por Arthur Rojas

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“El tiempo no desaparece. Solo cambia de forma.”
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I.
El taxi se detuvo frente a la casa a las nueve y veintidós de la noche. Laurent Pilgram lo sabía porque miró su reloj tres veces durante el trayecto, sin leer la hora ninguna de ellas. Era un gesto mecánico, como tantos otros que había repetido a lo largo del día: estrechar manos, asentir, recibir abrazos de personas cuyos nombres ya no recordaba, decir “gracias por venir” con una voz que no reconocía como propia.
Habían enterrado a su padre esa mañana. O más bien: habían enterrado lo que quedaba de él después de dos décadas. Un ataúd cerrado. Unas palabras leidas por alguien que nunca lo conoció. Algunas flores que el viento del cementerio amenazó con llevarse antes de que terminara el servicio.
Era el segundo funeral que Laurent celebraba por Leslie Pilgram. El primero, hace veinte años, había sido sin cuerpo. Solo un acta oficial, una fecha, y el silencio de quienes debieron buscarlo y no lo hicieron.
Sus amigas la acompañaron hasta la puerta. Hubo más abrazos, más promesas de llamar mañana, más miradas de lástima que Laurent recibió sin devolverlas. Subió las escaleras con los zapatos en la mano, cuidando de no despertar a nadie, aunque la casa estaba vacía.
* * *
En la alcoba, sobre la cómoda, había un sobre manila que los investigadores le habían entregado aquella mañana con la misma indiferencia con que se entregan las pertenencias de un extraño. “Es todo lo que había en condiciones de preservarse”, le dijeron. Cuatro fotografías. Un fragmento de diario. El resto lo había reclamado el hielo.
Laurent se sentó en el borde de la cama sin encender la luz. Dejó los zapatos en el suelo y acometió el sobre despacio, como si dentro pudiera haber algo vivo.
Las tres primeras fotografías eran paisajes. Blanco absoluto. Horizontes sin referencia. El tipo de imágenes que su padre habría tomado en cualquier expedición, documentando el mundo con esa precisión suya que a veces parecía más fría que el paisaje mismo. Paisajes hermosos y vacíos, tan hermosos y tan vacíos como él había sido en casa.
La cuarta fotografía la hizo caer.
No físicamente. Pero algo en su interior cedió con un sonido que nadie más hubiera escuchado.
Su padre aparecía en ella. Mucho más viejo de lo que Laurent lo recordaba, con una barba blanca que nunca le había conocido y los ojos hundidos por años de soledad que nadie calculó mientras ocurrían. Sonreía. Y junto a él, cogida de su mano enguantada, había una niña.
Una niña de unos cinco años, abrigada con una ropa extraña, remendada, fabricada con materiales que no parecían de ninguna tienda del mundo. El cabello recogido en dos trenzas simples. Un adorno pequeño, casi imperceptible, sujeto en el lado derecho.
Laurent estuvo mucho tiempo mirando esa fotografía antes de abrir el fragmento del diario.
* * *
Era una sola hoja. Doblada en cuatro, amarillenta, con la tinta corrida en las esquinas por la humedad. La letra de su padre, que había olvidado cómo era, la golpeó en el pecho antes de que pudiera leer una sola palabra.
La fecha estaba escrita en el ángulo superior derecho, con la precisión de alguien que necesitaba anclar cada día a algo real.
Laurent la leyó tres veces.
Su padre había escrito esa página ocho años después de que el mundo lo declarara muerto.
Ocho años después de que ella lo llorara, lo enterrara en ausencia, y aprendiera a vivir sin él.
Ocho años después de que naciera Isla.
* * *
La hoja decía lo siguiente:
Hoy ha sido uno de esos días en que el hielo afloja un poco su carácter. El sol apareció a media mañana, bajo y tibio, lo justo para que la luz cambiara de color. Isla lo notó antes que yo. Se sentó junto a la ventana y estuvo mucho rato sin hablar, mirando cómo la nieve brillaba diferente.
Le pregunté qué estaba pensando.
Me dijo que en nada. Pero sonreía.
Yo también sonreía, aunque no lo supe hasta después.
Laurent dejó la hoja sobre la cama.
Estuvo así un momento, con los ojos fijos en nada, dejando que la fecha se asentara dentro de ella como se asienta el polvo después de una caída. Luego se levantó sin saber muy bien por qué, como si el cuerpo supiera antes que la mente lo que iba a hacer.
Fue hasta el armario. Abrió el cajón de arriba. Debajo de una bufanda azul que no usaba desde hacía años, estaba el sobre pequeño con las fotografías de Isla.
Sacó la que guardaba desde siempre. La que tenía siempre intención de enmarcar y nunca lo hacía porque enmarcarla significaba algo que aún no estaba preparada para significar.
En ella, Isla sonreía con los ojos cerrados, como hacía siempre cuando alguien le enfocaba la cámara. El cabello recogido en dos trenzas. El adorno pequeño en el lado derecho. Esa forma particular de sujetarlo que solo Laurent sabía hacer, que había aprendido a fuerza de noches largas junto a una cama de hospital.
Colocó las dos fotografías una junto a la otra sobre la cómoda.
No dijo nada.
No había nada que decir.
Las dos niñas sonreían igual.
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas
PRESENTE
III.
Laurent’s había dormido con la libreta en la cama.
No era algo que hubiera decidido. Simplemente cuando despertó a las seis de la mañana con la ropa del día anterior todavía puesta, la libreta de cuero negro estaba allí, entre su brazo y la almohada, como si hubiera encontrado sola el lugar donde debía estar.
La luz entraba fría por la ventana. Laurent’s se incorporó despacio, fue a la cocina, puso agua a calentar. Mientras esperaba miró el jardín sin verlo. Pensó en llamar al trabajo para avisar que no iría. Pensó en llamar a su madre, a Vilma, que llevaba dos días sin dar señales desde que había recibido la noticia del hallazgo con esa serenidad suya que siempre había sido difícil de distinguir de la indiferencia.
No llamó a nadie.
Volvió a la alcoba con el café, se sentó en la cama, abrió la libreta en la segunda página y empezó a leer.
* * *
La segunda entrada no tenía destinatario. Era un inventario. Fechado cuatro días después del accidente, escrito con la letra apretada y precisa de alguien que necesita poner el mundo en orden antes de que el mundo decida ordenarse solo.
Generador: funciona. Combustible diésel para aproximadamente cuatro meses si racionó correctamente. Revisar consumo diario.
Comunicaciones: radio de alta frecuencia inutilizable. Antena exterior caída. Teléfono satelital de la estación: sin señal. El mío: igual. Seguir intentando cada mañana.
Alimentos: reservas para seis meses mínimo si una persona. Pemmican, cereales, conservas. Una lata de galletas escocesas que he decidido reservar para cuando haya algo que celebrar. Todavía no sé qué será eso, pero lo sabré cuando llegue.
Trineo: hay dos en el almacén. Uno en buen estado. El otro roto en el travesaño derecho. Reparable.
Herramientas del hangar: rescaté lo que pude antes de que la tormenta cerrara el paso. Suficiente para trabajar.
Estado físico: el corte en la frente cerró solo. Costillas magulladas en el lado derecho, nada roto. Funcional.
Estado mental: de momento, bien. Pregúntame en una semana.
Laurent’s sonrió sin darse cuenta.
Era tan completamente su padre esa última línea. Esa manera de anticipar la pregunta antes de que nadie la hiciera y responderla con una honestidad que nunca sabías si era valentía o simplemente la costumbre de alguien que había pasado demasiados años documentando la realidad sin adornos.
Siguió leyendo.
La entrada continuaba, y hacia el final, después de la lista y los cálculos y las notas técnicas, la letra cambiaba muy levemente. Como si la mano se hubiera relajado sin que el dueño lo notara.
Reparé el trineo esta tarde. Tardé más de lo que debería porque mis manos no están acostumbradas a este tipo de trabajo. Pero funciona. Mañana haré la primera prueba de orientación.
En el hemisferio sur el sol del mediodía señala el norte. Tuve que recordármelo tres veces mientras clavaba el palo. Orundellico me lo enseñó en el Onashaga y en ese momento me pareció una curiosidad. Ahora es lo más importante que sé.
Laurent’s se detuvo en ese nombre.
Orundellico.
Lo había escuchado una vez, hacía años, cuando su padre le contó brevemente sobre un documental que había filmado en Ushuaia con una comunidad indígena. Ella tendría doce o trece años y la historia le había parecido interesante pero lejana, como todas las historias de su padre: pertenecientes a un mundo al que ella no tenía acceso.
Ahora ese nombre estaba aquí, en esta libreta, en el fin del mundo. Y de alguna manera había mantenido vivo a su padre cuando nada más podía hacerlo.
Cerró la libreta sobre su pulgar para no perder la página. Y se quedó mirando el café que ya estaba frío, pensando en lo extraño que era el hilo invisible que conectaba las cosas.
* * *
DIECISIETE AÑOS ANTES — ANTÁRTIDA
* * *
El peso era considerable.
Leslie llevaba casi cuarenta minutos arrastrando el trineo de regreso a la estación y los brazos le avisaban con una insistencia creciente que no estaban diseñados para esto. El lobo marino que había cazado esa mañana pesaba más de doscientos kilos. La cuerda que lo sujetaba al trineo cortaba a través de los guantes en el punto donde la sostenía, y el trineo en sí, que él mismo había reparado con tornillos rescatados del hangar y tablas reforzadas con correas de cuero, respondía bien sobre la nieve compacta pero exigía correcciones constantes en los tramos donde la superficie se volvía irregular.
Era trabajo físico del tipo que Leslie no había hecho nunca antes de la Antártida.
Le gustaba más de lo que hubiera esperado.
Había algo en la simplicidad de ello que resultaba casi descansado después de años de trabajo donde todo era negociación: negociar el acceso, negociar los ángulos, negociar las palabras con los editores, negociar la ausencia con Vilma. Aquí no había nada que negociar. La presa era la presa. El trineo era el trineo. La estación estaba a cuarenta minutos en línea recta y él tenía que llegar antes de que bajara la temperatura otra vez.
Mientras caminaba, el recuerdo llegó solo.
Como llegaban todos los recuerdos en la Antártida: sin anunciarse, sin pedir permiso, ocupando el espacio que el silencio dejaba libre.
* * *
CUATRO AÑOS ANTES — CANAL BEAGLE, USHUAIA
* * *
El agua del Onashaga era de un gris verdoso que cambiaba de tono con las nubes. Leslie llevaba dos días intentando encontrar el ángulo correcto para fotografiarlo y todavía no lo había encontrado porque el canal no se dejaba reducir a un encuadre. Era demasiado vivo, demasiado variable, demasiado consciente de sí mismo.
Orundellico lo observaba intentarlo desde la orilla con una expresión que no era exactamente diversión pero se le parecía.
Era un hombre de unos cincuenta años, de constitución mediana y movimientos tan económicos que a veces parecía que respiraba menos que cualquier otra persona en la misma habitación. Pertenecía a la comunidad Paiakoala, los últimos descendientes Yagán reconocidos legalmente en 2021, que trabajaban desde Ushuaia en recuperar la herencia de sus ancestros en el canal al que ellos llamaban Onashaga y los mapas del mundo llamaban Beagle, con el nombre del barco inglés que había llegado a clasificarlos como si fueran especies botánicas.
Orundellico sabía las dos palabras. Usaba la suya.
El documental que Leslie había venido a filmar se llamaba provisionalmente ‘Los que permanecen’ y trataba sobre la recuperación cultural de los pueblos originarios del extremo sur. Tenía diez días de rodaje planificados, un guion de preguntas preparado y la certeza profesional de que sabía exactamente qué historia iba a contar.
