Y Cristina, sin preguntar más, había respondido:
—¿Cuándo salimos?
Fernanda terminó el café frío. Abajo, el perro había dejado de ladrar. La música de soca también.
Entró al cuarto, se sentó en el borde de la cama de Cristina y la miró dormir un momento. Cristina tenía la boca ligeramente abierta y los brazos extendidos hacia los lados como si estuviera abrazando algo que no cabía en la cama.
—Mañana —susurró Fernanda, no a Cristina sino al cuarto, al aire, a ningún lugar en particular.
Se acostó sin apagar la lámpara pequeña del escritorio. Cerró los ojos.
La voz de Rosario llegó desde algún lugar que no era exactamente el sueño ni exactamente el recuerdo:
La mitad de abajo es más viva, mija. Ya vas a ver.
Capítulo 3
El encargo
El aeropuerto de Puerto Ayacucho tenía la calma particular de los aeropuertos que no intentan parecer más de lo que son.
Una sala de espera con sillas de plástico naranja, un ventilador de techo que giraba con más convicción que efecto, un mostrador de aviación general donde una mujer de mediana edad revisaba papeles con la concentración de quien lleva años revisando los mismos papeles. Afuera, a través de los vidrios polvorientos, la pista de asfalto brillaba bajo el sol de las diez de la mañana con esa luz blanca y total que solo existe cerca del ecuador.
Amerei llegó cuarenta minutos antes.
Era su costumbre. Antonio se la había inculcado desde los primeros vuelos, cuando Amerei tenía catorce años y todavía miraba las avionetas con una mezcla de fascinación y desconfianza que le duraba hasta que el motor encendía y entonces todo lo demás desaparecía. —El avión no espera —le decía Antonio—. Tú esperas al avión. Siempre. Los que llegan tarde son los que no entienden con quién están tratando.
La Cessna 172 estaba en la plataforma, ya inspeccionada. Amerei había revisado cada punto de la lista de verificación exterior dos veces, no por inseguridad sino porque era la primera vez que volaba solo como piloto certificado con pasajeros reales y el cuerpo tenía sus propias maneras de procesar eso.
La licencia llegó seis semanas después de la visita de Antonio al CIAC. El examen ante el INAC duró tres horas y media. Amerei salió sin saber si había pasado, con esa sensación extraña de haber dado todo lo que tenía y no saber si era suficiente. La carta llegó un martes. La leyó de pie en el patio, la dobló, la guardó en el mismo bolsillo donde había guardado la otra carta — la del encargo — y llamó a Antonio.
—¿Y? —dijo Antonio al contestar, sin saludar, porque ya sabía para qué llamaba.
—Pasé.
Hubo una pausa breve. Luego Antonio dijo:
—Claro que pasaste. ¿A qué hora sale el vuelo del Autana?
Eso era Antonio. Sin fanfarria. Sin discurso. El orgullo de ese hombre tenía la forma de seguir adelante.
Las vio entrar a la sala de espera a las diez y veinte.
Entró primero la niña.
Tenía diez años y andaba como si el aeropuerto fuera suyo, con una mochila pequeña a la espalda decorada con un parche de una guacamaya y los ojos moviéndose de un lado a otro con esa velocidad de quien quiere registrar todo antes de que se acabe. Se detuvo frente al ventilador de techo, lo miró girar unos segundos con expresión evaluadora, y luego continuó como si hubiera tomado una decisión sobre él.
Detrás venía Fernanda.
Era una mujer de unos cuarenta años, delgada, con el cabello oscuro recogido y una manera de caminar que sugería que estaba acostumbrada a entrar a lugares donde la gente la miraba sin que eso le importara demasiado. Llevaba una maleta de cabina y una bolsa de tela con libros que asomaban por el borde. Se detuvo en la entrada un momento, miró alrededor con calma, y sus ojos encontraron a Amerei con la misma naturalidad con que se encuentra lo que se estaba buscando.
Amerei se puso de pie.
—¿Señora Alejo de Vance?
—Fernanda —dijo ella, y extendió la mano—. Y ella es Cristina.
La niña ya estaba a su lado, mirando a Amerei con una concentración seria.
—¿Tú eres el piloto? —preguntó Cristina.
—Soy el piloto.
Cristina lo estudió un momento más, como si estuviera verificando algo contra una lista interna.
—Okay —dijo finalmente, y pareció satisfecha.
Fernanda sonrió de medio lado. Era una sonrisa que conocía a su hija.
Amerei les explicó el vuelo con la misma economía de palabras que Antonio le había enseñado para los pasajeros: tiempo estimado, altitud de crucero, condiciones meteorológicas, procedimiento de seguridad. Fernanda escuchaba con atención genuina. Cristina escuchaba mirando por la ventana hacia la pista, donde la Cessna esperaba quieta bajo el sol.
—¿Es pequeño el avión? —preguntó Cristina sin girar la cabeza.
—Es una Cessna 172. Cuatro asientos.
—¿Y se mueve mucho?
—Depende del viento.
Cristina procesó eso.
—¿Y hoy hay viento?
—Algo. Nada que nos complique.
La niña asintió con la cabeza como si hubiera cerrado un trato y volvió a mirar la pista. Fernanda cruzó una mirada breve con Amerei que decía, sin palabras, que así era siempre Cristina y que uno simplemente se acostumbraba.
Despegaron a las once menos cuarto.
El motor de la Cessna sonó limpio desde el primer segundo, con esa seguridad de los motores bien mantenidos que transmite algo parecido a la confianza. Amerei sintió el familiar asentamiento en el pecho que llegaba siempre cuando la avioneta comenzaba a rodar — algo que se apaciguaba, algo que encontraba su lugar.
Cristina iba en el asiento trasero derecho con la nariz casi pegada a la ventanilla. Cuando las ruedas se separaron del asfalto soltó un sonido que no era exactamente un grito ni exactamente una risa sino algo entre los dos, y luego se quedó en silencio absoluto mirando cómo Puerto Ayacucho se volvía pequeño debajo de ellas.
Fernanda iba adelante, en el asiento del copiloto. Miraba hacia adelante con las manos quietas sobre las rodillas. Amerei notó que no se aferraba a nada, que no cerraba los ojos en el despegue, que su respiración era pareja. Una mujer que no le tenía miedo al aire.
—¿Ha volado mucho? —preguntó Amerei cuando alcanzaron los tres mil pies y el Orinoco apareció abajo como una serpiente de plata.
—Bastante —dijo Fernanda—. Pero nunca tan cerca de la selva.
Amerei no respondió. Abajo, el verde se extendía en todas direcciones sin interrupción visible, un verde tan denso y continuo que desde el aire parecía sólido, como si se pudiera caminar sobre él. Solo el Orinoco y sus afluentes lo interrumpían, brillando con esa luz particular del agua amazónica que viene de los minerales y los siglos.
—Mamá —dijo Cristina desde atrás, en voz baja, como si no quisiera interrumpir algo—. Mamá, mira.
Fernanda giró la cabeza. Abajo, sobre el verde, un grupo de lapas volaba en formación sencilla, siguiendo el curso de un río pequeño que desde arriba parecía un hilo de plata olvidado entre los árboles.
Fernanda las miró en silencio. Tenía una expresión que Amerei no supo clasificar del todo — no era exactamente alegría ni exactamente tristeza sino esa mezcla particular que producen los lugares que reconoces sin haber estado antes.
La mitad de abajo es más viva, mija.
Amerei no escuchó eso. Era solo en la cabeza de Fernanda. Pero algo en la manera en que ella respiró hondo y volvió a mirar al frente le dijo que este vuelo no era un viaje turístico.
Era otra cosa.
La pista de tierra apareció cuarenta minutos después, recortada en el verde como una cicatriz marrón y estrecha que alguien hubiera trazado sin mucha convicción.
Amerei la conocía de los mapas y de los relatos de Antonio, que había aterrizado ahí tres veces en distintos años. Era una pista de uso múltiple — aviación general, carga liviana, acceso ocasional de organizaciones de salud — con una manga de viento desteñida que colgaba de un poste en el extremo norte y una construcción de bloques grises que servía de terminal, depósito y oficina al mismo tiempo.
Desde el aire, mientras calculaba el ángulo de aproximación, Amerei vio dos cosas.
La primera: una camioneta Toyota con los vidrios oscuros estacionada al costado de la construcción de bloques, con el motor aparentemente encendido porque había un leve calor distorsionando el aire sobre el capó.
La segunda: el guardia de la pista, que debería haber estado en el extremo de la pista para guiar el aterrizaje, estaba de pie junto a la camioneta hablando con alguien a través de la ventanilla del conductor.
Ninguna de las dos cosas era necesariamente extraña. Las pistas pequeñas tenían sus propias costumbres y sus propios tiempos. Los guardias hacían lo que hacían.
Pero algo en el ángulo del cuerpo del guardia —algo en la manera en que tenía los hombros ligeramente caídos hacia la ventanilla, como alguien que recibe instrucciones y no las da— se quedó registrado en algún lugar de Amerei sin que él pudiera explicar exactamente por qué.
Aterrizó sin novedad. La Cessna tocó la tierra con suavidad y rodó hasta detenerse cerca de la construcción de bloques. Apagó el motor. El silencio de la selva entró de inmediato, denso y lleno de sonidos que no eran silencio.
—Llegamos —dijo Amerei.
Cristina ya tenía la mano en la manija de la puerta.