Orundellico deshizo esa certeza en aproximadamente cuarenta y ocho horas.
No de manera confrontacional. Simplemente dejó de responder las preguntas del guion y empezó a hacer cosas. Y Leslie, que había aprendido en veinte años de oficio que los mejores documentales ocurren cuando dejas de dirigirlos, guardó el guion y empezó a seguirlo.
* * *
La técnica de caza la vio por primera vez al cuarto día.
Salieron antes del amanecer en dos kayaks, siguiendo la línea de la orilla sur del canal donde Orundellico sabía, por razones que Leslie no podía ver todavía, que habría lobos marinos descansando sobre las rocas. El frío era denso y húmedo, diferente al frío seco que Leslie conocía de otras expediciones. Se metía por los bordes de la ropa y se instalaba directamente contra la piel.
Orundellico no parecía sentirlo.
Cuando estaban a unos cien metros del grupo de lobos marinos, se detuvo. Hizo una señal a Leslie para que hiciera lo mismo. Y durante los siguientes veinte minutos no hizo nada que Leslie pudiera describir con precisión: simplemente esperó, con el kayak quieto sobre el agua gris, con una paciencia que no parecía esfuerzo sino condición natural.
Los lobos marinos no los vieron llegar.
Lo que ocurrió después fue rápido y completamente silencioso. Orundellico tomó su arpón con un movimiento que no tenía ninguna teatralidad, lo lanzó con una precisión que solo podía venir de décadas de práctica, y la caza terminó antes de que Leslie hubiera tenido tiempo de procesar que había empezado.
Luego hizo algo que Leslie recordaría muchas veces en los años siguientes.
Se quedó quieto sobre el kayak durante un momento. Con los ojos cerrados. En silencio.
Leslie no le preguntó qué hacía. Había aprendido ya que Orundellico respondía mejor a la observación que a las preguntas.
Más tarde, de regreso en tierra, mientras preparaban la presa con una eficiencia que no desperdiciaba nada, Orundellico habló sin que nadie le preguntara nada.
‘Le damos las gracias’, dijo en el español trabajoso que usaba cuando consideraba que algo merecía ser traducido. ‘Al animal. Por dejarse.’
Leslie anotó eso en su cuaderno.
Y anotó también lo que Orundellico le enseñó después, mientras separaba la grasa con sus manos expertas: cómo aplicarla sobre la piel expuesta antes de entrar al agua, cómo impermeabiliza y aísla del frío de una manera que ningún material sintético replica del todo, cómo los Yagán habían sobrevivido durante siglos en ese canal sin la ropa que el mundo moderno consideraba indispensable, usando en cambio el conocimiento preciso del cuerpo y sus recursos.
Leslie aprendió eso. Lo filmó. Lo documentó con la precisión de su oficio.
Y no pensó ni una sola vez que algún día lo necesitaría para sí mismo.
* * *
DE REGRESO — ANTÁRTIDA
* * *
El trineo llegó a la estación cuando la luz empezaba a cambiar.
Leslie soltó la cuerda, se apoyó con las manos sobre las rodillas y respiró durante un momento largo, dejando que los pulmones se acostumbraran al aire quieto del refugio después del viento de afuera.
Miró la presa. Calculó. Dos semanas de proteína si racionaba bien. Más si usaba también la grasa, que en la Antártida tenía los mismos usos que Orundellico le había enseñado en el Onashaga: impermeabilizar, aislar, conservar el calor en los días en que el generador necesitaba descanso.
Entró a la estación. Se quitó los guantes. Se lavó las manos con el agua que guardaba derretida junto al generador.
Fue hasta la mesa donde tenía el cuaderno abierto en la última entrada y escribió, con la letra de alguien que acaba de entender algo que debería haber entendido antes:
Primera caza exitosa. El trineo reparado funcionó. Las marcas que fui dejando en la nieve con piedras del hangar me trajeron de regreso sin perderme.
En algún lugar del Onashaga, Orundellico sigue sabiendo cosas que el mundo no merece perder. Hoy usé algunas de ellas. No se las agradecí cuando debía. Se las agradezco ahora, aquí, donde nadie puede escucharlo pero yo sí puedo decirlo.
Gracias, Orundellico. Por enseñarme sin saber para qué.
Afuera, la Antártida seguía siendo la Antártida.
Pero adentro, esa noche, Leslie Pilgram comió caliente.
PRESENTE
IV.
Laurent’s tardó tres días en llegar a la carta de Vilma.
No porque no quisiera. Sino porque la libreta era extensa y su padre no había tenido prisa al escribirla, de la misma manera en que parece que no había tenido prisa para hacer casi nada en esos años, salvo sobrevivir. Había entradas técnicas, registros del clima, cálculos de consumo de combustible. Había páginas enteras dedicadas a describir la luz de la Antártida en distintas horas del día con la precisión de alguien que no puede evitar documentar aunque no haya nadie mirando.
Y había, intercaladas entre todo eso, las cartas.
La primera que encontró no estaba dirigida a Vilma. Estaba dirigida a Muri Brigman, y empezaba con una línea que Laurent’s tuvo que leer dos veces:
Muri: hoy el viento bajó un poco y pensé en cómo encuadrarías este horizonte. Probablemente lo dejarías respirar más de lo que yo lo dejaría. Siempre fuiste mejor que yo para eso.
Laurent’s conocía a Muri. La había visto pocas veces, en eventos de NatGeo a los que su padre la llevaba cuando ella era pequeña, y recordaba a una mujer de pelo corto y manos grandes que hablaba poco y observaba mucho. Su madre nunca la había mencionado con simpatía. Nunca la había mencionado con antipatía tampoco, que era quizás peor.
Siguió hojeando.
Y entonces encontró la carta a Vilma.
Estaba fechada seis semanas después del accidente. La letra era más lenta que en las entradas técnicas, como si cada frase hubiera necesitado más tiempo del habitual para decidir cómo llegar al papel.
Vilma:
No sé por qué te escribo a ti primero entre todas las personas a las que tengo pendiente escribirles. Quizás porque contigo tengo más deudas que con nadie. O quizás porque aquí, en este silencio que no se parece a ningún otro silencio que haya conocido, solo puedo pensar en las cosas que no dije cuando debía.
Voy a intentar decirlas ahora. No porque sirva de algo. Sino porque el papel es lo único que me escucha.
Laurent’s se levantó a buscar más café.
Necesitaba un momento antes de continuar.
* * *
VEINTICINCO AÑOS ANTES — BOGOTÁ
* * *
Se conocieron en una exposición fotográfica en el Centro Cultural de Bogotá, un martes de octubre que llovía con esa insistencia bogotana que no es tormenta sino costumbre.
Leslie había llegado tarde porque su vuelo desde Lima se había retrasado y no había tenido tiempo de cambiarse: llevaba la misma ropa del viaje, la cámara colgada del cuello y el aspecto general de alguien que acaba de cruzar tres países en un día. Entró buscando la mesa de bebidas y encontró a Vilma.
Ella estaba mirando una fotografía de una mujer wayuu tejiendo una mochila en La Guajira. Llevaba un vestido azul oscuro y tenía el cabello recogido con esa elegancia casual que a Leslie le pareció inmediatamente el tipo de elegancia que no se aprende sino que se tiene. No lo estaba mirando a él. Estaba mirando la fotografía con una concentración que resultaba difícil de interrumpir.
Leslie la interrumpió de todas formas.
‘La mujer o el tejido’, dijo, deteniéndose junto a ella.
Vilma lo miró. Evaluó en aproximadamente dos segundos la ropa arrugada, la cámara, la pregunta. ‘Las dos cosas’, respondió. ‘Pero si tuviera que elegir, el tejido. Porque el tejido va a durar más.’
Leslie pensó que esa era la respuesta más interesante que alguien le había dado en semanas.
Se quedaron hablando durante dos horas. Perdieron ambos la presentación del fotógrafo que era el motivo oficial del evento. Vilma trabajaba en una firma de diseño de interiores y tenía una teoría muy elaborada sobre por qué los espacios donde vive la gente revelan todo lo que esa gente no dice en voz alta. Leslie le contó sobre Lima, sobre La Guajira, sobre un reportaje que acababa de terminar en los Andes peruanos donde había pasado tres semanas durmiendo en una comunidad quechua a cuatro mil metros de altura.
‘¿No tienes frío?’ preguntó Vilma.
‘Siempre’, dijo Leslie. ‘Pero uno se acostumbra.’
Vilma sonrió. Era una sonrisa que empezaba despacio, como si necesitara verificar que era el momento correcto antes de completarse.
Leslie decidió esa noche que quería ver esa sonrisa muchas veces más.
* * *
Los primeros años fueron así: él llegaba de algún lugar del mundo con historias que Vilma escuchaba con una atención genuina que él no supo valorar hasta mucho después. Ella lo llevaba a restaurantes que él nunca habría encontrado solo, a exposiciones de arte que le abrían ángulos de ver que su ojo periodístico había descuidado, a casas de amigos donde la conversación era exactamente el tipo de conversación que Leslie necesitaba después de semanas hablando solo o en idiomas que no eran el suyo.
Se casaron tres años después de la exposición fotográfica. Una ceremonia pequeña en Bogotá, con lluvia, porque en Bogotá siempre había lluvia en octubre.
Vilma diseñó el apartamento donde iban a vivir con esa precisión suya para entender cómo necesita respirar un espacio. Había un cuarto que llamaron el cuarto de los viajes donde Leslie guardaba el equipo, los cuadernos, los rollos fotográficos revelados de cada expedición. Vilma nunca entró en ese cuarto sin que él la invitara. No porque no pudiera. Sino porque entendía, sin que nadie se lo dijera, que había territorios que pertenecían a cada uno.
Eso también era una forma de amor.
Leslie tardó demasiado en entenderlo.
* * *
La primera grieta fue tan pequeña que ninguno de los dos la nombró.
Leslie había recibido un encargo de NatGeo para un reportaje en Madagascar que implicaba seis semanas fuera. Era el proyecto más importante de su carrera hasta ese momento y lo sabía. Le preguntó a Vilma si quería acompañarlo las primeras dos semanas, antes de que el trabajo se pusiera exigente.
Vilma lo pensó durante un momento.
‘¿Dónde viviríamos esas dos semanas?’
‘En una aldea pesquera en la costa oeste. La gente es extraordinaria, los atardeceres sobre el Canal de Mozambique son…’
‘¿Una aldea pesquera.’
No era una pregunta. Era una constatación. Vilma tenía esa manera de repetir algo que acababa de escuchar con una entonación que no era crítica sino simplemente honesta: estaba verificando que había entendido bien lo que le proponían.
‘Podríamos quedarnos en Antananarivo los primeros días, en un hotel, y después…’
‘Leslie.’ Vilma lo dijo con suavidad. ‘Ve tú. Haz tu trabajo. Yo estaré aquí cuando vuelvas.’
Y estaba. Siempre estaba cuando él volvía. Con la casa en orden, con una cena preparada o reservada, con esa sonrisa que empezaba despacio y que Leslie seguía queriendo ver aunque cada vez le costaba más mérito ganársela.
Lo que Leslie no supo ver entonces, y que solo entendió años después en el silencio de la Antártida, era que cada vez que Vilma decía ‘ve tú’, algo muy pequeño y muy silencioso se iba también con él.
Y no siempre volvía.
* * *
PRESENTE
* * *
Laurent’s terminó de leer la carta a Vilma cuando afuera ya era de noche.
No recordaba haber pasado el día. El café se había enfriado dos veces. Había comido algo en algún momento, un sándwich que no recordaba haber preparado, y había llorado una vez, brevemente, en el párrafo donde su padre describía la lluvia de Bogotá el día que conoció a su madre con una precisión de periodista que hacía más daño que cualquier declaración sentimental.
La carta terminaba así:
No te pido que me perdones, Vilma. No tengo derecho a pedirte eso desde aquí, y probablemente tampoco lo tendría desde ningún otro lugar.
Solo quiero que sepas que el apartamento que diseñaste era el hogar más inteligente que alguien haya construido para mí. Y que fui demasiado torpe para quedarme en él.
Laurent’s cerró la libreta.
Fue hasta la ventana. Miró la calle oscura y mojada de lluvia, sin ver nada en particular.
Pensó en llamar a Vilma.
Pensó que quizás era demasiado tarde, o demasiado temprano, o simplemente demasiado para una sola noche.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Y volvió a la libreta.
Porque su padre todavía tenía muchas cosas que decir, y ella llevaba veinte años sin escucharlo.
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas
PRESENTE
V.
Laurent’s encontro la carta a Muri un miercoles por la tarde.
Llevaba cinco dias leyendo la libreta con la disciplina irregular de alguien que sabe que lo que tiene entre las manos es finito y no quiere terminarlo demasiado pronto. Leia dos o tres entradas por noche, a veces menos. Se detenia cuando algo le dolia mas de lo que esperaba, cerraba el cuaderno, lo dejaba sobre la mesita y miraba el techo hasta que el dolor se asentaba y se volvia manejable.
El miercoles no pudo detenerse.
La carta a Muri ocupaba cuatro paginas completas, escritas por ambas caras con una letra mas pequena y mas apretada que el resto del diario, como si Leslie hubiera necesitado decir mas de lo que el espacio disponible permitia. No tenia fecha exacta, solo una anotacion al margen: ‘Tercer invierno. Junio, creo.’
Laurent’s la leyo de una sola vez, sin levantarse, sin cafe, con el abrigo todavia puesto porque habia llegado hace apenas veinte minutos y no habia tenido tiempo de quitarselo antes de abrir la libreta.
Cuando termino se quedo quieta durante un momento largo.
Luego fue hasta el telefono y busco el numero de Muri Brigman en sus contactos, que llevaba anos sin usar pero que nunca habia borrado porque borrar ese numero hubiera significado algo que no estaba preparada para significar.
No llamo.
Pero tampoco cerro la pantalla.
* * *
TERCER INVIERNO – ANTARTIDA
* * *
La carta empezaba asi:
Muri:
Hoy el viento bajo lo suficiente para que pudiera escuchar el generador sin esfuerzo. Es un sonido que al principio me irritaba y que ahora me resulta casi compania. Tu entenderias eso. Tu siempre entendiste la diferencia entre el ruido que molesta y el ruido que acompana.
Llevo tres inviernos aqui. O lo que calculo que son tres inviernos, porque el tiempo en este lugar no funciona igual que en ningun otro lugar donde haya estado, y he estado en bastantes. Los dias polares duran lo que quieren. Las noches tambien. En algun momento deje de pelear contra eso y empece a medirlo de otra manera: por la cantidad de paginas escritas, por el nivel del combustible, por el peso de lo que queda en el almacen.
Por la cantidad de veces que pienso en ti sin poder hacer nada con ese pensamiento.
Laurent’s se detuvo en esa ultima linea la primera vez que la leyo.
La releyo.
Y entendio, con esa claridad que a veces llega sin aviso, por que su madre nunca habia podido nombrar lo que sentia cuando veia fotografias de los dos juntos en el campo. No era celos de algo que existiera. Era celos de algo que ella nunca podria ser: la persona a quien Leslie le escribia esa frase desde el fin del mundo.
Siguio leyendo.
* * *
Me pregunto que estas haciendo ahora mismo mientras escribo esto. Probablemente algo sensato. Probablemente algo que involucra una camara y una luz que no esta cooperando y ese grunido tuyo que haces cuando el encuadre no sale como lo pensaste.
Yo haria eso por ti ahora mismo. El grunido. El encuadre imposible. Cualquier cosa que significara que estamos los dos en el mismo continente con el mismo problema delante.
Te cuento algo que no le cuento a nadie mas porque nadie mas entenderia por que importa: el otro dia encontre el angulo perfecto para fotografiar el horizonte cuando la luz cambia al mediodia. Es un momento de exactamente cuatro minutos en que el blanco se vuelve casi naranja y las sombras se alargan de una manera que no corresponde a ninguna hora conocida. Es la cosa mas hermosa que he visto en tres anos. Y lo primero que pense fue en ti. No en Laurent’s. No en Vilma. En ti. En como lo hubieras encuadrado. En el click exacto que hubieras elegido.
Eso me parecio importante anotarlo. No se por que. Quizas porque es lo mas honesto que he escrito desde que llegue aqui.
* * *
La carta continuaba despues de un espacio en blanco que Leslie habia dejado en la pagina, como si hubiera necesitado alejarse y volver antes de seguir escribiendo.
Muri, tengo que decirte algo que no se como decir en el orden correcto, asi que lo voy a decir sin orden:
Eres la persona con quien mejor he trabajado en veinte anos de oficio. Eso lo sabes. Lo que quizas no sabes es que tambien eres la persona con quien mejor he estado en silencio. Y eso es mas dificil de encontrar que cualquier otra cosa.
Con Vilma el silencio siempre tenia algo dentro. Una pregunta sin hacer. Una expectativa suspendida. Una distancia que ninguno de los dos sabia como cruzar aunque quisieramos.
Contigo el silencio era solo silencio. Los dos mirando el mismo horizonte, los dos sabiendo que no hacia falta decir nada porque ya lo habiamos dicho con el trabajo.
No se si eso tiene un nombre. Probablemente no deberia tenerlo. Pero aqui, con tres inviernos encima y el generador como unica compania, me parece importante haberlo tenido alguna vez aunque no supiera como llamarlo.
* * *
Una cosa practica, porque soy periodista y no puedo evitarlo:
Si alguien encuentra esta libreta antes que tu, que te la hagan llegar. Hay cosas aqui que solo tienen sentido para ti. El resto puede leer lo que quiera, pero las paginas con tu nombre son tuyas.
Y si la encuentras tu directamente, no llores antes de leer hasta el final. Prometemelo aunque no puedas cumplirlo.
Aqui el horizonte naranja dura cuatro minutos.
Tu lo hubieras fotografiado en dos.
Eso siempre me parecio un milagro pequeno.
— L.
* * *
PRESENTE
* * *
Laurent’s termino de leer y se quedo con la libreta abierta sobre las rodillas durante un tiempo que no midio.
Afuera habia empezado a llover. Una lluvia fina y constante que golpeaba la ventana con esa insistencia que a veces parece un mensaje y a veces solo es lluvia.
Penso en su padre escribiendo esas paginas en el tercer invierno. Calculo: si el accidente habia ocurrido en el ano cero, su padre tenia ya cincuenta y seis o cincuenta y siete anos cuando escribio esa carta. Mas viejo de lo que ella lo recordaba. Mas honesto tambien, probablemente.
Penso en Muri Brigman recibiendo esas paginas despues de veinte anos. Leyendo que era la primera persona en quien Leslie penso cuando encontro algo hermoso. Cargando con eso para siempre, sin poder compartirlo con nadie que entendiera exactamente el peso de lo que significaba.
Penso en su madre. En lo que Vilma sabria y no sabria y habria preferido no saber nunca.
Luego miro el telefono.
El numero de Muri seguia en la pantalla.
Laurent’s respiro una vez. Dos veces.
Y llamo.
* * *
Muri Brigman contesto al segundo tono, como si hubiera estado esperando esa llamada desde hacia veinte anos o desde hacia exactamente el tiempo que Laurent’s tardo en marcar.
‘Laurent’s’, dijo. No como pregunta. Como confirmacion.
‘Lo encontraste’, dijo Laurent’s. No como pregunta tampoco.
Hubo un silencio breve al otro lado de la linea. El tipo de silencio que no esta vacio sino lleno de cosas que dos personas han llevado por separado durante demasiado tiempo.
‘Si’, dijo Muri finalmente. ‘Me llamaron la semana pasada.’
‘Estas bien?’
Otra pausa.
‘No lo se todavia. Tu?’
Laurent’s miro la libreta abierta sobre sus rodillas. Las cuatro paginas con letra apretada. El horizonte naranja que duraba cuatro minutos. El click exacto que Muri hubiera elegido.
‘Tampoco’, dijo.
Y luego, porque era la unica pregunta que importaba en ese momento:
‘Puedo leerte algo?’
Al otro lado de la linea, Muri Brigman no respondio de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz tenia algo dentro que Laurent’s no supo nombrar pero que reconocio de todas formas, porque era exactamente lo que ella misma sentia desde que abrio el sobre manila cinco dias atras.
‘Si’, dijo Muri. ‘Por favor.’
Y Laurent’s empezo a leer desde el principio.
Afuera seguia lloviendo.
Adentro, por primera vez en veinte anos, alguien escuchaba la voz de Leslie Pilgram.
PRESENTE
VI.
Laurent’s habia estado leyendo en voz alta durante casi una hora.
Al principio le habia parecido extrano, escuchar su propia voz en la habitacion oscura mientras Muri escuchaba al otro lado del telefono sin interrumpir. Pero despues de las primeras paginas algo se normalizo, como si leer en voz alta fuera exactamente lo que esas palabras habian estado esperando: no quedarse guardadas en silencio entre dos tapas de cuero, sino salir al aire y llegar a alguien que las mereciera.
Muri no habia dicho casi nada. Solo dos veces habia dejado escapar algo, un sonido breve, casi imperceptible, que Laurent’s habia aprendido a identificar como la manera en que esa mujer lloraba sin querer que nadie lo supiera.
Cuando llego a las paginas del duodecimo ano, Laurent’s se detuvo.
‘Muri’, dijo.
‘Aqui hay algo que no entiendo.’
Al otro lado hubo un silencio distinto a los anteriores.
‘Lee’, dijo Muri. ‘Por favor, sigue leyendo.’
* * *
DUODECIMO AÑO — ANTARTIDA
* * *
Habian pasado doce anos desde el accidente.
Leslie lo sabia porque llevaba la cuenta en la ultima pagina de cada cuaderno, una raya por mes, un circulo por ano, con la disciplina obsesiva de alguien que ha entendido que perder el tiempo es perder lo unico que le queda. Doce anos. Ciento cuarenta y cuatro meses. Una cantidad de dias que habia dejado de calcular porque el numero resultaba demasiado grande para caber en algo util.
Tenia cincuenta y cinco anos.
O cincuenta y seis. Ya no estaba del todo seguro.
El generador habia sobrevivido a todo, pero el ultimo invierno habia sido brutal con las tuberias del sistema de calefaccion y habia pasado tres semanas reparandolas con materiales que no eran los correctos y una habilidad que habia adquirido a fuerza de no tener otra opcion. Las reservas de la estacion llevaban anos agotadas. Vivia de lo que cazaba, de lo que el mar y el hielo le permitia tomar, y de una disciplina para el racionamiento que Orundellico habria reconocido sin necesidad de explicaciones.
Lo que no habia sobrevivido tan bien era otra cosa.
Era dificil de nombrar con precision. No era la cordura exactamente, porque Leslie seguia pensando con claridad, seguia escribiendo con orden, seguia tomando decisiones racionales sobre el combustible y la caza y las reparaciones. Era algo mas sutil y mas profundo que eso. Era la razon para hacer todo eso.
Habia meses en que se levantaba por la manana y tardaba un tiempo largo en recordar para que.
* * *
El diario de ese periodo era diferente a los anteriores.
Las cartas habian desaparecido casi por completo. No habia paginas para Vilma, ni para Muri, ni para Laurent’s. Solo entradas breves, a veces de una sola linea, que documentaban el clima y el estado del equipo con la economia de alguien que ya no tiene energia para el adorno.