El guardia se separó de la camioneta y caminó hacia ellos. Tenía unos treinta y cinco años, uniforme verde oliva con una mancha en el hombro izquierdo, y una sonrisa que llegó demasiado tarde a su cara, como si la hubiera recordado a mitad de camino.
—Bienvenidos —dijo—. ¿Todo bien el vuelo?
—Todo bien —dijo Amerei.
El guardia miró a Fernanda. Luego a Cristina. Luego de nuevo a Amerei. Una mirada rápida, casi imperceptible, que pasó sobre los tres como si estuviera verificando algo.
La camioneta Toyota seguía estacionada al costado. El motor seguía encendido.
Capítulo 4
La trampa
La construcción de bloques olía a cemento húmedo y a aceite de motor. Adentro había dos sillas de madera, un escritorio con una radio de frecuencias y un mapa de la zona pegado en la pared con cinta adhesiva amarillenta. El mapa tenía marcas a lápiz que alguien había hecho y nadie había borrado. Amerei lo leyó de reojo mientras el guardia revisaba los papeles del vuelo con esa lentitud particular de quien no tiene apuro o de quien está ganando tiempo.
Fernanda y Cristina esperaban afuera, bajo la sombra estrecha del alero. Amerei los escuchaba — la voz baja de Fernanda explicando algo, la respuesta de Cristina que no alcanzaba a descifrar pero que tenía el tono de una pregunta. La niña llevaba veinte minutos haciendo preguntas desde que tocaron tierra. Era una máquina de preguntas.
—Todo en orden —dijo el guardia finalmente, devolviéndole los papeles sin mirarlo.
Amerei los recibió. El guardia se volvió hacia la radio con movimientos innecesariamente ocupados, ajustando botones que probablemente no necesitaban ajuste.
—¿Cuánto tiempo van a estar en la zona? —preguntó el guardia, de espaldas.
—Dos días. Regreso el jueves.
El guardia asintió sin girarse.
Afuera, la Toyota seguía donde estaba. El motor ya no sonaba pero los vidrios oscuros seguían sin bajar. Amerei calculó mentalmente: tres personas, quizás cuatro. Imposible saberlo desde donde estaba. La camioneta estaba estacionada en un ángulo que le daba visión directa a la Cessna y a la entrada de la construcción.
Eso tampoco era necesariamente extraño.
Eso se lo dijo a sí mismo dos veces. La segunda vez no se lo creyó del todo.
El problema se mostró cuando Amerei salió a buscar el equipaje.
Cristina estaba agachada cerca de un arbusto bajo que crecía al borde de la pista, mirando algo en el suelo con esa concentración absoluta que tenía para las cosas pequeñas. Fernanda estaba de pie detrás de ella, con la bolsa de libros cruzada al pecho, mirando hacia el norte donde la línea de la selva comenzaba a unos doscientos metros de la pista.
—¿Qué encontraste? —le preguntó Amerei a la niña.
—Una culebra —dijo Cristina sin moverse.
Amerei miró. Era una culebrita verde de no más de treinta centímetros, perfectamente inmóvil entre las piedras, con la lengua saliendo y entrando a una velocidad que hacía pensar en algo eléctrico.
—Bejuquilla —dijo Amerei—. No hace nada.
—Lo sé —dijo Cristina—. Por eso la estoy mirando.
Fernanda bajó los ojos hacia la culebra y luego los subió hacia Amerei con esa expresión que ya empezaba a reconocer: una mezcla de disculpa y orgullo que era exclusivamente materna.
Fue entonces cuando la puerta de la Toyota se abrió.
Bajaron tres hombres. No lo hicieron rápido ni lento, con esa calma estudiada de quien ha practicado parecer casual. Dos de ellos rodearon la Cessna por lados distintos. El tercero caminó directamente hacia Amerei.
Era un hombre fornido, de unos cuarenta años, con una camisa de cuadros sin abotonar sobre una franela blanca y una expresión que no intentaba ser amable. Traía las manos visibles pero Amerei vio el bulto bajo la camisa de cuadros antes de que el hombre dijera nada.
—Las señoras vienen con nosotros —dijo el hombre. No como una pregunta.
Amerei no respondió de inmediato. Calculó en silencio lo que había: tres hombres, dos rodeando la avioneta, uno frente a él. El guardia adentro con la radio. Fernanda a su derecha, Cristina agachada todavía junto al arbusto aunque ya había levantado la cabeza.
—¿Con órdenes de quién? —dijo Amerei.
El hombre de la camisa de cuadros sonrió de un lado. Era una sonrisa que no tenía nada de alegre.
—Eso no es su problema, piloto.
Fernanda puso una mano en el hombro de Cristina. La niña se incorporó despacio sin decir nada. Sus ojos iban de los hombres a Amerei y de Amerei a su madre con una rapidez que no tenía nada de infantil.
Amerei midió la distancia hacia la línea de la selva. Doscientos metros de pista abierta. Demasiado para correr sin que pasara algo. Los otros dos hombres ya estaban de vuelta junto al de la camisa de cuadros, cerrando el semicírculo.
Entonces el guardia salió de la construcción.
Caminó hasta ponerse junto a los tres hombres con esa naturalidad que se aprende cuando se ha cruzado una línea y ya no hay manera de descruzarla. Miró a Amerei con algo que podría haber sido vergüenza si hubiera quedado espacio para eso.
—Lo siento —dijo el guardia, en voz baja, casi para sí mismo.
Amerei lo miró un segundo. Solo un segundo.
Luego miró a Fernanda.
Ella ya lo estaba mirando a él. Y en sus ojos no había pánico. Había algo más frío y más útil que el pánico: había atención. La misma atención con que había escuchado las lapas sobre el río desde la avioneta. La misma con que Rosario Alejo había sobrevivido dieciocho meses limpiando oficinas en Londres sin llamarlo sacrificio.
Amerei tomó la decisión en el tiempo que tarda un pájaro en doblar las alas.
—Corran —dijo. Bajo, directo, sin énfasis—. Ahora.
Fernanda agarró a Cristina de la mano. No preguntó. No dudó. Giró hacia la selva y corrió.
Amerei se interpuso entre ellas y los hombres el tiempo suficiente para que ganaran distancia. El de la camisa de cuadros avanzó hacia él. Amerei esquivó, rodó sobre el hombro derecho, y cuando se incorporó ya llevaba la ventaja de diez metros. Detrás escuchó el ruido de la radio encendiéndose, la voz del guardia reportando, palabras que reconoció sin querer reconocer:
—El piloto indígena se llevó a las extranjeras hacia el monte…
La selva los recibió sin aviso.
Un segundo estaban en la pista, bajo el sol blanco y total, y al siguiente el verde los cerró por todos lados y la luz se volvió otra luz — filtrada, verde ella misma, llena de sombras que se movían sin viento. El calor no bajó. Cambió de naturaleza. Se volvió húmedo, vivo, con olor a tierra y a resina y a algo que no tenía nombre en español pero que Amerei conocía desde niño con un nombre Piaroa que significaba aproximadamente el aliento de lo que crece.
Corrieron sin hablar. Amerei adelante, abriendo paso entre las lianas bajas, Fernanda detrás con Cristina de la mano. La niña corría bien, con los pies planos y el centro de gravedad bajo, sin perder el equilibrio en las raíces. Amerei lo notó de reojo y archivó el dato.
A los tres minutos se detuvieron detrás de un grupo de helechos gigantes. Los tres respiraban fuerte. Desde la pista llegaban voces y el ruido de pasos, pero amortiguados ya por la vegetación.
Cristina miró a Amerei. Tenía tierra en la rodilla derecha y el pelo revuelto y los ojos completamente abiertos.
—¿A dónde vamos? —preguntó. Su voz era firme. Sin llanto.
Amerei miró hacia el sur, hacia donde la selva se espesaba y la luz se hacía más escasa y el suelo empezaba a subir levemente hacia las estribaciones del Autana. Conocía ese territorio. Lo conocía de los relatos de los ancianos, de los mapas que Antonio guardaba doblados en el fondo de la guantera, de dos expediciones de reconocimiento que había hecho con diecisiete y con veinte años, solo, con arco y lanza y guayuco, aprendiendo lo que la selva enseña únicamente cuando uno se queda quieto el tiempo suficiente.
—Al único lugar donde ellos no van a querer seguirnos —dijo Amerei.
Fernanda lo miró. En su cara había una pregunta que no hizo en voz alta.
—Al corazón del Autana —dijo Amerei.
La selva no respondió. Pero algo en el aire cambió levemente, como cambia el aire antes de la lluvia, como cambia cuando algo muy antiguo toma nota de que alguien acaba de pronunciar su nombre.
Capítulo 5
El infierno verde
La selva no perdona la prisa.
Lo primero que aprendió Fernanda fue eso. No con palabras — Amerei hablaba poco mientras caminaban — sino con el cuerpo. Cada vez que intentaba acelerar el paso, una raíz la frenaba, una liana le rozaba la cara, el suelo cedía bajo el pie derecho de una manera que no cedía bajo el izquierdo. La selva tenía su propio ritmo y el ritmo no era negociable.
Amerei caminaba adelante con una economía de movimientos que al principio parecía lentitud y después, cuando Fernanda empezó a observarlo con más atención, resultó ser otra cosa: era precisión. Cada paso iba a un lugar específico. Cada rama que apartaba la apartaba en el ángulo exacto para que rebotara sin hacer ruido. Sus pies leían el suelo antes de pisarlo.