Dia 4.380 aprox. Viento del sur. Caza nula. Reservas para ocho dias si racionamento estricto.
Dia 4.391. Primer sol de la temporada. No sali. No tenia motivo suficiente.
Dia 4.402. Repare el trineo. No se por que. No tengo a donde ir.
Era esa ultima frase la que Laurent’s habia leido tres veces antes de continuar.
No tenia a donde ir.
Un hombre que habia documentado cuatro continentes, que habia dormido en el desierto del Sahara y en la selva del Amazonas y en aldeas de Mongolia que no figuraban en ningun mapa turistico, escribiendo en el fin del mundo que no tenia a donde ir.
Laurent’s habia tenido que detenerse un momento antes de seguir.
* * *
La entrada que cambiaba todo estaba fechada en junio del duodecimo ano.
La letra era diferente a las entradas anteriores. Mas rapida. Menos cuidadosa. Como si la mano hubiera necesitado correr detras de algo que la mente procesaba mas deprisa de lo habitual.
No se como escribir esto sin que parezca que perdi la razon.
Sali a cazar esta manana. Condiciones normales. Resplandor fuerte pero manejable. Lleve el trineo hasta el punto de observacion del cabo norte, el mismo de siempre.
Y entonces vi algo que no deberia estar ahi.
* * *
EL MISMO DIA — SOBRE EL HIELO
* * *
El resplandor lo cegaba como siempre en los dias de caza.
Leslie avanzaba con los esquis paralelos a la linea de costa, inclinado hacia adelante con el peso distribuido como Orundellico le habia ensenado en el Onashaga, dejando que el trineo siguiera su propio camino detras de el. La luz de mediodia polar aplastaba las sombras y convertia el horizonte en un espejo sin bordes donde todo parpadeaba y mentia.
Fue por eso que no confio en sus ojos al principio.
Una figura pequena. Inmovil. A unos doscientos metros de la orilla.
Limpio sus lentes con el guante. Volvio a mirar. La figura seguia ahi. Demasiado pequena para ser un adulto. Demasiado quieta para ser un animal.
No puede ser.
Encogib los hombros intentando reducir el resplandor. Entrecerro los ojos detras de la mascara. Y entonces el contorno tomo forma con una claridad que le helo algo por dentro que el frio polar nunca habia tocado.
Era una nina.
Y deslizandose sobre el hielo detras de ella, silencioso como solo pueden serlo los depredadores que no necesitan apresurarse, estaba el leopardo marino. Tres metros y medio de musculo y mandibula avanzando con una fluidez perturbadora hacia una figura que no parecia haber visto nada.
Leslie no penso.
Intento correr.
Las piernas no respondieron. Doce anos de frio acumulado, el entumecimiento de horas de caza, lo traicionaron en el peor momento posible y cayo de bruces contra el hielo. Su cara golpeo la superficie dura. El impacto le borro medio segundo de conciencia. Cuando levanto los ojos desde el suelo, desorientado, con el panico abriendole el pecho, el leopardo marino y la nina habian desaparecido.
Golpeo el hielo con ambos punos. Una vez. Otra.
Grito hacia el cielo blanco con toda la voz que le quedaba, una voz que llevaba anos sin necesitar tanto volumen:
Noooooo!
El sonido se perdio en la nada polar sin eco, sin respuesta, como todo lo demas.
Se quedo con las manos sobre el rostro. Con la frente contra el hielo. Pensando en lo monstruoso que era el mundo, en lo absurdo, en lo cruel. Una nina en este lugar. Una nina.
Cuanto tiempo estuvo asi no supo decirlo.
Hasta que escucho la voz.
Pequena. Clara. Completamente fuera de lugar en ese paisaje sin compasion.
Levantate. Vamonos.
Alzo la cara muy despacio.
Y ahi estaba ella.
De pie frente a el, a menos de un metro, mirándolo con una calma que no correspondia a ningún lugar ni a ninguna edad. El viento le movia el cabello pero no parecia afectarla. No temblaba. No tenia miedo en los ojos. Llevaba una ropa que Leslie no supo identificar de inmediato, capas de tela gruesa y oscura que alguien habia confeccionado con una habilidad que no era de ninguna tienda del mundo.
Solo lo miraba a el, esperando que se levantara.
Leslie Pilgram, que habia documentado guerras y tsunamis y ceremonias de muerte en tres continentes, que habia aprendido a cazar en el fin del mundo de la mano de un Yagan silencioso, que llevaba doce anos hablando solo en el idioma del viento polar, no supo decir nada.
Solo la miro.
Y entendio, sin poder explicarlo, que algo acababa de cambiar para siempre.
Se levanto.
* * *
ESA NOCHE — EL REFUGIO
* * *
La nina entro a la estacion sin dudar, como si conociera el espacio o como si los espacios desconocidos no le generaran ninguna aprension particular.
Se sento en la silla junto a la mesa, la misma donde Leslie escribia el diario, y miro todo con esa atencion tranquila que tenia para mirarlo todo. El generador. Las estanterias. El mapa de la peninsula que Leslie habia dibujado el con marcas de ruta. La Singer portatil en el rincon.
Leslie preparo lo que habia para preparar, que no era mucho y no tenia mucho sabor, pero era caliente y era suficiente. La nina comio sin quejarse. Sin comparar con nada. Como alguien para quien esa era simplemente la comida que habia.
Estuvieron un rato en silencio despues de comer.
Luego Leslie se levanto, fue hasta el estante mas alto del almacen, y bajo la lata de galletas Shortbread escocesas que habia guardado hacia ya tantos anos que habia dejado de contar exactamente cuantos.
La sostuvo un momento.
Rezo en silencio para que no se hubieran danado.
Abrio la lata.
El olor que salio era exactamente el que debia ser: mantequilla y azucar y algo que se parecia al olor de una cocina en Navidad, completamente imposible en ese lugar y completamente real al mismo tiempo.
Las galletas estaban perfectas.
Leslie puso tres sobre la mesa, delante de la nina, y se sento frente a ella con otras tres en la mano.
La nina miro las galletas. Las miro a el. Y entonces hizo algo que Leslie no esperaba: sonrio. No una sonrisa educada ni una sonrisa de gratitud. Una sonrisa real, completa, que empezo despacio y termino ocupando toda su cara pequena.
Era la primera sonrisa dirigida a el que Leslie Pilgram habia recibido en doce anos.
No supo que hacer con ella durante un momento.
Luego sonrio tambien.
* * *
Mas tarde, cuando la nina ya dormia en el catre que el habia improvisado con mantas dobladas en el cuarto pequeno, Leslie se sento a la mesa con el cuaderno abierto y la pluma en la mano.
Estuvo un rato sin escribir.
Luego escribio:
No se quien es. No se de donde viene. No se si es real de la manera en que son reales las cosas que se pueden explicar.
Pero esta aqui. Y esta noche abri las galletas que habia guardado para una ocasion especial sin saber que seria esta.
Resulta que era esta.
Se llama Isla. Me lo dijo mientras comiamos, con la naturalidad con que se dice el nombre propio cuando alguien te pregunta. Yo no le habia preguntado. Lo dijo sola, como si entendiera que era informacion que yo necesitaba.
Isla.
Manana le hare ropa que le quede bien. Encontre telas suficientes. Las manos de mi madre todavia saben lo que tienen que hacer aunque pasen los anos.
Esta noche, por primera vez en doce anos, no me pregunto para que me levanto manana.
Ya lo se.
* * *
PRESENTE
* * *
Laurent’s termino de leer esa pagina y se quedo en silencio.
Al otro lado del telefono, Muri tampoco dijo nada durante un momento.
Luego pregunto, con una voz que tenia algo roto dentro pero que se sostenia de todas formas:
‘La nina. Como se llamaba.’
Laurent’s miro la pagina. La palabra escrita con la letra de su padre, sola en el centro del renglon, como si mereciera ese espacio.
‘Isla’, dijo.
Otro silencio.
‘Laurent’s.’ La voz de Muri era muy quieta. ‘Como se llamaba tu hija.’
Y Laurent’s, que habia llevado ese nombre guardado como se guardan las cosas que duelen demasiado para nombrarlas a menudo, lo dijo en voz alta por primera vez en mucho tiempo.
‘Isla’, dijo.
Afuera la lluvia habia parado.
El silencio que siguio era del tipo que no necesita llenarse con nada porque ya contiene todo lo que importa.
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas
PRESENTE
VII.
Ninguna de las dos habia colgado.
Era la unica manera de entender lo que seguia pasando: que la llamada continuaba, que la linea seguia abierta, que al otro lado de ese silencio habia alguien que respiraba y que ese alguien era suficiente por ahora. Laurent’s estaba sentada en el suelo, la espalda contra la pared debajo de la ventana, el telefono apoyado en el hombro. Afuera los ultimos coches pasaban despacio sobre el asfalto mojado. Adentro, nada.
Fue Muri quien hablo primero.
‘Cuantos anos tenias cuando el te ofrecio la beca.’
No era una pregunta. Era la manera en que alguien organiza un rompecabezas que lleva decadas sin tocar.
‘Diecisiete’, dijo Laurent’s. ‘Todavia no habia terminado el instituto.’
Otro silencio.
‘El te veia’, dijo Muri. Su voz tenia algo muy quieto, como si estuviera hablando desde muy adentro de si misma. ‘Te veia de una manera en que muy poca gente ve a sus hijos. No como una extension de si mismo. Como una persona real que todavia no habia llegado a donde iba a llegar.’
Laurent’s no dijo nada.
‘Me hablo de ti la primera vez que nos sentamos a comer juntos en la sede de NatGeo’, continuo Muri. ‘Todavia recuerdo lo que dijo. Dijo: mi hija tiene los ojos que yo quisiera haber tenido a su edad. Ve las cosas. No las interpreta todavia, solo las ve. Eso es un don que la mayoria de la gente pierde antes de los diez anos.’
* * *
DOCE AÑOS ANTES — EL JARDIN
* * *
Era sabado.
Laurent’s lo sabia porque los sabados su padre aparecia de una manera diferente a todos los demas dias de la semana. No era exactamente que llegara a casa, porque la casa era el lugar donde dejaba la ropa y dormia cuando no estaba en otro continente. Era mas bien que aparecia, como si cruzara una membrana invisible y de repente fuera tangible de una manera que entre semana no lo era.
Ese sabado habia llegado con una carpa de montana en la mochila.
‘No es una carpa de montana’, le habia corregido ella cuando la vio desplegarse en el cesped. ‘Es de acampar.’
‘Las carpas de acampar son de montana’, dijo el, sin levantar la vista de las varillas. ‘Todo lo que vale la pena esta en alguna montana.’
Ella habia tardado tres minutos en entender que eso era una broma.
Montaron la carpa juntos. Leslie la corrigio dos veces, sin impaciencia, explicando cada nudo como si el nudo fuera una historia que mereciera ser contada bien. Luego sacaron los sacos de dormir y los extendieron dentro aunque afuera todavia habia luz y desde la cocina Vilma los miraba con esa expresion que tenia cuando no sabia si reir o preocuparse.
‘Papa.’
‘Mm.’
‘Por que hacemos esto si tenemos camas.’
Leslie habia pensado la respuesta durante un momento antes de darla, lo cual era una de las cosas que Laurent’s habia aprendido a leer en el como una senal de que lo que viniera despues importaba.
‘Porque las camas siempre van a estar’, dijo. ‘El cesped no.’
Ella no habia entendido del todo. Pero se habia quedado callada y habia mirado el techo de la carpa, que era verde y dejaba pasar la luz de una manera ligeramente irreal, y habia pensado que quiza entendera despues.
Entendio despues.
* * *
Los sabados con Leslie tenian su propia gramatica.
Habia una pesca en el lago Windermere que Laurent’s recordaba mas por el silencio que por los peces, porque su padre pescaba con una concentracion que era casi meditativa y que contagiaba sin esfuerzo, y ella habia pasado dos horas sin decir nada mirando el agua y sintiendose, por primera y unica vez en su vida, completamente en el lugar correcto.
Habia una excursion al Peak District donde lluvia los habia sorprendido a mitad de camino y Leslie habia construido un refugio temporal con dos ramas y una lona que guardaba en la mochila con la misma naturalidad con que otros guardan un paraguas. Comieron galletas saladas y una naranja que el habia partido con los dedos porque no llevaba cuchillo, y ella habia pensado que su padre era la persona mas competente del mundo.
Y habian los moños.
Los moños eran otra cosa.
Leslie habia aprendido a hacerlos de su madre, que los habia aprendido de la suya, que los habia aprendido en un pueblo del norte de Escocia donde las mujeres se recogian el pelo de esa manera especifica para trabajar en el frio sin que nada les molestara la cara. No eran moños complicados pero tampoco eran simples. Tenian una tecnica que involucrava los dedos de una manera que habia que aprender con paciencia.
Leslie se los habia ensenado a Laurent’s un domingo de lluvia, sentados en el suelo de la sala, ella frente a el con un espejo en la mano. Le habia tomado cuatro intentos. Al quinto el moño habia quedado bien y su padre habia dicho, con esa economia suya para el elogio que hacia que cada cumplido pesara:
‘Ahi esta.’
Solo eso. Pero Laurent’s lo habia guardado como se guardan las cosas que no saben que son importantes.
* * *
PRESENTE
* * *
‘Habia una foto’, dijo Laurent’s.
Su voz sono rara. Demasiado plana, como cuando el cuerpo decide ahorrar energia para procesar lo que la mente todavia no puede.
‘Una foto de Isla. En el diario. La habia pegado en la ultima pagina del cuaderno del decimo ano.’
Muri no dijo nada. Esperaba.
‘Llevaba el pelo recogido’, dijo Laurent’s. ‘Con unos moños. Los mismos moños que el me enseno a mi. Los mismos.’
La palabra se quebro un poco al final. Laurent’s la dejo quebrarse. Ya no tenia energia para sostenerla.
‘El se los enseno a ella’, dijo. ‘En algun momento de esos anos, en algun dia que ni siquiera puedo imaginar, se sento con esa nina y le enseno lo mismo que me enseno a mi. Y ella los llevaba puestos en la foto como si fueran la cosa mas natural del mundo.’
Muri hizo ese sonido breve que Laurent’s habia aprendido a reconocer. El sonido que hacia cuando lloraba sin querer que nadie lo supiera.
‘Muri.’
‘Aqui estoy.’
‘Tu sabias que el iba a divorciarse de mi madre.’
No era una pregunta tampoco. Era otra pieza del rompecabezas que Laurent’s estaba colocando en tiempo real, sin saber todavia que forma tenia la imagen completa.
Un silencio largo.
‘Me lo dijo’, dijo Muri. ‘Unos dias antes de salir hacia la Antartida. Me dijo que habia tomado la decision, que Vilma todavia era joven y que merecia una vida con alguien que pudiera estar presente. Lo dijo con esa calma que el tenia para las cosas que le habian costado mucho. Ya no le temblaba la voz. Eso era lo que me indicaba que una decision ya estaba tomada de verdad, cuando ya no le temblaba la voz al decirla.’
Laurent’s escucho.
‘Y yo escuche todo eso’, continuo Muri, ‘y algo en mi entendio que era el momento. Que si habia un momento en mi vida para decir algo que habia guardado durante demasiado tiempo, ese era.’
‘Pero no lo dijiste.’
‘No lo dije. Me convenci de que lo diria cuando llegara alla. De que habia tiempo. De que siempre hay tiempo.’
La voz de Muri se rompio en la ultima frase de una manera distinta a las anteriores. No era el sonido contenido de antes. Era algo que habia estado guardado veintitantos anos y que finalmente habia encontrado la grieta por donde salir.
Laurent’s sostuvo el telefono con mas fuerza.
* * *
SOBRE EL HIELO — EL NOVENO AÑO
* * *
Leslie se habia quedado dormido en el sillon.
No era un sillon propiamente dicho. Era una estructura de madera y lona que alguien habia construido en algun momento anterior a su llegada a la estacion, con la logica funcional de quien no tiene acceso a muebles pero si a materiales y tiempo. Con los anos Leslie le habia anadido un cojin relleno de ropa vieja que habia dejado de usar. Era incomodo de una manera especifica y reconocible, como todos los lugares donde uno termina durmiendo sin haberlo planeado.
Habia sido una noche larga de escritura.
Cuando abrio los ojos la luz del exterior era la luz plana y blanca de mediodia polar. Tardo un momento en orientarse, como siempre que dormia en el sillon, y entonces noto el frio en la cara de una manera diferente a lo habitual.
Se llevo la mano al menton.
Se quedo muy quieto.
Isla estaba sentada en el suelo frente a el, con las tijeras de sastre en la mano y una expresion de concentracion profunda que Leslie habia aprendido a reconocer como la cara que ponia cuando consideraba que algo habia quedado suficientemente bien.
‘Isla.’
‘Mm.’
‘Que hiciste.’
Ella levanto la vista. Lo miro con esa calma suya que no era indiferencia sino algo mas parecido a una certeza muy asentada sobre el estado de las cosas.
‘La abuela Illa no le gustan los hombres con barba’, dijo. ‘Lo primero que hace cuando llegas es rasurarte.’
Leslie no dijo nada durante un momento.
Fue hasta el espejo que habia clavado en la pared del almacen, el unico espejo de la estacion, y se miro.
El resultado de la operacion era, desde cualquier angulo que se mirara, catastrofico. La barba habia sido recortada con una asimetria que solo era posible lograr con una dedicacion completamente libre de prejuicios esteticos. El lado izquierdo tenia al menos dos centimetros menos que el derecho. Habia una zona en el menton que habia quedado casi al rape. Y sin embargo la forma general sugeria que Isla habia tenido, en algun momento del proceso, una vision clara de lo que queria conseguir.
Leslie miro el espejo durante un tiempo largo.
Luego penso en su madre.
En el olor del bano de la casa de Aberdeen cuando el volvia de un viaje largo. El agua caliente. El rastrillo nuevo que ella siempre dejaba en el borde del lavabo porque sabia, sin que nadie se lo dijera, que el primero que encontraba estaba siempre embotado. Y su voz desde la cocina:
Antes de bajar a cenar, Leslie. Que pareces un oso del bosque.
Se habia rasurado cada vez que volvia a casa.
Cada vez.
Lo habia hecho durante tantos anos que habia dejado de ser un gesto consciente y se habia convertido en parte del ritual de regresar, como quitarse las botas en la entrada o dejar la mochila en el mismo rincon de siempre. Solo cuando dejo de haber una casa a la que regresar habia dejado de rasurase.
Volvio a mirar a Isla.
Isla lo miraba con las tijeras todavia en la mano, esperando.
‘No tengo rasuradoras’, dijo Leslie.
‘Ya lo se’, dijo Isla. ‘Por eso use las tijeras.’
Leslie miro el espejo una vez mas. Luego miro a la nina. Luego al espejo.
‘Esta bien’, dijo finalmente.
‘No esta bien’, dijo Isla, con una honestidad tan completa que era imposible ofenderse. ‘Pero es lo que hay.’
Y Leslie Pilgram, que llevaba nueve anos sin reir de verdad, rio.
Fue una risa que empezo despacio y que termino siendo mas grande de lo que el habia previsto, una risa que venia de un lugar que habia creido clausurado, y que sono en el refugio como algo que el frio polar no habia conseguido congelar del todo.
Isla lo observo reir con esa atencion tranquila que tenia para todo. Luego, muy despacio, sonrio tambien.
* * *
PRESENTE
* * *
‘El Cairo’, dijo Laurent’s.
‘Si.’
‘Cuantame.’
Muri tardo en responder. Cuando lo hizo su voz era diferente, mas baja, con algo en el fondo que sonaba a una habitacion que ha estado cerrada mucho tiempo y a la que alguien finalmente entra a abrir las ventanas.
‘Habiamos cubierto juntos una exposicion de fotografia documental en el museo de El Cairo. Era una de esas semanas buenas, ya sabes, cuando el trabajo y el lugar y la gente coinciden de una manera que parece demasiado perfecta para ser casual. Leslie estaba en su mejor momento. Acababa de cerrar el contrato con la editorial para los libros y estaba pensando en el primero, y hablaba de ello con esa energia que el tenia cuando algo lo entusiasmaba de verdad, esa energia que hacia que todo lo que el tocaba pareciera posible.’
Laurent’s escucho sin interrumpir.
‘Y entonces llego el mensaje de tu madre. No se que decia exactamente. El nunca me lo dijo. Pero estabamos desayunando en la terraza del hotel, con esa vista del Nilo que parece inventada, y el leyo el mensaje y bajo el telefono y no dijo nada. Y algo en su cara cambio de una manera que yo no habia visto antes. No era tristeza exactamente. Era algo mas parecido al reconocimiento. Como alguien que recibe la confirmacion de algo que ya sabia pero que esperaba que no fuera verdad.’
Laurent’s cerro los ojos.
‘No hablo casi en tres dias’, continuo Muri. ‘Trabajaba, funcionaba, pero estaba en otro lugar. Y yo no supe como preguntarle. No supe o no me atrevi, todavia no estoy segura de cual de las dos cosas es verdad.’
‘Le habia dicho que no’, dijo Laurent’s. Su voz era muy quieta. ‘Yo le habia dicho que no a la beca. Que estudiaria diseno.’
‘Si.’
‘Mi madre me dijo que estaba loca. Que acabaria muerta o perdida en algun lugar del mundo. Y yo tenia diecisiete anos y ella era lo unico estable que tenia y le hice caso.’
Muri no dijo nada.
‘Y el no dijo nada’, continuo Laurent’s. ‘Cuando le di la respuesta. No se enfado, no discutio, no intento convencerme. Solo dijo que entendia y que cualquier camino que yo eligiera iba a ser el correcto porque era yo quien lo elegia.’
‘Asi era el.’
‘Si. Asi era el.’ Laurent’s hizo una pausa. ‘Y eso es lo que no puedo perdonarme. Que fue tan exactamente el que no me dio ni un motivo para cambiar de opinion.’
El silencio que siguio era diferente a los anteriores. Mas denso. Con mas peso.
‘Laurent’s’, dijo Muri. Su voz habia cambiado otra vez. Ahora tenia algo urgente, algo que habia estado esperando decir durante mucho tiempo y que ya no podia esperar mas. ‘Yo tambien le dije que no. De otra manera, pero tambien le dije que no. Lleve mas de veinte anos diciendole que no sin decirlo en voz alta, y cuando finalmente estaba lista, cuando finalmente habia tomado la decision de ir con el y decirle lo que sentia, el ya no estaba.’
Un sonido al otro lado del telefono que no era exactamente un sollozo pero tampoco era otra cosa.
‘Llegue tarde’, dijo Muri. ‘Por veintitantos anos llege tarde al mismo tren. Y cuando finalmente corri hacia el anden, el tren ya habia salido.’
Laurent’s no dijo nada.
No habia nada que decir.
Las dos mujeres se quedaron en silencio al otro lado de una linea telefonica, en ciudades distintas, en habitaciones distintas, con el mismo hombre entre las dos. Un hombre que habia amado a Vilma con una dedicacion que Vilma nunca supo reconocer. Que habia esperado a Muri con una paciencia que Muri no habia sabido ver a tiempo. Que habia extendido la mano a Laurent’s con una generosidad que Laurent’s habia rechazado a los diecisiete anos porque tenia miedo y porque su madre tenia mas miedo todavia.