Cristina lo imitaba.
No conscientemente — la niña no lo estaba analizando como lo analizaba Fernanda. Lo hacía por instinto, con esa capacidad de los niños de copiar el cuerpo de alguien antes de copiar sus palabras. A la media hora de caminata, Cristina pisaba casi donde pisaba Amerei y apartaba las lianas bajas con el antebrazo en lugar de con la mano abierta, igual que él.
Fernanda era la que más ruido hacía. Lo sabía y no podía evitarlo todavía.
Pararon al mediodía junto a un riachuelo que no aparecía en ningún mapa pero que Amerei encontró sin buscar, como quien recuerda un camino que aprendió a oscuras.
Sacó de la mochila de vuelo — la que siempre llevaba en la Cessna por protocolo de emergencia — una navaja, una cuerda de tres metros, pastillas potabilizadoras y una bolsa sellada con tasajo seco y caraotas frías. Antonio le había dicho una vez que un piloto que vuela sobre la selva amazónica sin kit de emergencia es un piloto que todavía no entiende sobre qué está volando.
Mientras bebían del riachuelo con el agua ya tratada, Amerei cortó dos ramas resistentes y las talló con movimientos rápidos hasta dejar dos bastones limpios. Le dio el más largo a Fernanda y el más corto a Cristina.
—Para apartar el monte antes de pisar —dijo—. La mapanare y la coral se camuflan en la hojarasca. No usen las manos.
Cristina tomó el bastón, lo sopesó, y de inmediato empezó a golpear suavemente las raíces cercanas con una concentración que hizo sonreír a Amerei sin que él lo notara del todo.
—¿Cómo se llama esto? —preguntó la niña, señalando el bastón.
—Garabato.
—Garabato —repitió Cristina, probando la palabra como si la estuviera guardando en algún lugar específico.
Fernanda bebió el último sorbo y miró hacia atrás, hacia donde habían venido. Entre los árboles no se veía nada. Eso era bueno y era malo al mismo tiempo — si ellas no veían a los hombres, los hombres tampoco las veían a ellas, pero tampoco podían saber qué tan cerca estaban.
—¿Nos siguen? —preguntó.
—Sí —dijo Amerei, sin dramatismo—. Pero la selva no les va a ayudar. A nosotros sí.
Fernanda no preguntó cómo sabía que la selva los ayudaría. Había algo en la manera en que Amerei se movía dentro de ese verde — algo entre pertenencia y reconocimiento mutuo — que hacía que la pregunta sobrara.
Los niños aparecieron al final de la tarde.
Primero los escucharon: risas cortas, un chapoteo, voces en un dialecto que Amerei identificó como de una comunidad Piaroa del bajo Autana. Luego los vieron — seis niños de entre siete y doce años saltando desde una liana sobre un pozo natural formado por la curva de un río pequeño, cayendo al agua con gritos que rebotaban en la bóveda verde de los árboles.
Los niños los descubrieron casi al mismo tiempo. El juego se detuvo. Seis pares de ojos desde el agua y desde las ramas miraron a los tres extraños con esa desconfianza directa y sin disimulo de quien no ha aprendido todavía a fingir que no mira.
Amerei se detuvo. Les habló en Piaroa — unas pocas palabras, tono bajo, sin gesticular. Los niños no respondieron de inmediato pero tampoco huyeron, que era ya una señal.
Entonces Amerei vio el racimo de túpiro maduro en una palma alta, a unos doce metros del suelo. Lo calculó un segundo. Sacó la lanza del amarre lateral de la mochila, midió el ángulo, y la soltó con un movimiento que no parecía esfuerzo.
El racimo cayó limpio.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tarda un niño de siete años en procesar lo que acaba de ver. Luego los seis estallaron al mismo tiempo — gritos, risas, el mayor de ellos saliendo del agua de un salto para ir a buscar las frutas con una velocidad que hizo pensar en los mismos peces del pozo.
El hielo se rompió en ese segundo.
Amerei repartió el túpiro. Los niños comieron y observaron. Cristina se sentó entre ellos con una naturalidad que dejó a Fernanda sin palabras — su hija no hablaba Piaroa ni ellos hablaban inglés ni español fluido, pero en tres minutos ya estaban mostrándose cosas mutuamente con esa lengua universal de los diez años que no necesita gramática.
Amerei intentó preguntar por señas si había una churuata cerca. El mayor de los niños señaló hacia el este. Amerei negó con la cabeza y dibujó una cruz en el suelo — no podían acercarse a la aldea y llevar el peligro hasta allá.
El niño mayor lo entendió. Miró a los otros. Algo pasó entre ellos sin palabras, una consulta rápida e invisible de la que Fernanda no captó el mecanismo pero sí el resultado: los niños cambiaron de actitud. Se volvieron serios de golpe, con esa seriedad de quien ha decidido ayudar en algo importante.
El mayor empezó a silbar.
Dos silbidos cortos — pausa — un silbido largo descendente.
Los otros respondieron desde distintos puntos, repitiendo el patrón. Amerei escuchó con atención.
—¿Qué es eso? —preguntó Cristina.
—El canto del Paují —dijo Amerei—. Dos cortos significa oculto y a salvo. Uno largo hacia abajo significa peligro cerca. —Hizo una pausa—. Están enseñándonos su código.
Cristina procesó eso con la misma expresión con que había procesado la palabra garabato — guardándolo en el lugar específico donde se guardan las cosas que van a ser útiles.
Fue entonces cuando el silencio de las aves cambió.
No fue un sonido. Fue una ausencia de sonido — el tipo de silencio que produce la selva cuando algo que no pertenece ahí se acerca. Amerei lo sintió en la nuca antes de que sus oídos lo procesaran conscientemente.
Desde algún punto entre los árboles, uno de los niños escondidos soltó el silbido largo y descendente.
Peligro cerca.
El mayor de los niños hizo una seña a Amerei — rápida, imperativa — y echó a correr. No hacia la aldea. Hacia un laberinto de raíces gigantes de caucho que bordeaban el río, un lugar donde el suelo era piedra y el agua borraba las huellas.
Corrieron.
Los niños se dispersaron por las copas de los árboles como si fueran parte del follaje. Desde arriba empezaron a silbar en distintas direcciones — norte, luego sur, luego este — y Fernanda escuchó a lo lejos las voces de los hombres confundiéndose, deteniéndose, cambiando de dirección.
Amerei metió a Fernanda y a Cristina dentro de una grieta entre dos raíces enormes, tan juntas que había que entrar de lado. La piedra estaba fría y húmeda. Olía a musgo y a algo mineral muy antiguo.
Cristina no hizo ruido. Apretó el garabato contra el pecho y cerró los ojos, no de miedo sino de concentración, escuchando.
Las voces de los hombres se alejaron. Se perdieron hacia el norte. La selva los fue tragando despacio, sin prisa, con la indiferencia enorme de lo que lleva millones de años siendo más grande que cualquier cosa que entre en ella.
Cuando el silencio volvió a ser el silencio normal — lleno de grillos y de agua y de pájaros que retomaban sus conversaciones — Amerei exhaló despacio.
Fernanda tenía la espalda contra la raíz y los ojos abiertos en la oscuridad de la grieta. Sentía el corazón en la garganta pero la respiración ya se le estaba asentando.
—¿Están lejos? —susurró.
—Por ahora —dijo Amerei.
Cristina abrió los ojos. Tenía tierra en la mejilla y una hoja pequeña enredada en el pelo. Miró a Amerei con una seriedad que le quitaba diez años de encima o se los ponía, según cómo se mirara.
—Dos cortos es a salvo —dijo la niña, en voz muy baja—. Uno largo es peligro.
—Así es —dijo Amerei.
Cristina asintió. Y en la oscuridad de la grieta, con la roca fría en la espalda y la selva respirando afuera, practicó el silbido en silencio, moviendo apenas los labios.
Capítulo 6
Lo que el verde esconde
A kilómetro y medio al norte, tres hombres discutían en voz baja entre un grupo de helechos que les llegaba a la cintura.
El que había hablado primero en la pista — el de la camisa de cuadros, que se llamaba Braulio aunque nadie lo había presentado formalmente — tenía la bota derecha hundida hasta el tobillo en un parche de barro negro y estaba intentando sacarla sin perder la dignidad que le quedaba, que no era mucha.
—Yo les dije que trajeran botas —dijo, jalando el pie.
—Tú dijiste que iban a estar en la pista —dijo el segundo, un flaco de Tucupita que todos llamaban Chivo por razones que nadie recordaba ya—. Dijiste que era fácil. Dijiste que eran dos mujeres.
—Son dos mujeres.
—Y un indio que desapareció en el monte como si fuera humo. —Chivo se rascó el cuello donde una nube de jejenes llevaba veinte minutos trabajando—. Ese no es un indio normal.
—Todos los indios son normales —dijo Braulio.
El tercero, que se llamaba Wilmer y era el más callado de los tres, estaba mirando la selva alrededor con una expresión que no era exactamente miedo pero se le parecía bastante.
—Oigan —dijo Wilmer.
Los otros dos lo miraron.
—¿Cuánto nos van a pagar a nosotros? —dijo Wilmer—. En total. A nosotros tres.
Hubo una pausa.
—Veinte mil —dijo Braulio.
—¿Veinte mil qué?
—Dólares.
—¿Dólares americanos?
—¿Qué otro dólar hay?
Wilmer procesó eso. Luego miró a Chivo. Luego volvió a mirar a Braulio.
—Porque el tipo ese, el gringo, pidió veinte mil libras de rescate —dijo Wilmer—. Yo lo escuché cuando habló con el mediador. Veinte mil libras esterlinas.
Silencio.
—¿Y cuánto es una libra? —dijo Chivo.
—Más que un dólar —dijo Wilmer.
—¿Cuánto más?
—No sé. Bastante más.
Braulio sacó el pie del barro finalmente. La bota hizo un sonido obsceno al salir. La miró un momento y luego miró a los otros dos con una expresión que intentaba ser autoridad y quedaba a medio camino.
—El acuerdo es el acuerdo —dijo.
—El acuerdo lo hiciste tú —dijo Chivo—. Nosotros no hablamos con ningún gringo. Nosotros hablamos contigo.
—Y yo les estoy diciendo lo que hay.
—¿Y el mediador? —dijo Wilmer—. ¿Cuánto recibe el mediador?
Braulio no respondió de inmediato. Eso era ya una respuesta.
—Braulio —dijo Wilmer, con una paciencia que tenía algo de peligroso—. Nosotros estamos aquí, en este monte, con estos bichos, con este barro, persiguiendo a un indio que tira lanzas. Y tú me estás diciendo que vamos a recibir menos que el tipo que habló por teléfono desde su casa.
Una garrapata cayó desde una rama sobre el hombro de Chivo. Chivo la quitó sin mirar.
—Eso no es justo —dijo Chivo, con la misma calma de Wilmer.
—El negocio es así —dijo Braulio, pero la convicción ya se le estaba yendo de la voz como el agua por un hoyo.
—El negocio era distinto antes de que el indio se los llevara al monte —dijo Wilmer—. Antes era fácil. Ahora estamos aquí perdidos y tú me hablas del acuerdo.
Desde algún punto lejano entre los árboles llegó un silbido. Dos cortos, uno largo. Los tres hombres miraron hacia el sonido sin entender nada.
—¿Eso qué fue? —dijo Chivo.
—Un pájaro —dijo Braulio.
—Los pájaros no silban así.
—Este sí.
Wilmer miró hacia arriba, hacia la bóveda cerrada de los árboles donde la luz llegaba en hilos oblicuos y escasos. En alguna rama invisible algo se movió. O quizás no se movió. Quizás era el viento. Quizás no había viento.
—Oigan —dijo Wilmer, bajando la voz—. ¿Ustedes sienten que nos están mirando?
Nadie respondió. Pero los tres miraron al mismo tiempo hacia los árboles con esa incomodidad particular de quien acaba de entender que lleva rato siendo observado sin saberlo.
El monte no dijo nada. El monte nunca decía nada. Solo seguía siendo el monte, enorme e indiferente, mientras tres hombres con pistolas y botas embarradas discutían libras esterlinas que todavía no existían en ningún bolsillo de ninguno de ellos.
En Caracas, en un apartamento del este de la ciudad con aire acondicionado y vista a la autopsia, un hombre que todos conocían como El Portugués —aunque no tenía ningún origen portugués visible— terminaba de colgar el teléfono.
El Portugués era el mediador. Había coordinado el contacto entre Alistair Sterling y los tres hombres de la pista del Autana con la misma eficiencia discreta con que coordinaba otras cosas que no era necesario detallar. Hablaba inglés con acento caraqueño, lo cual era suficiente para Alistair, y conocía suficiente gente en suficientes lugares para que el plan tuviera, en papel, una lógica razonable.
El problema era que los planes con lógica razonable dependían de personas razonables para ejecutarlos.
El Portugués sabía, desde hacía aproximadamente dos horas, que algo había salido mal en la pista. El guardia había reportado por radio. Un piloto indígena había sacado a las mujeres hacia el monte. Los tres hombres estaban adentro persiguiéndolos sin señal de teléfono y sin, aparentemente, ninguna idea de cómo orientarse en una selva amazónica.
Encendió un cigarrillo. Miró el techo.
Alistair Sterling le había pagado la mitad por adelantado. La otra mitad dependía de la entrega. Si no había entrega, no había segunda mitad. Si no había segunda mitad, El Portugués había coordinado un secuestro internacional por la mitad del precio, con tres mensos embarrados en el Autana como única evidencia física de su participación.
Soltó el humo despacio.
Esto se va a desbaratar —pensó—. Esto se va a desbaratar y el primero que hable va a ser Braulio porque Braulio siempre habla primero.
Aplastó el cigarrillo. Abrió la gaveta del escritorio. Sacó otro teléfono — un teléfono distinto, de prepago, que usaba para las cosas que no debían rastrearse al primero — y marcó un número que no estaba guardado en ninguna agenda porque algunos números es mejor tenerlos en la cabeza.
Mientras esperaba que contestaran, miró por la ventana la autopista de abajo, los carros lentos del atardecer caraqueño, la ciudad que seguía siendo ciudad sin importar lo que pasara en ninguna selva.
Alguien contestó al otro lado.
—Necesito un favor —dijo El Portugués, en voz baja—. Y necesito que no quede rastro.
Afuera, Caracas no escuchó nada. Caracas tenía sus propios ruidos. ***
Capítulo 7
Los ojos del cunaguaro
La noche cayó sobre la base del Autana sin transición.
No fue un atardecer, con sus colores y su lentitud. Fue más bien como si alguien hubiera bajado una cortina: un momento había luz filtrada entre las hojas, y al siguiente la selva era una masa de sombras superpuestas donde cada sonido parecía venir de todas direcciones a la vez. Amerei conocía esa transición. La había vivido antes, en otros lugares, con otra gente. Pero nunca con dos personas que dependían de él para entenderla.
Habían encontrado refugio entre las raíces de un árbol enorme — una de esas raíces que se elevaban por encima del suelo como paredes naturales, formando un hueco lo bastante grande para los tres. Amerei había revisado el perímetro antes de instalarse ahí: sin hormigueros cerca, sin rastros recientes de serpientes, con una salida clara hacia dos direcciones distintas si algo salía mal.
Cristina se había dormido primero, acurrucada contra el costado de Fernanda, agotada por dos días que ningún niño debería tener que vivir y que sin embargo había vivido sin quebrarse.
Fernanda no dormía.
Caminaban en silencio.
Eso había sido horas antes, cuando todavía tenían luz para caminar. La selva de noche tenía un ritmo distinto — más lento, más cauteloso, como si todo lo que vivía ahí supiera exactamente dónde poner los pies y los humanos fueran los únicos torpes. Cristina iba adelante, cerca de Amerei, con los párpados pesados pero sin quejarse. Fernanda iba un paso atrás, y por primera vez en días tenía las manos libres y la mente sin nada urgente que resolver.
Y la mente, cuando no tiene nada urgente que resolver, va a donde quiere.
Pensó en Oxford. En la biblioteca Bodleian a las dos de la madrugada, en el frío que se metía por las ventanas antiguas, en las tres semanas sin dormir bien antes de la defensa de su tesis sobre lenguas en contacto en comunidades bilingües del Caribe. Pensó en la recepción donde conoció a Julian, en el vestido que había comprado especialmente, en cómo durante años había repetido la historia de ese encuentro como si fuera el inicio de algo en lugar del final de otra cosa.
Pensó en el título.
Estaba enmarcado, colgado en la pared de su estudio en Londres, con un marco dorado que Julian había elegido porque combinaba con la decoración. Doctor of Philosophy, decía. University of Oxford. Su nombre, en letras que alguien había diseñado para parecer importantes.
Llevaba quince años sin mirarlo.
No literalmente — pasaba frente a él todos los días, varias veces al día. Pero no lo miraba, de la misma manera que no se miran los interruptores de luz o los marcos de las puertas. Era parte del mobiliario de una vida que había construido con tanto esfuerzo que ya no recordaba para qué.
Había dado todo por ese papel. Los años, las noches, la salud, una versión de sí misma que sabía discutir lingüística comparada en tres idiomas y que en algún momento — no podía decir exactamente cuándo — había dejado de existir, reemplazada por alguien que organizaba cenas, que sonreía en las fotos de las galas del CARIFORUM, que sabía exactamente qué decir y a quién, y que tenía un título enmarcado en la pared como prueba de que alguna vez había sido otra persona.
¿Y si no regresaba?
No a Londres — eso era inevitable, tenían que volver, había vuelos y visas y una vida con estructura esperando. Pero regresar en el otro sentido. Volver a ser quien era antes de que el título se convirtiera en decoración. Antes de que “útil” se convirtiera en el adjetivo que mejor la describía.
Fernanda miró hacia adelante, donde Cristina caminaba media dormida junto a Amerei.
Algo había cambiado.
No sabía todavía qué forma tendría ese cambio. Pero sabía, con una certeza extraña para alguien que había pasado la vida exigiéndose certezas académicas, que el título en la pared dorada iba a significar algo distinto cuando volviera a verlo.
O tal vez —pensó, y la idea la sorprendió por lo simple que era— iba a dejar de estar colgado ahí.
El cunaguaro llegó después de medianoche.
Amerei lo sintió antes de verlo. No fue un sonido — fue la ausencia de sonidos. Los insectos que llevaban horas cantando se callaron en una progresión que se movía hacia ellos, como una ola que retrocede antes de que algo grande pase. Amerei abrió los ojos en la oscuridad y no se movió. Había aprendido, desde niño, que el primer movimiento nunca es del cuerpo. Es de la atención.