Un hombre que habia terminado solo en el fin del mundo ensenandole moños a una nina que nadie mas podia ver.
Y que habia sido, aun asi, completamente el.
* * *
‘Me siento mas abatida que cuando me llamaron para decirme que habia muerto’, dijo Laurent’s finalmente.
‘Lo se.’
‘Cuando me informaron del accidente pense que era la profecia autocumplida. Que el habia buscado eso. Que yo lo habia empujado hacia eso.’
‘Laurent’s.’
‘Dejame decirlo. Necesito decirlo.’ Una pausa. ‘Pense que fue mi culpa. Durante anos pense que mi no habia sido la primera piedra de todo lo que vino despues. El contrato independiente, los libros, la Antartida. Y que si yo hubiera dicho si, el todavia estaria aqui.’
Muri tardo en responder.
‘Y ahora que lees el diario’, dijo con cuidado.
‘Ahora que leo el diario’, repitio Laurent’s, ‘entiendo que el no buscaba morir. Buscaba todo lo contrario. Y que lo encontro.’ Una pausa mas larga. ‘Encontro a Isla. Y le enseno los moños. Y se rio por primera vez en nueve anos porque una nina le recorto la barba con unas tijeras de sastre.’
La voz de Muri se rompio del todo.
No fue el sonido contenido de antes. Fue algo diferente, mas hondo, el sonido de alguien que ha estado sosteniendo algo muy pesado durante mucho tiempo y que finalmente lo suelta no porque ya no le importe sino porque ya no puede mas.
Laurent’s escucho llorar a Muri durante un tiempo que no supo medir.
No dijo nada. No intento consolarla. Solo sostuvo el telefono y estuvo ahi, que era lo unico que se podia hacer y que era, al mismo tiempo, exactamente suficiente.
Afuera habia empezado a amanecer.
La luz entraba por la ventana de una manera muy lenta, como si tambien ella estuviera llegando de muy lejos.
* * *
SOBRE EL HIELO — EL DECIMO AÑO
* * *
Era tarde cuando Isla entro al cuarto.
Leslie escribia en la mesa, la lampara inclinada sobre el cuaderno, la pluma moviendose con esa cadencia que tenia en los buenos dias, cuando las palabras llegaban antes de que la mano tuviera que ir a buscarlas.
Isla se sento en el suelo junto a la estufa, como hacia siempre cuando no queria interrumpir pero tampoco queria estar sola. Leslie habia aprendido a leer eso: que sentarse cerca era su manera de pedir compania sin pedirla. Lo habia aprendido rapido porque el tambien lo hacia.
Siguio escribiendo.
Un rato despues, sin levantar los ojos del cuaderno, dijo:
‘Isla.’
‘Mm.’
‘Ven.’
Ella se levanto y fue hasta donde el estaba. Leslie cerro el cuaderno, empu jo la silla hacia atras para tener espacio, y le hizo un gesto. Isla entendio y se sento frente a el en el borde de la mesa, con esa confianza suya en los espacios y en los cuerpos de los demas que Leslie nunca habia podido explicarse del todo.
Empezo a recogerle el pelo.
Habia encontrado las telas en el almacen del nivel inferior, restos de algun material de expedicion anterior, y habia pasado varias horas con la Singer portatil construyendo algo que funcionara para el frio. Los moños eran parte de eso. No solo por la razon practica de mantener el pelo fuera de la cara, sino porque habia algo en el gesto de hacerlos que Leslie habia entendido sin poder formularlo: que era una manera de poner orden en lo que se podia poner orden cuando todo lo demas era demasiado grande para tocarlo.
Sus dedos trabajaron con la memoria que tienen los dedos cuando han hecho algo muchas veces.
‘Tu madre sabia hacer esto’, dijo Isla.
Leslie no se sorprendio. Hacia tiempo que habia dejado de sorprenderse de las cosas que Isla sabia.
‘Mi abuela’, dijo. ‘Me lo enseno ella a mi.’
‘Y tu a quien se lo ensenaste.’
Leslie termino el primer mono antes de responder.
‘A mi hija’, dijo.
Isla no dijo nada. Espero, con esa paciencia suya que era diferente a la paciencia de los adultos porque no tenia ansiedad debajo.
‘Se llamaba Laurent’s’, dijo Leslie. ‘Con apostrofe.’
‘Es un nombre raro.’
‘Era un nombre de su bisabuelo. Me parecio que merecia seguir existiendo.’
Isla considero esto.
‘El nombre existe si alguien lo dice’, dijo finalmente. ‘Si nadie lo dice, no existe.’
Leslie termino el segundo moño. Bajo las manos. Miro el pelo de Isla recogido con los mismos nudos que le habia enseñado su madre cuarenta años atras en una cocina de Aberdeen, que el le habia enseñado a Laurent’s un domingo de lluvia en el suelo de la sala, que ahora sus dedos le habian dado a esta niña en el fin del mundo.
‘Laurent’s’, dijo en voz alta.
Como si fuera la primera vez.
Como si el nombre necesitara ser dicho para seguir existiendo.
* * *
PRESENTE
* * *
Muri habia dejado de llorar.
No de golpe. Habia ido cediendo poco a poco, como un temporal que pierde fuerza sin que nadie pueda señalar el momento exacto en que el viento empezo a aflojar.
‘Laurent’s’, dijo.
‘Aqui.’
‘Necesito pedirte algo.’
‘Dime.’
‘La foto. La de Isla con los moños.’ La voz de Muri era firme ahora, con esa firmeza que viene despues de llorar de verdad, cuando ya no queda nada que proteger. ‘Cuando puedas. Cuando estes lista. Me gustaria verla.’
Laurent’s miro el diario abierto sobre la mesa. La foto pegada en la ultima pagina del cuaderno del decimo ano. Una nina en el fin del mundo con el pelo recogido de una manera especifica que alguien le habia ensenado.
‘Te la mando ahora’, dijo.
Tomo el telefono. Fotografio la pagina. La mando.
Espero.
Al otro lado de la linea, el silencio de Muri era un silencio diferente a todos los que habian habido esa noche.
‘Dios mio’, dijo Muri finalmente. Solo eso.
‘Si’, dijo Laurent’s.
‘Los moños.’
‘Si.’
‘Es identica a como te los hacias tu.’
Laurent’s no respondio.
‘El te los hizo exactamente igual’, continuo Muri, con una voz que era casi un susurro. ‘Los mismos nudos. El mismo angulo. Como si sus manos hubieran recordado cada detalle.’
Laurent’s miro por la ventana. El amanecer habia terminado de llegar. La calle estaba gris y quieta y real de la manera en que son reales las cosas ordinarias cuando uno lleva toda la noche en otro lugar.
‘Muri’, dijo. ‘Quedemonos otro rato.’
‘Aqui estoy’, dijo Muri.
Y ninguna de las dos colgo.
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas
PRESENTE
VIII.
La luz había terminado de llegar.
No de golpe, sino de la manera en que llega en las ciudades cuando nadie la está mirando: despacio, sin anunciarse, hasta que de pronto todo lo que antes era gris tiene contorno y nombre. Laurent’s seguía en el suelo con la espalda contra la pared, el teléfono en la mano, el diario de su padre abierto sobre la mesa como un pájaro que hubiera aterrizado sin pedir permiso.
Muri también seguía ahí.
Lo sabía porque de vez en cuando la escuchaba respirar, un sonido muy leve que era casi nada y que al mismo tiempo era todo: la prueba de que al otro lado de la línea había alguien que también había pasado la noche despierta cargando cosas que llevaban demasiado tiempo sin nombre.
—¿Qué vas a hacer con él? —dijo Muri finalmente.
Laurent’s no necesitó preguntar a qué se refería.
—No lo sé todavía.
—¿Lo vas a publicar?
La pregunta flotó en el aire de la habitación. Laurent’s la miró desde abajo, desde el suelo, como si fuera un objeto que hubiera que examinar antes de tocar.
—Hay una niña en ese diario —dijo—. Una niña que no sé quién es. Que quizás nadie sabe quién es. No puedo publicar algo así sin entender primero qué es lo que estoy publicando.
—¿Y si no hay manera de entenderlo?
—Entonces tampoco hay manera de publicarlo.
Muri consideró esto durante un momento.
—Tu padre lo escribió para que alguien lo leyera —dijo—. No lo escribió para guardarlo. Un hombre que no quiere que lo lean no llena cuaderno tras cuaderno durante doce años con esa letra tan cuidadosa que tenía.
Laurent’s no respondió de inmediato. Pensó en la letra de su padre, que había reconocido desde la primera página con una precisión que le había sorprendido, porque hacía muchos años que no la veía y sin embargo la había reconocido antes de leer una sola palabra: la manera en que las ges bajaban por debajo del renglón, la forma particular de la t, como una pequeña bandera.
—Era diseñador gráfico antes de ser fotógrafo —dijo—. Nunca lo mencionaba pero se le notaba en cómo escribía. Cada letra en su sitio.
—Lo sé —dijo Muri con suavidad—. Le gustaba que las cosas tuvieran forma.
* * *
UNDÉCIMO AÑO — EL REFUGIO
* * *
Isla estaba arreglando la brújula.
No era una tarea que alguien le hubiera encomendado. La había encontrado en el cajón del almacén donde Leslie guardaba las cosas que ya no funcionaban pero que tampoco había podido tirar, esa categoría de objetos que los hombres solos acumulan sin admitirlo. Tenía la aguja atascada y el cristal rajado por la mitad, pero Isla la había sacado del cajón y se había sentado en el suelo junto a la estufa y llevaba un rato largo trabajando en ella con una concentración que no pedía ni explicación ni audiencia.
Leslie la observó desde la mesa.
Llevaba semanas con una pregunta que no sabía cómo formular. No porque no tuviera palabras, sino porque cada vez que las ordenaba en su cabeza le parecían o demasiado grandes o demasiado pequeñas para lo que quería preguntar. Era como intentar pesar algo con una balanza que no estaba calibrada para ese tipo de peso.
Cerró el cuaderno.
—Isla.
—Mm.
Ella no levantó los ojos de la brújula. Seguía trabajando con la aguja, con una paciencia que Leslie había aprendido a no interrumpir porque producía resultados que él solo con su prisa nunca habría conseguido.
—¿Quién eres?
La pregunta salió más directa de lo que había planeado. Sin preámbulo, sin la construcción cuidadosa que había ensayado mentalmente durante semanas. Solo esas dos palabras, en el aire del refugio, entre el sonido del viento exterior y el calor pequeño de la estufa.
Isla no se detuvo.
No cambió el ritmo de sus manos ni la inclinación de su cabeza. Siguió trabajando en la brújula durante exactamente el tiempo que le tomó procesar la pregunta, que fue menos de lo que Leslie habría esperado.
Luego levantó los ojos.
Lo miró con esa curiosidad suya que no tenía ansiedad debajo, la mirada de alguien para quien las preguntas difíciles son simplemente preguntas, ni más ni menos.
—Existo porque me estás viendo —dijo. Y luego, sin pausa, sin drama, con la misma naturalidad con que hubiera preguntado si quedaba té: —¿Tú quién eres cuando no hablas?
Leslie se quedó muy quieto.
La pregunta le había entrado por un lugar que no esperaba, un lugar que llevaba años sin que nadie tocara, quizás porque nadie había estado lo suficientemente cerca o lo suficientemente quieto para encontrarlo.
¿Quién era él cuando no hablaba?
Pensó en los tres días de El Cairo. En el silencio del Onashaga cuando Orundellico cazaba y él aprenía a no llenar el espacio con palabras. En las noches de escritura cuando la pluma se movía y era como si alguien más estuviera dictando y él solo copiaba. En todos los años en el refugio hablando solo en el idioma del viento porque no había nadie más.