El felino descendió por el tronco del árbol gigante con una fluidez que no tenía nada que ver con el peligro y todo que ver con la pertenencia. Sus garras encontraban la corteza sin esfuerzo, como quien camina por una escalera que ha usado toda la vida. Llegó al nivel de las raíces y se detuvo.
Quedó frente a Amerei.
A menos de dos metros. Lo bastante cerca para que Amerei pudiera ver el patrón de las manchas en su pelaje, oscuras sobre un fondo dorado que la poca luz de la luna apenas lograba definir. Lo bastante cerca para escuchar su respiración — lenta, profunda, sin urgencia.
Los ojos del cunaguaro eran del color del ámbar viejo.
Amerei no se movió.
No fue valentía, en el sentido en que la entendería alguien de Maracay, de Londres, de cualquier ciudad. No fue cálculo tampoco. Fue algo más antiguo: el cuerpo recordando lo que los ancianos Piaroa habían puesto en él desde niño, en ceremonias que Amerei apenas recordaba con la mente pero que su cuerpo nunca había olvidado. No corras. No mires hacia abajo. Sostén la mirada como quien sostiene una conversación, no como quien se defiende.
El aliento del felino llegó tibio, con olor a tierra húmeda y a algo metálico que Amerei no quiso identificar.
Y en ese segundo eterno — porque fue un segundo, aunque el cuerpo lo viviera como mucho más — algo se abrió en la memoria de Amerei que no había estado ahí un instante antes.
Tenía diecisiete años.
Se llamaba Wairë. Era de la comunidad cercana al río donde Amerei había pasado las últimas vacaciones antes de entrar al CIAC, la última vez que había vivido más de dos semanas seguidas entre su gente desde que Antonio lo llevó a Maracay.
Wairë tenía un chinchorro de algodón teñido con achiote, rojo oscuro, que su abuela había tejido. Lo había colgado entre dos árboles cerca del río, en el lugar donde se encontraban por las tardes, cuando el calor bajaba un poco y el trabajo del día había terminado.
Amerei recordaba el chinchorro colgado. Las tardes en que se sentaban juntos, hablando en wötjüja, de cosas que no tenían traducción exacta al español porque no necesitaban tenerla. Recordaba la risa de Wairë, que era baja y se acababa rápido pero que dejaba algo detrás, como el eco de una campana pequeña.
Y recordaba el chinchorro descolgado.
El día que Amerei le dijo que se iba a Maracay. Que había una oportunidad — una escuela de aviación, gracias a Antonio, gracias al INAC. Wairë no se había enojado. Eso era lo que más recordaba: que no hubo drama, ni reproche. Wairë solo había bajado el chinchorro esa misma tarde, lo había enrollado con cuidado, y se lo había guardado.
—¿Por qué lo bajas? —había preguntado Amerei.
—Porque ya no vamos a usarlo —había dicho Wairë, sin amargura, con la misma naturalidad con que se acepta el cambio de estación—. Está bien, Amerei. Ve. Pero esto —y señaló el espacio entre los dos árboles donde había estado el chinchorro— esto se queda aquí.
Amerei se había ido tres días después.
No había vuelto a ver a Wairë. Sabía, por noticias indirectas, por palabras sueltas de otros que sí mantenían contacto, que Wairë se había casado, que tenía hijos, que era feliz de una manera que no necesitaba que Amerei lo confirmara.
Lo que Amerei nunca había podido resolver era la otra parte: qué se pierde cuando se vive entre dos mundos. No lo que se gana — eso era visible, medible, tenía la forma de una licencia de piloto y un futuro. Lo que se pierde no tenía forma. Era un chinchorro enrollado. Era un espacio entre dos árboles que ya no se usaba. Era una lengua que hablaba menos cada año, aunque la soñara más.
El cunaguaro parpadeó.
Fue lento, casi ceremonial. Y en ese parpadeo, algo en la postura del animal cambió — no hubo retirada, no hubo tensión nueva. Solo un reconocimiento, del tipo que no necesita palabras porque las palabras serían demasiado lentas para lo que estaba pasando.
El felino había mirado a Amerei y había visto a alguien que todavía pertenecía ahí.
Entonces, sin prisa, el cunaguaro giró la cabeza.
Un báquiro había irrumpido entre la maleza a unos metros, ajeno por completo a la escena, buscando raíces con esa torpeza ruidosa que tienen los báquiros cuando creen que están solos. El cunaguaro se lanzó tras él en tres movimientos que parecieron casi líquidos, y ambos desaparecieron en la oscuridad hacia la izquierda, dejando atrás solo el sonido de la maleza moviéndose y, segundos después, un grito corto que se cortó de inmediato.
A lo lejos, mucho más lejos, se escucharon disparos. Dos. Después un silencio que duró el resto de la noche.
Cristina se despertó poco antes del amanecer, cuando la primera luz gris empezaba a filtrarse entre las hojas más altas.
Se sentó, se talló los ojos, y miró a Amerei, que seguía en la misma posición, despierto, con la mirada fija en el lugar donde el cunaguaro había estado.
—¿Pasó algo? —preguntó Cristina.
—Vino un cunaguaro.
Los ojos de Cristina se abrieron del todo.
—¿Aquí? ¿Cerca?
—Muy cerca.
—¿Y qué hizo?
—Me miró.
Cristina procesó eso con la seriedad de siempre, mirando a Amerei como si estuviera revisando si faltaba algo en la historia.
—¿No tuviste miedo?
Amerei tardó en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque la respuesta era de las que no se dicen todos los días.
—Tuve miedo —dijo finalmente—. Pero no del animal.
Cristina esperó.
—En este mundo lleno de ruido —dijo Amerei, mirando hacia la selva, hacia donde la luz empezaba a ganarle a la sombra—, uno se olvida de escuchar. A los animales. A la tierra. —Hizo una pausa—. El cunaguaro no vino a atacarme. Vino a recordarme quién soy.
Cristina procesó eso con la seriedad de siempre.
—Okay —dijo.
Y esta vez, por primera vez, su “okay” sonó como algo que se queda guardado para siempre.
Fernanda, que había escuchado todo sin moverse, fingiendo dormir, abrió los ojos cuando Cristina se levantó a estirar las piernas.
Miró a Amerei.
Él le devolvió la mirada, y por un momento ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. Fernanda había pasado la noche pensando en lo que había perdido sin saberlo. Amerei acababa de recordar, frente a un felino, lo que había perdido sabiéndolo todo este tiempo.
—Amanece —dijo Amerei finalmente, poniéndose de pie y ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse—. Hay que seguir.
Fernanda tomó su mano. ***
Capítulo 8
El corazón de piedra
La hendidura no se anunciaba.
Eso era lo primero que sorprendía: que algo de ese tamaño pudiera existir sin previo aviso. Uno caminaba entre las raíces enormes de la base del tepuy, entre la roca húmeda y el musgo que cubría todo con una paciencia de siglos, y de repente la piedra se abría. No gradualmente. De golpe. Como si la montaña hubiera decidido mostrar lo que guardaba y no le interesara el dramatismo.
Amerei se detuvo en el borde.
Fernanda y Cristina se detuvieron detrás de él, pegados los tres como lo obliga la penumbra cuando el cuerpo busca calor por instinto. El aire que salía de la hendidura era diferente al aire de la selva: más frío, más mineral, con un olor a agua muy vieja y a piedra que nunca ha visto el sol. Adentro se escuchaba el río subterráneo, sordo y constante, como una respiración que no necesitaba parar.
Cristina no dijo nada. Fernanda tampoco.
Amerei miraba la oscuridad de la abertura y sin proponérselo, sin siquiera darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta, habló:
—Espero que no te hayas equivocado, Charles.
El silencio que siguió duró exactamente lo que dura una respiración contenida.
—¿Quién es Charles? —preguntó Cristina.
Amerei parpadeó. Se volvió hacia ellas como quien regresa de un lugar lejano y encuentra que el mundo físico sigue ahí, con sus dos personas reales mirándolo.
—Brewer-Carías —dijo, y el apellido le salió solo, como tantas veces que lo había leído—. Charles Brewer-Carías. En 1971 entró aquí con una expedición. Midieron la cavidad entera. —Hizo una pausa—. Seiscientos cincuenta y tres metros, de lado a lado.
Fernanda lo miró un momento.
—¿Lo leíste?
—En casa de Antonio. —Amerei volvió a mirar la hendidura—. Tenía libros de todo. Atlas, expediciones, geografía. Los leía en las noches cuando no podía dormir. —Una pausa más corta—. Mi gente conoce este lugar desde antes de que alguien lo midiera. Pero el nombre de quien lo midió también cuenta.
Cristina procesó eso con la seriedad con que procesaba las cosas que valían la pena.
—¿Y él entró por aquí?
—Por aquí.
—¿Y salió?
—Por el otro lado.
La niña miró la oscuridad. Luego miró a Amerei. Luego volvió a mirar la oscuridad.
—Okay —dijo finalmente.
***
Entraron.
La oscuridad no fue inmediata. Eso también sorprendía. Los primeros metros la piedra seguía recibiendo algo de la luz exterior — una luz que no era exactamente luz sino la memoria de la luz, un resplandor cobrizo que teñía la roca de naranja y ocre y hacía que las paredes parecieran vivas, como si la montaña tuviera una temperatura propia. El techo subía. Eso era lo que ningún libro de Antonio había podido transmitirle a Amerei con palabras: que adentro el espacio se expandía, que la cavidad era más grande por dentro de lo que cualquier número podía sugerir.