¿Quién había sido en todo ese silencio?
Isla volvió a bajar los ojos hacia la brújula. La aguja se había liberado. Giró despacio hasta apuntar al norte con una precisión que en ese lugar era casi un chiste, porque el norte magnético desde ahí era en todas direcciones y en ninguna al mismo tiempo.
—Ya funciona —dijo Isla, con la satisfacción tranquila de quien ha completado una tarea.
Leslie no respondió.
Seguía con la pregunta dentro, moviéndose como la aguja recién liberada, buscando el norte de algo que todavía no sabía nombrar.
* * *
PRESENTE
* * *
—¿Vas a ir? —dijo Muri.
Laurent’s tardó un momento en entender la pregunta. Luego entendió.
—¿A la Antártida?
—Sí.
El silencio que siguió era diferente al de antes. Más activo, como el silencio de alguien que está pensando de verdad y no simplemente esperando que las palabras lleguen solas.
—No lo había pensado —dijo Laurent’s.
—Ahora sí lo estás pensando.
—Ahora sí.
Muri no dijo nada. Le daba espacio. Era una de las cosas que Laurent’s había descubierto en el transcurso de esa noche larga: que Muri sabía exactamente cuándo hablar y cuándo quedarse callada, y que esa habilidad no era pequeña, era la misma que su padre había tenido y que tan pocas personas tenían.
—Hay una estación allí —dijo Laurent’s finalmente—. La que habitó él. No sé en qué estado estará después de todos estos años, si habrá alguien, si se puede llegar. Tendría que investigarlo.
—Eso es diferente a decir que no vas.
—Sí. Es diferente.
Una pausa.
—Laurent’s.
—Dime.
—Yo iría contigo. —La voz de Muri era firme. No era un ofrecimiento impulsivo sino algo que había estado tomando forma durante toda la noche, quizás durante mucho más tiempo que eso.— Si decides ir, no tienes que ir sola. Llevo veintitantos años llegando tarde a las cosas que importan. Esta vez me gustaría llegar a tiempo.
Laurent’s sintió algo que no supo nombrar de inmediato. No era alivio exactamente, aunque tenía algo de eso. Era más parecido a lo que debe sentirse cuando una carga que uno lleva tanto tiempo que ya no la percibe como peso de pronto la comparte alguien más y el cuerpo recuerda, con sorpresa, que había algo ahí.
—No sería un viaje fácil —dijo.
—No —acordó Muri—. Pero tampoco lo ha sido la noche.
Y a pesar de todo, o quizás exactamente por todo, Laurent’s se descubrió sonriendo. Una sonrisa pequeña, cansada, del tipo que solo aparece cuando uno ha llorado suficiente y ha llegado al otro lado de algo que parecía no tener otro lado.
—No —dijo—. La noche no ha sido fácil.
* * *
UNDÉCIMO AÑO — SOBRE EL HIELO
* * *
Salieron juntos esa tarde.
No era algo que hubieran planeado. Isla simplemente se había puesto la ropa de abrigo que Leslie le había confeccionado con lo que había, capas de tela oscura cosidas con la Singer portátil y reforzadas en los bordes con un material que resistía el viento mejor que cualquier otra cosa que hubiera encontrado en el almacén, y se había quedado de pie junto a la puerta con la brújula reparada en la mano mirándolo con esa paciencia suya.
Leslie había entendido.
Afuera el frío era el frío de siempre, que ya no le sorprendía pero al que tampoco se había acostumbrado del todo, porque había cosas en la Antártida ante las que el cuerpo humano simplemente no desarrollaba indiferencia. Avanzaron en paralelo sobre el hielo, Leslie con los esquís y el trineo, Isla a pie con esa ligereza suya que nunca había dejado de intrigarle.
Caminaron durante un rato sin hablar.
Isla miraba la brújula de vez en cuando. La aguja señalaba en una dirección que en cualquier otro lugar del mundo habría sido el norte y que aquí era simplemente una dirección entre muchas igualmente posibles. Leslie la observó estudiarla con el ceño ligeramente fruncido.
—En este lugar todas las direcciones son norte —dijo.
—Lo sé —dijo Isla—. Por eso la traje. Para ver qué hace cuando no sabe qué hacer.
Leslie miró la brújula. La aguja oscilaba levemente, indecisa, buscando una certeza que la geografía del lugar le negaba.
—¿Y qué hace?
—Sigue intentándolo —dijo Isla—. No se rinde solo porque el norte esté en todas partes.
Leslie no respondió.
Siguieron caminando.
El sol polar colgaba bajo en el horizonte con esa luz oblicua que hacía que todo tuviera sombra larga y que los colores del hielo cambiaran de blanco a azul a algo que no tenía nombre exacto en ningún idioma que Leslie conociera. En ese tipo de luz su padre había dicho una vez, muchos años antes en un país completamente distinto, que el mundo se veía como debía verse, sin los disfraces que la luz directa del mediodía le ponía encima.
Pensó en su padre.
Pensó en Laurent’s.
Pensó en todos los moños que sus dedos habían hecho en toda una vida, de mano en mano, de generación en generación, como una frase que se repite en distintas voces hasta que el significado se vuelve más grande que las palabras.
—Isla —dijo.
—Mm.
—¿Sabes lo que es un moño?
Ella lo miró. En sus ojos había algo que podría haber sido sorpresa si Isla fuera el tipo de persona que se sorprendía con facilidad.
—Me lo enseñaste tú —dijo.
—Lo sé. Pero antes de que yo te lo enseñara. ¿Lo sabías?
Una pausa. El viento pasó entre los dos con un sonido que era casi un idioma.
—Algunas cosas las sé antes de aprenderlas —dijo Isla finalmente—. Y algunas cosas las aprendo antes de saberlas. No siempre puedo decir cuál es cuál.
Leslie asintió.
Era la respuesta más honesta que nadie le había dado nunca a una pregunta que él tampoco había sabido formular del todo bien.
Siguieron caminando hacia el horizonte que no tenía nombre, bajo el sol que no terminaba de ponerse, con la brújula que no sabía dónde estaba el norte pero que seguía intentándolo.
* * *
PRESENTE
* * *
—Muri.
—Aquí.
—Hay algo más en el diario que no te he leído.
Un silencio.
—¿Qué clase de algo?
Laurent’s miró las páginas del último cuaderno. Las que había estado evitando desde que las había visto por primera vez, no por miedo exactamente sino por algo más parecido al instinto de quien sabe que hay cosas que una vez leídas no pueden desleírse, que entran y se quedan y cambian la forma de todo lo que viene después.
—Una carta —dijo—. La última entrada del último cuaderno. Está fechada tres días antes del accidente.
La respiración de Muri cambió.
—¿A quién va dirigida?
Laurent’s bajó los ojos hacia la página.
La letra de su padre. Cuidadosa como siempre. Cada letra en su sitio.
—A mí —dijo.
El silencio que siguió era del tipo que no se llena. Del tipo que existe para que lo que viene después tenga el espacio que merece.
—¿La lees? —dijo Muri. Su voz era muy quieta.
Laurent’s puso la mano sobre la página.
La luz de la mañana entraba ya completamente por la ventana. En algún lugar de la calle alguien había empezado su día: se escuchaban pasos, una puerta, el sonido ordinario y perfecto del mundo que sigue.
—La leo —dijo Laurent’s.
Y empezó.
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas
PRESENTE
IX.
Laurent’s leyó en silencio.
No en voz alta, como había leído todo lo demás. Esta parte no. Esta parte era solo para ella, al menos por ahora, al menos mientras encontraba la manera de sostenerla.
Al otro lado del teléfono, Muri esperaba.
No preguntaba. No pedía. Solo seguía ahí, respirando despacio, como alguien que ha aprendido a darle espacio al silencio porque sabe que ciertas cosas necesitan tiempo para encontrar la salida.
La carta no tenía encabezado.
Empezaba directamente, como si Leslie hubiera llevado tanto tiempo pensando en lo que quería decir que los preámbulos ya le sobraran.
* * *
LA CARTA — ANTÁRTIDA, AÑO DOCE
* * *
He estado pensando en El Cairo.
No en lo que pasó allí, sino en lo que no pasó. En los tres días que estuve callado y en cómo Muri me miraba de reojo sin preguntar, porque Muri siempre ha sabido exactamente cuándo no preguntar, que es un don que muy poca gente tiene y que yo tardé demasiado en reconocer en ella.
Quiero que sepas que no guardo rencor. No lo guardé entonces y no lo guardo ahora. Tenías diecisiete años y una madre que le tenía miedo al mundo, y ambas cosas son hechos, no acusaciones.
Lo que sí tardé en entender, y que aquí en el fin del mundo finalmente entendí, es que el diseño también es una manera de ver. Que alguien que ve bien puede ver desde cualquier lugar y con cualquier herramienta. Yo lo aprendí con una cámara. Tú lo aprendiste con otra cosa. Eso no nos separa. Al revés.
Hay algo que tengo que contarte y no sé muy bien cómo hacerlo.
Hace unos años encontré a alguien en el hielo. Una niña. No voy a intentar explicar cómo llegó aquí ni qué es exactamente lo que es, porque cada vez que lo intento las palabras me quedan demasiado grandes o demasiado pequeñas y el resultado no se parece a la verdad. Solo te digo lo que sé: que está aquí, que se llama Isla, y que llegó en el momento en que yo había dejado de saber para qué me levantaba por las mañanas.
Hay cosas que no se explican igual que no se explica por qué ciertas luces hacen que el hielo cambie de color. Simplemente ocurren, y uno aprende a mirarlas sin exigirles que sean otra cosa.
Ella me devolvió algo que yo creía perdido para siempre. No sé cómo nombrarlo con precisión. Era la razón para hacer todo lo demás. La razón para encender el generador y cazar y escribir y levantarse. Antes de ella había meses en que tardaba un tiempo muy largo en recordar para qué.
Ya no.
Voy a salir de aquí.
No sé cuándo exactamente, pero sé que voy a salir. Tengo dos libros que terminar y uno que todavía no he empezado y que ya sé que va a ser el mejor de todos, aunque todavía no sé cómo contarlo.
Y tengo una hija a quien ver.
No para pedirte cuentas de nada ni para rehacer lo que no se puede rehacer. Solo para estar. Para tomar un café en alguna parte y mirarte y ver qué clase de persona resultaste ser, que de lejos y por fragmentos ya me parece que es una persona que vale mucho la pena mirar.
Eso es todo lo que quiero. No es poco.
Una última cosa.
Los moños.
Me los enseñó mi madre, como ya sabes. Y yo te los enseñé a ti un domingo de lluvia en el suelo de la sala, y tú los aprendiste al quinto intento con una paciencia que no era de tu edad sino de alguien mucho mayor que ya sabe que las cosas que vale la pena aprender necesitan su tiempo.
Lo que no sabía entonces, y que solo entendí aquí, es que las manos enseñan lo que saben sin saber que lo están pasando para siempre. Mi madre no sabía que me estaba dando algo que yo le daría a mi hija y que mi hija le daría, quizás, a alguien más. Así funciona lo único que no se pierde: de mano en mano, sin que nadie lo planee, sin que nadie sepa del todo lo que está haciendo.
Tú tienes esas manos. Siempre las has tenido.
Nos vemos pronto.
Tu padre.
* * *
PRESENTE
* * *
Laurent’s terminó de leer.
No levantó los ojos de la página de inmediato. Se quedó con la vista sobre las últimas palabras, sobre esa firma tan suya, tan escueta, tan exactamente él: tu padre. Como si no necesitara más que eso para que quedara claro quién era y qué era lo que había entre los dos.
Tu padre.