Seiscientos cincuenta y tres metros. Lo había leído tantas veces que el número se había vuelto abstracto. Ahora tenía paredes. Tenía eco. Tenía el olor particular de los lugares que existen desde antes que el lenguaje.
El río apareció a los veinte pasos.
No como sorpresa sino como confirmación: estaba donde tenía que estar, corriendo por el piso de roca negra y pulida con esa calma de lo que lleva siglos haciendo lo mismo y no tiene intención de cambiar. Era un río sin apuro. Un río que sabía que llegaba.
Cristina se detuvo en la orilla y metió la mano. La sacó de inmediato.
—Está helado.
—Viene de adentro de la roca —dijo Amerei—. Del núcleo.
—¿Del corazón?
—Del corazón.
Cristina miró el agua como si acabara de entender algo que no sabía que estaba intentando entender.
***
Fue entonces cuando llegó la luz.
No la luz de afuera, que ya quedaba atrás. Otra luz. Una que caía desde arriba, desde una abertura en el techo de la cavidad que ninguno de los tres había visto hasta ese momento porque estaban mirando hacia adelante, hacia la oscuridad, en lugar de mirar hacia arriba, hacia donde la montaña había decidido partirse para dejar pasar el cielo.
Un rayo de luz blanca descendía en diagonal desde la grieta, cortando el interior de la cavidad como si alguien hubiera trazado una línea con una regla gigante. Caía sobre el río y el río la recibía y la devolvía multiplicada, rebotando contra las paredes naranjas y el techo de piedra hasta que todo el interior de la cavidad quedó bañado en una claridad que no venía de ningún lado concreto sino de todas partes al mismo tiempo.
Fernanda levantó la vista.
Se quedó quieta con la cabeza hacia atrás y la boca ligeramente abierta, mirando esa luz que caía desde adentro de la montaña como si la montaña tuviera su propio sol guardado. No dijo nada. No había nada que decir que no empequeñeciera lo que estaba viendo.
Amerei la miró a ella. No a la luz. A ella.
Había algo en la cara de Fernanda en ese momento que le recordó la última página del cuaderno verde que ella le había mencionado aquella noche en el aeropuerto de Puerto Ayacucho, casi de pasada, como quien comparte algo sin terminar de decidir si quería compartirlo. Este lugar es el centro del mundo. Rosario lo había escrito en 1978 parada en algún punto de este mismo espacio de piedra y agua y luz imposible.
Ahora su hija estaba parada en el mismo lugar con la misma cara.
***
El pánico de Fernanda llegó al borde del salto.
Habían seguido el río hacia adentro durante lo que podría haber sido veinte minutos o una hora — el tiempo dentro de la cavidad tenía una consistencia diferente, más densa, como si la roca lo absorbiera y lo devolviera más lento. El río fue subiendo de nivel gradualmente, sin dramatismo, hasta que el corredor de roca se angostó y el agua ocupó todo el ancho disponible y lo que quedaba por delante era un salto de metro y medio hacia una poza oscura desde la que el río seguía su camino hacia la luz que ya se veía, tenue pero real, al fondo.
La salida.
Amerei saltó primero. El agua le llegó a la cintura y la frialdad le contrajo el pecho pero se mantuvo de pie sobre el fondo de piedra y extendió los brazos hacia Cristina.
La niña saltó sin preguntar. El agua le llegó a los hombros y soltó un sonido cortado que no era un grito sino el resultado involuntario del frío, y luego se recompuso y encontró el fondo con los pies y se aferró al brazo de Amerei con una fuerza desproporcionada para su tamaño.
Fernanda se quedó en el borde.
Miraba la poza. Miraba el agua oscura y quieta excepto por el movimiento del río que la cruzaba. Miraba la distancia entre donde estaban sus pies y donde estaba el fondo que no se veía.
—Fernanda —dijo Amerei, con la misma voz que había usado en la selva para decir corran, sin alarma, sin urgencia fingida, solo el nombre—. El fondo está aquí. Yo lo tengo.
Fernanda no respondió. Tenía los ojos fijos en el agua y Amerei entendió, sin que ella lo dijera, que no era el salto. Era lo que había debajo del salto. Lo que no se veía.
Fue Cristina quien habló.
—Mamá. —Una sola palabra, dicha con esa autoridad de diez años que tenía para las cosas que importaban—. El río sabe a dónde va. Tú también.
Fernanda miró a su hija.
Algo se acomodó en su cara.
Saltó.
***
El río los expulsó al otro lado cuarenta metros después, por una abertura baja que obligaba a agacharse y que de repente terminaba y el mundo exterior llegó de golpe: luz verde y blanca que lastimaba un poco, el olor a selva mojada y tierra caliente, el sonido de los pájaros que habían existido todo el tiempo sin que ellos lo supieran. El río seguía corriendo detrás de ellos, indiferente, hacia algún lugar que no necesitaba explicar.
Los tres salieron al claro empapados y jadeando y vivos.
Cristina fue la primera en reírse. Una risa corta e involuntaria que le salió del mismo lugar de donde le habría salido un llanto si las cosas hubieran sido distintas. Se miró las manos, luego la ropa empapada, luego a Amerei, y la risa volvió más larga esta vez.
Fernanda se sentó en una roca plana y se quedó quieta con los codos sobre las rodillas y la cabeza hacia abajo, respirando. No lloraba. Solo respiraba con la concentración de quien está verificando que el cuerpo sigue completo.
Amerei miró hacia atrás. Hacia la abertura baja por la que habían salido. Hacia el tepuy que se erguía detrás de ellos con la misma indiferencia de siempre, como si atravesarlo de lado a lado fuera una cosa menor, algo que la montaña había permitido sin darle mayor importancia.
Seiscientos cincuenta y tres metros.
Los habían contado ellos también, un paso a la vez, sin saberlo.
***
La estación forestal apareció veinte minutos después.
No era gran cosa: una construcción rectangular de madera oscura con techo de zinc, una antena de radio en el costado izquierdo que alguien había amarrado con alambre para que el viento no se la llevara, y una pequeña plataforma de madera al frente donde había dos sillas de plástico blanco y una mesa con una taza de café abandonada. Todo tenía el aspecto de los lugares que funcionan por la voluntad de una sola persona que hace lo que puede con lo que tiene.
Esa persona salió cuando los escuchó llegar.
Era un hombre de unos cincuenta años, bajo y macizo, con el uniforme verde del Ministerio del Ambiente descolorido por el sol y las lavadas. Tenía una linterna en la mano aunque era de día, lo cual decía algo sobre sus costumbres. Los miró llegar — empapados, cubiertos de barro hasta las rodillas, los tres con la misma expresión de quien acaba de hacer algo que no sabía que podía hacer — y no preguntó nada durante los primeros segundos. Solo los miró.
Luego miró a Amerei.
—¿Cruzaron el Autana?
—Cruzamos el Autana.
El guardabosque procesó eso con la calma de quien lleva años en un lugar donde las cosas imposibles ocurren con una frecuencia que el mundo exterior no sospecharía.
—¿Están heridos?
—No.
—¿Necesitan agua?
—Sí.
El hombre asintió y entró sin más preguntas. Esa era la hospitalidad de la selva: sin ceremonia, sin discurso, directa al hueso.
***
Fernanda y Cristina se sentaron en las sillas de plástico blanco. Amerei se quedó de pie en la plataforma, mirando el perímetro de árboles con esa atención que había desarrollado en los últimos dos días y que ya no podía apagar aunque quisiera. La selva seguía siendo la misma selva — verde, densa, llena de sonidos superpuestos — pero ahora él la leía diferente. Sabía qué silencios importaban.
El guardabosque volvió con una jarra de agua y tres vasos. Los dejó en la mesa y fue directo a la radio.
—Tengo que reportar que están aquí —dijo, sin mirarlo, con el tono de quien avisa antes de hacer algo que podría no gustarle al otro—. Es protocolo.
Amerei sintió algo tensarse en el pecho, algo que no supo nombrar todavía. Una nota fuera de tono, como un instrumento desafinado en medio de una orquesta que de otro modo sonaba bien.
—¿A quién reporta?
—A la coordinación de Amazonas. —El hombre señaló la antena con la cabeza, sin volverse—. Ellos avisan a Puerto Ayacucho. Es más rápido que esperar otro vuelo.
Amerei asintió, despacio. La sensación no se fue.
Cristina, mientras tanto, había encontrado el momento que necesitaba. En el estante junto a la puerta de la estación, entre un manual de especies arbóreas y un directorio telefónico de Puerto Ayacucho del año 2003, había un libro pequeño y delgado con las tapas gastadas. Cristina lo tomó sin que nadie la viera, lo guardó en el bolsillo de su short, y volvió a su silla con la expresión tranquila de quien no ha hecho nada en absoluto.
Amerei la vio. No dijo nada.
El libro era de Cristina. Eso era todo.
***
La radio crepitó veinte minutos después.
El guardabosque escuchó, asintió, y respondió con monosílabos. Luego se levantó y se acercó con esa manera suya de moverse que no gastaba un paso de más.
—Va a venir alguien a recogerlos —dijo—. Para llevarlos a Puerto Ayacucho. Es más rápido que esperar otro vuelo.
Amerei sintió que la nota desafinada se volvía más fuerte. Algo no cuadraba, pero no podía señalar qué.
—¿Quién?
—Gente de la coordinación. —El guardabosque no lo miró al decirlo. Tenía los ojos puestos en el camino que se perdía entre los árboles, hacia donde el sonido de un motor empezaba a hacerse audible—. Ya vienen llegando.
Fernanda se puso de pie. Cristina, todavía con el libro escondido contra el costado, levantó la vista.
El vehículo que apareció entre los árboles era una camioneta de caja larga, cuatro puertas, con un techo de lona verde oscura cubriendo la parte trasera. Los vidrios delanteros, oscuros. El mismo tipo de camioneta que habían visto en la pista de aterrizaje, dos días y una vida atrás.
Amerei lo entendió todo en el tiempo que tarda un corazón en dar un latido.
—Corran —dijo.
Pero ya era tarde.
Dos hombres bajaron de la cabina antes de que el motor terminara de apagarse. El tercero bajó de la parte de atrás, donde había viajado bajo la lona, con un rifle que sostenía con la familiaridad incómoda de alguien que lo había usado pocas veces pero lo bastante para saber que funcionaba.
El guardabosque no se movió de su sitio. No miró a Amerei. No miró a nadie — se quedó con los ojos fijos en la radio, como si esa pudiera ser, todavía, una conversación que no incluía lo que estaba pasando a tres metros de él.
—Lo siento —dijo, sin que quedara claro a quién se lo decía.
Era casi exactamente lo mismo que había dicho el guardia de la pista, dos días antes.
***
Los subieron a la parte trasera de la camioneta, bajo la lona.
Les amarraron las manos con soga — no con violencia innecesaria, sino con la eficiencia aburrida de quien ha hecho esto antes y sabe exactamente cuánta fuerza hace falta y cuánta es de más. Cristina no lloró. Fernanda tampoco. Amerei se dejó atar sin resistencia, calculando, como siempre calculaba, esperando el momento en que calcular sirviera de algo.
El tercer hombre — el del rifle — se sentó frente a ellos, bajo la misma lona, con el arma apoyada sobre las rodillas y la mirada fija en la abertura trasera, hacia el camino que dejaban atrás.
La camioneta arrancó. ***
Capítulo 9
Antonio desde el cielo
Antonio había captado la transmisión del guardabosque dos minutos después de que ocurriera.
No la primera — la que reportaba, con parsimonia fingida, que tres supervivientes habían salido del Autana sin heridas. Esa la escuchó y sintió, por primera vez en cuarenta y ocho horas, que el peso en el pecho se aflojaba un poco.
La segunda transmisión llegó en una frecuencia distinta, más baja, casi un susurro de radio. El guardabosque, ahora solo, hablando con alguien que Antonio no podía identificar pero cuya respuesta —corta, fría, con ese acento caraqueño que Antonio conocía bien de los años en que volaba carga entre Caracas y el interior— le heló la sangre antes de que terminara de procesar las palabras.
Los tengo aquí. Vienen a recogerlos. Ruta sur, hacia el río.
Antonio no esperó a escuchar más.
—Cambio de rumbo —dijo al otro piloto—. Sur. Sigue el camino que sale de la estación forestal hacia el río. Ahora.
El otro piloto no preguntó. Veinte años de vuelos juntos le habían enseñado a reconocer cuándo Antonio decía algo que no admitía pregunta.
***
La encontraron seis minutos después.
Una camioneta de caja larga, techo de lona, avanzando por un camino de tierra que corría paralelo al río, levantando una nube de polvo rojo que la delataba desde lejos. Antonio la vio y supo, con la misma certeza fría con que había sabido que algo no cuadraba en las transmisiones, que ahí dentro estaban su hijo y las dos mujeres.
—Bájame el morro —dijo Antonio—. Vamos a cortarles el camino.
El helicóptero descendió en un ángulo que el otro piloto ejecutó con la precisión de quien confía completamente en quien está dando la orden. No fue un sobrevuelo. Fue una maniobra calculada para producir exactamente un efecto: el conductor de la camioneta, viendo una sombra enorme caer sobre el camino a quince metros delante de él, giró el volante de golpe.
La camioneta perdió el agarre en la tierra suelta.
Volcó hacia la derecha, fuera del camino, con ese ruido sordo y definitivo de metal contra tierra que Antonio ya conocía de otra vida, de otros accidentes que había visto desde el aire en los años de carga.
***
Dentro de la camioneta, todo pasó en menos tiempo del que toma describirlo.
El vuelco lanzó a los tres hacia un costado, contra la lona y contra el metal del chasis. Amerei, con las manos atadas, sintió el golpe en el hombro y el costado, y por un segundo el mundo fue solo dolor y la sensación de estar boca abajo sin saber exactamente cómo había llegado ahí.
El hombre del rifle no soltó el arma.
Eso fue lo que Amerei vio primero cuando logró orientarse: el hombre, también golpeado, también desorientado, pero con el rifle todavía en las manos, apuntando hacia la abertura trasera de la lona — hacia afuera, hacia donde el helicóptero de Antonio ya descendía para aterrizar a pocos metros.
El hombre disparó.
No hacia ellos. Hacia el helicóptero. Un disparo sin puntería real, producto del pánico más que de la intención, pero un disparo de todas formas.
Amerei, con las manos todavía atadas, se lanzó sobre él.
No fue un cálculo. No hubo tiempo para calcular. Fue el mismo cuerpo que había sostenido la mirada del cunaguaro sin huir, actuando ahora en la dirección opuesta — no quedándose quieto, sino moviéndose, interponiéndose, con todo el peso que pudo reunir desde una posición imposible.
El segundo disparo salió a quemarropa.
Amerei sintió el calor antes que el dolor — un calor que le atravesó el costado izquierdo y que por una fracción de segundo no dolió en absoluto, como si el cuerpo necesitara un momento para entender lo que había pasado. Luego llegó el dolor, y con él la oscuridad empezó a cerrarse por los bordes de su visión.
Cayó hacia un lado, contra Fernanda.
***
Lo último que Amerei recordó con claridad fue el sonido de un segundo helicóptero.
Este venía desde otra dirección, más bajo, más cerca, y cuando aterrizó en la carretera misma —no a un costado, sino sobre el camino de tierra, bloqueándolo por completo— de él bajaron hombres con uniformes que Amerei reconoció, en algún lugar lejano de su conciencia, como policía del estado Amazonas.
—¡Bajen las armas! —gritó alguien—. ¡Están rodeados, bajen las armas!
Los dos hombres que habían viajado en la cabina, todavía aturdidos por el vuelco, salieron con las manos en alto casi de inmediato. El del rifle, el que había disparado, se quedó paralizado un momento —el arma todavía en la mano, los policías apuntándole desde el helicóptero y desde el suelo— y luego la dejó caer en la tierra como si de repente pesara demasiado.
***
Antonio llegó corriendo.
Encontró primero a Fernanda y a Cristina, todavía dentro de la camioneta volcada, las manos atadas, ambas gritando algo que al principio Antonio no logró entender porque las dos hablaban al mismo tiempo, con las voces rotas por algo que no era solo miedo.
—¡Le dispararon! —gritaba Fernanda—. ¡Le dispararon, está—!
—¡Amerei! —gritaba Cristina—. ¡Lo mataron, lo mataron!
Antonio no se detuvo a procesar las palabras. Se metió bajo la lona volcada, encontró a su hijo tendido de costado, con los ojos cerrados y una mancha oscura extendiéndose por el costado de la camisa, y por un instante —solo un instante, porque Antonio no podía permitirse más que eso— el mundo se quedó completamente quieto.
Luego puso dos dedos en el cuello de Amerei.
Pulso. Débil, rápido, pero ahí.
—Está vivo —dijo Antonio, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Está vivo, pero ha perdido sangre. Hay que moverlo ahora.
Cortó las sogas de Fernanda y Cristina con su propia navaja, sin ceremonia, y entre los policías y él sacaron a Amerei de la camioneta con el cuidado urgente de quien sabe que cada segundo cuenta y que la prisa y el cuidado, esta vez, tenían que ser la misma cosa.
***
El vuelo a Puerto Ayacucho duró catorce minutos.
Antonio voló él mismo, con Amerei tendido detrás, la cabeza en el regazo de Fernanda, que mantenía presión sobre la herida con las manos desnudas porque no había nada más con qué hacerlo. Cristina, sentada al otro lado, no decía nada. Tenía los ojos fijos en la cara de Amerei, como si mirarlo pudiera, de alguna manera, mantenerlo ahí.
Antonio no apartó la vista del horizonte ni una vez.
No porque no quisiera mirar hacia atrás. Sino porque sabía, con la misma certeza con que sabía calcular vientos y leer motores, que la única forma de ayudar a su hijo en ese momento era llevarlo a tierra lo más rápido posible, y que mirar hacia atrás no iba a hacer que el helicóptero volara más rápido.
La torre de Puerto Ayacucho ya tenía una ambulancia esperando en la pista. ***
Capítulo 10
La bala y lo que no tiene nombre
El hospital de Puerto Ayacucho no estaba preparado para esto.
Era un hospital de pueblo grande — suficiente para partos, fracturas, mordeduras de serpiente, los accidentes ordinarios de una ciudad que vivía pegada a la selva. Tenía un quirófano, un cirujano de guardia, y un banco de sangre que dependía de donantes locales porque los envíos desde Caracas tardaban días que a veces los pacientes no tenían.