No había podido decirle que volviera. No había podido decirle que lo esperaba. Y él se había ido de todas formas, tres días después de escribir esto, en alguna curva de alguna carretera que no importaba, sin saber que la carta iba a llegar y que alguien la iba a leer con la espalda contra la pared de una habitación oscura que al amanecer había empezado a llenarse de luz.
—Muri —dijo.
Su voz sonó diferente. Más pequeña. Del tipo que sale cuando uno ha estado conteniendo algo muy grande y finalmente lo suelta.
—Aquí —dijo Muri.
—Dice que iba a salir. Que tenía libros que terminar. Que quería tomar un café conmigo para ver qué clase de persona resulté ser.
Un silencio.
—Lo sé —dijo Muri. Su voz tenía algo roto pero también algo firme, como madera que ha aguantado demasiado peso pero que no ha cedido del todo.— Me lo había dicho. Que iba a salir. Que tenía razones para salir.
—¿Y el accidente?
—El accidente ocurrió. Así de simple y así de injusto. No fue una profecía y no fue un destino y no fue culpa de nadie que haya dicho que no a nada. Fue una curva y fue el hielo y fue el azar, que es la cosa más cruel del universo precisamente porque no tiene intención.
Laurent’s cerró los ojos.
Dejó que eso entrara despacio. Que ocupara el espacio que le correspondía. Que empujara un poco hacia afuera la culpa que había llevado tantos años guardada en el mismo lugar, esa culpa sorda y constante que nunca había pedido permiso para instalarse y que tampoco se había ido cuando se le pedía.
No desapareció del todo. Estas cosas no desaparecen del todo.
Pero se movió un poco. Hizo espacio para algo más.
—Dice algo sobre los moños —dijo Laurent’s finalmente.
—Cuéntame.
—Dice que las manos enseñan lo que saben sin saber que lo están pasando para siempre. Que su madre no sabía que le estaba dando algo que él le daría a su hija. Que así funciona lo único que no se pierde.
Muri no dijo nada durante un momento.
Cuando habló, su voz era muy quieta.
—Él siempre supo decir las cosas importantes de la manera más sencilla posible —dijo—. Era su mejor cualidad y su peor defecto al mismo tiempo. Porque a veces las decía tan simplemente que uno no entendía que eran importantes hasta mucho después.
—Sí —dijo Laurent’s.— Sí. Exactamente eso.
Afuera el día había empezado del todo. Se escuchaban coches, voces, el sonido de una ciudad que no sabía ni le importaba que dos mujeres habían pasado la noche entera al teléfono desenterrando a un hombre que las dos habían amado de maneras distintas y que se había ido antes de que ninguna de las dos pudiera decirle todo lo que tenían que decirle.
Pero el diario quedaba.
Y la carta.
Y los moños que las manos recuerdan aunque pasen los años.
—Muri.
—Dime.
—Voy a ir. A la Antártida. Quiero ver dónde vivió.
Una pausa larga. Luego:
—¿Cuándo salimos? —dijo Muri.
Y por primera vez en toda esa noche larga, Laurent’s sonrió de verdad.
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas
PRESENTE
X.
Vilma atendió al segundo tono.
Como siempre. Como si estuviera esperando junto al teléfono aunque nunca lo admitiera.
—Laurent’s. ¿Pasó algo?
—No pasó nada, mamá. Todo está bien. Te llamo porque voy a hacer un viaje.
Una pausa breve, del tipo que Vilma usaba para reorganizarse antes de responder lo que ya había decidido responder.
—¿Qué clase de viaje?
—A la Antártida. Al lugar donde vivió papá.
El silencio que siguió era diferente. Más largo. Con algo adentro que Laurent’s no supo identificar de inmediato y que después entendió que era miedo, el miedo genuino de una madre que a su manera y con sus límites seguía siendo una madre.
—Eso es muy peligroso —dijo Vilma finalmente—. Hablaré con Roy, veré si puede acompañarnos, si organizamos—
—Mamá.
——el viaje entre todos, porque ir sola a un lugar así no tiene ningún sentido y—
—Mamá, espera.
Vilma se detuvo.
Eso también era nuevo. Laurent’s interrumpiendo. Laurent’s pidiendo espacio en medio de una frase.
—No quiero cambiar a nadie —dijo Laurent’s con calma—. Solo quiero cambiar en mí lo que he sentido durante estos últimos veinte años. Eso es todo lo que voy a buscar allá.
—Es demasiado peligroso —repitió Vilma, pero su voz había perdido algo de su certeza—. Trataré de convencer a Roy para que vayamos los tres—
—No, mamá.
Directo. Sin dureza pero sin margen.
—Soy una mujer y no necesito que el esposo de mi madre esté con nosotras ni entre nosotras. Voy con Muri. Ella conoció ese mundo mejor que nadie y es la persona correcta para este viaje. Tú puedes venir si quieres venir por ti misma. Pero no como protección. No como permiso.
Un silencio muy largo.
—¿Muri? —dijo Vilma. En su voz había algo que no era exactamente sorpresa sino su prima cercana—. ¿De cuándo acá tú y Muri—?
—De siempre, mamá —dijo Laurent’s—. Solo que yo no lo sabía todavía.
Y antes de que Vilma pudiera reorganizarse para la siguiente frase, Laurent’s se despidió con suavidad y colgó.
Se quedó un momento con el teléfono en la mano.
Luego lo dejó sobre la mesa, junto al diario, y fue a hacer las maletas.
* * *
EL REFUGIO — SEMANAS DESPUÉS
* * *
El frío entraba por todos lados.
No como una sorpresa sino como una condición, como la gravedad o la luz, algo que simplemente existía y ante lo que el cuerpo aprendía a ajustarse o no aprendía. Laurent’s había aprendido en los primeros días. Muri ya lo sabía de antes, de los años en que había viajado con Leslie a lugares donde el frío era también una condición y no un accidente.
El refugio estaba más destruido de lo que Laurent’s había imaginado.
No era una ruina exactamente. Era algo más parecido a un lugar que ha decidido volver despacio a ser lo que era antes de que alguien llegara: madera que se separa de sí misma, metal que el frío ha trabajado año tras año con una paciencia que ningún humano puede igualar, paredes que se inclinan como si estuvieran cansadas de sostenerse. El generador llevaba años muerto. Las ventanas habían perdido el vidrio en alguna tormenta que nadie había presenciado.
Pero seguía en pie.
Eso era lo que importaba. Seguía en pie.
Caminaron despacio por el interior, las dos, sin hablar. Muri con esa manera suya de moverse en los espacios difíciles, con cuidado pero sin miedo. Laurent’s tocando las cosas con la punta de los dedos enguantados, como si el contacto pudiera transmitir algo que los ojos solos no alcanzaban.
En el rincón del almacén encontraron las ropas.
Dobladas. Eso era lo primero que Laurent’s notó: que alguien las había doblado. No amontonadas ni abandonadas sino dobladas con el cuidado de quien guarda algo que no quiere que se pierda aunque sepa que quizás se pierda. Capas de tela oscura cosidas a mano con una puntada que Laurent’s reconoció sin saber que la reconocería, la misma puntada con que su abuela escocesa había cosido cosas que todavía existían en alguna caja de alguna casa.
Eran demasiado pequeñas para un adulto.
Muri las miró sin tocarlas.
Laurent’s también.
Más adentro, en el suelo junto a lo que había sido la estufa, encontraron la muñeca. De trapo. Construida con retazos de los mismos materiales que las ropas, con el mismo cuidado, con una cara bordada que alguien había hecho con hilo oscuro en el que todavía se adivinaba la intención de una sonrisa.
Laurent’s la recogió.
La sostuvo un momento.
Luego la volvió a dejar exactamente donde estaba.
No había diario.
No había filmación.
No había nada más que las ropas y la muñeca y el polvo del tiempo sobre todas las cosas y el silencio de un lugar que había guardado algo durante años y que ahora lo había entregado y ya no sabía qué hacer con su propio vacío.
Salvo la foto.
La foto que Laurent’s había traído desde casa, la del diario del décimo año, la niña con los moños en el fin del mundo.
Se sentó en el suelo. Muri se sentó junto a ella.
Y Laurent’s miró la foto durante un tiempo largo sin decir nada, con ese silencio que no pide ni explicación ni compañía, el mismo silencio que su padre había tenido para las cosas que importaban de verdad.
—¿Pudo haberlo imaginado? —dijo finalmente. No era exactamente una pregunta. Era algo que necesitaba salir al aire para poder examinarlo.— ¿Pudo su mente, en todo ese tiempo sola, haberle dado una niña que no existía?
Muri miró las ropas dobladas. La muñeca. La puntada de la abuela escocesa en tela cortada para un cuerpo pequeño.
—No lo sé —dijo con honestidad.— Y creo que esa es la única respuesta verdadera que existe.
Laurent’s asintió.
Siguió mirando la foto.
La niña que miraba a la cámara con esa calma que no correspondía a ningún lugar ni a ninguna edad. El pelo recogido con los moños que las manos de Leslie habían sabido hacer sin saber que los estaban pasando para siempre.
Y entonces, muy despacio, Laurent’s empezó a hablar.
* * *
Lo contó como si lo estuviera viendo.
El interior cubierto de escarcha. La luz blanca y cegadora entrando por las ventanas sin vidrio como algo que no pedía permiso. El generador apagado por primera vez en años, y en su lugar solo el silencio y sobre el silencio el único sonido que quedaba: la pluma de su padre sobre el cuaderno.
Lo contó despacio, con la voz que se usa cuando uno no quiere llegar demasiado rápido al final de algo.
Su padre escribiendo con los dedos torpes del frío extremo, la letra casi ilegible, el ánimo de alguien que sabe que algo está cambiando pero que todavía no sabe exactamente qué. Y aterrado, dijo Laurent’s, no por él sino por ella. Por la niña en ese frío que no iba a parar.
Contó cómo Isla se acercó.
Cómo puso su mano pequeña sobre la mano de él, deteniendo la escritura sin brusquedad, con la misma calma con que hacía todas las cosas.
Cómo su padre le dijo, sin aliento: tienes que cubrirte, el frío no va a parar.
Y cómo ella sonrió.
Esa sonrisa suya que empezaba despacio y terminaba ocupando toda su cara pequeña.
—Ya no hace falta, abuelo —dijo en la voz de Laurent’s, que era la voz de su padre, que era la voz de una niña que había llegado sabiendo todo lo que iba a ocurrir y que había esperado con paciencia el momento correcto—. Deja el libro.
Muri no hizo ningún sonido.
Laurent’s continuó.
Contó cómo su padre le preguntó, aterrado: ¿qué va a pasar contigo? ¿A dónde vas a ir cuando yo ya no pueda cuidarte?
Y cómo Isla le respondió con esa simplicidad suya que era la forma más honesta que existía de decir las cosas importantes:
—No me voy a ir. Solo vamos a dar un paseo. Afuera ya no hay viento y el sol está saliendo. Vamos, yo te llevo.
Laurent’s se detuvo un momento.
Miró la foto una vez más.
Luego miró el diario que había quedado abierto sobre la mesa aquella última mañana, el único rastro de todo lo que había ocurrido en ese lugar durante años, mientras ellos dos caminaban hacia afuera, hacia la luz blanca y pacífica de la Antártida, él apoyado en ella, ella llevándolo, los dos hacia algo que no tenía nombre pero que tampoco lo necesitaba.
El silencio que siguió era del tipo que no pide nada.
Muri alargó la mano y encontró la de Laurent’s.
Se quedaron así, las dos, en el suelo del refugio de Leslie Pilgram, en el fin del mundo, con la foto entre ellas y el frío entrando por todas partes y la luz de la Antártida sobre todo como algo que no sabía ser otra cosa que lo que era.
Afuera no había viento.
El sol estaba saliendo.
FIN
*
LIMBO EN EL HIELO
por Arthur Rojas

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