Cuando la ambulancia llegó desde la pista con Amerei adentro, el doctor Itriago —un hombre de cincuenta años que llevaba veinte en ese hospital y había visto de todo, pero no todos los días un herido de bala que además era el hijo del piloto más conocido de la región— supo de inmediato que esto no iba a ser un procedimiento de rutina.
—Tipo de sangre —dijo, sin levantar la vista, mientras cortaban la camisa empapada de Amerei.
—O negativo —dijo Antonio.
El doctor hizo una pausa de medio segundo. O negativo era el tipo más difícil de conseguir en cualquier banco de sangre del mundo, y en Puerto Ayacucho, esa tarde, las probabilidades no eran buenas.
—Llamen al banco —dijo, sin detenerse—. Y empiecen a buscar donantes ahora.
***
La bala había entrado por el costado izquierdo, justo debajo de las costillas, en un ángulo que el doctor Itriago no podía evaluar del todo sin abrir.
—Puede haber tocado el bazo —dijo, mirando las radiografías que un técnico había revelado en tiempo récord—. O puede haber pasado de largo. No lo vamos a saber hasta que entremos.
—¿Y si tocó el bazo? —preguntó Antonio. Su voz era la misma de siempre —sin alharaca, sin temblor audible— pero algo en la forma en que sostenía las manos, completamente quietas, delataba el esfuerzo que costaba mantenerlas así.
—Entonces lo sacamos. Se puede vivir sin bazo. —El doctor ya se estaba poniendo los guantes—. Lo que no podemos hacer es esperar a saberlo.
***
Fernanda y Cristina esperaban en el pasillo.
A Cristina le habían limpiado las muñecas donde la soga le había dejado marcas rojas, y le habían dado una camiseta seca del hospital, varias tallas más grande, que le colgaba hasta las rodillas como un vestido. Estaba sentada en una silla de plástico, con las piernas colgando sin tocar el piso, y no decía nada.
Fernanda, a su lado, tenía las manos todavía con restos de sangre que no había podido lavarse del todo —debajo de las uñas, en los pliegues de los dedos— y miraba esas manos como si pertenecieran a otra persona.
El teléfono de Fernanda, que había recuperado junto con el resto de sus pertenencias, vibró en su bolsillo.
Lo sacó. Miró la pantalla.
Un mensaje de Julian: “Alistair desapareció. Hay un vacío en los contratos de Sudamérica que alguien tiene que cubrir. Cuando vuelvas, hablamos.”
Fernanda leyó el mensaje una vez. Lo miró un momento más, sin expresión. Luego apagó la pantalla y se guardó el teléfono, sin responder.
No era el momento. Y de alguna manera —aunque no podía explicarlo todavía— sabía que cuando llegara el momento, la conversación iba a ser distinta de lo que Julian imaginaba.
***
Pasaron tres horas.
Cristina se quedó dormida con la cabeza en el regazo de Fernanda en algún momento de la segunda hora, agotada de una manera que ya no tenía que ver con el cansancio físico sino con algo más profundo, ese tipo de cansancio que viene de sostener el miedo durante demasiado tiempo sin soltarlo.
Antonio no se sentó.
Caminaba el pasillo de un extremo a otro, con las manos en los bolsillos, sin prisa pero sin detenerse, como si su cuerpo necesitara estar en movimiento para que el tiempo siguiera pasando. De cuando en cuando se detenía frente a la puerta cerrada del quirófano, miraba la luz roja encendida sobre el marco, y volvía a caminar.
A la tercera hora, la luz roja se apagó.
Antonio se quedó inmóvil.
La puerta se abrió, y el doctor Itriago salió con la mascarilla todavía colgando del cuello, los guantes ya fuera, y una expresión que Antonio no logró leer durante los primeros segundos —los segundos más largos de las últimas cuarenta y ocho horas— hasta que el doctor habló.
—Salió bien —dijo el doctor Itriago—. La bala no tocó el bazo. Pasó cerca, pero no lo tocó. Perforó músculo y se alojó contra una costilla. La sacamos entera.
Antonio no dijo nada. No porque no tuviera nada que decir, sino porque lo que sentía no tenía forma de palabras todavía.
—Va a necesitar transfusión —continuó el doctor—. Perdió bastante sangre antes de llegar. El banco encontró dos donantes O negativo en el pueblo. Ya están con él.
—¿Va a estar bien? —La voz de Fernanda, que se había acercado sin que Antonio la notara, sosteniendo a Cristina —ya despierta— de la mano.
El doctor la miró, y por primera vez desde que había salido del quirófano, sonrió. Era una sonrisa cansada, pero real.
—Va a estar bien. Va a necesitar tiempo. Pero va a estar bien.
***
Antonio se permitió, por primera vez en cuarenta y ocho horas, sentarse.
Lo hizo despacio, en una de las sillas de plástico del pasillo, y se quedó ahí un momento con los codos en las rodillas y la cabeza baja, en una posición que Fernanda reconoció —sin saber por qué la reconocía— como la posición de alguien que finalmente puede dejar de sostener algo que ha sostenido durante demasiado tiempo.
Cristina se acercó y se sentó a su lado, sin decir nada, y después de un momento apoyó la cabeza contra el brazo de Antonio.
Antonio no se movió. Pero algo en sus hombros se relajó, muy ligeramente, y se quedó así, con la niña apoyada contra él, mirando la puerta cerrada detrás de la cual su hijo dormía, vivo, con dos transfusiones de sangre de gente del pueblo que ni siquiera conocía corriendo por sus venas.
***
Amerei despertó al día siguiente, pasado el mediodía.
Lo primero que vio fue el techo —blanco, con una grieta delgada que corría de una esquina a otra, y un ventilador de aspas lentas que giraba con el mismo ritmo cansado del ventilador de la sala de espera del aeropuerto, dos días y toda una vida atrás.
Lo segundo que vio fue a Cristina.
Estaba sentada en una silla junto a la cama, con los pies colgando, mirándolo con la misma concentración seria con la que lo había mirado la primera vez, en el aeropuerto, cuando le preguntó si era el piloto.
—Hola —dijo Cristina.
—Hola —dijo Amerei. La voz le salió más ronca de lo que esperaba.
—Te dispararon.
—Me dispararon.
—Mamá dice que casi te morís.
—Mamá tiene razón.
Cristina lo procesó con su seriedad habitual. Luego, sin transición, se subió a la cama —con cuidado, evitando el lado donde estaba la herida— y se sentó junto a él.
***
Fernanda se acercó desde la puerta, donde había estado esperando, dándoles ese primer momento.
Se inclinó sobre la cama y, sin decir nada, le dio a Amerei un abrazo torpe e imposible —torpe por los cables y los vendajes, imposible porque ninguna palabra hubiera podido contener lo que ese abrazo decía— y un beso en la mejilla.
Detrás de ella entró Antonio, con el ceño fruncido de siempre, esa expresión suya que no significaba desagrado sino concentración, el gesto de alguien que ya está pensando en el siguiente paso.
—Estás flaco —dijo Antonio.
—Acabo de salir de cirugía —dijo Amerei.
—Estás flaco —repitió Antonio, y por primera vez en cuarenta y ocho horas algo se movió en su cara que no era control. Carraspeó—. Los dos donantes que dieron sangre. Voy a buscarlos. Quiero darles las gracias en persona. Y los niños de la zona del Autana —añadió, casi de paso, como quien ya lo había decidido hacía rato—, voy a hablar con la coordinación de Amazonas. Becas. Transporte. Que lleguen a la escuela. Eso se va a hacer.
Nadie le preguntó por qué lo decía en ese momento. Era, simplemente, lo que Antonio hacía con lo que sentía: lo convertía en algo que se podía hacer.
***
Cuando Antonio salió —murmurando algo sobre el banco de sangre y una lista de nombres que ya estaba armando en su cabeza— Fernanda y Cristina se quedaron junto a la cama.
Cristina miraba a Amerei con esa expresión que Fernanda había aprendido a reconocer: la de su hija llegando a una conclusión y decidiendo, con la seriedad de sus diez años, que era momento de compartirla.
—Amerei —dijo Cristina.
—¿Sí?
—Cuando volvamos a Londres, voy a contarle a todos en la escuela lo que pasó. —Hizo una pausa, organizando las palabras con el cuidado de quien sabe que algunas cosas solo se dicen una vez—. Pero no van a entender. Porque nadie más puede ir adonde nosotros fuimos. Tú nos llevaste a un lugar donde nunca nadie más podría habernos llevado. Nuestro paseo fue único. Irrepetible.
Amerei la miró.
—Eso es cierto —dijo.
—Lo sé —dijo Cristina, con la satisfacción simple de quien acaba de confirmar algo que ya sabía—. Por eso lo dije.
Fernanda, de pie junto a la cama, sintió algo apretarse en el pecho —no tristeza, sino esa otra cosa, sin nombre exacto, que se siente cuando alguien dice una verdad demasiado grande para su edad con la naturalidad de quien comenta el clima.
Afuera, al final del pasillo, se escuchó la voz de Antonio, ya lejos, hablando por teléfono con alguien del banco de sangre:
—Que viejito este, carajo.
Nadie en la habitación supo exactamente a qué se refería. Pero los tres —Amerei, Fernanda y Cristina— se rieron, cada uno a su manera, por primera vez en días.
***
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